Capítulo 29
二十九
Día Nacional de la República China.
Cuatro días antes de la salida del buque
Llevo una semana sin saber de Miguel y sí, me estoy subiendo por las paredes.
No entiendo nada.
Miguel lleva detrás de mí desde… ¿siempre? Desde que tengo uso de razón, ha estado enamorado de mí. ¿Y qué pasa? ¿Me acuesto con él una noche… y ya? ¿De verdad los hombres son así?
—¿Isabel? —dice Asier—. ¿Estás bien? Te he hecho una pregunta.
—Perdona, no te estaba escuchando.
—¿Tienes claro qué le vas a decir a Sunmey?
Me he rendido. No quería recurrir a él, pero no encuentro otro camino. Tenemos que hablar con el líder de la Banda Verde, con Du Yueh-sheng. Y Sunmey es el único que puede conseguirme una entrevista con él.
¿Tengo claro qué voy a decirle? Por supuesto que no.
Una idea vaga ronda por mi mente. Tengo que entregarle a Powell algo concreto, una propuesta seria que le convenza de que soy una periodista de verdad y no una mera aficionada.
Me he decidido y voy a atreverme con un artículo, pero para eso necesito una fuente solvente, alguien incuestionable…
, ¿y quién mejor que Du, el de las orejas grandes?
Cómo conseguir que colabore conmigo, eso es harina de otro costal.
—Ya está aquí el taxi —murmulla Asier, asomado a la ventana—. Anda, relájate… y luego me cuentas.
Apenas tengo tiempo de echarme unas gotas de perfume. Coty’s «Chypre», como siempre que tengo que sentirme segura de mí misma.
—Te quiero, amigo.
—Yo también.
El ruido de la calle me golpea nada más salir.
Shanghái está de fiesta: hoy es el diez de octubre, el Día Nacional de la República.
Las avenidas están cubiertas de banderas azules con el sol blanco del Kuomintang, los vendedores ambulantes agitan abanicos con el rostro de Chiang Kai-shek y las bandas tocan himnos militares que se mezclan con el estrépito de los tranvías.
Niños con brazaletes patrióticos corren entre los coches, los soldados marchan por el Bund y hasta los mendigos parecen más vivos que de costumbre.
Una idea me cruza la mente.
No es mala, incluso puede que funcione.
El tráfico es infernal y el trayecto hasta Bubbling Well Road me lleva casi media hora. El Majestic me gusta, en otros tiempos fue el mejor hotel de Shanghái, pero ahora es una vieja dama venida a menos, como la princesa Volkov. Sonrío al recordarla.
Sunmey ya ha llegado, me espera sentado en una esquina estratégicamente elegida, donde puede observar la sala sin ser molestado.
Lleva un traje gris oscuro, entallado como es su costumbre, y en la mano sostiene un vaso bajo con lo que parece whisky, aunque con él nunca se sabe.
Puede que sea un té con hielo. La ambigüedad es parte de su encanto.
Al verme, se levanta de la silla y me saluda con una sonrisa.
—Isabel, puntual como siempre —bromea mientras me acerco.
Me siento frente a él, dejando el bolso en el respaldo de la silla, y hago un gesto al camarero.
—Un French 75, por favor.
Este asiente con una pequeña reverencia y desaparece entre la multitud. Sunmey me observa con intensidad.
—Siempre tan refinada en tus elecciones.
En vez de responder, esbozo una sonrisa y recorro la sala con los ojos.
La pista de baile está llena de parejas que giran al ritmo de una melodía de jazz.
Más allá, las taxi dancers se inclinan hacia sus clientes con sonrisas de pago.
Cuando llega mi cóctel, lo sostengo en la mano mientras observo las burbujas del champán en la copa. Luego miro a Sunmey a los ojos.
—Necesito tu ayuda —digo al fin.
Él alza una ceja, divertido.
—¿En qué puedo ayudarte, Isabel? Creía que me habías condenado al ostracismo. Dime cómo complacerte y lo haré. Sabes que… soy tu rendido admirador.
—No estoy de humor para bromas, Sunmey. Esto es serio. Necesito tu ayuda con la Banda Verde.
Su expresión cambia de inmediato. La sonrisa desaparece, sustituida por una mirada de cautela. Deposita el vaso sobre la mesa y se inclina hacia delante, bajando la voz.
—¿Puedo saber por qué te interesa esa gente? Creí que Powell te había prohibido seguir con esa línea.
