La noche cae sobre Shanghái Capítulo 34
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Capítulo 34

三十四

Cuatro meses y catorce días antes de la entrevista con Hitler

El champán se desliza con suavidad sobre las aguas del Whang-poo.

El leve bamboleo me resulta relajante. Me siento como un bebé en una cuna; si cerrara los ojos, casi podría quedarme dormida.

En cambio, fijo la mirada en el agua. La proa de nuestra pequeña embarcación rompe el reflejo dorado de los edificios que se alzan en el Bund, como un cuchillo que rasga un pañuelo estampado.

La tarde en Shanghái tiene algo casi irreal, con una calma rara y efímera que parece estar hecha solo para este instante.

El dueño del barco rema en silencio, indiferente a nuestra conversación, absorto en el lento movimiento de su remo.

Sunmey está sentado a mi lado. Mira hacia la orilla oriental, hacia Chuansha, con una sonrisa soñadora. La brisa le revuelve el cabello oscuro, dándole ese aire de poeta distraído que tanto me gusta.

—Te he traído un regalo —dice de repente, con una sonrisa que le hace parecer un niño travieso.

Saca una pequeña libreta de cuero marrón, con un fino cordón alrededor.

La coloca sobre mi regazo con suavidad, con ese gesto tan suyo, tan delicado—.

Fíjate, hace juego con tu Leica. Ahora que eres la entrevistadora estrella del Weekly la vas a necesitar.

Me río. Entrevistadora estrella. Ja. Powell no me deja salir de las historias de «interés humano», como dice él. Si ha accedido a que entreviste a madame Chiang es solo y exclusivamente porque es una mujer. Si se me hubiera ocurrido ir a por el generalísimo en persona, otro gallo habría cantado.

Abro la boca para darle las gracias, pero justo en ese momento llegamos al embarcadero.

La ubicación elegida por madame Chiang para nuestra entrevista se alza en la ribera, en el viejo recinto de Neishidi.

Una auténtica mansión Qing en el corazón de Chuansha donde, por lo demás, solo hay pescadores y campos de arroz.

La casa se alza directamente sobre la orilla.

De pie en el muelle, una joven criada vestida con un tsi-bao azul oscuro nos espera.

Hace una ligera reverencia antes de saludarnos en un perfecto inglés.

—Madame Chiang los está esperando. Por favor, acompáñenme.

Sunmey me ofrece la mano para ayudarme a bajar del champán, y yo la acepto casi sin pensarlo, sin querer reconocer lo reconfortante que resulta ese pequeño contacto.

¿En qué momento se ha complicado todo tanto?

Suspiro de nuevo, esta vez para mí misma mientras mis zapatos tocan la madera firme del embarcadero.

Seguimos a la criada por un camino de piedra que conduce al interior del antiguo complejo.

Aspiro el aroma de los jazmines recién abiertos, de lirios blancos y también de algo más tenue que no identifico hasta unos segundos después.

Magnolias. La casa es una antigua mansión de ladrillo y madera con inscripciones talladas sobre el pórtico.

Propia, supongo, de una familia como los Soong.

Las hermanas más célebres de China, tres mujeres a las que nadie —ni en Shanghái ni en Nueva York— se atrevería a llamar segundonas.

La mujer nos guía hasta un pabellón de madera lacada que se asoma al río.

Sobre una mesa baja, un juego de té dispuesto con tal precisión que casi da miedo tocarlo: tetera de porcelana, tazas minúsculas, instrumentos delicados como bisturís.

Pero lo que me descoloca, lo que me saca del guion, son las bandejas que lo acompañan.

Cinnamon rolls glaseados, tartaletas de frutas con base de galleta.

Merienda de colegio americano. No puedo evitar sonreír.

Madame Chiang sabe muy bien cómo lanzar un mensaje sin decir una sola palabra.

La empleada hace un gesto suave para indicarnos que tomemos asiento frente a su ama, que nos espera con una sonrisa tranquila y pacífica, más propia de Buda que de la heredera de la emperatriz Cixi.

