Capítulo 24
二十四
Dos semanas antes de la salida del cargamento
A veces Asier pensaba que había reemplazado la parroquia de Santa María de su infancia por la Chin Woo Athletic Association. Se decía que no era tan diferente. De crío le gustaba ser monaguillo, así sentía que encajaba en algún sitio. Y en la Chin Woo Athletic Association encajaba, eso sin duda.
Y eso que aquella tarde no daba ni una.
Tenía los músculos en tensión mientras intentaba ejecutar un movimiento que no terminaba de salirle.
Sus puños se alzaban con fuerza, pero le faltaba precisión.
Giró con brusquedad y su pie resbaló apenas un centímetro, suficiente para desestabilizarlo.
El maestro Yan, desde un rincón, lo observaba con su mirada implacable.
Era peor que el cura de Gernika.
La ausencia de Chao Yungli le pesaba más de lo que quería admitir.
Podía sentir el vacío que había dejado en cada rincón de la sala.
Intentaba concentrarse en los movimientos, en el ritmo de su respiración, pero su mente regresaba una y otra vez a Yungli.
Su rostro, sus gestos, su sonrisa. Hostia, no se había imaginado que lo iba a echar tanto de menos.
Eso no estaba previsto. No figuraba en el guion.
El maestro Yan alzó una mano, señalando el final de la sesión.
Asier se inclinó, agradecido, aunque sabía que su entrenamiento había dejado mucho que desear.
Mientras los demás alumnos recogían sus cosas y salían, él corrió hacia los vestuarios.
Tenía que mantener la rutina, tenía que estar preparado.
Si quería desenmascarar a Jáuregui, no podía permitirse perder el control, ni de su cuerpo ni de su mente.
Se dio una ducha rápida, mecánica. El agua fría le devolvió un poco de claridad mientras se limpiaba el sudor.
Se vistió deprisa, ajustándose el esmoquin blanco —limpio de nuevo— con movimientos automáticos, los mismos que había repetido una y mil veces.
Apenas tuvo tiempo de secarse antes de salir disparado hacia el Venetia.
Shanghái no esperaba. Y menos a un camarero que llega tarde.
Cuando llegó, el cabaré rugía como un motor a pleno rendimiento.
Las luces parecían luciérnagas atrapadas en un frasco.
El jazz rebotaba en las paredes con la fuerza de un pelotazo bien dado, y cada mesa era su propio planeta girando en esa galaxia ruidosa que era el salón.
Las taxi dancers rusas giraban entre los clientes, con vestidos de lentejuelas que lanzaban chispas cada vez que se movían.
Los camareros iban y venían como gaviotas en el puerto, pero con una bandeja en la mano y una sonrisa en la cara.
Asier se detuvo un instante para absorber el ritmo de la noche. No, aquello no era Gernika. Y no podía decir que le disgustara, la verdad. La noche de Shanghái era como el opio: una vez que la probabas, era difícil no querer más.
Después se sumergió en la multitud. En el ojo del huracán.
La clientela del Venetia estaba tan animada como de costumbre.
Militares japoneses, todos de uniforme, no se fueran a confundir con ciudadanos normales.
Chinos ricos, tycoons y políticos, gente de clase alta que parecía más occidental que cualquier europeo.
Americanos, ruidosos como siempre. En el fondo, siempre serían vaqueros, por muy bien que les fuera la vida.
Los franceses eran más distinguidos, más elegantes; fumaban con pitillera y la mayoría parecían maricones, a juzgar por las miradas que le dirigían.
Y un pelotari vasco en medio de todo esto. Cosas que tiene la vida.
La música cambió de ritmo: una pieza más lenta, más sensual.
Asier sabía que era el momento en que las luces se atenuaban y los clientes, con más alcohol en el cuerpo, se dejaban llevar por la atmósfera de la noche.
En una de las mesas más apartadas, en la penumbra de una esquina, distinguió una figura que le resultaba familiar.
Bernhardt.
Su corazón dio un vuelco y un calor extraño le subió por la nuca.
Sabía que no debía exponerse, pero sus pies parecían moverse solos mientras esquivaba camareros y clientes para acercarse con cuidado.
¿Qué demonios hacía allí? Cuando se detuvo a una distancia prudente, lo confirmó: era él.
La postura rígida, el perfil que se le había quedado grabado desde el día en que lo vio por primera vez en el Paramount.
Ese hombre parecía empeñado en perseguirlo en sus lugares de trabajo.
Por un instante, Asier se sintió paralizado.
Bernhardt seguía en busca y captura; debía llamar a la policía para que lo arrestaran de una vez.
Su mente dio vueltas, enredándose en la maraña de jurisdicciones y poderes que dividían Shanghái como un tablero de ajedrez.
The Trenches era tierra de nadie. La SMP de la concesión internacional no podía actuar allí, ni tampoco la garde municipale .
Tal vez las autoridades chinas fueran su única opción, pero ¿a quién llamar?
Además, Wu era amigo de Bernhardt, conocido al menos. No podía jugársela.
Aún intentaba decidir qué hacer cuando vio al acompañante de Bernhardt.
Aunque aquella noche no llevaba máscara, sus enormes orejas eran inconfundibles.
Se trataba de Du Yueh-sheng, el líder de la Banda Verde, que se inclinaba hacia Bernhardt como el dragón herensuge cuando bajaba del monte Oiz a reclamar su tributo.
Menos mal que no había llamado a la garde municipale .
Si Du estaba involucrado, ningún policía —ni chino, ni extranjero— se atrevería a intervenir.
Asier miró hacia la barra y trató de calmar su respiración.
Tenía que enterarse de qué estaban hablando.
