Capítulo 32 #2
—Ya sabes cómo funciona esto, Isabel. La gente con dinero, los hombres de negocios… —Se encoge de hombros—. Los traigo, hago que se sientan cómodos. Es útil.
—¿Eso es todo?
Miguel desvía la mirada. Se tensa.
—Yo no… Isabel, me conoces. Llevo loco por ti desde que somos pequeños. Nunca podría… con una desconocida. No… no es para mí. Me crees, ¿verdad?
Su vulnerabilidad me desarma.
—Miguel…
—Dímelo. Dime que me crees.
Sus ojos me atrapan, como cuando éramos críos y me convencía para escaparnos juntos.
Pienso en su cuaderno de dibujo, en el mundo de fantasía que esconde dentro de él.
Siempre ha habido algo entre nosotros, algo que nunca terminamos de resolver…
hasta esa noche. Y entonces el muy cretino desaparece.
Respiro hondo y aparto la mirada.
—¿Por qué este silencio? —pregunto, con la voz más suave de lo que me gustaría—. ¿Por qué tres meses?
Miguel se recuesta en la silla y se pasa de nuevo la mano por el cabello.
—Tenía que dejar pasar un tiempo prudencial después de lo del muelle. Mi madre, Jáuregui, los alemanes…, todo estaba demasiado caliente. Pero… necesitaba verte. Necesitaba hablar contigo.
No aparto la mirada de su rostro, buscando algo en él que me ayude a entender.
—¿Por qué, Miguel? —pregunto de nuevo, casi en un susurro.
Levanta la cabeza, y entonces lo dice, simple y llanamente, sin dramatismos ni rodeos.
—Porque te amo. Quiero estar contigo.
La confesión queda suspendida en el aire, y por un instante el tiempo parece detenerse.
Miguel se levanta despacio de su asiento, con movimientos deliberados, como si temiera que cualquier gesto brusco pudiera hacerme huir.
Se acerca a mí y me besa con ternura, con ese deseo contenido que siempre ha estado presente entre nosotros.
Al principio, me dejo besar.
El contacto de sus labios es cálido, reconfortante, y cuando su mano roza mi mejilla, algo dentro de mí se rompe en pedazos diminutos.
Le devuelvo el beso. Primero, es dulce. Luego, con una intensidad que ninguno de los dos esperaba.
El deseo, la añoranza, la desesperación contenida de tres meses de silencio se mezclan en el beso, que se vuelve cada vez más profundo, más apasionado, más urgente.
Hasta que, de repente, me separo, con una carcajada temblorosa, negando con la cabeza.
—No se te pasará por la cabeza que tú y yo… en un sitio así…
Miguel parpadea, como si le hubiera costado aterrizar en la realidad.
—¡Por supuesto que no! —responde de inmediato, y no puedo evitar reírme de su expresión de escándalo.
Tomo aire, tratando de recuperar la compostura.
—Cuéntame lo que ha pasado durante estos tres meses.
La sonrisa de Miguel se desvanece. Se sienta de nuevo y suelta un largo suspiro antes de empezar a hablar.
—Jáuregui disparó a Jakob a sangre fría. Sin titubear. Sin darle una oportunidad. Pero, claro, Vázquez Ferrer y sus amigos se han encargado muy bien de ocultarlo todo.
Mi mente va a mil por hora, tratando de procesarlo todo. Me siento lenta, necia. Llevo semanas sin información y eso, para una periodista, es como si a una planta le cortan el riego. Se seca y muere.
—Espera, espera. Entonces ¿Jáuregui mató a Jakob? ¿Está confirmado?
—Así es —asiente Miguel—. Y Jáuregui se ha marchado de Shanghái para no llamar demasiado la atención.
—¿Sabes dónde está? Es como si se lo hubiera tragado la tierra.
—Dicen que en Hong Kong. Al parecer, tiene negocios allí.
El silencio que sigue es espeso. Mortecino. Lúgubre. Las sombras de la habitación parecen alargarse sobre las paredes de terciopelo rojo.
—¿Y Asier? ¿Has sabido algo de él? —pregunto, sin demasiada esperanza.
Miguel aprieta la mandíbula.
—No. El día del tiroteo, vi cómo salía corriendo y después… nada. Imaginaba que tú estarías en contacto con él.
No es así. No he vuelto a verlo desde que zarpó el maldito Marqués de Comillas.
Lo he buscado por todas partes, en vano.
Ha dejado el apartamento que compartía con Jakob.
En el Paramount no lo han vuelto a ver. En el Venetia tampoco, ni en el Auditórium, ni en ninguna parte.
Mi última esperanza, absurda, era que Miguel supiera algo.
Por primera vez, me planteo que haya seguido el mismo destino de su amigo. Tengo que hacer un esfuerzo para reprimir las lágrimas. Pero no puedo permitirlo. He de continuar.
Tras la salida del buque, logré que Powell publicara mi artículo.
Al menos una parte, no todo lo que hubiera querido, pero bueno.
El perfil sobre Du Yueh-sheng le encantó, salió en la contra y ha tenido unas críticas bastante buenas.
Pero el resto de mi investigación se la cargó de un plumazo.
Mi jefe no se ha quedado convencido con mis averiguaciones sobre la Banda Verde, los nazis, Bernhardt, el oro de los judíos…
Me faltan pruebas fehacientes, fuentes solventes… y una explicación.
¿A dónde demonios se han llevado el oro, y por qué?
—¿Qué hay del «oro del Rin»?
—Rumbo a Tetuán —responde, con un hilo de voz—.
Debe de estar a punto de llegar a puerto.
Por eso ha regresado mi madre a Manila, quiere controlar la operación desde allí.
Con Andrés, claro. Aquí ya lo ha dejado todo bien atado.
Ahora que han sacado el oro de Shanghái, los alemanes están centrados en firmar una especie de pacto contra la Unión Soviética, con China y Japón…
, a saber. Ya sabes que yo no entiendo de política.
He oído los rumores. El pacto Antikomintern. En la redacción del Weekly no se habla de otra cosa. ¿Firmará Chiang Kai-shek, sí o no?
—¿Y Bernhardt?
—Rumbo a Tetuán, también, con el oro. Y también lleva copias del puñetero microfilm. Ya sabes, el famoso memorando de Stalin.
La realidad cae sobre mí como una losa. El oro robado. El documento que, en las manos equivocadas, podría cambiar el curso de la historia. Y, como colofón, el dichoso pacto. El mundo se va al garete.
Y yo, aquí, en un burdel de Shanghái, con Miguel.