Sunmey se inclina profundamente antes de acomodarse.

—May-ling, cada año estás más hermosa.

Ella sonríe con indulgencia.

—Y tú continúas igual de adulador, Sunmey. Miss de la Cruz, es un placer saludarla de nuevo. Leí su pieza sobre general Du Yueh-sheng con mucho interés. Pocos periodistas han sabido hacerle justicia a nuestro noble amigo.

De pronto, la ansiedad desaparece. Ya no tengo miedo. Puede que no sea la entrevistadora más experimentada del Weekly , pero, desde luego, siempre he sabido hacer preguntas. Y sé por dónde empezar. Abro el bolso, saco la pluma y la libreta y la miro a los ojos.

—¿Por qué ha decidido que nos encontremos aquí? ¿Por qué Neishidi?

Ella levanta ligeramente las cejas. Una sonrisa breve, apenas un destello.

—Nací en esta casa. No nos pertenece, su propietario me la ha cedido para esta entrevista…

, pero cuando éramos niñas, mi padre la tenía alquilada.

Siempre creyó que tenía algo especial. Era una casa de letrados, de servidores del Estado…

Él solía decir que la educación era la única herencia digna de un chino moderno.

Aquí aprendí mis primeras palabras en inglés.

Esta casa representa el comienzo. No solo el mío, sino el de una China nueva.

Una China que quiere ser moderna sin renunciar a su alma.

Me gusta.

Creo que voy a sacar buen material de esta charla.

—Si este fue el comienzo —digo, inclinándome un poco hacia ella—, ¿qué vino después? ¿Estados Unidos?

—Exacto —responde, sin dudar—. Mi padre estaba convencido de que el futuro de China pasaba por aprender el idioma del mundo moderno. Decía que, si queríamos construir una nación fuerte, primero debíamos ser capaces de hablar con los extranjeros. Por eso nos envió a todas a estudiar fuera.

—Y usted eligió Wellesley —añado.

—No conoce usted China si cree que una jovencita tenía el privilegio de decidir, pero digamos que sí, ese fue mi destino —replica, con una leve sonrisa—.

Allí comprendí lo que significan las instituciones, la constancia, el sentido del deber.

En América todo parece posible, pero también todo exige esfuerzo.

Me enseñaron que el progreso no es espontáneo: se educa, se disciplina, se entrena.

—¿Y qué le dejó Estados Unidos? —pregunto.

—Una fe profunda en la educación —responde—. Y la convicción de que la fuerza moral es más duradera que la fuerza militar.

Me quedo pensativa unos segundos mientras el té se enfría entre mis manos. A mi lado, Sunmey nos contempla como quien asiste a la proyección de una película en una sala de cine. No parece tener intención de intervenir.

Dejo a un lado la libreta y cojo la Leica. Me siento más cómoda detrás del visor.

—¿Y no cree que esa fuerza moral debería extenderse también a las relaciones entre países? —pregunto mientras disparo—. Quiero decir… ¿no debería China buscar una alianza con Estados Unidos, antes que con otros países como Alemania?

Madame Chiang guarda silencio por un instante.

Me observa con una mirada penetrante y calculadora y, por un momento, no sé si va a responderme o a echarme de la casa de su infancia por atrevida.

¿Quizá esperaba una entrevista social, más propia de una mujer periodista?

¿Que le pregunte sobre vestidos y arreglos florales?

—Una no siempre puede elegir a sus amigos, darling —contesta, al fin—.

El presidente Roosevelt tiene bastante con reconstruir su país después del fiasco de la bolsa.

Alemania, en cambio, está en excelente posición.

Ya conoce usted al general von Seeckt y al coronel von Falkenhausen.

Ambos nos están ayudando a modernizar el ejército. Pero esto ya lo sabe usted. Sigamos.

Hace un gesto como para ahuyentar moscas. Como si el paréntesis político no formara parte de la entrevista.

Tengo que encontrar la forma de llegar a mi objetivo.

