La noche cae sobre Shanghái Capítulo 25
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Capítulo 25

二十五

Trece días antes de la salida del cargamento

Miguel miraba con desdén el desayuno que el boy había colocado sobre la mesa del comedor: café con leche y tostadas con mantequilla, perfectamente servidos sobre un mantel blanco de hilo, con puntilla inglesa.

Su madre había insistido en tomar un desayuno «a la española», despreciando el té y el arroz que solía tomar Miguel desde su llegada a Shanghái.

—Una señora no puede empezar el día con esas cosas de orientales —había dicho, como si se tratara de una sentencia divina.

El pobre Liang, obediente como siempre, había tenido que salir corriendo al amanecer para encontrar una barra de pan lo bastante fresca como para cumplir con los estándares maternos.

Mientras untaba su tostada, Miguel no podía evitar sentirse de nuevo como aquel niño gordito y demasiado soñador, con su madre moviendo los hilos a su alrededor, instalándose como el sol todopoderoso alrededor del cual giraban todos los planetas.

En las veinticuatro horas que habían transcurrido desde su llegada a Shanghái, doña Carmen ya había tomado por completo el control de la casa.

Había reorganizado los muebles del salón, reclamado su dormitorio como propio y mandado a Miguel al cuarto de invitados, un espacio pequeño y con muebles incómodos.

—La casa es demasiado grande para ti solo, Miguelito —le había dicho con esa mezcla de dulzura y firmeza que siempre lograba desarmarlo—. Tenemos que casarte de una vez. Aquí hace falta una mano femenina.

Miguel suspiró, revolviendo el café con aire ausente mientras su madre mordía su tostada con elegancia y lo miraba de reojo.

—¿Vas a decirme de una vez por qué estás aquí, mamá? —preguntó al fin, tratando sin éxito de aparentar indiferencia.

Doña Carmen dejó la taza de café sobre el platillo con un gesto preciso y controlado.

—A arreglar el destrozo que has organizado, Miguelito. Así que no seas impertinente.

El resto del desayuno transcurrió en silencio. Cuando terminaron, doña Carmen se limpió delicadamente los labios con una servilleta de hilo —a juego con los mantelitos— y se levantó con la autoridad de una reina.

—Vamos, cariño. Dile a tu chófer que nos lleve al consulado.

Miguel la miró con cierta sorpresa.

—¿A qué consulado, mamá?

Doña Carmen lo miró como si hubiera hecho una pregunta absurda. En Shanghái había, literalmente, decenas de consulados: el británico, el alemán, el francés, el americano, el italiano, el belga… ¿Cómo iba a saber él a cuál se refería?

—Al de España, Miguelito, ¿a qué consulado va a ser? Eduardo nos espera.

Miguel sintió un nudo en el estómago. El rostro agrio y torcido de Vázquez Ferrer le vino a la mente. Lo que fuera que su madre tuviera entre manos, no iba a gustarle en absoluto. Sin decir nada, se levantó, tomó su sombrero y salió a buscar a Chen, que, como siempre, ya esperaba junto al Cadillac.

El trayecto transcurrió, una vez más, en silencio casi absoluto salvo por algún comentario ocasional de doña Carmen sobre el caos de las calles de Shanghái y el aspecto famélico que tenían algunos de los culis.

Miguel miraba distraído por la ventana, sin atreverse a sacar su cuaderno de dibujo.

No quería ni imaginar qué diría su madre de aquella costumbre, pero se temía que sus bocetos acabarían en la basura.

Al llegar al consulado, el mayordomo los recibió con su formalidad habitual.

—Doña Carmen, señor Roxas. Por favor, acompáñenme.

—Veo que conoces a Wang —murmuró Miguel mientras su madre y él seguían al criado a través de un pasillo amplio, decorado con alfombras persas y cuadros de diplomáticos ilustres.

—¿Cuándo aceptarás de una vez que conozco a todo el mundo, Miguelito? Además, no es mi primera visita a Shanghái. Ni mucho menos.

Al fin llegaron a una sala de reuniones amueblada con el máximo lujo, dominada por una mesa de caoba tan pulida que reflejaba la luz de la lámpara que colgaba del techo.

Las sillas, tapizadas con terciopelo rojo, parecían más propias del salón de un palacio que de una oficina consular.

En una de las paredes destacaba un retrato enorme de Niceto Alcalá Zamora, el presidente de la República española, con su mirada seria y su pose solemne.

Miguel recordó el impotente retrato de su madre que presidía la casa familiar en Manila y sintió un escalofrío.

Wang les indicó que tomaran asiento.

