La noche cae sobre Shanghái Capítulo 28
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Capítulo 28

二十八

Diez días antes de la salida del buque

A la luz del día, el Venetia parecía un lugar muy distinto.

Las luces de neón que de noche lo convertían en una joya resplandeciente en medio del caos estaban apagadas, dejando ver una fachada que revelaba su verdadera naturaleza: algo desgastada, con pintura desconchada en los bordes de los marcos de las ventanas y un cartel cuya elegante caligrafía dorada se veía deslucida bajo el sol opaco de la mañana.

La puerta principal, un pesado arco de madera oscura con remaches metálicos, permanecía cerrada, aunque las huellas del trasiego nocturno seguían allí: colillas aplastadas en el suelo, un vaso roto abandonado en un rincón y restos de confeti que se aferraban al empedrado como lapas en una roca de la playa de Mundaka.

Asier se detuvo un instante frente a la puerta.

El aire cargado de humedad parecía adherirse a su piel.

Miró hacia arriba, donde aún colgaban los farolillos decorativos que bordeaban el edificio, apagados, inertes.

No quedaba rastro de la magia que envolvía el lugar cada noche.

Ahora no era más que un cascarón vacío, igual que gran parte de la ciudad durante el día.

El portero ucraniano, con su figura corpulenta y el rostro de granito, seguía apostado al lado de la entrada, fumando un cigarrillo que parecía consumirse a la mitad de su ritmo. Levantó la vista cuando Asier se acercó.

—¿Wu? —preguntó él, directo al grano.

El portero lo evaluó con la misma mirada imperturbable que parecía dedicarle a todo el mundo. Exhaló el humo con calma antes de responder.

—Aún no está. Si quieres esperarlo, adelante.

Asier asintió, empujó la puerta pesada y entró al club.

El contraste con la noche lo golpeó de inmediato.

Las luces suaves que normalmente envolvían el cabaré en un halo dorado estaban apagadas y el sol entraba a raudales por las ventanas, dejando al descubierto el desgaste de las alfombras, los bordes gastados de las mesas y las marcas de cientos de vasos que nadie se había molestado en limpiar la noche anterior.

Se acomodó en un taburete frente a la barra y observó alrededor, el silencio inquietante que pesaba sobre el local vacío.

Pasaron los minutos, luego las horas. Asier observó a las mujeres de la limpieza entrar en tropel. Llevaban baldes, trapos y escobas, y trabajaban con movimientos rápidos y eficaces, devolviendo el brillo a las superficies.

El hambre empezó a retorcerle las tripas, pero se negó a irse. Tenía que hablar con Wu. Ese pensamiento lo mantuvo clavado en el taburete, cruzando y descruzando los brazos, tamborileando los dedos contra la madera de la barra.

Cuando el reloj marcó la hora de comer, apareció uno de los camareros, un británico algo mayor que él. Ese día le tocaba llegar el primero para preparar la barra antes de abrir. Llevaba una bandeja vacía bajo el brazo y un aire relajado que Asier envidió.

—Te hace falta esto. —El compañero dejó una cerveza frente a él sin esperar respuesta.

—Gracias, pero…

—Tómatela. Estás demasiado serio.

Asier no discutió. Dio un trago largo. La cerveza fría pasó con facilidad y alivió un poco la presión en su pecho.

Una cerveza llevó a otra, y luego a otra.

Para la tercera, su estómago vacío empezó a protestar, pero ya estaba lo bastante mareado como para ignorarlo.

No debería beber, pero ahí estaba, con la cerveza. Una vez más.

El sonido firme de los zapatos de Wu T’ung-wen lo sacó de sus pensamientos.

Al levantar la vista, vio entrar a su jefe, impecable como siempre.

Su traje de lino claro parecía planchado directamente sobre la piel, y el brillo de su cabello engominado reflejaba las luces que ahora empezaban a encenderse.

El cabaré estaba a punto de abrir sus puertas, y Asier se tambaleaba en el taburete, con la cabeza embotada y el estómago rugiendo.

Perfecto. El estado ideal para enfrentarse a Wu.

—¿Qué haces aquí tan temprano, muchacho?

—Necesito hablar con usted, sir. Es importante. —Asier no titubeó, aunque notó cómo le sudaban las palmas de las manos.

Wu asintió con un leve movimiento de cabeza y le hizo un gesto para que lo siguiera.

Asier obedeció, subiendo tras él las escaleras hacia el despacho que ya conocía demasiado bien.

Cuando cruzaron la puerta y el olor a humo de puro lo envolvió, se le formó un nudo en el estómago.

