La noche cae sobre Shanghái Capítulo 33 #3
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Capítulo 33 #3

Miguel deambulaba por las estancias de su casa, apreciando la calma que había recuperado tras la partida de su madre hacia Filipinas. Cada objeto había vuelto a su lugar, cada rincón se había despojado del exceso de celo materno. Por fin podía respirar de nuevo.

Se detuvo ante la ventana para contemplar la tranquilidad del Bund, iluminado por las luces suaves del atardecer.

¿Sería ya seguro invitar a Isabel a cenar?

Su casa ofrecía más discreción que cualquier restaurante o café de la ciudad, y sin duda alguna era un entorno menos comprometedor que el Gracie’s.

Una sonrisa se dibujó en su rostro al pensar en Isabel.

Contra todo pronóstico, parecía que le había perdonado.

En las últimas semanas se habían visto varias veces, aunque siempre en aquel sórdido lugar que Isabel había jurado no volver a pisar.

No me la merezco. No pienso volver a fallarle.

Pensaría una alternativa. Su casa podía ser un lugar seguro, por qué no.

Chen se había convertido en espía de doña Carmen, así que no podía contar con él, pero el boy la odiaba a muerte, jamás se iría de la lengua con ella.

Sí, podía contar con él para organizar un encuentro en un sitio más digno.

Un parque. Una pagoda. Algún rincón escondido en lo más recóndito de la ciudad china, aunque, en teoría, él seguía sin poder salir de la zona internacional de la ciudad.

Pensaría algo. Costara lo que costase, iba a demostrarle a Isabel que podía confiar en él, que no era como su primo Andrés, siempre envuelto en asuntos turbios…

El timbre del teléfono cortó el hilo de sus pensamientos. La madera del suelo crujió bajo sus pasos mientras caminaba hacia el aparato.

— Master , llamada —anunció el boy desde el otro lado del pasillo, tendiendo el auricular hacia él.

—¿Es mi madre? —preguntó Miguel, con súbito terror.

Doña Carmen llevaba ya casi tres semanas en Manila y llamaba una media de tres veces por semana. No reparaba en gastos para asegurarse de que su unigénito no escapaba de su égida.

Pero ayer ya hablamos. Si empieza a llamar todos los días, me muero. Será como si no se hubiera ido. Peor aún.

—No, master . Primo Andrés —respondió el boy , entregándole el teléfono.

Mira tú, precisamente. El que faltaba.

Los pensamientos se agolparon en su cabeza. ¿Qué asuntos se traería ahora Andrés entre manos? La última vez lo había metido en el lío del «oro del Rin» por el que había acabado en la cárcel, y entonces se había conformado con un telegrama. Una llamada telefónica no auguraba nada bueno.

Andrés no perdió tiempo en formalidades.

—Voy a viajar a Shanghái en unas semanas —le anunció—. Quiero que me prepares la habitación de invitados. Tu madre me ha hablado de tu exquisita hospitalidad.

Miguel apretó el auricular contra su oído, con un fuerte desasosiego creciendo dentro de él. Justo cuando pensaba que podría disfrutar de algo de paz, la cosa se ponía peor.

Despídete de invitar a Isabel a cenar.

—¿Puedo preguntar el motivo del viaje? —preguntó Miguel, intentando mantener la calma en su voz.

—No me aburras con preguntas, ya te daré los detalles. Creo que está haciendo un frío infernal en Shanghái. Llego justo en una semana, avisa al sastre para que vaya a casa a tomarme medidas. No tengo ni un puñetero abrigo.

Horror. Se va mamá y viene Andrés.

—Como tú quieras, Andrés.

—Así me gusta.

Yungli tiró de Asier por el laberinto de callejuelas de Chapei hasta llegar a un restaurante pequeño y mugriento. Los clientes, todos chinos, se agolpaban alrededor de mesas corridas de madera desgastada. Hablaban a gritos, entre risas mientras sorbían el caldo humeante de sus hsiao long bao .

Había una mesa libre en una esquina, apenas lo bastante grande para los dos. Yungli pidió la comida, dos tazas de té, y luego lo miró con aparente inocencia.

—¿Por dónde empiezo?

—Si crees que te lo voy a poner fácil, lo llevas claro —respondió Asier, cruzándose de brazos—. Empieza por donde te dé la gana, pero no me mientas más o te juro que no me vuelves a ver el pelo.

—Está bien. El Juntong, la agencia de inteligencia militar de la República China. Trabajamos a las órdenes del teniente general Dai Li.

—O sea, que eres un espía. ¿Desde cuándo?

El camarero se acercó con los platos y las tazas de té. Los dejó sobre la mesa con la brusquedad china habitual y desapareció sin decir palabra.

Yungli miró los hsiao long bao y suspiró.

—Fue en marzo de 1932, justo después de la batalla de Shanghái contra los japoneses.

Yo era estudiante de Ingeniería en la Universidad de Fudan.

En aquella época, los jóvenes estábamos poseídos por el furor nacionalista.

Teníamos un sueño: una China libre, moderna, democrática…

, y los malditos japoneses amenazaban todo lo que creíamos.

Asier no pudo evitar sentirse identificado. Él también había sido un joven idealista, convencido de luchar por una causa justa. Tal vez Yungli y él no fueran tan distintos.

—Te entiendo —murmuró.

—Fudan era un hervidero político, como una olla de bambú al fuego.

Puede quemarse si se calienta demasiado —continuó Yungli—.

Yo estaba con el Kuomintang y, bueno, supongo que el Juntong me observaba.

Sabían que era patriota y que podía ser útil.

La agencia acababa de crearse y necesitaban gente, aunque eso lo supe después.

Un día, tras una asamblea de estudiantes, me abordaron.

Me hablaron de la necesidad de proteger a China de enemigos internos y externos. Y me llevaron a ver al jefe.

—¿Al tal Dai Li? —preguntó Asier.

—Exacto. El teniente general, nuestro director. Él me explicó que el Juntong era más que una simple agencia de inteligencia. En realidad, es una hermandad regida por los valores confucianos. Eso acabó de convencerme.

Asier frunció el ceño, intrigado. Había oído hablar de Confucio, claro, pero su conocimiento sobre la filosofía oriental era mínimo.

—¿Valores confucianos?