Capítulo 33 #4
—Respeto por la jerarquía, la importancia de la familia y la necesidad de actuar correctamente, de ser leal y justo —enumeró Yungli, con un tono que le recordó al de un cura dando un sermón—.
El confucianismo nos enseña a buscar el bien superior, mantener el orden y proteger la nación con integridad y sabiduría.
Asier nunca lo había oído hablar así. Sonaba como un verdadero creyente, como los idealistas que había conocido en sus tiempos de activismo. Trató de imaginar a un Yungli más joven, convencido, ingenuo.
—Supongo que tus valores no son tan diferentes de los míos.
—Bueno, tsha pu to. Más o menos —dijo Yungli, encogiéndose de hombros—. Nuestra ética es estricta. Por eso nunca me verás beber alcohol ni consumir nada que me nuble el juicio. También se nos recomienda mantenernos célibes…
—¡Eso definitivamente no lo aplicas a rajatabla! —interrumpió Asier con una sonrisa.
Yungli sonrió también, relajándose un poco.
—Es cierto, el celibato es parte del código, pero solo prohíbe las relaciones ilícitas, la lujuria, el vicio… Tú no eres nada de eso, Asier. No eres un vicio ni una transgresión. Eres el amor de mi vida.
Asier se quedó sin palabras. Tomó el vaso de té y bebió un sorbo para disimular. Yungli lo observaba con una serenidad que lo desarmaba.
—Se va a enfriar la comida —dijo al fin.
Tomó los palillos, cogió un hsiao long bao y se lo llevó a la boca.
Seguía ardiendo.
Yungli lo miró en silencio. Luego suspiró y sacudió la cabeza.
—Ya que sabes para quién trabajo —empezó Yungli, moviendo su vaso de té sin llegar a beber—, supongo que debería contarte cuál es mi interés por Johannes Bernhardt. Te afecta directamente.
Asier levantó la vista.
—¡Ya era hora!
—Recibí órdenes de seguirlo desde que puso el primer pie en China. Sabíamos que era un agente nazi encubierto. El Kuomintang y Alemania tienen buenas relaciones a nivel militar y de inteligencia, y, sin embargo, Bernhardt vino en secreto. Eso le hacía sospechoso.
—Sospechoso, desde luego que es. ¿Y el «oro del Rin»? ¿Vosotros estabais metidos en eso también?
—En absoluto. Todo el tema de Bernhardt nos pilló por sorpresa.
El día de la fiesta en el consulado de España, cuando el príncipe Volkov fue asesinado, en su maletín apareció un microfilm que fue confiscado por la garde municipale .
El microfilm en sí desapareció, pero la policía nos entregó copias de su contenido.
Asier tomó otro hsiao long bao y lo mordió con cuidado mientras procesaba la información. Nunca había visto a Yungli tan exaltado. Era como si se hubiera quitado una máscara que había llevado puesta desde que lo conocía.
—Ya sé lo del microfilm —murmuró—. Lo que no entiendo es por qué te importa lo que ocurra en mi país. España está a medio mundo de aquí.
—El microfilm contenía muchos documentos. El más importante para nosotros es otro memorando, en el que Stalin se compromete a intervenir militarmente en China para asegurar la victoria de Mao Tse-tung.
Asier suspiró. Todo aquello le resultaba demasiado enrevesado.
—Yungli, me conoces. No soy un tipo inteligente.
La política china se me escapa por completo.
Ya me cuesta entender la española y, créeme, he salido escarmentado.
Pero, a ver…, los soviéticos ayudan a los suyos, ¿no?
Comunistas con comunistas, fascistas con fascistas…
y los pobres, siempre jodidos. Así es el mundo.
Yungli negó con la cabeza y, por primera vez, dio un sorbo a su té. No había tocado la comida.
—No lo entiendes. China tiene dos enemigos: Japón y los comunistas.
Y el Kuomintang no se pone de acuerdo sobre cuál combatir primero.
El Generalísimo quiere aliarse con Alemania, incluso con Japón, si hiciera falta, para derrotar a los comunistas, pero algunos de sus generales quieren forzarle a detener la campaña contra el Ejército Rojo y formar un Frente Unido con Mao frente a la amenaza japonesa.
Ahora mismo están equilibrados, pero este memorando podría inclinar la balanza del lado de Chiang.
Asier dejó el bollo a medio comer sobre el plato. Permaneció callado unos segundos, intentando procesar todo lo que acababa de oír.
—Quieres decir que Bernhardt pudo plantar ese microfilm en el maletín del príncipe Volkov para asegurarse de que China se alíe con Alemania. ¿Es eso?
Yungli sonrió, complacido.
—¿Ves? Eres más inteligente de lo que crees —replicó, con un tono casi juguetón—. Por eso me interesa Bernhardt. Creo que su misión es garantizar que España, China y quién sabe cuántos más se alineen con Hitler.
—Comprendo —dijo Asier, inclinándose hacia él—. ¿Y tú? ¿De qué lado estás?
Yungli se tomó un momento antes de responder. Su rostro se endureció.
—No me gustan Stalin, ni Mao, ni los comunistas, pero… el verdadero enemigo de China es Japón. Y los nazis. Recuerda: los amigos de Jáuregui. Los que mataron a Jakob.
Asier sintió que la sangre le hervía por dentro.
—¿Qué podemos hacer ahora?
Yungli colocó la taza de té sobre la mesa y se inclinó hacia él, los ojos fijos en los suyos.
—Bernhardt no pudo actuar solo. Sabemos quién es su principal aliado: la Banda Verde. Ya es hora de que dejes de esconderte. Nos iremos a vivir juntos. Pero antes iremos a ver a Du, el de las orejas grandes.