—Su marido anunció el Movimiento de la Nueva Vida hace dos años, pero todo el mundo coincide en que su huella está en cada detalle. ¿Podría contarme cómo nació realmente la idea?

Madame Chiang sonríe, complacida. Me consta que el Movimiento es uno de sus temas favoritos.

—Fue en una conversación doméstica —dice—.

Como casi todo lo importante. El generalísimo hablaba de disciplina, de orden.

Yo le hablé de moral, de fe. Ambos pensamos que la nación debe regenerarse desde dentro: antes de construir fábricas o levantar ejércitos, hay que enseñar a la gente a caminar erguida, a saludar, a respetar su cuerpo, a limpiar su casa.

La revolución más difícil es siempre la del alma.

—Y usted se encargó de llevarla al terreno práctico —añado.

—Exacto. A las escuelas, a las mujeres, a los jóvenes. Quiero que cada familia china encuentre dignidad en la vida cotidiana. El Movimiento no trata solo de reglas, es una especie de educación sentimental.

—¿Y cree que está funcionando?

—Los cambios verdaderos son lentos, miss de la Cruz. Pero he visto resultados. En Nanchang, en Hankou, en Nankín: jóvenes que ahora se levantan temprano, que hablan con respeto, que piensan en su país antes que en sí mismos. No es poco.

—En Europa algunos comparan su programa con otros movimientos morales de regeneración nacional. Soy española, así que permítame que le pregunte por mi país. ¿Ha oído hablar de la Falange?

Ella deja la taza, sin perder la sonrisa.

—Por supuesto. Un movimiento joven, apasionado. He leído sobre su fundador, el señor Primo de Rivera. Los ideales viajan, miss de la Cruz, a veces más rápido que los barcos. El mundo está cansado del caos, en China y en España, por supuesto.

—¿Y qué ocurre con España ahora que el Frente Popular ha ganado las elecciones? —pregunto, sin apartar la vista de su rostro—. ¿Cambiarán las relaciones con China?

—Los gobiernos van y vienen, darling . Pero la amistad entre los pueblos perdura.

Madame es dura de roer, pero yo también. Dejo la cámara, retomo la libreta y finjo buscar unas notas inexistentes.

—¿Conoce usted al cónsul español, a Eduardo Vázquez Ferrer? El otro día, me pareció verla salir del consulado…

—Naturalmente. Y al vicecónsul. Y al embajador. Conozco a todo el mundo, miss de la Cruz, en eso consiste mi función. Saberlo todo, conocer a todos, estar en todas partes.

—Entonces, quizá pueda ayudarme con algo. Se rumorea que Iósif Stalin se ha comprometido a apoyar una revolución comunista en España…

Madame levanta la mirada. La sonrisa desaparece.

—El comunismo —dice, con voz firme— es la peste de nuestro tiempo.

Se disfraza de justicia, pero solo entiende de odio.

En Cantón asesinaron a sacerdotes, destruyeron templos, quemaron biblias.

En Shanghái intentaron lo mismo en el veintisiete, y tuvimos que limpiar la ciudad de esa infección.

El comunismo promete igualdad y entrega servidumbre.

Más le vale a su país hacer algo para que ese monstruo de Stalin no extienda sus garras hasta allí.

—¿Aunque implique pedir ayuda a Alemania?

—A quien haga falta. El comunismo es peor que el mismísimo demonio—responde.

Su tono se endurece aún más, aunque no levanta la voz.

—. Los comunistas no son revolucionarios, son nihilistas.

No construyen nada. Roban, dividen, corrompen.

Un pueblo puede sobrevivir al hambre o a la guerra, pero no a la pérdida del alma.

Eso es lo que ellos hacen: vaciar a la gente por dentro, convertirla en rebaño.

Lo que ellos proponen es peor que la muerte.

—¿Y qué hay de Mao Tse-tung?

Madame se endereza.

—Mao Tse-tung es una plaga, no un hombre. Un traidor que envenena al campesino con odio y lo llama justicia. Mientras yo viva, ese bastardo no dictará el destino de China.

Creo que he conseguido lo que venía a buscar.