La noche cae sobre Shanghái Capítulo 26
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Capítulo 26

二十六

Doce días antes de la salida del buque

Me encanta el olor de la comida china. Bueno, no siempre.

Pero sí que adoro el aroma cálido de los hsiao long bao, que inunda mi cocina mientras Asier saca uno a uno los pequeños saquitos de una bolsa de papel grasienta.

Los coloca sobre un plato que no combina con los otros, como casi todo en mi casa.

La poca luz de la mañana entra tímidamente por las cortinas.

Fuera llueve. Esparcidos por todas partes están los restos de la jornada anterior: periódicos amontonados, fotografías desordenadas y mi Leica, cuya lente parece observarme desde la esquina.

La vida del periodista de investigación es muy dura. Anoche trabajé hasta tarde, pero aún no siento que haya sacado nada en claro.

—Espera, voy a hacer café —gruño.

—¿Quién desayuna café con dumplings ? —pregunta Asier, divertido mientras me observa trajinar con mi famosa cafetera italiana.

—Yo. Aunque tampoco me importaría mojar unos buenos churros de San Ginés, no te voy a engañar, como los que tomaba en Madrid en mi época de estudiante.

—Nunca he estado en Madrid. Quizá algún día. Quién sabe.

Pongo la cafetera al fuego y voy a sentarme junto a Asier, frente a la mesa alta de la cocina.

Mi estómago gruñe, así que cojo un par de palillos y los hundo en uno de los hsiao long bao , tan difíciles de atrapar con un mínimo de gracia.

Me lo llevo a la boca, lo muerdo y dejo que el caldo me inunde la boca.

La verdad es que Asier sabe elegir. Los sabores del jengibre, la carne y la salsa de soja son exactamente lo que necesito para arrancar el día.

Asier me observa. Lo conozco lo suficiente para saber que no ha venido a mi casa a primera hora solo para traerme el desayuno.

—¿Qué te ronda por la cabeza? Anda, suéltalo de una vez.

—Antes de ayer, en el Venetia… —comienza, con un tono que de inmediato capta mi atención, aunque después se interrumpe, como si hubiera algo que le cuesta decir.

—¿Otra noche movidita?

—Más que movida. Movidísima. Para empezar, Bernhardt estuvo allí.

El aroma del café inunda la cocina, imponiéndose al de los hsiao long bao.

Dejo el que tengo en la mano sobre el plato y me levanto para servir dos tazas.

Me siento de nuevo, le acerco una a Asier y lo miro con atención.

Parece que él se toma su tiempo. Juega con los palillos y mira hacia la ventana, para después coger la taza con ambas manos y acercársela a la nariz para aspirar su olor.

—Bueno, no me dejes así—digo al fin—. ¿Qué hacía ahí? No me dirás que había ido a tomarse una copa.

—Reunirse con Du, el de las orejas grandes.

Mi sonrisa se borra al instante. Du Yueh-sheng, el jefe de la Banda Verde y de todo el tráfico de opio de Shanghái. Que Bernhardt estuviera con él no hace sino confirmar mis sospechas.

—¿Pudiste escuchar algo?

—Muy poco, la verdad. Me pareció que Du estaba enfadado por la muerte de la princesa, dijo que había sido totalmente innecesaria.

Al parecer tenían un trato y Du quería cancelarlo, algo así.

Pero Bernhardt llegó con una oferta: un cargamento de opio, recién llegado a Shanghái, a cambio de sacar el «oro del Rin» en menos de una semana.

—Un cargamento de opio —murmuro—. Interesante. Parece que no vamos desencaminados, pero tenemos que encontrar un hilo del que tirar. ¿Crees que podrías intentarlo con Wu T’ung-wen? Parece que te ha cogido cariño.

Asier frunce el ceño. De nuevo, es obvio que hay algo que no me está contando, pero no quiero obligarlo. Ya lo hará, cuando quiera. O cuando pueda.

—Preferiría no tirar demasiado del «cariño» de Wu, si no te importa. ¿Qué hay de tu compañero del Weekly ? El poeta. El otro día, en la fiesta, no se despegó de Du, se ve que son muy amigos. Parece que él te tiene bastante cariño a ti, ¿no? ¿Crees que podría ayudarnos?

A mi pesar, se me escapa una sonrisa. Asier y yo somos iguales, por eso lo quiero tanto.

—Yo también prefiero no tirar del «cariño» de Sunmey, gracias. Habrá que pensar otra cosa. ¿Oíste algo más?

—No estoy del todo seguro, pero juraría que mencionaron el nombre de Teodoro Jáuregui.

—¿Jáuregui? —repito, sorprendida—. ¿No crees que te estás obsesionando un poco con él?

Asier niega con la cabeza. Su mirada se oscurece, sin duda recordando la amenaza que pesa sobre él.

—No es ninguna obsesión. Estoy… casi seguro de que oí bien. Este tío está en el ajo. No tengo ninguna duda, lo que no acabo de entender es cuál es su papel.

Estoy a punto de responder cuando suena el timbre. Nos miramos en silencio, sin duda pensando lo mismo: ¿quién puede ser a estas horas? Me levanto para abrir y Asier se queda en la cocina, aún con un dumpling a medio terminar.

Al abrir la puerta, me encuentro con Miguel, que entra sin esperar invitación y cierra tras de sí con un movimiento brusco. Diría que se oculta de alguien. El agotamiento se refleja en su rostro, pero hay algo más, una especie de inquietud que le hace parecer un animal herido.

