La noche cae sobre Shanghái Capítulo 33
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Capítulo 33

三十三

Cinco meses y cuatro días antes de la entrevista con Hitler

El Weekly hierve con su bullicio habitual. Máquinas de escribir que resuenan como una tormenta de pequeños truenos, redactores con cigarrillos a medio consumir en los labios, el sonido incesante de los teléfonos que traen noticias de todas partes de China.

Llevo media hora tratando de montar un collage con fotos de peces gordos del Kuomintang cuando San, el chico de recepción, deposita un sobre telegráfico en mi escritorio. Lo tomo con curiosidad, pero, al ver el remitente, el mundo se detiene por un instante.

Madrid-García Lorca

Rompo el sobre sin pensarlo dos veces. Federico y yo hemos intercambiado muchas cartas desde que me fui de Madrid, pero es la primera vez que recibo un telegrama suyo. Tiene que haber ocurrido algo grave. Desdoblo el papel y empiezo a leer.

Macarena, te lo digo. STOP.

España sueña y delira, pero aún tiembla de frío. STOP.

Las plazas hierven de voces y arden las manos del trigo. STOP.

El Frente Popular canta, como un lucero herido. STOP.

Abre caminos de aurora que ya presienten cuchillos. STOP.

La luna baja a los patios con su silencio cautivo. STOP.

Y un delfín salta en la sombra, jabonado de rocío. STOP.

Quisiera que aquí estuvieras, y hablar de lo no dicho. STOP.

Si el miedo canta en las rejas, que lo despierten con brío. STOP.

Que nadie apague esta llama cuando retumbe el estío. STOP.

Me quedo mirando el telegrama, con una sonrisa en los labios. Solo Federico es capaz de gastarse el dinero que no tiene en mandarme un telegrama en forma de poema. Pero enseguida recobro la seriedad.

El Frente Popular ha ganado las elecciones en España.

Cierro los ojos y me permito sentir une breve oleada de alegría, antes de que el escepticismo me asalte.

Es una victoria, sí, pero… ¿cuánto durará?

España lleva demasiado tiempo caminando sobre la cuerda floja, y, aunque ahora parezca que la justicia ha ganado, que las voces de los obreros, de los campesinos, de los intelectuales han sido escuchadas…

, sé bien que la otra mitad del país está mordiéndose la lengua, esperando su momento para devolver el golpe.

Respiro hondo. La República ha resistido. Por ahora.

—Señorita de la Cruz.

—¿Sí?

Levanto la cabeza. San ha abandonado su puesto en recepción y me mira con impaciencia.

—El vicecónsul Julio de Larracoechea ha venido a verla. No ha querido subir, la espera abajo.

Doblo el telegrama con cuidado y lo guardo en mi bolso. La República puede esperar.

—Voy ahora mismo.

Larracoechea me espera en la acera, con las manos en los bolsillos y el gesto tenso. Sé lo jovial que suele ser, de modo que intuyo que algo le preocupa. Cuando me ve, esboza una media sonrisa.

—Vamos a tomar un café —dice sin rodeos.

No pregunto nada. Si Julio ha venido a buscarme, es por algo.

Caminamos hasta el Palace Hotel Café, a solo un par de manzanas de la redacción. Nos sentamos en una mesa junto a la ventana.

—¿Qué quieres tomar? —pregunta Julio mientras enciende un cigarrillo.

—Negro, sin azúcar.

Él asiente y hace un gesto al camarero antes de mirarme directamente.

—Te he visto pensativa al salir.

Dudo un segundo, pero luego saco el telegrama y lo dejo sobre la mesa. No hay nada que ocultar. El café aún humea entre mis manos mientras Larracoechea lo lee en silencio, con el ceño ligeramente fruncido, y, al terminar, deja escapar un leve suspiro antes de levantar la mirada hacia mí.

—Nosotros recibimos la noticia ayer. Telegrama del Ministerio de Estado.

Me recuesto en la silla y cruzo los brazos.

—¿Y qué más dicen en Madrid?

—El Gobierno de Azaña ya ha tomado posesión. —Hace girar su taza con los dedos, sin beber—. Ya sabes que soy un hombre moderado, Isabel. Imparcial, como buen diplomático, yo sirvo al Gobierno que corresponda. Pero tu amigo tiene razón, la cosa está que arde.

—Me lo puedo imaginar.

—Dicen que en algunas ciudades han empezado incautaciones de tierras y fábricas por parte de los sindicatos. Los falangistas están respondiendo con pistolas. Y la guardia civil, como siempre, sin saber a qué santo encomendarse.

Asiento despacio. España en llamas, otra vez.

—Ah, bueno, y han liberado a todos los presos políticos de la República. Lo primero que han hecho. La cárcel Modelo de Madrid está vacía.

Cierro los ojos por un momento.

—No ha hecho falta ni una semana para que el Gobierno tenga su primera crisis entre manos.

—El Frente Popular puede haber ganado en votos…, pero le falta estabilidad. Dentro de un año veremos qué queda de todo esto.

Permanecemos en silencio unos instantes.

La voz de un comerciante británico retumba en la mesa de al lado, discutiendo en un inglés rápido con un socio chino.

Aquí, en Shanghái, todo sigue igual. En España, el suelo está temblando.

Larracoechea deja la taza sobre el platillo con un sonido seco y me mira directamente.

