Capítulo 27
二十七
Once días antes de la salida del buque
Miguel estaba sentado en su despacho del Bund, con una enorme sonrisa y con la mirada perdida en el horizonte, a través de la ventana.
El río Whang-poo parecía una especie de culebra que se contoneaba muy despacio, pero sin llegar a detenerse jamás.
Pero apenas prestaba atención al paisaje.
Había algo en el aire, un tipo de magia o maldición, que hacía que cada pensamiento volviera una y otra vez a Isabel.
¿Por qué ahora?
Había pasado años, décadas incluso, soñando con aquel momento.
Años y años de frustración, de relaciones fracasadas, de mujeres de las que no llegaba a enamorarse porque no eran Isabel.
Y ahora, de pronto, había sucedido, y del modo más confuso posible.
Ella lo había rechazado por la mañana solo para abrirse a él unas horas más tarde. Y había sido maravilloso.
¿Qué significaba en realidad lo que había ocurrido?
¿Eran ahora una pareja en el sentido más extenso de la palabra?
¿O había sido solo el resultado de un momento de debilidad compartida, un desliz impulsado por la confusión y la necesidad?
Miguel no quería poner en cuestión lo que habían compartido, pero la duda lo carcomía.
¿No puedo dejar de pensar ni un solo instante?
No le había pedido explicaciones a Isabel.
No quería arruinar el momento con preguntas que tal vez ni ella pudiera responder.
Pero la incertidumbre lo mantenía en vilo.
¿Eran libres para explorar lo que podría ser una vida juntos, un matrimonio o incluso hijos…
, o estaba condenado a recordar esa noche como un breve espejismo de felicidad?
Unos golpecitos en la puerta del despacho sacaron a Miguel de sus pensamientos.
Teresa asomó la cabeza con los ojos muy abiertos, pero no tuvo tiempo de hablar antes de que Teodoro Jáuregui irrumpiera sin ceremonias.
Miguel se enderezó en su silla, observando con franco desagrado cómo aquel hombre cruzaba la puerta como si fuese el dueño del lugar.
Jáuregui, con su traje un poco demasiado ajustado —hasta los pelotaris echan barriga— y ese aire de seguridad que siempre lo rodeaba, como un toro en plena dehesa, irradiaba una energía que a Miguel le resultaba cada vez más insoportable.
Claro que está en el centro de todo, un tipo como este siempre lo está.
Quizá fuera el testaferro de la familia, una pieza útil para Andrés y, probablemente, para su madre.
Buscar a alguien de la calaña de Jáuregui para que manejara los asuntos más turbios sería exactamente el tipo de estrategia que ambos emplearían.
Pero lo que más repugnaba a Miguel no era que estuviera implicado en los negocios más o menos sucios de los Roxas, sino el recuerdo de la amenaza de muerte que pendía sobre Asier.
El chaval sería lo que fuera, pero no se merecía algo así.
Tenía que librarse de Jáuregui lo más rápido posible.
—Teodoro, lo lamento mucho, pero me pillas muy ocupado. En unos minutos tengo una conferencia con Manila, así que…
No llegó a terminar. Jáuregui, sin siquiera mirarle, se giró hacia Teresa con una firmeza extrañamente autoritaria.
—Déjanos solos, muñeca —ordenó.
Teresa parpadeó, confundida, pero obedeció sin más, cerrando la puerta tras de sí. Miguel se quedó desconcertado, no era propio de Teresa acatar órdenes que no venían de él. Jáuregui se dejó caer en la silla frente al escritorio, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
—Serán solo un par de minutos —dijo, acomodándose con una tranquilidad irritante.
Miguel apretó los labios y suspiró, demasiado cansado para resistirse. No era su estilo enfrentarse directamente y, además, Jáuregui tenía la complexión de un armario de tres puertas.
En realidad le saco dos cabezas, pero creo que me podría partir en dos sin despeinarse.
—Está bien, pero solo dispongo de unos instantes —dijo al fin, esforzándose por mantener la voz neutral—. ¿Qué puedo hacer por ti?
Jáuregui inclinó la cabeza ligeramente hacia un lado, como si estuviera evaluándolo.
—Quiero advertirte, Miguel. Ten cuidado con el doble juego. Tus lealtades deben permanecer claras.
Miguel alzó una ceja, fingiendo confusión.
—No sé a qué te refieres.
Jáuregui soltó una risa seca, sin humor.
—No te hagas el tonto, lo sabes perfectamente. Tu lealtad a la familia es lo primero.
