Capítulo 30 #3
Asier se acercó con cautela. La pequeña llave dorada seguía colgando de su cuello.
Le tembló el pulso mientras extendía la mano para cogerla, pero, justo cuando sus dedos rozaron el metal, oyó un ruido tras él.
Giró la cabeza a tiempo para ver a dos hombres enormes, vestidos con trajes negros y cara de brutos, que entraban en la habitación.
Antes de que pudiera reaccionar, uno de ellos lo agarró por los brazos mientras el otro inmovilizaba a Jakob, que no había logrado avanzar más allá del umbral.
Los arrastraron por el pasillo y bajaron varios tramos de escalera hasta un lugar frío y húmedo.
Allí los llevaron a un cuarto oscuro que debía de estar en los sótanos de la mansión.
Asier y Jakob no tuvieron tiempo de protestar antes de que los ataran de manos y pies y los amordazaran con brutalidad. El suelo de madera apenas amortiguó el golpe cuando los arrojaron allí para dejarlos solos en la oscuridad.
Asier respiraba con dificultad.
La llave había estado tan cerca. Tan cerca.
Me quedo allí, en el banco de piedra, observando cómo Du Yueh-sheng se aleja con su séquito. Sin duda me ha dado material para mi artículo. Podría irme ahora mismo a la redacción y empezar a trabajar en él. Powell se quedaría estupefacto.
Pero no voy a hacerlo.
La operación está en marcha, pero aún no ha concluido. Aún puedo hacer algo.
Veo cómo Asier y Jakob desaparecen entre los árboles.
Me levanto de un salto. Intento calmar mi respiración mientras observo el entorno.
El jardín que ya no me parece tan bello, el agua que ya no suena tan tranquila.
Me dirijo hacia una de las avenidas principales.
No hay taxis disponibles aquí, no en el laberinto de calles estrechas y mercados apretados.
Solo hay un modo de transporte, y es un rickshaw .
El hombre que maneja el carro me mira con curiosidad, como si no fuera común ver a una mujer con tanta determinación en la mirada. Supongo que soy un bicho raro.
Una llave la tiene la Banda. Esa está fuera de mi alcance. La otra la tienen los alemanes. Y apuesto a que sé qué alemán en concreto.
—Llévame al consulado alemán, por favor.
El conductor asiente, sin preguntar nada más mientras me acomodo en el asiento.
El rickshaw empieza a moverse con un ritmo pausado pero constante.
Sus pasos resuenan sobre las calles empedradas, sin molestarse siquiera en esquivar los charcos.
A nuestro alrededor, la vida en Shanghái continúa.
Es curioso cómo, a pesar del bullicio, todo me suena distante, irrelevante.
Ajeno. Cada vez que mi vista se detiene en una esquina o un edificio, me siento más alejada de lo que debería ser mi vida cotidiana.
Pienso en lo que me espera. Pienso en cómo enfrentarme a él, en cómo conseguir que Herman Kiebel, el hombre con fama de estar hecho de acero, me entregue la llave de la bóveda.
Solo tengo una vía: amenazarle con la verdad.
Puedo contar a la opinión pública lo que ha hecho.
Tengo fuentes sólidas, fiables. Si no colabora, puedo hablar.
O mejor aún, puedo escribir.
El rickshaw avanza por la ciudad vieja hasta que deja atrás los callejones estrechos y se adentra en el corazón de Shanghái.
Enseguida me veo rodeada de los rascacielos y del constante ir y venir del Bund.
El conductor se detiene frente al consulado alemán.
Me bajo del vehículo de un salto y me acerco a la puerta principal.
El guardia de la entrada me mira con desconfianza, pero no le doy tiempo a que diga nada.
—Necesito ver a herr Kriebel. Soy Isabel de la Cruz, periodista. El cónsul me conoce. Es muy importante.
El guardia parece dudar, pero algo en mi tono le hace cambiar de idea.
Después de un breve intercambio de miradas con un colega, me indica con un gesto que siga.
Me llevan a una sala de espera pequeña, sobria, con paredes forradas de madera oscura y una lámpara que emite una luz impertinente.
Me siento en una de las sillas, pero no logro tranquilizarme.
La tensión me recorre el cuerpo como un hilo de seda que podría romperse en cualquier momento.
No han pasado ni cinco minutos cuando la puerta se abre sin previo aviso.
Entra Herman Kriebel, con una sonrisa de oreja a oreja, como si fuera a recibir a un viejo amigo.
Ni siquiera me da oportunidad de hablar.
—Fräulein Isabel, sabía que vendría. Lamento comunicarle que ya es tarde. Demasiado tarde.
Lo miro, sin poder disimular la frustración que crece en mí. Mi corazón late más rápido, mi respiración se acelera. No estoy lista para lo que está por llegar. Pero, ¿qué otra opción tengo?
—Escúcheme —comienzo—, lo sé todo respecto al «oro del Rin» y el Weekly …
Pero él me interrumpe.
