Capítulo 30 #2
—¿Y el imperio alemán? ¿Qué hay del Tercer Reich? Se dice que la Banda trabaja codo con codo con los alemanes.
—Los alemanes son un mal necesario —responde, impasible—. China depende de ellos para modernizarse. Yo me limito a hacer mi parte.
—¿Cómo con el «oro del Rin»?
Por primera vez, Du parece genuinamente sorprendido. Gira la cabeza y me mira con intensidad.
—¿Qué sabe usted de ese oro?
Contengo el aliento antes de responder. Todo o nada. No hay otra opción.
—Sé que fue robado a los judíos que intentaban huir de Alemania, a personas desesperadas que pagaron un precio altísimo con la esperanza de empezar una nueva vida.
—No es tan sencillo —dice Du, y se detiene.
El rumor del estanque ahoga mis pensamientos mientras espero a que continúe.
Al fin, suspira. Es la primera vez que se quita la máscara de hombre todopoderoso.
Siento el impulso de sacar la Leica del bolso, pero me contengo—.
Aquel oro no vino a Shanghái en barcos de guerra ni en trenes blindados.
Llegó en maletas. En cajas de té. En los bolsillos de hombres asustados que habían vendido todo para huir.
—¿Y cuál fue el papel de la Banda? ¿Ayudarlos? ¿Por la bondad de su corazón?
—Cuando uno tiene poder en Shanghái, el dinero llega como el agua.
Yo ofrecí canales para que ese oro no cayera en manos de los japoneses ni de los comunistas.
Los alemanes confiaban en mí porque creían que mi ambición era más fuerte que mis principios.
Y quizá tenían razón, pero no del modo que pensaban.
—Entonces el plan de Yunnan, la idea de crear un nuevo hogar para los judíos en China… ¿era cierto?
—Durante un tiempo, el menos, lo fue. Se pagaban sobornos, se abrían rutas.
Se salvaron cientos de vidas. Pero luego…
—deja la frase suspendida, como si aún le doliera—.
Luego el oro empezó a pudrirlo todo. Los nazis querían controlarlo, los señores de la guerra querían apropiárselo, los bancos extranjeros querían lavarlo.
Y los refugiados… ellos solo querían escapar.
Acaricia el anillo de jade que lleva en el meñique.
—¿Qué pasó entonces? ¿Qué fue del oro?
—Cuando comprendí que aquel dinero ya no pertenecía a nadie, que cada lingote llevaba impresa una maldición, tomé una decisión.
Lo guardé. Lo encerré bajo llave en una bóveda que solo yo podía abrir.
Dos llaves, en realidad, como un juego de equilibrios.
Una la tienen los alemanes. La otra, la Banda.
—¿La tiene usted?
—Alguien de mi entera confianza.
—Entonces… aún estamos a tiempo —me oigo decir.
Mi corazón parece una bomba a punto de estallar.
Sé que estoy cruzando la línea, pero ahora no puedo detenerme—.
Imagine el gesto: usted, el todopoderoso Du Yueh-sheng, el amo de Shanghái…
, devuelve el oro robado a los pobres judíos.
Sería un acto de compasión digno de un emperador.
Todo el mundo lo respetaría. Y a usted no le cuesta nada… Ese oro no es nada para usted.
Du me observa, impasible, durante unos segundos que se me hacen interminables, y al fin estalla en carcajadas.
—Muy bien jugado, Yi-seh-peh , como una auténtica maestra del mahjong .
Apelar a mi patriotismo, a mi piedad, a mi deseo de ser respetado…
, pero, cuando usted nació, yo ya llevaba años jugando.
Ya le he dicho que los negocios son negocios.
Y, aunque quisiera hacer lo que usted dice…
, es tarde. La operación ya está en marcha.
—¿Tarde, por qué? ¿Qué quiere decir?
—El intercambio se está realizando ahora mismo.
Siento un nudo en la garganta.
—¿La Banda ha pactado entregarlo a los alemanes?
—Así es.
—¿A cambio de qué?
—De algo mucho más mundano. —Hace una pausa, observando cómo una hoja seca flota en el estanque—.
Ya se lo he dicho, ese oro corrompe a todo el que lo toca.
El opio, en cambio, solo adormece. Es… más honesto.
—Me quedo en silencio. En el Rin de Wagner se hundían los dioses.
En Shanghái, los hombres. Siempre por el mismo motivo: el oro—.
Estoy deseando leer su artículo, Yi-seh-peh nushi. Confío en que me hará justicia.
El viento mueve las ramas del bambú y el reflejo del agua parece temblar.
Du Yueh-sheng se levanta con la misma calma con la que llegó, hace una ligera inclinación de cabeza y se marcha, seguido de sus escoltas.
Me quedo sola en el banco, con el sonido del agua y el murmullo lejano de los visitantes del jardín como única compañía.
Asier y Jakob se alejan en dirección opuesta.
Tengo que hacer algo. Pero ¿qué?
Asier apenas podía creer lo que acababa de escuchar.
Era como si el silencio se hubiera impuesto de pronto en el jardín.
