Capítulo 26 #2
Antes de que podamos reaccionar, cierra la puerta tras él.
No puedo evitar una sonrisa. Asier siempre tiene maneras sutiles —o no tan sutiles— de darme espacio cuando cree que lo necesito.
Si supiera que, en realidad, su presencia siempre me da tranquilidad…
Me giro hacia Miguel, que sigue cabizbajo.
Me siento frente a él y le tomo ambas manos, esta vez con más firmeza.
—Miguel, mírame. —Sus ojos se encuentran con los míos, como los dos polos de un imán que se buscan sin poder evitarlo. Echaba de menos esta conexión. Nunca la he sentido con nadie más que con él—. Lo que estás haciendo es muy valiente. Enfrentarte a tu madre. Plantarle cara.
—¿Tú crees que podré hacerlo?
—Ya lo has hecho. Venir aquí, contárnoslo todo… Has desafiado a tu familia, Miguel. Ya no hay vuelta atrás. Y yo estoy a tu lado.
El silencio que sigue no es incómodo, ni mucho menos.
Está lleno de complicidad, de recuerdos compartidos, de cariño.
Sus manos tiemblan ligeramente bajo las mías, pero no las suelta.
Hay algo en su mirada que me da miedo, pero no aparto los ojos, no quiero perder ese instante de unión, de cercanía. Hasta que él se inclina hacia delante.
Todo ocurre muy rápido.
Sus labios se acercan a los míos, yo me acerco también, estamos a punto de fundirnos en un beso…
cuando mi cuerpo reacciona con voluntad propia.
Me levanto de golpe, como si un puño invisible me hubiese golpeado, y me alejo varios pasos.
Siento cómo mi pecho sube y baja con una respiración descontrolada. Miguel me mira, perplejo.
—¿Qué ocurre, Isabel? —pregunta con tono dolido—. No será de nuevo por Andrés, ¿verdad? Esta vez…
Sus palabras me golpean como una ola de agua fría, como una ola helada del Cantábrico, en una playa de Santander. Respiro hondo. Tengo que recuperar el control.
—En realidad… sí, Miguel. Es por Andrés. Aunque por un motivo muy diferente al que piensas.
Él frunce el ceño, y yo, sin darme cuenta, doy un paso atrás.
—Explícamelo, porque no lo entiendo.
—Lo siento, Miguel, pero no puedo estar contigo. Ni contigo ni con ningún otro hombre. No es tu culpa. Simplemente… no puedo.
Miguel se levanta despacio. Su mirada busca respuestas que no puedo darle. Permanece en silencio unos segundos, como si esperara que cambie de opinión, pero no hay lugar en mí para las dudas.
—Comprendo —dice al fin, con un tono que indica lo contrario.
Se queda de pie unos instantes más, como si quisiera decir algo, pero al final recoge su sombrero y se dirige hacia la puerta. Cuando la cierra tras de sí, el eco resuena en toda la casa.
El peso de todo lo que ha ocurrido, de lo que no puedo explicar, se abalanza sobre mí. Las lágrimas comienzan a brotar. No hago esfuerzo por contenerlas. Me dejo caer en la silla, entierro el rostro entre las manos y rompo a llorar, sola.
Asier salió con prisa de casa de Isabel.
Los adoquines de la calle aún estaban húmedos por la lluvia de la mañana. No se dio cuenta, pero sus pedaladas iban casi —casi— al ritmo de su mente, que ardía con una mezcla de teorías, ideas y conspiraciones.
Por extraño que fuera, de pronto le parecía que todo encajaba: el «oro del Rin», el opio a bordo del Marqués de Comillas…
y Jáuregui en el centro de todo. Aún le faltaba averiguar cuál era exactamente su papel, de dónde venía su conexión con Bernhardt, pero sentía que la respuesta estaba cada vez más cerca.
Ese hombre no solo había arruinado su carrera y puesto una sentencia de muerte sobre su cabeza: también amenazaba el futuro de Jakob.
Por un instante, Asier se detuvo en un cruce, jadeando, con una mano en el manillar, como si el odio que sentía fuera un monstruo a punto de devorarlo por dentro.
Calma. Jakob y yo compartimos un enemigo. Quizá juntos podamos derrotarlo.
No había tiempo que perder. Necesitaba hablar con Jakob, contarle lo que había descubierto, lo que empezaba a tomar forma en su mente. Sabía que su compañero estaba en el trabajo, en el puerto, así que decidió ir hasta allí de inmediato. El Marqués de Comillas podía zarpar en cualquier momento.
Apretó los dientes y aceleró la marcha. Su bicicleta respondió con la fidelidad de siempre.
Asier se agachó sobre el manillar para ganar velocidad.
El viento le golpeó la cara, despejándole las ideas.
Cruzó la concesión francesa como un rayo, esquivando rickshaws , peatones y ciclistas con la destreza de un experto.
Continuó hacia la concesión internacional.
Siguió pedaleando con fuerza hasta que vio asomar, entre la bruma del río, la torre del reloj de la Casa de Aduanas.
Frenó junto a la entrada, saltó de la bicicleta antes de que se detuviera del todo y la apoyó contra un muro.
No se molestó en atarla. El corazón le latía con fuerza mientras sus ojos recorrían el paisaje del puerto, buscando a Jakob entre los muelles abarrotados de estibadores, grúas y montones de cajas.
