La noche cae sobre Shanghái Capítulo 30
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Capítulo 30

三十

El día en que sale el cargamento

Miguel abrió los ojos con sobresalto, deslumbrado por la luz del sol que entraba desvergonzada por las ventanas recién abiertas. La voz inconfundible de su madre cortó el último hilo de su sueño como una navaja.

—¡Miguelito, arriba! Tienes cinco minutos para arreglarte. Nos esperan en la Casa de Aduanas.

Por un instante, Miguel no supo dónde estaba. Miró alrededor, parpadeando con fuerza, y se dio cuenta de que no estaba en su dormitorio habitual, sino en el cuarto de invitados. Las cortinas eran distintas, más finas, y el armario pequeño y austero.

Claro, la habitación principal ahora es territorio de mamá.

El dolor de cabeza le avivó el recuerdo de la noche anterior.

Su madre le había sorprendido invitando a cenar al cónsul alemán, a Herman Kriebel, en su propia casa.

Sin consultarle, por supuesto. Miguel había quedado tan asqueado tras horas de aguantar loas al Führer, diatribas contra Francia y el Reino Unido y comentarios horribles contra los judíos que había tenido que escapar sin dar explicaciones.

El domingo era la noche más salvaje en el infame Metropole, y él se había excedido, como siempre, con los old fashioned .

Apenas recordaba el número exacto, pero sí el momento en que estuvo a punto de coger un taxi y plantarse en casa de Isabel para hablar con ella.

Por suerte, o tal vez por desgracia, en el último momento había recordado la amenaza de Jáuregui.

El único motivo por el que no había ido cada día a llamar a su puerta.

Si le sucede algo a Isabel… no me lo perdonaría nunca.

—¿Qué pasa? —preguntó Miguel, con voz pastosa, girándose bajo las sábanas para mirar a doña Carmen, de pie junto a la ventana con su traje de chaqueta color marfil.

—¿Qué pasa? —repitió ella con un tono que parecía burlarse de su hijo—. Ya te lo he dicho. Nos esperan en la Casa de Aduanas.

—¿Para qué?

Doña Carmen lo miró como si hubiera preguntado la cosa más absurda del mundo.

—El Marqués de Comillas sale en unas horas, y aún tienes que firmar los documentos de exportación —respondió, sacudiendo la cabeza como si estuviera hablando con un niño al que hay que explicar lo obvio.

Después, tras un instante de silencio, continuó con su habitual tono de autoridad—. ¡Cinco minutos, Miguelito!

Y, con esa última orden, salió del cuarto, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco.

Miguel se quedó tumbado en la cama, mirando al techo como si esperara que este le diera alguna respuesta, alguna salida mágica al laberinto en el que se encontraba atrapado.

No podía hacerlo. No iba a ser parte de algo así.

Por primera vez en su vida, sintió una resistencia verdadera, una chispa de rebeldía que no se apagó al pensar en la figura imponente de su madre.

No quiero hacerlo. No puedo hacerlo.

No lo haré.

Pero enfrentarse a doña Carmen era otro asunto.

Con mamá no se lucha de frente. Siempre gana.

La estrategia debía ser otra. La única que conocía, la que le había funcionado en sus días de niño gordito: esconderse y pretender que no existía.

Se dio la vuelta en la cama, agarró las sábanas y se las llevó por encima de la cabeza, como si fuera una criatura que se esconde de sus miedos.

Que espere. Que me grite. Que monte todo el escándalo que quiera. No voy a moverme.

El peso de la presencia de su madre llenó la habitación antes siquiera de que Miguel la viera.

Lo sintió en el aire, en el leve crujido de la puerta al abrirse, en el golpeteo firme pero controlado de sus tacones sobre el suelo.

El colchón se hundió ligeramente cuando ella se sentó en la esquina de la cama, y Miguel, oculto bajo las sábanas, contuvo el aliento.

El perfume inconfundible de doña Carmen, una mezcla de jazmín y algo metálico que siempre asociaba con ella, lo invadió.

—Miguelito, creo que no me he explicado con claridad —empezó ella, con ese tono frío y cortante que utilizaba cuando estaba decidida a ganar una discusión, aunque en realidad nunca perdía ninguna—.

Ese capricho tuyo con Isabel de la Cruz ha durado ya demasiado y nos ha traído bastantes problemas.

Isabel es una roja, igual que su amigo, el mariquita ese…

El vasco, Adán, Asier o como se llame. Y los dos te van a llevar por el mal camino.

Miguel, sin asomar la cabeza, se limitó a guardar silencio.

—Y tú, Miguelito —continuó ella—, tú vas a cumplir con tu obligación con la familia, como has hecho siempre…, porque si no Isabel y el camarero vasco van a pagar las consecuencias, ¿entiendes?

Miguel sintió cómo un sudor frío le recorría la espalda. No quería moverse, no quería dar señales de que estaba escuchando, pero su cuerpo lo traicionaba.

—Como Isabelita no deja de meter las narices donde no la llaman, hoy va a verse con el señor ese de las orejas grandes, ya sabes quién, el jefe de la Banda Verde.

Teodoro está avisado y sabe dónde tendrá lugar la reunión.