—Por cierto —dice de manera casi casual, como si la conversación fuera una mera charla de cortesía—, dele recuerdos a su amigo Miguel. Dígale que la cena en su casa, el otro día, fue deliciosa. Espero que repitamos pronto.
Tardo unos instantes en asimilar el sentido de sus palabras. ¿Quiere decir que Miguel nos ha traicionado?
Imposible. No puedo creerlo.
Pero ¿cómo si no explicar su desaparición?
Oscuridad. Vacío. Frío.
Asier no supo cuánto tiempo había pasado desde que los habían arrojado junto a Jakob a aquel cuartucho sin ventanas. La oscuridad lo devoraba todo y Asier se sentía más perdido que nunca.
Los sonidos del exterior eran ininteligibles: puertas que se abrían, pasos arrastrados, susurros en chino.
Cada ruido que alcanzaba sus oídos aumentaba su pánico ante la incertidumbre.
Jakob seguía en silencio a su lado, atado y amordazado como él, sin duda igual de desconcertado.
Asier no sabía si habían pasado horas o minutos; si era el hambre o la incomodidad de las cuerdas lo que lo mantenía despierto.
De pronto, un sonido rompió el silencio como un chispazo.
Un ruido metálico resonó a lo lejos. Se abrió una puerta.
No la misma por la que habían entrado, sino otra, una que Asier no había visto antes.
Su cuerpo se tensó, listo para… ¿para qué?
¿Qué podía hacer, con las manos y los pies atados?
El trasluz que se filtró por la ranura le dio una idea de lo que ocurría, pero no reconoció la figura del umbral hasta que una voz familiar disipó toda duda.
—¿No podías estarte tranquilo, verdad?
Era Chao Yungli.
El alivio lo invadió antes de que pudiera pensarlo.
Yungli estaba allí, con esa calma inalterable en el rostro y una navaja en la mano.
Asier respiró hondo, aunque el miedo seguía a flor de piel.
Yungli se acercó con pasos firmes, con la seguridad de siempre, y con un gesto rápido se agachó para cortar las ataduras de Asier y Jakob, liberándolos de las cuerdas que los mantenían inmovilizados.
Luego les retiró las mordazas, y por fin pudieron respirar con normalidad.
—¡Rápido! —susurró Yungli, llevándose un dedo a los labios—. Seguidme.
Asier no lo dudó. Se incorporó de un salto, aunque las piernas entumecidas le jugaron una mala pasada y tropezó al dar el primer paso.
Jakob, todavía aturdido, lo siguió con cautela.
El pasillo al que salieron era estrecho, húmedo, más parecido a un túnel que a una galería. El aire olía a tierra y a óxido.
—¿Qué es esto? —preguntó Jakob, con la voz ronca—. ¿Dónde estamos?
Yungli lo miró por encima del hombro, con una leve sonrisa en los labios.
—La Casa Verde está llena de pasadizos subterráneos —respondió—. No esperaréis que los cargamentos de opio lleguen por Bubbling Well Road, ¿verdad?
Asier sintió un nudo en el estómago.
—¿Adónde vamos? —preguntó con voz firme, decidido a no avanzar más sin entender.
Yungli no se detuvo. Siguió caminando con pasos cortos y precisos, la navaja aún en la mano.
—Al puerto, por supuesto —dijo, sin volverse—. Creí que queríais recuperar ese maldito oro. He traído unos explosivos. Podemos evitar que el Marqués de Comillas zarpe.
Miguel había empezado a odiar la Casa de Aduanas.
El aire viciado, el olor a papel viejo, la humedad, el ruido.
Cuando todo hubiera acabado, iba a tener que buscarse otro trabajo.
Uno muy lejos de allí. En América, quizá, podría retomar su sueño de estudiar Arquitectura.
Allí, quizá los tentáculos de la familia no hubieran llegado todavía.
Junto a él, su madre, de pie con Vázquez Ferrer a su lado, le señalaba el lugar donde tenía que firmar, como si fuera idiota y no pudiera distinguir una línea de puntos.
—Vamos, Miguelito, firma aquí.
Teodoro Jáuregui, también presente, ya había firmado.
Miguel miró el papel, la tinta negra y los sellos de la cervecera y del consulado.
Sabía lo que decía, y lo que no decía. Cerveza San Miguel, eso era lo que estaba declarando.
Pero lo que estaba dentro de las cajas, lo que realmente iban a exportar, no era cerveza.
—Ya, mamá, el único problema es que este documento es falso. Lo que hay en las bodegas no es cerveza, es el oro que les han robado a los judíos —dijo, intentando no levantar la voz.
Su madre lo miró, impasible, pero, antes de que pudiera replicar, Teodoro Jáuregui intervino, su voz áspera como siempre.
—Judíos de mierda —murmuró Teodoro, despectivo—. Ya me dirás para qué quieren el maldito oro. La Causa sí que lo necesita.
Miguel sintió un nudo en el estómago. Ya no estaban hablando de oro ni de mercancías. Hablaba de algo más profundo, de algo que no se podía ignorar. La Causa.
Doña Carmen, como siempre, insistió con su tono inflexible.
—Miguelito, firma ahora. Ya.