La noche cae sobre Shanghái Capítulo 32
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Capítulo 32

三十二

Seis meses y diez días antes de la entrevista con Hitler

Habían pasado tres meses. Tres.

Asier llevaba tres meses escondido en casa de una familia china, en pleno corazón de Chapei. Su vida se reducía al arroz que comía tres veces al día: desayuno, almuerzo y cena. Arroz. Ese era el auténtico rostro de la pobreza en China.

Sentía que la locura lo acechaba, agazapada en los rincones de aquella habitación que tendría que haber sido su refugio, pero que se parecía más a una cárcel. Apenas era mejor que aquel cuartel de la Guardia Civil en Gernika.

Un día más, la jornada comenzaba con la llegada silenciosa de mama , que dejaba un bol de arroz en el suelo con un gesto tan ausente que Asier dudaba de que la mujer lo viera realmente.

Comía con la mirada fija en la pared, pensando en Jakob.

Se sentía tan culpable. Había sido él quien lo había metido en el asunto del «oro del Rin».

Su compañero Jakob, que no había tenido bastante con las desapariciones de sus familiares en Alemania, con el fiasco de Yunnan, con trabajar en el puerto de sol a sol.

Su amigo Jakob, que nunca dudaba en ponerse de su parte. Siempre.

Y él le había fallado.

El único alivio en su aislamiento eran las visitas esporádicas —muy esporádicas— de Yungli.

Tras el episodio del Marqués de Comillas, había sido él quien le había conseguido un escondite.

Era una suerte que hubiera permanecido en la retaguardia, Asier no sabía qué habría hecho si Yungli también hubiera resultado herido o, peor aún, si hubiera muerto como Jakob.

Entonces sí que estaría solo. Siempre llegaba sin avisar, cuando menos lo esperaba.

Se deslizaba en la habitación con la gracia de un fantasma, se abrazaban, hablaban de cosas sin importancia y, por un rato, se entregaban al único consuelo que parecía auténtico: el sexo.

Pero incluso esos momentos estaban teñidos por la tensión de lo no dicho.

Yungli nunca hablaba de sus asuntos, y Asier no preguntaba.

No quería saber más de la Banda Verde. Se conformaba con la información que Yungli quisiera darle.

Así se enteró de que el Marqués de Comillas había zarpado rumbo a Tetuán, con Johannes Bernhardt y el «oro del Rin» a bordo.

Que Jáuregui había desaparecido de Shanghái sin dejar rastro, como una rata que se esconde después de asestar el mordisco mortal.

Que Miguel Roxas se había refugiado entre su madre y sus amigos alemanes. Que Isabel estaba bien.

Asier oyó el sonido de la puerta mientras aún estaba perdido en sus pensamientos. Se giró justo a tiempo para ver entrar a Yungli con su cautela habitual. Estaba serio, aunque una sonrisa le iluminó el rostro al verlo.

— Nong hao —lo saludó, acercándose para darle un beso en la mejilla.

Asier correspondió el gesto, pero la rigidez de su cuerpo no pasó desapercibida. Yungli percibió la tensión y su sonrisa se desvaneció. Se sentó junto a él, en el borde de la cama, con los ojos clavados en los de Asier.

—Esto no puede seguir así —dijo al fin—. Me estoy volviendo loco aquí encerrado. Necesito salir, respirar, ver algo más que estas cuatro paredes.

Yungli asintió. Su mano buscó la de Asier y la apretó con cariño.

—Lo sé. Pero aún no es seguro. Hace falta más tiempo. Mira, te he traído algo.

Se levantó y sacó de su bolsillo un sobre amarillento y desgastado. Lo manejó con cuidado, como si temiera que pudiera deshacerse entre sus dedos. Asier observó el matasellos de Gipuzkoa.

—Es de casa.

—Llegó a tu antiguo piso —explicó Yungli.

A Asier le temblaron las manos al coger el sobre. Miró el remite: Gorka. Rompió el papel con ansia. Extrajo la carta y empezó a leer:

Kaixo Asier:

Espero que al recibir esta carta te encuentres bien.

Aquí en Gernika todo sigue igual: tu ama y tu anta están bien.

Pero las aguas andan muy revueltas. El ambiente está tenso con todo lo que está pasando.

Va a haber elecciones dentro de poco y dicen que va a ganar el Frente Popular, así que la gente de derechas está muy alterada; dicen que van a perder todo lo que tienen.

La gente habla de más derechos para nosotros, pero con el Gobierno en Madrid siempre cambiando, quién sabe qué pasará.

En fin, no todo es malo. Me ha llegado una carta de un tal Teodoro Jáuregui.

Parece que está buscando pelotaris para el equipo de Shanghái.

Me ha ofrecido un puesto. Aquí las cosas están muy mal, no hay trabajo.

Echo de menos cuando jugábamos juntos, esos sí que eran buenos tiempos.

He pensado en aceptar la oferta y marcharme a Shanghái. ¿Tú qué crees? ¿Es buena idea?

Agur,

Gorka

Hace fresco. El invierno de Shanghái es frío y húmedo, de ese que te cala hasta los huesos. Llevo años aquí y aún no me he acostumbrado. A veces pienso que es peor que París. Echo de menos Manila con su eterno verano.

Pensar en el tiempo no deja de ser un alivio.

