Capítulo 30 #4
Miguel miró la pluma, luego la mirada implacable de su madre, y pensó en Isabel. Pensó en la amenaza contra su vida, en lo que significaba firmar esos papeles. No podía enfrentarse a su madre. No podía romper con todo, no todavía. Así que, con una mirada vacía, extendió la mano y firmó.
Así debió de sentirse Alberich cuando renunció al amor para forjar el anillo.
Casi podía escuchar los acordes wagnerianos de fondo.
—Con esto, lo tendríamos todo —dijo Vázquez Ferrer, con una media sonrisa—. Herr Bernhardt ya está a bordo, provisto del auto firmado por mí que lo exonera de todos los cargos. Ahora, solo falta esperar que la mercancía llegue a Tetuán. Tenemos que entregarle los documentos al capitán.
Jáuregui se adelantó al instante, tomó los papeles y se los deslizó bajo el brazo con una sonrisa fría.
—Lo haré yo mismo—dijo, con gesto arrogante—. Vamos, Miguel, acompáñame, así todo parecerá más verídico. Al fin y al cabo, somos los dos apoderados de la empresa. Los principales interesados en que la mercancía llegue a buen puerto, ¿no es así?
Miguel asintió, incapaz de pronunciar palabra. Caminó detrás de Jáuregui, sin poder quitarse el peso de lo que acababa de hacer. La culpa, la rabia, la impotencia se mezclaban dentro de él como una masa informe. A cada paso que daba, sentía que se hundía más en la oscuridad.
Salieron al puerto.
El sol caía a plomo sobre el Whang-poo. El agua brillaba con un resplandor blanco, casi insoportable.
Las sombras de los buques se recortaban contra el muelle, cortas, negras, como heridas abiertas sobre el cemento.
Las banderas de las compañías colgaban lánguidas, sin viento que las moviera, y el reflejo del sol en los cascos metálicos cegaba a cada paso.
El aire vibraba por el calor y por el ruido de los motores, los silbidos de las grúas, el chasquido metálico de las cadenas. A lo lejos, se oía el retumbar de las sirenas y el eco de las fábricas del Bund, confundido con las voces de los estibadores y el golpeteo de las cajas.
En ese momento, un ruido se alzó por encima de los otros. Una sirena.
Jáuregui se adelantó hacia el Marqués de Comillas.
El «oro del Rin» ya estaba abordo, solo quedaban las últimas cajas.
Los marineros, sudorosos, las empujaban con cuidado bajo la mirada de un oficial de la aduana.
El oro dentro de las cajas debía de resonar, pensó Miguel, pero no: lo que sonaba era el silencio.
El silencio de los culpables. El destino de toda aquella operación estaba sellado, al igual que el de su alma. Si es que aún tenía una.
Durante un instante, creyó ver cómo el sol, al reflejarse sobre la superficie del agua, se fragmentaba en mil destellos dorados. Oro líquido. El «oro del Rin». Sintió un escalofrío: aquello ya no era mercancía, era una maldición que zarpaba hacia España.
Estaban ya en la pasarela cuando Miguel vio a Asier y otro chico al que no conocía, corriendo entre las sombras.
Su corazón se aceleró. ¿Qué estaban haciendo allí?
El aire se detuvo por un instante, como si el puerto entero contuviera la respiración.
Miguel quiso gritar, advertirles, pero la voz se le ahogó en la garganta.
En ese instante, un disparo retumbó en el aire.
Todo sucedió con una lentitud insoportable.
La detonación había ocurrido tan cerca que Miguel no podía escuchar nada.
El ruido del puerto había desaparecido, solo oía el zumbido del eco en sus oídos.
En medio del silencio, vio cómo el rostro de Asier se congelaba en una expresión de sorpresa y luego su cuerpo se lanzaba al suelo, buscando refugio entre bidones, cajas y contenedores.
El polvo se levantó como una nube parda.
Las gaviotas echaron a volar sobre el muelle, gritando.
El miedo le recorrió todo el cuerpo. No entendía qué estaba ocurriendo.
Giró el rostro hacia la derecha y allí, a su lado, vio a Jáuregui.
El capitán de los pelotaris estaba de pie, con la pistola todavía en la mano.
El cañón humeaba, y él tenía la mirada fija, fría, sin una sombra de duda.
Había en su gesto algo de placer, como si disparar no fuera un acto violento, sino una forma de reafirmar su poder.
Miguel lo contempló durante un instante antes de volver la mirada hacia Asier.
Sus ojos se cruzaron con los suyos. Fueron solo unos segundos, pero fue como si el tiempo se detuviese.
El viento se llevó el humo del disparo y, en ese vacío, Miguel creyó reconocer en la mirada de Asier algo parecido a la piedad. No por sí mismo, sino por él.
Después, Asier se lanzó a correr y desapareció entre las sombras, como un animal escurridizo que se ve acorralado.
Solo entonces se dio cuenta de que el otro chico, el compañero de Asier, estaba tirado en el suelo. Una mancha de sangre se extendía por su pecho.
No se movía.
Miguel se acercó un paso, como si quisiera comprobar si aún respiraba, pero se detuvo. No podía hacerlo. No después de haber firmado.
El «oro del Rin» ya se había cobrado su primer tributo.