Hasta ese momento, el aire estaba lleno del murmullo de conversaciones en chino, del susurro del viento que agitaba los bambúes, del chapoteo del agua en el estanque.
Ahora, Asier solo tenía oídos para las palabras de Du, el de las orejas grandes.
Una llave, en manos de alguien de su absoluta confianza.
Eso solo puede significar una cosa.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Recordaba perfectamente aquella llave dorada que pendía de una cadena en el cuello de su jefe. Todo encajaba. Su cuerpo quería quedarse allí, escuchar más, pero su mente le gritaba que no había tiempo.
Tenía que actuar ya.
No se detuvo a pensarlo. Echó a correr a toda prisa, esquivando a los vendedores ambulantes y a la multitud de chinos de todas las clases sociales que merodeaban entre los puestos de jade y porcelana.
Su disfraz de vendedor —con la carreta llena de frutas y el sombrero de paja— le pesaba como si llevara una armadura.
—¡Espera! ¡Asier, espera! —gritó Jakob, tras él, cuando ya habían salido de Yuyuan. Asier se giró. Su pecho subía y bajaba a toda velocidad—. No pensarás irte sin mí, ¿verdad?
Asier lo miró un instante. Quiso decirle que no, que aquello era algo que debía hacer solo, pero Jakob tenía razón. Habían llegado demasiado lejos para separarse ahora.
—Está bien. Pero no te separes de mí ni un segundo. Esto no va a ser fácil.
Jakob asintió, ajustándose la amplia chaqueta de su disfraz de pescador.
—Nunca lo es.
Echaron a correr por las callejuelas de Shanghái.
Asier sabía muy bien adónde se dirigía. La noche anterior había terminado agotado tras su turno en el Venetia, pero, aun así, Wu lo había llevado consigo a la Casa Verde, un lugar que empezaba a conocer demasiado bien.
Las noches en aquella mansión se confundían entre el humo denso del opio, los susurros en chino cuyo significado completo nunca terminaba de descifrar y la constante sensación de estar hundiéndose más y más en un pozo sin fondo.
Después del sexo, Wu había estado de buen humor.
Insistió en que se quedara un poco más, que compartiera con él un rato tranquilo.
Mientras Asier descansaba en un diván tapizado de terciopelo azul, Wu se había sentado desnudo frente a él, con un vaso de licor en la mano.
La pequeña llave dorada colgaba de su cuello, balanceándose cada vez que se inclinaba hacia delante.
Asier la había tenido tan cerca que, por primera vez, había descifrado el emblema que tenía grabado: las iniciales del HSBC, el banco más grande de todo Shanghái.
Cuando la noche comenzó a desdibujarse con la llegada del amanecer, Wu lo despidió desde el diván.
Con una sonrisa suave, le pasó un dedo por la barbilla antes de decirle —ordenarle, casi— que volviera más tarde.
«Estaré aquí toda la mañana», había dicho.
Así que sí, Asier sabía perfectamente dónde encontrar el «oro del Rin». En una bóveda de seguridad en el HSBC. Una bóveda que se abría con la llave que Wu T’ung-wen llevaba siempre al cuello.
Avanzó hacia la avenida principal y vio a dos jóvenes con bicicletas apoyadas contra un muro, charlando en voz baja. Se acercó, metió la mano en el bolsillo y sacó un fajo de billetes. Otra cosa no, pero, desde que trabajaba para Wu, dinero no le faltaba.
Los chicos lo miraron con desconfianza mientras él les mostraba los billetes.
— A la yao nong-la zi-shin-tshia. Sen-tseh! —gritó, en su chino siempre rudimentario—. Necesito vuestras bicicletas. Ahora.
Los dos jóvenes intercambiaron una mirada, indecisos, pero el volumen del fajo acabó por convencerlos.
Tras unos segundos de confusa negociación en shanghainés, aceptaron y desaparecieron con el dinero.
Asier y Jakob se quitaron las partes más aparatosas de sus disfraces, se subieron a las bicicletas y pedalearon como locos hacia Bubbling Well Road.
El sudor les caía por la frente cuando por fin llegaron a la Casa Verde. Asier dejó las bicicletas tiradas sin ceremonia frente al portón principal mientras Jakob le lanzaba una mirada interrogante.
—¿Y ahora qué?
—Tranquilo. Aquí ya me conocen.
Asier golpeó la puerta con fuerza. Al poco, abrió uno de los criados de Wu. Sus ojos mostraron un reconocimiento inmediato. Sin decir palabra, el hombre le hizo un gesto para que pasara. Hizo una pausa apenas perceptible al ver a Jakob, aunque enseguida se apartó para dejarlos entrar.
— Master aún no levantado.
Asier asintió y subió las escaleras a toda prisa. El corazón le retumbaba con cada paso. El pasillo que conducía al salón privado de Wu estaba tan silencioso como siempre. Olía a opio, a tabaco, a alcohol rancio.
Empujó la puerta y lo encontró exactamente como lo había dejado la noche anterior: desnudo, tumbado en el diván azul, con el vaso de licor aún en la mano y una pipa de opio humeante sobre la mesa. A todas luces, estaba más inconsciente que dormido.