—El señor cónsul llegará enseguida. ¿Les traigo una taza de café mientras esperan?

Doña Carmen asintió con la cabeza, y Miguel, sin muchas ganas, murmuró que sí. Wang se retiró con una inclinación, dejándolos solos en la sala.

Doña Carmen dejó escapar un suspiro mientras recorría con la mirada los detalles de la habitación. Al detenerse en el retrato de Alcalá Zamora, sus labios se torcieron en una mueca de desprecio.

—Traidor —susurró, apenas audible, pero con una intensidad que no pasó desapercibida para Miguel—. Pero pronto pagará por lo que nos ha hecho a todos.

Miguel la miró sorprendido.

—¿Qué quieres decir, mamá?

Doña Carmen no respondió de inmediato. Casi ni movió la cabeza, como si lo hubiera ignorado, pero Miguel sabía que estaba eligiendo las palabras. Sin embargo, no tuvo tiempo de insistir porque en ese momento la puerta se abrió de golpe para dar paso a Eduardo Vázquez Ferrer.

—Doña Carmen, es un placer conocerla en persona —saludó el cónsul, acercándose para besarle la mano—. Me habían hablado ya de su singular belleza, pero he de decir que los halagos no le hacen justicia. Es usted una reina.

—Eres un zalamero, Eduardo. Pero una mujer de mi edad necesita cualquier cumplido que pueda cosechar, así que te lo agradezco. Vayamos al grano: el desastre provocado por mi hijo ya está arreglado, ¿no es así?

Miguel sintió que se le encendían las mejillas, como un niño al que han llamado al despacho del director del colegio.

—Totalmente resuelto y olvidado, doña Carmen.

Permítame decirle que todo hubiera sido mucho más sencillo si hubiera usted hablado conmigo directamente, en vez de…

—Vázquez Ferrer hizo un gesto, como señalando a Miguel, pero sin llegar a hacerlo—, bueno, ya sabe.

Si me llega usted a advertir de que herr Bernhardt era un leal servidor del Reich, lo habría recibido con muchísimo gusto.

Y hubiera sido un detalle que alguien me informara de las actividades subversivas del difunto príncipe Volkov antes de liquidarlo, pero en fin, entiendo que las operaciones de contraespionaje son discretas por naturaleza. Como le digo, todo resuelto.

A pesar de sus palabras, Miguel creyó percibir que el orgullo del cónsul seguía herido en lo más hondo…

¿quizá por no haber estado involucrado desde el principio?

Su madre debió de pensar lo mismo, porque le hizo a Vázquez Ferrer un gesto cariñoso con la mano.

Ella también podía ser zalamera, cuando quería.

—De haber sabido que eras un hombre de principios tan firmes, yo misma te habría involucrado desde el primer momento. Pero todo está aclarado ya y, por suerte, ahora sabemos con certeza que estamos entre amigos. ¿Los demás no han llegado aún?

—Sí, sí, pero quería tener un par de palabras a solas con usted…

y con su hijo, naturalmente, antes de que entraran.

Voy a por ellos. —Vázquez Ferrer se levantó, abrió la puerta e hizo un gesto.

De inmediato entró Teodoro Jáuregui, seguido de un hombre al que Miguel reconoció al instante: Johannes Bernhardt—.

Teodoro Jáuregui es uno de los miembros más prominentes de la colonia española en Shanghái.

—Señora —saludó el capitán de los pelotaris—, es un honor.

—Encantadísima, jovencito. Mi sobrino Andrés me ha hablado maravillas de ti, pero olvidó decirme lo apuesto que eres. ¡Hombres así necesita nuestra patria!

—Por último —continuó Vázquez Ferrer—, creo que ya conoce a herr Johannes Bernhardt.

Doña Carmen se levantó ligeramente de su asiento, con la postura impecable de quien sabe que domina la situación. Una sonrisa fina se dibujó en sus labios cuando sus ojos se posaron en Bernhardt.

—En efecto, herr Bernhardt y yo ya nos conocimos en Manila. ¿Empezamos?

La seguridad de su tono hizo que incluso Vázquez Ferrer, acostumbrado a dar órdenes más que a recibirlas, asintiera en silencio.

Mamá siempre sabe manejar estas cosas . Sabe manejarnos a todos, vaya.

Jáuregui y Bernhardt tomaron asiento mientras el cónsul hacía un gesto con la mano, dando la palabra al alemán.

Bernhardt se reclinó hacia delante y apoyó los brazos sobre la mesa.

—Permítanme ir al grano para evitar malentendidos.

—Aunque hablaba en español, su acento germánico marcaba cada palabra con precisión—.