Miguel sintió cómo la sangre le hervía por dentro, aunque se esforzó por no mostrarlo. Ladeó la cabeza, mirándolo con frialdad.
—¿Y qué tienes tú que ver con mi familia? —preguntó, enfatizando la última palabra con un tono que bordeaba el desprecio.
Jáuregui lo miró en silencio durante un instante, con esa sonrisa cínica y torcida que parecía grabada en su rostro. Recostó la espalda en la silla y cruzó una pierna sobre la otra, adoptando un aire deliberadamente relajado.
—Creo que ha quedado claro…, pero te lo explicaré, por si eres tan lento como dicen y no lo has comprendido aún. Andrés y yo somos amigos desde hace años, antes incluso de que empezara a salir con la golfa de Isabel.
—No te atrevas… —murmuró Miguel, con el corazón acelerado.
—Cállate y escucha. Me sé toda vuestra historia, lo que esa mujerzuela hizo con él…
, todo. Pero Andrés y yo somos más que amigos, somos hermanos porque luchamos por la misma causa.
Los dos creemos en lo mismo: una España fuerte, unida, libre de toda la podredumbre que la está consumiendo.
Igual que tu madre, creemos en los hombres de verdad , Miguel, dispuestos a devolver el honor a nuestra patria.
No como tus amigos: rojos, vagos y maleantes.
Miguel sintió un nudo en el estómago. Apretó los puños bajo el escritorio y tomó aire, intentando reunir el valor necesario para enfrentarse a él.
—No consiento que insultes a Isabel —dijo, esforzándose por mantener un tono firme y controlado—.
Quiero mucho a mi madre y tengo el máximo respeto por mi familia , pero no compartimos ideas políticas.
Además, mis lealtades no son asunto tuyo.
En todo caso, es algo que tendré que hablar con ellos, no contigo.
Jáuregui sonrió con chulería, como si hubiera anticipado esa respuesta.
—Te equivocas en ese punto, Miguelito —replicó, con un tono más bajo y amenazante—, porque ha sido tu madre quien me ha pedido que me asegure de que cumples con tu parte.
Miguel sintió un mazazo. ¿Mamá? Su mente se quedó en blanco por un instante, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar. No podía creer que doña Carmen hubiera delegado algo así en un hombre como Jáuregui. ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar? ¿Tanto me desprecia?
Aún no había encontrado las palabras para responder cuando Jáuregui se levantó con parsimonia, alisándose la chaqueta con gesto despreocupado. Parecía dispuesto a marcharse sin más, pero en lugar de eso se dirigió hacia la puerta, la abrió de golpe y gritó:
—¡Chicos, venid!
Miguel sintió que el corazón le daba un vuelco cuando dos hombres enormes, de piel oscura y complexión similar a la de Jáuregui, pero más altos, entraron al despacho.
Por sus facciones debían de ser magrebíes.
Ambos vestían camisas ajustadas que destacaban sus músculos y tenían el aire de hombres acostumbrados a obedecer órdenes sin hacer preguntas.
Miguel tragó saliva y se puso de pie de golpe, intentando recuperar algo de control.
—¿Qué significa esto? —preguntó, con más temblor en la voz del que hubiera querido.
Jáuregui se giró hacia él con una sonrisa casi animal.
—Significa que vas a hacer lo que te ha dicho mamá, y lo harás con discreción total.
¿Entendido? —Miguel apenas pudo asentir, paralizado por la presencia de aquellos hombres, pero Jáuregui continuó, deletreando cada sílaba por separado como si hablara con un idiota—.
Otra visita como las de ayer a casa de tu putita, otra charla, aunque sea casual, con ese maricón de mierda que no para de meter las narices en mis asuntos…
, y los platos rotos los pagará tu amiguita.
Miguel sintió como si el suelo se abriera bajo sus pies. El mundo se le desmoronaba mientras intentaba procesar lo que acababa de escuchar. ¿Cómo se atreven ?
—No serás capaz…
—Es un aviso amistoso, Miguelito. Si te importa Isabel, estate tranquilito y cumple con tu parte. ¿Entendido? —La pregunta no necesitaba respuesta. Jáuregui dio una palmada en la espalda de uno de los hombres y continuó con tono jovial—. Ale, chicos, nos vamos. Este señor tiene que trabajar.
Los tres hombres salieron del despacho, dejando la puerta abierta tras de sí. Miguel se quedó inmóvil en su sitio, el silencio de la habitación cayendo sobre él como una losa. Su mente era un torbellino de emociones.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué ha pasado?