—¿Estás bien? —pregunto.

—Sí, tranquila. Quería hablar… ¡Ah, Asier! Estás aquí. —Por un instante, Miguel parece sorprendido, pero enseguida asiente, como si llegara a una conclusión repentina—. Mejor, mejor. Esto os interesa a los dos.

Guío a Miguel hasta la cocina, le indico que se siente y le pongo un café. Lo veo preocupado. Quiero que se sienta cómodo antes de empezar a hablar, así que le hago un gesto cariñoso en el hombro al pasar junto a él.

—Anda, dinos qué ocurre —digo, al fin—. Parece que has visto a un fantasma.

Él suspira como un hombre cansado de todo y se desploma en la silla como si no pensara moverse nunca más.

—Pues casi —replica, con un atisbo de sonrisa. Me alegra ver que intenta mantener el tipo, sea lo que sea lo que le preocupa—. Mi madre está en Shanghái.

—¿Doña Carmen? ¿Aquí? ¿Y no te había dicho que venía?

—No, no me había dicho nada, qué cosas tienes. Anteayer estuve en el puerto con Larracoechea, como habíamos planeado. Y con Jáuregui, claro.

—¿Ves? —dice Asier, clavándome la mirada.

Le hago un gesto con la mano y le pido a Miguel que continúe.

—Subimos los tres a bordo del Marqués de Comillas. En teoría me tenía que llegar un cargamento de cerveza, pero… ¿a qué no os imagináis que había dentro de las cajas?

—Opio —responde Asier—. Era un cargamento de opio.

Miguel parece desubicado por un instante, pero enseguida vuelve a sonreír.

—Pues sí, me has arruinado la sorpresa, pero has acertado.

Lo curioso es que mi madre ha viajado a bordo del mismo barco, que no es precisamente un trasatlántico de lujo como los que le gustan a ella, sino un buque mercante sin más con un par de puentes para el transporte de pasajeros.

—El silencio se apodera de la habitación.

La imagen de doña Carmen en medio de un cargamento de opio, rodeada de marineros, es difícil de procesar.

Sobre todo la última parte, para qué engañarnos.

Miguel continúa antes de que podamos responder—.

Tú ya la conoces, Isabel, no me dio ninguna explicación, solo me dijo que estaba todo bajo control.

Se ha venido a mi casa, lo ha cambiado todo de sitio, nos da órdenes a todos…

y, bueno, ayer me llevó a una reunión en el consulado de España, con Vázquez Ferrer, Jáuregui… , y esto seguro que no os lo imagináis…

—Bernhard —dice Asier, muy seguro.

—Oye, ¿pero tú eres adivino o algo? ¿O hay algo que no me hayáis contado?

—Anoche, Asier vio a Bernhardt con Du Yueh-sheng en el Venetia —explico— y pudo escuchar que hablaban de un cargamento de opio que iban a intercambiar por el «oro del Rin».

—¿Bernhardt? ¿Y por qué no llamaste a la policía? —pregunta Miguel.

—¿Y tú? —replica Asier, sin pestañear.

— Touché . Está bien, Bernhardt cantó de lo lindo. Quiero decir, explicó todo el tema del oro, que proviene de aristócratas rusos blancos, exiliados después de la revolución, que quieren financiar un pronunciamiento militar en España para restaurar la monarquía.

—Eso es mentira —interrumpe Asier con una frialdad cortante—. Ese oro no viene de ningún aristócrata ruso. Es el oro de los judíos. Se lo robaron a familias enteras que intentaban huir de Alemania. Sé lo que digo, Isabel, tú lo sabes también.

Miguel baja la mirada, coge la taza de café y da un sorbo antes de continuar.

—No sé, puede ser. Pero ¿por qué nos iba a mentir? Es una cosa muy absurda. Y allí todo el mundo estaba en el ajo. Incluido Vázquez Ferrer, por cierto. Al parecer no formaba parte del complot inicial, pero, en cuanto se ha enterado de qué va, se ha unido al grupo.

Una vez más, se hace el silencio.

—Bueno —digo, con más calma de la que siento en realidad—, al menos ya sabemos que Jáuregui y el cónsul están metidos hasta el cuello.

Miguel levanta la cabeza y su mirada parece oscurecerse aún más.

—No solo ellos. También mi familia. Todos ellos: mi madre, mi primo Andrés….

El peso de sus palabras queda suspendido en el aire como una espada de Damocles que se cierne no solo sobre él, sobre todos nosotros. Me acerco a Miguel y le tomo una mano con cuidado, tratando de consolarlo. Su piel está fría y ligeramente húmeda. Aunque intente disimularlo, lo está pasando mal.

—Gracias por confiar en nosotros, Miguel —digo, con ternura—. Sé que para ti es duro enfrentarte a ellos. A tu madre, sobre todo.

Sus ojos, tan llenos de fuerza y contradicciones, se humedecen. Casi por reflejo, siento que a mí también me empiezan a brotar las lágrimas.

—La verdad, no sé qué hacer, Isabel —murmura, con la mirada baja—. No tengo ni idea.

—Sabes que estoy a tu lado, pase lo que pase.

—Eso es lo único que me da fuerzas…

De pronto, Asier se levanta de la silla, con un movimiento rápido y algo torpe.

—Acabo de recordar que tengo una cita urgente —dice, sin pretender siquiera que su excusa sea creíble—. Nos vemos luego. Agur .