Los recuerdos de hacía un par de noches lo golpearon como un tortazo bien dado.

En realidad, aún no sabía qué sentía respecto a lo ocurrido.

Wu se inclinó levemente y se apoyó en el borde del escritorio, semisentado, como si la conversación que estaba a punto de tener fuera un entretenimiento más en su día. Encendió un puro y exhaló el humo despacio, observándolo.

—Adelante, Asier. ¿Qué necesitas?

Asier se tragó la incomodidad. Las cervezas le habían dado un coraje que tal vez no habría tenido de otro modo. Habló despacio al principio, midiendo las palabras.

—Sé lo del oro. —Wu no reaccionó, pero lo observó con un interés evidente, dejando que continuara—. El oro de los judíos, el «oro del Rin», que va a ser intercambiado por un cargamento de opio…

Wu asintió con la cabeza. El puro entre sus dedos dejó una ligera estela de humo en el aire. Sus palabras llegaron con suavidad, casi en un susurro.

—Sigue. Confía en mí. Eres mi protegido, Asier. Sabes que no pienso dejar que nadie te haga daño.

Algo en ese tono, en esas palabras, hizo que Asier sintiera una oleada de alivio.

Hacía demasiado tiempo que nadie le decía algo así.

Quizá por eso, quizá por otro motivo, el caso fue que siguió hablando.

Tal vez porque el peso de lo que llevaba dentro se había hecho insoportable.

Tal vez porque necesitaba que alguien más lo cargara con él.

—Mi amigo…, mi amante, Chao Yungli, ha desaparecido. No sé dónde está. No sé si está vivo. —Hizo una pausa, tratando de contener la rabia—. Teodoro Jáuregui me ha amenazado. Usted sabe quién es, sir, estuvo en su fiesta. Y mi compañero de piso, Jakob…, está al borde del abismo. No sé qué hacer.

Contuvo las ganas de llorar. Los hombres no lloraban y, los vascos, menos aún. Dónde se había visto a un pelotari sollozando como una nena. Wu dejó el puro sobre un cenicero y se enderezó. Se movió con la precisión de un depredador, pero, cuando habló, su tono fue sorprendentemente cálido.

—Ven aquí.

Asier lo dudó por un segundo, pero dio un paso hacia él. Wu lo abrazó, envolviéndolo con firmeza.

—Apoya la cabeza —le dijo.

La mano de Wu lo guio hasta que la cabeza de Asier descansó contra su pecho, donde el perfume caro y el leve aroma del tabaco se mezclaban. Asier cerró los ojos, confuso por la maraña de emociones que lo atravesaban: humillación, vulnerabilidad y un retorcido alivio.

—Yo… no sé…

—Tranquilo, muchacho —dijo Wu mientras le acariciaba el cabello con una suavidad que parecía fuera de lugar en un hombre como él—. Estoy aquí para cuidarte.

Asier no respondió. Su mente le gritaba que aquel hombre estaba abusando de él, que nada bueno podía salir de eso, pero su cuerpo no reaccionaba. Sentía que Wu era, de algún modo inexplicable, el único que quería —o podía— ayudarlo.

—Gracias —susurró.

—Es cierto. La Banda tiene el oro. —Un escalofrío recorrió la espalda de Asier.

Lo sabía, pero escucharlo de labios de Wu lo golpeó con una certeza renovada.

Antes de que pudiera responder, el chino continuó con un tono suave, casi tranquilizador—.

Pero no tienes por qué preocuparte. Nadie va a tocarte mientras estés bajo mi protección.

Eso sí…, tienes que entregarte a mí por completo.

Nada de dudas, nada de secretos. Si confías en mí, yo te protegeré.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Asier sintió el cuerpo tenso, su mente tambaleándose entre la resistencia y el cansancio de llevar tanto peso solo. Hacía tanto que no tenía a nadie en quien apoyarse. En realidad, nunca lo había tenido. Bajó la mirada.

—Sí —murmuró, con la voz rota—. Hace tiempo que necesito a alguien que me proteja. Por favor…, cuide de mí. Tengo miedo.

Wu soltó el abrazo lentamente, como si saboreara el momento. Dio un paso atrás y señaló la puerta.

—Anda, echa el pestillo.

Asier dudó un instante, pero obedeció. Sus manos temblaban al girar el cerrojo.

El clic metálico resonó en el silencio de la habitación.

Cuando se volvió hacia el escritorio, vio a Wu sentado con una pipa en la mano.

El objeto, elaborado con jade oscuro y oro en los bordes, parecía más una joya que un utensilio corriente.

