Capítulo 26 #3
—Ya está descargado. Yo mismo bajé varias cajas. Cerveza San Miguel, botellas y más botellas. ¿Por qué preguntas?
—¿Y cargaron algo en él? ¿Alguna mercancía, quizá destinada a… Tetuán, en el Marruecos español?
Jakob lo miró con el ceño fruncido, alerta.
—Que yo sepa, no. Pero… ¿por qué te interesa?
Asier lo miró fijamente, y las palabras salieron como una daga.
—El Marqués de Comillas se va a llevar vuestro oro de Shanghái.
El rostro de Jakob se endureció de inmediato. No preguntó más.
—Vamos. Hay que darse prisa.
Echó a andar hacia el Bund, detuvo al primer rickshaw que pasó y ambos subieron de un salto. El conductor era joven y atlético, lo que alivió un poco la incomodidad de Asier, aunque la idea de estar sentado mientras otro corría seguía resultándole insoportable.
—Hongkew —gritó Jakob—. Al final de Soochow Creek.
La humedad de la noche era pegajosa y el traqueteo del carro se mezclaba con el bullicio de la ciudad.
El trayecto los llevó lejos del esplendor de la concesión internacional: las avenidas amplias y los edificios elegantes dieron paso a callejones estrechos, llenos de ropa tendida y farolillos mortecinos que apenas iluminaban las esquinas.
Se bajaron del rickshaw en una esquina maloliente, entre basura y excrementos, y Jakob guio a Asier por un laberinto de callejuelas hasta un barrio claramente judío: pequeñas tiendas con carteles en hebreo y yidis, panaderías de olor dulce y especiado, hombres con kipás agrupados en las puertas, fumando y murmurando en voz baja.
Tras unos minutos, llegaron a una vivienda modesta, con la pintura descascarillada y una puerta que parecía haber sobrevivido varios bombardeos.
Jakob llamó con suavidad, tres golpes pausados.
La puerta se abrió despacio, revelando a una mujer judía mayor, con el cabello cubierto por un pañuelo oscuro y los ojos llenos de tristeza.
— Leah, s’iz ikh —saludó Jakob, en algo que a Asier le pareció yidis. La mujer, al parecer, se llamaba Leah—. Ken men arayn?
Al verlo, los ojos de la mujer se iluminaron como los de una madre que reconoce a un hijo perdido.
— Yo, kumt arayn.
—Mi amigo no es judío. No habla yidis.
—No hay problema. Tus amigos siempre son bienvenidos aquí, meyn zun . Vamos, pasad.
Asier siguió a Jakob al interior. La estancia era sencilla, apenas sin amueblar: una mesa, unas sillas y una lámpara de aceite. Sin preguntar, la mujer colocó dos cuencos de sopa caliente sobre la mesa y les indicó que se sentaran.
—Gracias.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó ella, tomando asiento frente a ellos—. Hay muchos en tu situación. Demasiados. No tienes nada de lo que avergonzarte.
Jakob sonrió y tomó un sorbo de sopa, como si el calor del caldo pudiera templarle el frío del alma. Tenía el cansancio marcado en el rostro. Dejó la cuchara y la miró con ternura.
—Gracias, pero no hemos venido por eso. La verdad es que necesitamos información. Sobre Yunnan.
Leah suspiró profundamente y negó con la cabeza.
—Deberías olvidarte de eso, Jakob. Era demasiado bueno para ser verdad.
Pero él no se rindió. Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa.
—Estamos detrás del oro —dijo, con una voz que se quebró levemente—. El dinero que pagamos por los billetes, por la tierra en Yunnan, por todo. ¿Quién lo tiene? En algún sitio tiene que estar.
La mujer lo observó con ojos cargados de tristeza. Se tomó su tiempo antes de responder.
—¿Quién lo va a tener? Esta ciudad tiene un único dueño. —Asier sintió un escalofrío antes de que Leah continuara—. La Banda Verde. Wu T’ung-wen era nuestro contacto.
El nombre resonó en los oídos de Asier como un eco siniestro, un hilo que lo arrastraba de nuevo hacia ese hombre que parecía estar en el centro de todo: su contacto, su empleador, su protector. Su jefe.
Mientras Leah se levantaba para servir más sopa, Asier intercambió una mirada rápida con Jakob. No hizo falta decir nada.
De vuelta a Wu.
Allí conducían todos los caminos.
La lluvia golpea las ventanas. El clima acompaña a la perfección mi estado de ánimo. El sol acaba de ponerse y, la verdad, me cuesta encontrar ni siquiera un rayo de luz a mi alrededor.
Me acurruco en el sillón con Federico y Salvador, que ronronean ajenos a lo que me pase o deje de pasar.
Los envidio. Ellos, al menos, son capaces de recibir cariño y de disfrutarlo.
Están a gusto, relajados, confiados incluso.
Saben que yo cuidaré de ellos. ¿Pero quién va a cuidarme a mí?
Sobre todo si no permito que nadie se acerque.
Respiro con fuerza. Huele a lluvia, a frío, a soledad.
Desde que Miguel salió de mi casa esta mañana, no he logrado sacarme de encima esta sensación de vacío. No es culpa, no exactamente. Tampoco tristeza, o no solo tristeza. Es algo más profundo, más doloroso, como si una parte de mí se hubiera cerrado para siempre y no supiera cómo volver a abrirla.
Si soy sincera conmigo misma, tengo que admitirlo: siento algo por Miguel.
Lo he sentido siempre. Desde antes de que Andrés apareciera en mi vida, casi desde que éramos niños.
Es una de las mejores personas que conozco.
Su tamaño y su inocencia innata siempre me han inspirado ternura, como un enorme osito de peluche al que hubiera que cuidar.
Sabe hacerme reír. Es inteligente, agudo, interesante.
Y hay más. Me gusta cómo huele. Me gusta el tacto de su piel, suave como la de un bebé.
Me gusta su pelo, siempre un poco rebelde, que le da un aire de chico travieso.
Me pregunto qué sentiría si él… si él me acariciara. Si me tocara como ningún hombre lo ha hecho antes. Sé que Miguel sería tierno, que sabría leer mi miedo y no lo usaría en mi contra. Nada que ver con Andrés.
Y, sin embargo…