No sé qué esperar. Después de tres meses de silencio, Miguel ha dado señales de vida.

Y no solo eso, sino que ha decidido citarme aquí.

En un burdel. Podría haber elegido cualquier otro lugar.

Un café, el Majestic, incluso el Weekly .

Pero no. Me ha mandado una nota lacónica: «Ven a Gracie’s a las 11:30.

Te estaré esperando». Y aquí estoy, cruzando la calle con el abrigo apretado contra el cuerpo, preguntándome qué clase de excusa tendrá Miguel.

Aunque no hay que ser muy lista para imaginárselo. Su familia, siempre su familia.

El burdel no tiene cartel ni nombre visible, pero cualquiera en The Line sabe dónde está Gracie’s.

No es un local más. No es de esos a los que puede entrar cualquiera con suficiente dinero en el bolsillo.

Aquí las puertas no se abren sin una invitación.

Parece que Miguel la tiene. Y ahora, yo también.

Empujo la puerta de madera maciza y me encuentro con un recibidor apenas iluminado. El ambiente está cargado de perfumes baratos, tabaco y una promesa de decadencia envuelta en terciopelo rojo.

Gracie Gale está aquí. La madame. La dueña.

Una mujer con aire de vieja cortesana, con un vestido negro que le cae con elegancia innegable sobre unas curvas bastante generosas.

En su cuello brillan unas perlas que no parecen falsas.

Su piel ha visto tiempos mejores, pero su sonrisa sigue intacta, la sonrisa de alguien que ha cruzado muchos océanos, ha naufragado más de una vez y siempre ha salido a flote.

— Hi, darling , Miguel ya me dijo que vendrías. —Su acento arrastra un deje de San Francisco, aunque la vida la ha pulido en demasiadas ciudades. Honolulu, Yokohama… Shanghái. Me examina con curiosidad y, quizá, algo de aprobación—. Ven conmigo, darling . Te está esperando.

Mis tacones resuenan sobre la alfombra mientras la sigo a través del salón principal.

No me detengo a mirar a mi alrededor, aunque no hace falta.

Sé lo que voy a ver. Lo vi muchas veces cuando era una cría con una cámara en la mano, en Madrid, en Manila y aquí en Shanghái, tratando de capturar lo que todo el mundo finge no ver.

Hombres con chaquetas de lino y labios húmedos de alcohol.

Mujeres de sonrisas perfectas y ojos agotados.

Manos deslizándose por muslos ajenos, risas roncas, miradas furtivas.

No estoy aquí para eso. Estoy aquí por Miguel.

Gracie me guía por un pasillo con paredes forradas en damasco rojo. Me detengo frente a una puerta de madera oscura.

—Aquí está, darling . —Coloca la mano en el pomo, pero, antes de girarlo, me lanza una mirada que parece atravesarme—. No sé qué tienes con Miguel, pero lleva tiempo mal. Muy mal. A ver si puedes hacer algo con él.

No respondo. Porque sé que tiene razón. Porque sé que Miguel nunca me habría llamado si no estuviera al límite de algo.

Gracie abre la puerta, y allí está él. Sentado en una silla de cuero, con la chaqueta abierta y la camisa desabrochada en el cuello.

Un vaso medio vacío descansa en la mesa junto a él.

Levanta la vista cuando entro, pero no dice nada.

Me mira con una especie de remordimiento que me saca de quicio.

Me cruzo de brazos y cierro la puerta con más fuerza de la necesaria.

—¿Cómo se te ocurre citarme en un sitio así? —Mi voz suena dura, incluso para mis propios oídos. Camino hacia él, pisando fuerte sobre la alfombra mullida—. Esto es un prostíbulo, Miguel.

Él suspira y se pasa una mano por el rostro.

—Me siguen a todas partes.

Frunzo el ceño.

—Jáuregui ha desaparecido de la faz de la tierra y he oído que tu madre ha vuelto a Filipinas. ¿Quién te sigue ahora?

Miguel deja el vaso en la mesa con tal brusquedad que él mismo se sobresalta.

—Salgo de una recepción en el consulado alemán. He estado con von Seeckt y von Falkenhausen, los asesores militares del generalísimo, me han preguntado por ti… y tenía que verte.

—Ya veo que estás muy integrado en los círculos alemanes. Pero ¿qué tiene eso que ver?

—Mi familia tiene ojos en todas partes. Tenía que verte en un sitio que no despertara sospechas, ¿entiendes?

—Su voz es un susurro tenso. Suena exagerado, paranoico, pero sé que dice la verdad.

Miguel nunca ha sido de los que imaginan sombras donde no las hay—.

Mira, he pensado lo siguiente. A nadie le sorprenderá que un hombre soltero como yo venga a un sitio como este, y tú…

, tú podrías estar escribiendo un libro.

Lo miro, sin parpadear.

—¿Un libro?

Asiente, con una media sonrisa.

—Sí. Sobre la vida nocturna en Shanghái. Es creíble, ¿no crees?

Cruzo los brazos y lo observo en silencio. La idea no es mala. Pero no puedo evitar una punzada de irritación.

—Se ve que Gracie te conoce bastante bien. —Alzo una ceja, midiendo su reacción—. ¿Vienes mucho por aquí?

Miguel titubea. La sombra de una sonrisa se dibuja en su rostro, pero desaparece rápido.

—Solo para traer clientes.

—¿Clientes?