La noche cae sobre Shanghái Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

Aunque deseaba ver a Gorka, saber que estaba bien, la realidad lo golpeó con crudeza.

Lo amaba, siempre lo había hecho, pero estaba claro que lo suyo nunca podría ser.

Siempre había sido imposible: un sueño fugaz en un mundo demasiado cruel.

Luchar contra el destino no tenía sentido.

Eso ya lo había aprendido a base de golpes.

No podía aguantar más. No podía seguir esperando a Yungli. La carta debía enviarse ya, antes de que Gorka cometiera un error que le costara la vida.

Se levantó con el papel entre las manos, se alisó el cabello y se preguntó qué aspecto tendría después de tantos meses sin que le diera el sol.

Tampoco era algo que le importara demasiado.

Se caló un sombrero de paja y salió de su cuarto con paso decidido.

Por fortuna, no se cruzó con nadie de la familia china que le daba refugio, así se evitó las explicaciones.

En apenas unos segundos, ya estaba caminando por las calles de Chapei.

Le costó unos instantes ubicarse en aquella ciudad que una vez había conocido tan bien.

La luz del sol lo golpeó con fuerza: sus ojos no estaban acostumbrados al brillo después de tanto tiempo a la sombra.

El aire fresco le raspó la piel. Había estado demasiado tiempo aislado del paso de las estaciones.

Se sentía como un pez fuera del agua, pero, a pesar de todo, su paso se volvió más firme a medida que reconocía el entorno.

Espera, ya sé dónde estoy.

Debería haber una oficina de correos a pocas manzanas, entre el hospital general y la oficina de correos.

Cuanto más avanzaba, más familiar se le hacía el paisaje.

Asier comenzó a sentirse menos como un fugitivo y más como un ciudadano común.

La multitud bulliciosa lo envolvía, lo ayudaba a camuflarse, a volverse anónimo, a desaparecer.

Por un momento se permitió relajarse. Al fin podía ser solo uno más entre la gente.

Pero la sensación de seguridad se desvaneció tan rápido como había llegado. Apenas había dado unos pasos cuando dos matones —dos tipos chinos corpulentos como osos panda— le bloquearon el camino.

La amenaza en sus ojos era evidente.

—Venimos de parte de Wu T’ung-wen —dijo uno de ellos.

Agarraron a Asier por los brazos con brusquedad, claramente dispuestos a llevárselo por la fuerza.

El corazón se le aceleró. El miedo se transformó en adrenalina. Quiso pelear, poner en práctica los movimientos de wushu , pero era obvio que no tenía ninguna oportunidad. Pensó en echar a correr, pero no tenía adónde escapar.

Estoy atrapado.

Justo cuando todo parecía perdido, una figura familiar surgió de entre la multitud.

Aunque a estas alturas, ya debería de estar acostumbrado a que fuera él quien lo rescataba.

Chao Yungli apareció como un delfín entre las olas.

Con movimientos rápidos y precisos —el maestro Yan habría estado orgulloso—, desarmó a los matones en cuestión de segundos.

Sus golpes fueron certeros, eficaces, casi perfectos: cada uno dirigido a los puntos exactos para dejar incapacitado a cualquier atacante sin causar daño permanente.

En un instante, los dos hombres yacían en el suelo, inconscientes.

—¿Estás bien? —le preguntó, acercándose con preocupación.

Asier asintió en silencio. Su amigo le ofreció la mano y lo ayudó a recuperar el equilibrio, porque la dignidad ya la había perdido por completo. Era humillante que Yungli pudiera vencer sin despeinarse a los dos matones contra los que Asier no había tenido ni una mínima oportunidad.

Y encima tengo que estar agradecido.

—¿De dónde… de dónde has salido? —preguntó, algo a la defensiva—. No pretenderás que me crea que has aparecido aquí por casualidad.

Yungli esbozó una sonrisa, aunque enseguida recuperó la seriedad.

—Como acabas de comprobar, Wu te anda buscando.

Está furioso. No podía seguir visitándote sin comprometer tu escondite, ¿entiendes?

Pero siempre estoy cerca. Siempre estoy a un paso de ti para que no vuelva a pasar algo así.

—Señaló a los dos hombres en el suelo—. Tenemos que irnos.

No es seguro. Wu no se detendrá por un par de golpes.

—¡Hostia, Yungli! —exclamó Asier, sintiendo cómo el miedo se convertía en ira—. Wu es uno de los peces más gordos de la Banda Verde. Eso lo convierte en tu jefe, ¿no? ¿Me puedes explicar a qué estás jugando?

Yungli lo tomó del brazo y lo arrastró lejos de los matones. Se internaron por un callejón estrecho y se ocultaron tras unos puestos de comida ambulante.

—Juntong —susurró por fin Yungli.

Asier lo miró con los ojos abiertos de par en par, incrédulo.

—¿Jun qué? No me andes con gilipolleces, Yungli. No estoy para bromas.

Yungli exhaló despacio, midiendo las palabras.

—Soy miembro del Juntong. La inteligencia militar china.

—¿Y la Banda Verde? ¿No me dijiste que trabajabas para ellos?

—Eso lo dedujiste tú solo, Asier. Yo nunca dije nada. No soy miembro de la Banda Verde. Y respondiendo a tu pregunta, Wu no es mi jefe, ni Du Yueh-sheng tampoco.

—No entiendo nada.

—Ven conmigo. Conozco un sitio. Te lo explicaré todo.

