La noche cae sobre Shanghái Capítulo 26 #4
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Capítulo 26 #4

¿Por qué no puedo? ¿Por qué sigo bloqueada, congelada, atrapada en este cuerpo que no responde? ¿Me he convertido en una vieja frígida, incapaz del menor contacto físico con nadie? ¿O en una estatua de sal, como la esposa de Lot, condenada a vivir anclada en el pasado por haber mirado atrás?

¿Cómo hago para mirar hacia delante?

Un trueno resuena en la distancia. El aire húmedo de la tormenta me envuelve cuando me levanto hacia la ventana y me abrazo a mí misma. La lluvia cae como si se hubiera abierto un grifo sobre Shanghái, difuminando las luces de las farolas en una acuarela impresionista.

Justo en ese momento, llaman a la puerta.

Mi corazón da un vuelco.

Voy hasta la entrada y, con una mezcla de sorpresa y temor, abro.

Miguel está allí, empapado, con el cabello pegado a la frente y la ropa chorreando agua sobre el umbral.

Su expresión es un misterio. No sé si está enfadado, desesperado o simplemente ha venido porque no tiene otro lugar al que ir.

Lo único que sé es que verlo ahí, en plena tormenta, libera algo dentro de mí.

—Isabel… —susurra, apenas con un hilo de voz.

—No digas nada —murmuro.

Miguel abre la boca, pero se detiene. La lluvia sigue cayendo con fuerza sobre su cabello, resbala por su rostro, empapa la tela de su camisa. Su mirada está llena de preguntas que ahora mismo no quiero responder.

No quiero hablar. No quiero pensar.

Doy un paso adelante y me acerco a él. Cierro los ojos y lo beso.

Al principio, siento el impulso de separarme. El instinto de huida, el miedo que se ha grabado en mi piel como una cicatriz. Pero me obligo a quedarme, a respirar. Es Miguel, me repito, mi amigo Miguel. Con él estoy a salvo.

Y entonces lo consigo.

Me entrego al beso.

Miguel no se mueve al principio, sorprendido, como si temiera que un movimiento en falso hiciera que me desvaneciera entre sus dedos.

Pero, poco a poco, comienza a devolverme el beso.

Al cabo de unos segundos, muy despacio, me abraza.

Lo hace con un cuidado, como un niño que recoge un pájaro herido y teme hacerle daño.

El sonido de la lluvia desaparece. El tiempo deja de existir.

Solo estamos nosotros dos, envueltos en ese beso que no sé si es un principio o un final, pero que en este instante es todo lo que importa.

No sé cuánto dura. Un minuto, una eternidad.

Cuando al fin nos separamos, jadeantes, nos miramos y nos damos cuenta de lo obvio.

Estamos completamente empapados.

Miguel me observa, sorprendido, y entonces suelta una carcajada. Yo también me río, sin poder evitarlo, una risa que me sale del alma, liberadora.

Agarro su mano y tiro de él.

—Ven, entra.

Y juntos cruzamos el umbral, dejando atrás la tormenta.

Cierro la puerta tras nosotros. Por un momento solo se escucha el sonido del agua goteando de nuestras ropas, formando pequeños charcos en el suelo de madera. La casa está en penumbra, iluminada apenas por la luz tenue de la lámpara en la mesilla.

Miguel me mira, sin moverse, como si esperara una señal. Yo tampoco me muevo al principio. Solo lo observo.

Está empapado, el cabello pegado a la frente, la camisa adherida a su cuerpo como una segunda piel. Nunca lo había mirado así, con esta conciencia plena de su presencia, de su cercanía, de lo fácil que sería dar un solo paso y borrar la distancia entre nosotros.

Y entonces me doy cuenta: no tengo miedo.

Es un pensamiento que me sacude por dentro.

No hay sombras que acechan en los rincones de mi mente, no está ese nudo opresivo en el pecho que siempre me acompaña cuando alguien intenta acercarse demasiado.

Solo está Miguel, con su calor, su ternura, su forma de mirarme como si yo fuera algo frágil pero fuerte al mismo tiempo.

No digo nada, le cojo la mano y lo guío escaleras arriba, hacia mi dormitorio.

Me acerco a él y le desabrocho la camisa con manos temblorosas.

Él sigue sin moverse, deja que sea yo quien marque el ritmo.

Mis dedos recorren su piel, y me sorprendo de lo fácil que es.

Miguel se inclina y me besa de nuevo, despacio, sin urgencias, como si todo el tiempo del mundo nos perteneciera.

Me dejo llevar, permito que su calor me envuelva, que su cuerpo me recuerde que sigo aquí, que sigo viva.

Y entonces ocurre.

Sin miedos, sin barreras.

Miguel me toca con infinita delicadeza, con la paciencia de quien sabe que estoy hecha de algo más que piel y huesos, que hay heridas que no se ven y que necesita navegar con cuidado.

Y yo me dejo llevar, permitiendo que cada caricia disuelva las cicatrices invisibles, que cada beso reescriba lo que una vez fue dolor.

No sé en qué momento dejo de pensar. Solo sé que, cuando todo termina, cuando el silencio se asienta en la habitación y la lluvia sigue golpeando suavemente contra la ventana, me siento diferente.

Miguel está a mi lado, con un brazo descansando sobre mi cintura, respirando lento y tranquilo. Yo miro al techo, escuchándome a mí misma, tratando de encontrar el miedo de siempre y dándome cuenta de que no está.