El cargamento que hay que transportar hasta Tetuán no es, como quizá algunos de ustedes sospechaban, equipo deportivo ni mercancías comerciales, ni mucho menos, opio.

Se trata, en realidad, de una considerable cantidad de oro.

Hizo una pausa, midiendo el impacto de sus palabras. Miguel, incapaz de contenerse, se inclinó hacia adelante.

—¿Oro? —preguntó.

Bernhardt lo miró directamente por primera vez. Sus ojos azul acero perforaron los de Miguel con una intensidad que parecía buscar algo más que una simple respuesta. Al fin, habló con un tono que transmitía superioridad, como el dios de una ópera de Wagner.

—El «oro del Rin», ese es su nombre en clave.

Proviene de aristócratas rusos exiliados tras la revolución bolchevique.

Muchos de ellos han encontrado refugio en Europa y Asia, pero su causa, la restauración de la monarquía rusa, ya no es viable.

En su lugar, están interesados en respaldar un pronunciamiento militar en España, un movimiento que tiene como objetivo reponer en el trono a Alfonso XIII. Es un donativo para la causa, digamos.

Miguel parpadeó, tratando de asimilar lo que acababa de escuchar.

Esto no es lo que había escuchado. Su mente intentaba componer un boceto que incluyera todos los detalles que había aprendido hasta el momento: los rumores sobre Volkov, su implicación en el tráfico de opio, y ahora esto.

¿Pero qué había del oro de los judíos que había mencionado Asier?

¿Era posible que él e Isabel estuvieran equivocados?

—De ahí la participación del príncipe Nikolai Volkov —continuó Bernhardt, como si leyera los pensamientos de Miguel—. Los aristócratas rusos confiaban en él para coordinar los esfuerzos financieros.

—¿Puedo preguntar, entonces, por qué lo mató? —preguntó Miguel.

—Ya ha quedado establecido que Nikolai Volkov era un agente doble al servicio de la Unión Soviética —intervino Vázquez Ferrer—.

Su intención era desviar el oro para financiar un golpe de Estado comunista en España, siguiendo órdenes del mismísimo Stalin.

¡Por eso es preciso actuar cuanto antes!

Gracias a Dios que han sido ustedes sensatos y han advertido a tiempo a la autoridad consular.

No podemos permitirnos que los rojos y malhechores se hagan con España.

—Alemania no lo permitirá, señor cónsul —le aseguró Bernhardt—. Tras haber desenmascarado a Volkov, me aseguraré personalmente de que el oro llegue a su destino final: Tetuán, en el Marruecos español.

Doña Carmen, serena como siempre, asintió con solemnidad.

—Exacto. Ahora comprendes la importancia de este cargamento, Miguelito. Estamos ante una misión histórica. La restauración de la monarquía en España depende de que todo salga según lo planeado.

Tendré ochenta años y seguirá llamándome Miguelito, no importa quién esté delante. ¿No se da cuenta de que me hace quedar como si fuera retrasado?

Johannes Bernhardt asintió con gravedad.

—Por eso, la rapidez es esencial. El transporte del «oro del Rin» debe hacerse de inmediato.

Cada día que pase aumenta el riesgo de que nuestras intenciones sean descubiertas.

Por fortuna, ya tenemos a nuestra disposición el buque ideal: el Marqués de Comillas.

Es rápido, seguro y, lo más importante, ya trabaja de forma regular para la familia Roxas.

Miguel sintió que el suelo bajo sus pies desaparecía. Estaba aturdido, casi noqueado, como un boxeador al que golpean sin que haya tenido tiempo de levantar los puños.

—¿Y qué hay del opio que contenían las cajas de San Miguel? —preguntó—. ¿También es para financiar la restauración de la monarquía?

Doña Carmen suspiró, como si estuviera reprendiendo a un niño que acababa de hacer una pregunta impertinente.

—Miguelito, ¿cuántas veces tengo que decirte que preguntas demasiado?

—El opio es el pago a la Banda Verde —dijo Jáuregui, interviniendo por primera vez—. Aquí no se mueve nada sin contar con ellos. Sin su ayuda, no hay operación posible.

Se impuso el silencio. El cónsul los miró a todos, de uno en uno, con intensidad.

—Está bien. ¿Tenemos un acuerdo?

Antes de que Miguel pudiera siquiera procesar la pregunta, fue doña Carmen quien respondió por todos.

—Lo tenemos, querido, claro que lo tenemos.

Miguel tragó saliva. Todo dentro de él le pedía que se levantara, que se negara, que se desmarcara de aquel juego absurdo y peligroso, pero sabía que estaba atrapado.

La familia. Siempre la familia.