Me quito el abrigo al entrar en la redacción y lo lanzo sobre el perchero, todavía absorta en la conversación con Larracoechea.

Me dirijo al escritorio de Sunmey, que está concentrado en lo que parece ser un largo artículo.

Mi amigo levanta la vista con calma, entrelaza los dedos sobre la mesa y me observa con una media sonrisa.

—Isabel, qué sorpresa.

—Necesito preguntarte algo —disparo, directa al grano.

—Dime.

Lo miro con seriedad.

—¿Tienes contacto con madame Chiang?

Sunmey arquea una ceja y deja la pluma sobre la mesa con un gesto casi teatral.

—Ya sabes la respuesta.

—Quiero hacerle una entrevista.

Sunmey no parpadea. No pregunta qué mosca me ha picado. Solo asiente, como si le hubiera pedido que le alcanzara el salero.

—Tras el éxito que tuviste con Du, el de las orejas grandes, no creo que sea difícil convencerla. Dalo por hecho.

Su tranquilidad me desconcierta. Siempre es así con Sunmey: tan sencillo, tan fácil, tan sin complicaciones. Regreso a mi escritorio con paso firme, pero ahora mi mente se ha perdido en otra parte.

¿Por qué para mí todo tiene que ser tan complicado?

Durante años no he podido acercarme a ningún hombre.

Durante años he evitado cualquier posibilidad de sentir algo más allá del deseo vago y distante, como un reflejo detrás de un cristal opaco.

Durante años, he estado feliz yo sola. Y ahora, cuando parece que por fin podría permitirme sentir algo, cuando por fin puedo acercarme a alguien…

Tiene que ser Miguel. El hombre más complicado de todos.

Llevo semanas viéndolo a escondidas en ese horrible lugar, el Gracie’s.

Le he contado a Powell que estoy preparando un artículo sobre la prostitución en Shanghái, por si acaso alguien me descubre visitando ese burdel de mala muerte.

Mientras sean «historias humanas», me da vía libre.

Al menos, es un paso adelante. Lo de los burdeles, de hecho, no es mala idea, he empezado a tomar algunas notas.

Ya he hablado con un par de trabajadoras del local y su historia, desde luego, merece ser contada.

Pero esa no es la cuestión, a mí lo que piensen o lo que digan los demás me es indiferente.

No, lo importante es que no puedo permitir que Miguel me trate así.

En cambio, Sunmey es sensible, inteligente, cariñoso… y sin complicaciones familiares. Sería tan fácil… Si tuviera que elegir con la cabeza, lo elegiría a él. Pero el problema es Miguel. Siempre ha sido Miguel, en Manila, en mi casa o en el Gracie’s. No tiene sentido engañarme.

De pronto, suena el teléfono de mi escritorio. Me sobresalto y lo descuelgo de inmediato.

—Señorita de la Cruz —dice la voz de la operadora—, tenemos conexión con el Excelsior .

Llevo horas esperando esa conexión. Me enderezo en mi silla, tomo aire y dejo todo lo demás de lado. Una voz grave y familiar resuena al otro lado.

— Excelsior, bureau de Paris.

— Bonjour, c’est Isabel de la Cruz.

—Isabel! Ça alors! —La voz de Paul Lambert, el editor con el que suelo tratar, suena genuinamente sorprendida—. Hace una eternidad que no hablamos. ¿Cómo está todo en Shanghái? ¿Qué podemos hacer por ti?

—Todo bien —respondo sin rodeos—. Escucha, necesito vuestra ayuda.

Lambert guarda silencio por un instante. Nunca pregunta tonterías.

—Dime.

—Estoy siguiendo el rastro de un cargamento de oro.

—¿Oro?

—Sí. Posiblemente robado a los judíos que han venido a Shanghái huyendo de Alemania.

Lo dejo ahí, esperando su reacción. No necesito darle todos los detalles, solo lo justo para que entienda la gravedad del asunto.

—¿Y dónde ha aparecido?

—Ha llegado a Marruecos, a Tetuán. Podría estar destinado a financiar un golpe de Estado en España.

Paul no responde enseguida. Imagino que está tomando notas mientras sopesa lo que acabo de decirle.

— Merde … —susurra finalmente—. He oído rumores. Con la victoria del Frente Popular, la derecha está que echa chispas. Pero ese cargamento ha tenido que salir hace meses de Shanghái. ¿Cómo de segura estás de todo esto?

—Bastante. Lo que no sé es dónde está ahora ni en manos de quién. Y ahí es donde necesito vuestra ayuda.

— D’accord… —murmura, pensativo—. Tenemos gente en Tánger. Voy a hacer llamadas. ¿Algo más, algún hilo del que tirar?

Dudo un segundo antes de soltarlo.

—Tengo un nombre. Johannes Bernhardt.

—Dime más.

—Comerciante hispano alemán. Miembro del partido nazi. Ha estado en Shanghái supervisando la operación y ha viajado en persona con el oro hasta Tetuán, a bordo del carguero Marqués de Comillas.

—Con esto tengo bastante. ¿Seguro que sabes lo que estás haciendo?

Me tomo un momento para responder.

—Sí.

—De acuerdo, entonces. Te llamaré en cuanto tenga algo. Fais attention à toi.

Cuelgo y dejo el auricular sobre la mesa. Acabo de abrir otra puerta. Y lo peor es que todavía no sé qué demonios hay detrás.