Capítulo 31
三十一
El día de la entrevista con Hitler
La luz del atardecer caía sobre Bayreuth con una tibieza engañosa.
Miguel entró al Festspielhaus escoltado por Kriebel e Irene, siguiendo la alfombra roja que llevaba a los palcos nobles.
Llevaba el frac que había encargado en Shanghái, con chaleco y pajarita blancos y gemelos de plata.
A su lado, Kriebel caminaba con la seguridad de un conquistador mientras Irene susurraba sobre el Parsifal de Wagner y el honor de ser recibida por el Führer en persona.
El acomodador, vestido con levita y guantes blancos, los condujo en silencio hasta su palco.
Desde su asiento, Miguel podía ver, separado por una fina pared de madera y terciopelo, el palco real.
Allí estaba Adolf Hitler, sentado con la espalda rígida, como una gárgola al acecho desde una catedral.
A su lado, aunque no demasiado cerca, una mujer rubia de rostro inexpresivo. Eva Braun.
Las luces descendieron. El telón subió. Comenzó el primer acto de Parsifal de Wagner.
Los acordes del preludio, lentos y graves, llenaron el auditorio.
En el escenario, el bosque de Montsalvat aparecía envuelto en brumas.
Gurnemanz hablaba con dos escuderos sobre la lanza sagrada, sobre el dolor de Amfortas, el rey herido.
Aparecía Parsifal, el tonto casto, desorientado, ignorante aún de su destino.
La música se desplegaba con solemnidad, como si cada compás abriera una nueva dimensión espiritual.
Pero Miguel apenas escuchaba. Su cabeza estaba lejos.
El informe de Isabel pesaba en su interior como un plomo.
Si lo entrego, puede que todo esto se derrumbe…
, pero si no lo hago… Se obligó a mirar a Kriebel, que seguía la representación con rostro de mármol.
¿Cómo podía conservar la calma, sabiendo lo que había hecho?
Miguel sintió la humedad bajo la camisa. Últimamente, había empezada a sudar.
La mala conciencia.
A su lado, Irene parecía absorta, emocionada.
Tengo que hacerlo. Hoy. Tengo que hablar con Hitler. Decirle la verdad. Que su propia gente lo ha engañado. Se pondrá furioso. Es nuestra última oportunidad.
Bajó el telón. Se encendieron las luces de sala. Una pausa. Miguel sintió que el tiempo se le agotaba. La decisión era suya. Un leve toque en el hombro lo hizo sobresaltarse. Un oficial de las SS, impecable, les hizo una seña.
—El Führer los espera.
Miguel se levantó detrás de Kriebel e Irene y los tres fueron escoltados hasta el palco real. Hitler no se levantó, pero asintió con la cabeza.
—Herr Kriebel —dijo—, ya me han puesto al corriente de su participación en todo esto. Así que usted descubrió al agente soviético. ¿Cómo se llamaba?
—Volkov, príncipe Nikolai Volkov —respondió Kriebel sin dudar.
Miguel sintió un latido irregular. Ese era el momento. Podía decirlo. Gritarlo, incluso. Pero no lo hizo. No dijo nada. Se limitó a bajar la mirada, como si en las vetas del mármol del suelo pudiese encontrar alguna señal.
Entonces la cortina del palco se abrió de golpe y entró Isabel.