El sonido del agua golpeando las embarcaciones se mezclaba con los gritos de los trabajadores.
No había tiempo que perder. Tenía que encontrarlo. Ya.
Dejó atrás el bullicio del Bund y se adentró en la ribera del Whang-poo, hacia los muelles de carga.
Allí el aire era diferente: olía a ría, a mar.
Las embarcaciones se alineaban como gigantes dormidos.
No tardó en distinguir a Jakob. Asier avanzó hacia él, esquivando estibadores que apenas le prestaban atención, y empezó a llamarlo a voces.
—¡Jakob! ¡Jakob! I need to talk to you!
El nombre de su compañero pareció perderse en el caos, pero Asier no se detuvo. Por fin lo vio aparecer entre dos pilas de cajas. Su figura menuda y delgada destacaba contra el fondo gris. Jakob se acercó con el ceño fruncido, sin saber muy bien qué esperar.
—¿Qué pasa? ¿Estás loco, gritando así por los muelles?
Asier lo agarró del brazo y lo llevó hacia un rincón más apartado. Las palabras salieron de su boca con el ímpetu de un buen pelotazo.
—Jakob, escúchame. Creo que por fin lo he entendido: el «oro del Rin» es vuestro oro, el de Yunnan.
—Las frases en inglés se atropellaban en sus labios.
Frenó y respiró hondo. Si no se esforzaba por hablar claro, Jakob no lo iba a entender—.
También hay un cargamento de opio y Jáuregui está en el centro de todo. Él es nuestro enemigo.
Jakob lo miró, desconcertado.
— Fraynd , creo que no te sigo.
Asier tragó saliva e intentó calmar el torrente de pensamientos.
—Tenemos que encontrar el «oro del Rin», el dinero, las joyas, todo lo que entregasteis al llegar a Shanghái —dijo, sin apartar la mirada de su compañero—.
Sé que aún está aquí. Va a haber un intercambio: vuestro oro a cambio de un cargamento de opio.
Será inminente, porque el oro tiene que salir rumbo a Europa dentro de pocos días.
—¿Y tú crees que hay alguna opción de recuperarlo?
—Si no lo intentamos, nunca lo sabremos.
Jakob se cruzó de brazos. Su mirada oscura se clavó en Asier. Por un momento, pareció sopesar si estaba dispuesto a meterse en algo tan grande. Al final, suspiró y asintió.
—Si alguien sabe dónde está ese oro, es el comité de ayuda.
Asier frunció el ceño. El comité de ayuda. Lo había oído mencionar antes, pero no estaba seguro de qué se trataba. Sonaba a algo oficial, burocrático. Y peligroso.
—¿Qué es eso?
Jakob suspiró, y Asier sintió el peso del dolor en su voz.
—El JDC, el American Jewish Joint Distribution Committee .
Tienen su oficina en Hongkew, aquí en la concesión internacional.
Allí viven casi todos los judíos. También está lleno de japoneses, así que…
prefiero mantener las distancias. Sé que los japos no son nazis, pero da igual, no me fío.
Si ese «oro del Rin» está aún en Shanghái, como tú dices, en el comité pueden saber algo.
Están metidos en todo lo que tiene que ver con refugiados, recursos… , en fin, con nuestra supervivencia.
Asier asintió, aunque la mención de Hongkew le trajo un mal presentimiento. Había oído hablar del bombardeo del 32: la zona entera arrasada por la invasión japonesa. No era el lugar más seguro de la ciudad.
—Vamos ahora mismo —dijo, antes de perder la determinación.
Pero Jakob negó con la cabeza, señalando las pilas de cajas que aún tenía que mover.
—No puedo. Si me escapo, me despedirán. No me lo puedo permitir. —La frustración de Asier se reflejó en sus ojos, pero Jakob lo detuvo con una mirada firme—. Cuando caiga el sol, estaré libre. Nos encontramos aquí mismo y vamos juntos.
Asier se pasó una mano por el pelo, nervioso. Al final, asintió. El comité de ayuda. Una nueva puerta que prometía respuestas. Pero el tiempo apremiaba, y esperar hasta el anochecer le supo a jarro de agua fría.
—No salgas tarde. A las seis y media estaré aquí mismo —murmuró Asier antes de darse la vuelta. En el último instante añadió, casi como si la pregunta se le escapara de la boca—: Oye, ¿sabes algo del Marqués de Comillas?
Pero Jakob ya se alejaba y se limitó a contestar con un gesto.
Asier no sabía qué hacer con el resto del día.
Miró el reloj y suspiró: le quedaban más de ocho horas.
Sin pensarlo, tomó la bicicleta y se dirigió a Chapei, el corazón de la vieja ciudad china que tantos recuerdos le traía.
Paró en el camino para comprarse unos mantou , algo insípidos pero fáciles de comer sin bajarse de la bici, y llegó al fin a la Chin Woo Athletic Association.
Allí pasó las horas muertas, entrenando wushu y sintiéndose más solo que nunca.
La noche había caído casi por completo cuando regresó al puerto, justo a tiempo para ver a Jakob emerger con el rostro y las manos manchados de grasa y polvo. A pesar del cansancio, su amigo sonrió al verlo.
—No te quejarás, puntual como un reloj suizo.
—¿Has podido enterarte de algo del Marqués de Comillas? —preguntó Asier sin rodeos.