—Pero no he venido por esto, Isabel. He preferido acercarme yo a verte, en lugar de hacerte ir al consulado. No quiero llamar la atención.

—Esto suena peligroso.

—Depende de cómo lo mires. He tenido confirmación telefónica de que la mercancía del Marqués de Comillas ha llegado a Tetuán. Te puedes imaginar lo difícil que es organizar una conferencia desde el Marruecos español a Shanghái. Si lo han hecho, es porque el tema es importante.

—¿Qué ha pasado, Julio?

Larracoechea toma un sorbo de café antes de continuar, pero su expresión me dice que no tiene ningún interés en disfrutar la bebida.

—Al parecer, algo no encaja en la documentación del cargamento. La mercancía estaba consignada a la cervecera San Miguel, pero cuando revisaron los papeles, vieron que parte del cargamento estaba marcado como valija diplomática.

Frunzo el ceño.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Exacto. Es extremadamente irregular. —Siento un escalofrío que me recorre la espalda. Ya sabía que el cónsul estaba implicado, pero no hasta este punto—. Pero eso no es todo. Había una discrepancia con las firmas. Algunos documentos estaban firmados por Vázquez Ferrer, otros por mí.

—¿Y qué has contestado?

Larracoechea se inclina un poco sobre la mesa, bajando la voz.

—Les he explicado que yo me negué a firmar porque encontré mercancías prohibidas y… que tengo motivos para pensar que el cargamento de San Miguel no contiene cerveza, sino opio o joyas robadas.

—¿Y la valija diplomática?

—Les dije la verdad. No tengo noticia de que esa mercancía tuviera la categoría de enseres diplomáticos.

Nos miramos en silencio.

—¿Y qué te han dicho?

Larracoechea deja escapar un leve suspiro y sacude la cabeza.

—Que, de todas formas, han venido del Gobierno militar a retirar la mercancía.

Respiro hondo.

—Así que el cargamento ha llegado y está siendo despachado por la autoridad militar del Protectorado Español.

Larracoechea asiente con gravedad.

—Ya que estamos, hay un par de cosas más que deberías saber.

Le doy un último sorbo a mi café, preparándome. No va a gustarme lo que viene.

—Adelante.

—El memorando de Stalin ha llegado al Ministerio de Estado. Lo están examinando. Han pasado las copias a un equipo de peritos en documentos y fotografía forense —explica, con el tono de quien se mueve entre burocracias cada día—. Los expertos han determinado que es auténtico.

Siento un escalofrío.

—¿Auténtico? Eso sí que no lo esperaba.

—Sí. O, al menos, lo bastante convincente como para que en Madrid se lo tomen en serio.

Aprieto los labios, tratando de calibrar las implicaciones. El documento ha llegado a Madrid en pleno cambio de Gobierno. Eso significa que ahora mismo lo tiene todo el mundo: el Frente Popular, la CEDA, los militares, la Falange.

—Esto nos va a explotar en la cara —murmuro, casi para mí misma.

—Probablemente. Pero eso no es todo: Vázquez Ferrer está recibiendo visitas.

—¿De quién?

Larracoechea empieza a contar con los dedos, con gesto meticuloso.

—El cónsul alemán. El embajador italiano. El general Matsui. Lo sorprendente es que hay alguien más en esas reuniones semisecretas. Madame Chiang.

Se me escapa un suspiro de incredulidad.

—Pues estamos buenos. ¿Qué demonios hace la primera dama de China en reuniones con los nazis, los italianos… y los japoneses? Los japoneses, Julio. Se supone que son enemigos acérrimos. Que se odian a muerte.

—Buena pregunta. Pero lo que está claro es que los chinos están tomando posiciones.

El aire a mi alrededor se vuelve irrespirable. El Frente Popular ha ganado en España, pero aquí en Asia se están formando alianzas, en silencio, en despachos privados y pequeños cafés como este.

—Y dime, Julio… —me inclino sobre la mesa, mirándolo a los ojos—, ¿de qué lado estamos nosotros?

—A estas alturas, Isabel, del lado que sobreviva.

Gorka, laguna maitea :

No aceptes la oferta bajo ningún concepto. Shanghái es una ciudad muy complicada, están sucediendo muchas cosas y Jáuregui no es una persona de confianza. No quiero que tú también te pongas en peligro. Piensa en tu seguridad. Por favor, hazme caso. No vengas.

Zaindu zaitez .

Por más vueltas que le diera, no iba a conseguir que la carta sonara mejor. Si Gorka no captaba el mensaje… Bien, no había nada más que él pudiera hacer. Podría escribirlo con letras más grandes, pero no más claras.

Ahora solo faltaba que Yungli se dignara a aparecer para llevarla. Llevaba más de un mes sin dar señales de vida, desde el día en que le había entregado la carta de Gorka. Un mes en el que Asier no había hecho más que subirse por las paredes.

¿Dónde demonios está?

La ansiedad crecía dentro de él, como una cuerda cada vez más más tensa.

La idea de que Gorka pudiera caer en las mismas redes que lo habían atrapado a él le resultaba insoportable.

Otra vez. Se preguntaba si Jáuregui habría regresado a Shanghái o si seguiría escondido en algún rincón remoto.

La incertidumbre sobre su regreso lo carcomía, lo mantenía en vilo. Al borde del abismo.