Una palabra suya… y fin de la historia, no habrá más Isabel.

Me entiendes, ¿verdad? ¿O hace falta que lo diga aún más claro?

—Miguel sintió que el corazón le daba un vuelco.

Era imposible que su madre supiera todo eso, imposible que se rebajara a amenazarlo de ese modo.

Y, sin embargo, ahí estaba—. A no ser que tú firmes los documentos. ¿Has entendido ya, Miguelito?

El silencio en la habitación era sofocante. Miguel tomó aire, sintiendo que cada palabra que iba a pronunciar era como un paso hacia un abismo.

—¿A qué hora me has dicho que zarpa el Marqués de Comillas? —preguntó finalmente, con la voz ahogada, sin salir aún de debajo de las sábanas.

Por un instante, no hubo respuesta. Luego, doña Carmen se levantó, con ese movimiento calculado y elegante que la hacía parecer una reina dando órdenes a sus súbditos.

—A mediodía. Ya vamos tarde, así que hazme el favor de darte prisa.

—Sí, mamá.

Yuyuan es uno de mis lugares favoritos de la ciudad vieja. Aunque hoy no he venido aquí para disfrutarlo.

Estoy sentada en un banco de piedra, junto al agua.

Mientras espero, observo cómo los peces koi se deslizan bajo la superficie como las pinceladas de un cuadro de Monnet.

La arquitectura del jardín es una obra de arte en sí misma.

Es un lugar diseñado para la meditación, no para el espionaje y las intrigas. Pero no me toca a mí decidir.

A lo lejos, entre los senderos que rodean el estanque, puedo distinguir a Asier y a Jakob.

Ambos han insistido en acompañarme, aunque su presencia tiene que pasar desapercibida.

Asier está disfrazado de vendedor ambulante, con una carreta llena de frutas que compró esta mañana en el mercado.

Lleva un sombrero de paja que le cubre gran parte del rostro y, si no lo conociera tan bien, diría que parece bastante convincente.

Jakob se ha vestido de pescador, con una red al hombro y un pequeño cubo junto a sus pies.

Se mueve con tal naturalidad que incluso yo tengo que esforzarme para distinguirlo entre los demás visitantes del jardín.

Mi mirada se posa en el camino que conduce a la entrada principal.

Du Yueh-sheng llega con calma. Viene rodeado de cuatro hombres, altos y corpulentos, vestidos de manera sencilla, pero con una rigidez que los delata como escoltas.

Du camina en el centro, con las manos cruzadas a la espalda.

Nuestras miradas se cruzan y él se detiene por un momento antes de asentir y dirigirse hacia mí.

Sus hombres permanecen a cierta distancia.

— Zao sang ho, Yi-seh-peh nushi —me saluda, con su voz baja y profunda, pronunciando mi nombre en shanghainés, Yi-seh-peh—. Nuestro mutuo amigo Shao Sunmey me ha informado de que desea escribir sobre mí. Usted dirá.

Respiro hondo. He de hacer lo posible por mantener la compostura.

—Gracias por recibirme, Du sen-sah . Es cierto, deseo escribir la verdad sobre usted. Du Yueh-sheng es el gran desconocido. En Occidente se le ve como un criminal, pero aquí… —hago una pausa, midiendo mis palabras—. Aquí muchos lo consideran un patriota.

Du ladea la cabeza con una sonrisa.

—¿Patriota? Esa palabra tiene muchos significados. Para algunos, un patriota es quien mata en nombre de su país. Para otros, quien sobrevive a pesar de él.

—Y para usted, ¿qué significa?

—Para mí —responde, muy serio—, significa proteger a los míos.

Mi familia, mis socios, mis hombres. Nací en un pueblo, en una casa de barro, sin más fortuna que mis manos.

Todo lo que tengo, lo construí desde el polvo.

En este país uno nace y muere dentro del clan.

Yo solo hice que el mío se levantara un poco más alto que los demás.

Su tono es pausado, pero hay en él una firmeza que roza el orgullo.

—Por eso levantó el templo —añado, observando su rostro en busca de alguna reacción—. Para honrar a sus antepasados.

Él sonríe de nuevo. Diría que me lo estoy ganando.

—Veo que ha hecho los deberes. Sí. En Kaochiao, al otro lado del río. Hubo tres días de celebraciones, con ópera de Beiping y desfiles y banquetes. Incluso el generalísimo envió una placa. Fue… —hace una breve pausa— una manera de dar las gracias. A los dioses, y a quienes aún los respetan.

—Dicen que después parte del recinto se convirtió en una fábrica.

—Eso también es cierto. La fe y los negocios no tienen por qué excluirse.

Durante un instante me quedo sin palabras. Su serenidad es absoluta. Por el rabillo del ojo, distingo a Asier, que se ha instalado con su supuesta mercancía a pocos metros de nosotros y finge ofrecerla a los viandantes.

—No todos comparten su visión —dice—. Hay quienes creen que su poder depende de la corrupción y del miedo.

Du deja escapar una risa baja, casi un suspiro.

—El miedo es una forma de respeto. Y la corrupción, una forma de entender la naturaleza humana. Ningún imperio, ni chino, ni británico, ni español…, ninguno se ha sostenido sin miedo.