Sobre la mesa, un pequeño quemador desprendía una llama azulada mientras Wu trabajaba con movimientos precisos, untando un poco de pasta de opio en el cuenco de la pipa con una aguja fina.

Encendió un fósforo, y la llama iluminó su rostro por un instante antes de inclinarla hacia la pipa.

Dio una calada larga, profunda, que llenó la habitación de un aroma dulzón y denso.

Exhaló despacio, dejando que el humo se elevara y se mezclara con el aire pesado.

—Ven.

Asier la miró como si fuera un arma, pero se acercó y la tomó con las manos temblorosas. Sabía que era peligroso, que no debía entregarse a ningún tipo de sustancia, pero algo dentro de él —quizá miedo, quizá sumisión— lo empujó a obedecer. No quería disgustar a Wu.

Acercó la pipa a los labios y aspiró despacio. El humo le quemó los pulmones con un ardor dulce, y enseguida sintió la cabeza más ligera, como si un peso invisible se hubiera levantado de sus hombros. El mundo a su alrededor empezó a desdibujarse, volviéndose remoto, irrelevante.

Wu sonrió, satisfecho.

—Bien. Otra vez.

Asier dio una segunda calada. La sensación de flotar aumentó, como si su cuerpo se hubiera desprendido de la silla y quedara suspendido en un lugar donde nada necesitaba explicación. Sonrió, estúpidamente. Por primera vez en semanas, se sintió bien. O tal vez solo sintió que nada importaba.

—Quítate la ropa.

No había dureza en el tono, pero la orden estaba cargada de autoridad, y algo en ella encendió una chispa en el interior de Asier.

Su cuerpo respondió antes que su mente. Empezó a desvestirse con movimientos lentos, casi de bailarín.

Primero se desabrochó los botones de la camisa, uno por uno, dejando que se abriera con suavidad antes de deslizarla por sus hombros y dejarla caer al suelo.

Sus brazos, hinchados por el entrenamiento, quedaron al descubierto.

El aire tibio del despacho le rozó la piel y le endureció los pezones.

Después se llevó las manos al cinturón y lo arrancó con un tirón firme.

El sonido del cuero contra las hebillas resonó en la habitación.

Luego tiró de los pantalones con calma, hasta que se deslizaron por sus piernas y quedaron amontonados junto a la camisa.

Wu observó, impasible mientras Asier se incorporaba, de pie, en ropa interior, con el cuerpo expuesto bajo la luz tenue.

Cada movimiento tenía algo de vulnerable y algo de desafiante.

No sintió vergüenza ni miedo. Solo excitación.

Se quitó la última prenda y miró a Wu, buscando un gesto de aprobación.

Este se levantó del escritorio, igual que un felino que acecha a su presa.

Su mano se extendió, y los dedos se cerraron sobre los músculos del pecho de Asier, apretándolos con una mezcla de admiración y control.

—Eres fuerte —dijo, con un leve toque de diversión en la voz, antes de soltarlo.

Sin apartar los ojos de él, Wu se desató la corbata y la dejó caer al suelo.

Después, uno a uno, desabrochó los botones de su propia camisa.

Cuando terminó, la dejó sobre el respaldo de la silla.

Su pecho era perfectamente liso, sin un solo pelo.

Pero lo que llamó la atención de Asier fue lo que colgaba de su cuello: una pequeña llave dorada atada a una cadena fina.

El metal brillaba tenuemente bajo la luz del despacho, un detalle tan incongruente como hipnótico.

Asier sonrió, un poco por el opio, un poco por la absurda sensación de control que creyó haber recuperado por un instante.

—¿Es la llave de su corazón, sir? —preguntó, con una sonrisa torcida.

Wu lo observó con algo que podría haber sido ternura, pero sus palabras no dejaron lugar a dudas.

—Del tuyo.

Casi una hora más tarde, Asier bajó las escaleras del Venetia dando tumbos.

El coche de Wu lo esperaba justo en la puerta, negro y reluciente bajo las luces mortecinas de Chapei.

El chófer, un hombre de mediana edad con una gorra impecable, le abrió la puerta sin decir una palabra.

Asier estaba a punto de subir cuando algo llamó su atención en la esquina: un movimiento, una figura agazapada en la oscuridad.

Un nombre resonó en su mente como un eco mientras fijaba la mirada, pero cuando parpadeó la figura ya no estaba.

Debía de haber sido su imaginación. Negó con la cabeza y entró en el coche, apoyándose en el asiento trasero mientras la noche de Shanghái se disolvía a su alrededor.