Estupendo: al parecer mi pelea con el jefe es vox populi en la redacción. Tomo un sorbo de mi bebida, dejando que las burbujas me inunden la boca antes de responder.
—Precisamente por eso, Sunmey. Si quiero demostrarle que valgo para algo más que hacer retratos de sociedad, tengo que probar que está equivocado con la Banda. Y tú conoces a todo el mundo en Shanghái…
Sunmey me observa en silencio durante unos segundos que parecen eternos. Al fin asiente, aunque su expresión sigue siendo seria.
—Está bien, ya sabes que no puedo negarte nada. Pero prométeme algo, Isabel. No te acerques demasiado a ellos.
—Lo prometo —digo, aunque ambos sabemos que no es del todo cierto.
Sunmey se recuesta en la silla y parece relajarse, pero sé que no es más que una pose.
—Muy bien. ¿Por dónde quieres empezar?
—Quiero hacerle una entrevista a Du Yueh-sheng —respondo, sin pestañear.
Mi amigo me mira con los ojos entrecerrados, como si intentara descifrar mis intenciones. Se inclina hacia delante, apoya los codos en la mesa y junta las manos, casi como si se dispusiera a rezar.
—Empezamos por la cumbre, di que sí, nada de escalar poco a poco. ¿Y has pensado cómo vas a convencer al hombre más peligroso de Shanghái para que te descubra los secretos de su alma?
—Tengo una idea. De hecho, se me acaba de ocurrir ahora, al ver las celebraciones del Día Nacional.
Du es un patriota, ¿no es así? La mismísima madame Chiang me lo dijo.
Una especie de héroe nacional, y, sin embargo, en Occidente se le ve solo como un criminal, el líder de la Banda Verde, el que controla el tráfico de opio en todo Oriente.
Voy a ofrecerle una redención pública. Hacer un perfil sobre él para rehabilitarlo, para contarle al mundo quién es realidad. Hacerle justicia.
Él asiente despacio, con una media sonrisa dibujada en los labios.
—Es inteligente, sí, y probablemente Du dirá que sí.
¿Sabes que hace unos años se mandó construir su propio templo?
Fue su forma de presentarse ante el país como algo más que un gángster: un benefactor, un hombre respetable, casi un símbolo de orden.
Pero lo más fascinante —añade, bajando la voz— es que poco después ese templo se convirtió en una fábrica de morfina.
Así es Du. Devoto y criminal a partes iguales.
No había oído hablar del templo de Du. Es dinamita para mi artículo.
—¿Tenemos un trato, entonces?
—Está bien, Isabel. Si eso es lo que necesitas, intentaré concertarte una entrevista con él.
Pero tienes que entender algo: acercarse a Du no es como entrevistar a un político europeo ni a un empresario cualquiera.
Es un hombre que vive en un mundo donde las reglas las pone él, y nadie más.
—Hace una pausa y me señala con un dedo—.
Y eso significa que jugará contigo si cree que puede sacarte algo.
—Lo sé, Sunmey. Pero no tengo otra opción.
Él suspira, como si mi obstinación le frustrara, y toma un sorbo de su bebida antes de asentir.
—Está bien. Haré lo posible.
Le agradezco con una leve inclinación de cabeza, aunque puedo notar que sus ojos siguen fijos en mí, evaluándome. Pasan unos minutos en los que el ruido del Majestic nos envuelve. Yo me mantengo sumida en mis pensamientos mientras termino mi cóctel. Entonces, Sunmey rompe el silencio.
—Sabes, Isabel —dice, con un tono mucho más suave—, siempre me has intrigado.
Levanto la mirada, sorprendida por el cambio repentino en su actitud.
—¿Intrigado?
—Sí, intrigado. —Hace una pausa y ladea la cabeza—. Quizá es eso lo que me atrae tanto de ti.
—Sunmey… —empiezo, intentando desviar la conversación, pero él no parece darse por vencido. Se inclina un poco hacia mí. Sus ojos oscuros parecen atravesarme.
—El motivo por el que me intrigas, Isabel —dice con suavidad, pero con firmeza—, es porque estoy seguro de que te gusto. No nací ayer, conozco a las mujeres. Mírame a los ojos y dime que no te atraigo en lo más mínimo, que jamás se te ha cruzado por la cabeza la idea de… ir un poco más allá.
Mi respiración se acelera. Le sostengo la mirada unos segundos antes de decidir cortar por lo sano. Dejo la copa sobre la mesa y le respondo, manteniendo la voz tranquila.
—Sunmey, hay otro hombre.