Era la única alternativa. Con la bandeja en la mano derecha, se acercó con disimulo a la mesa de al lado, donde un francés de bigote fino se inclinaba sobre una joven rubia que reía como si aquel baboso de verdad pudiera hacerle gracia.
Asier colocó las copas con cuidado y se demoró un poco más de lo necesario, aguzó el oído más allá de la charla insípida de la pareja y prestó atención a la conversación que realmente le interesaba.
La voz de Du Yueh-sheng sonaba firme, controlada, aunque Asier notó el enfado tras cada palabra. Por fortuna, hablaba en un inglés lento y algo torpe, pronunciando con cuidado cada palabra.
—Puedo aceptar que la muerte del príncipe Volkov fuera un error, pero lo de la princesa… —Du golpeó la mesa con la mano abierta, un gesto que resonó más que un grito—. Eso fue un asesinato innecesario. Injustificado. Inmoral.
Un escalofrío recorrió la espalda de Asier. La figura menuda de Du proyectó una sombra que pareció envolver la mesa entera. Frente a él, Bernhardt, encorvado pero intentando mantener la compostura, levantó las manos en un gesto de defensa.
No alcanzó a escuchar la respuesta, pero lo vio negar con la cabeza. Una mesa cercana se había quedado vacía, lo que le daba una excusa para demorarse un poco más. Se dirigió a ella y comenzó a limpiarla con mucho más esmero del habitual.
—Si no has sido tú, ¿quién la mató, entonces? —preguntó Du con frialdad—. ¿Alguien que pasaba por allí? ¿Un ladrón? Todo el mundo sabe que la princesa estaba arruinada y, además, no faltaba nada en su casa.
Asier no pudo evitar sorprenderse por lo bien informado que estaba Du.
Por la autoridad que irradiaba, siendo tan menudo.
Asier, más o menos de su estatura, había pasado la vida levantando pesos para forjar músculo y ocupar algún lugar en el mundo.
A Du no le hacía falta. Con su personalidad bastaba y sobraba.
Bernhardt se inclinó hacia delante y habló tan bajo que al principio Asier no entendió nada. Luego una palabra destacó como un relámpago en su mente.
—Jáuregui.
El frío le invadió las entrañas. ¿Lo había dicho realmente o era su propia obsesión jugando con él?
El pensamiento lo consumió, pero, antes de que pudiera darle forma, Bernhardt elevó la voz.
Asier bajó la cabeza y se concentró en limpiar una mancha invisible en la mesa mientras se esforzaba en descifrar las palabras del alemán.
—Ya sé que con la Banda no se juega… —A continuación, Bernhardt dijo algo que Asier fue incapaz de comprender, pero enseguida logró enganchar con la siguiente frase—…
acaba de llegar a Shanghái un cargamento de opio, fresco, de la mejor calidad.
Todo tuyo. A cambio, solo te pido que cumplas tu parte del trato.
Necesito que el «oro del Rin» salga de China como máximo en una semana. ¿Tenemos un acuerdo?
—Suena demasiado bueno para ser cierto. ¿De dónde ha salido ese opio? ¿Me lo van a regalar así como así?
El corazón de Asier latía con fuerza. Opio y oro. Shanghái se movía al ritmo de esos dos malditos venenos. Estaba tan absorto en la conversación que no advirtió que los ojos de Bernhardt se posaban sobre él.
—Ese camarero nos está escuchando.
El pánico lo arrastró como una ola en la playa de Mundaka, pero, antes de que pudiera reaccionar, una voz conocida lo sacó de la parálisis.
—¡Asier! —Era su jefe, Wu T’ung-wen, que apareció detrás de él con una sonrisa de oreja a oreja. Wu lo tomó del brazo con firmeza y lo apartó de la escena mientras hablaba con cordialidad fingida—. Ven, necesito hablar contigo un momento.
Wu lo condujo a su oficina en la planta de arriba, un cuarto cargado de humo de tabaco. Cerró la puerta tras ellos con un golpe seco y, al darse la vuelta, la sonrisa se borró.
—¿Qué demonios estabas haciendo? —preguntó con voz baja, cargada de peligro.
—Yo, de verdad… no pretendía… —balbuceó Asier.
—Con Du no se juega, muchacho. Si él cree que eres un problema, estás muerto antes de que puedas abrir la boca. ¿Me entiendes?
El peso de las palabras de Wu cayó sobre Asier como si le hubieran golpeado la cabeza con una pelota. De pronto, la oficina se había vuelto más pequeña, pero el sudor frío en su frente no tenía nada que ver con el calor o la falta de aire.
—Lo siento…, no quería… —empezó Asier, pero Wu alzó la mano para pararlo.
—Déjate de excusas. Sé que me ocultas algo. ¿Por qué te interesan esos dos?
Asier tenía que inventar algo, y deprisa: una excusa creíble que no lo condujera al callejón en forma de cadáver.
—Busco clientes —dijo a la desesperada—. Necesito dinero extra. Y creo que Du, bueno, fue muy amable conmigo el día de su fiesta, sir.
Wu se relajó y sonrió con picardía. La excusa había funcionado.
—Has errado el tiro, muchacho. Du es más conservador de lo que parece, solo le interesan las mujeres. Yo, en cambio…, soy de gustos amplios. Y tengo debilidad por ti.
Asier sintió un escalofrío cuando Wu le rozó el mentón con los dedos y le obligó a levantar la cabeza.
Con un movimiento firme, su jefe lo empujó hacia abajo hasta dejarlo de rodillas frente a él.
Wu sonrió, pero no hubo calidez en su expresión, solo un destello de control que dejó claro quién mandaba en aquella sala.
Sin apartar la mirada, se desabrochó el pantalón.
—Tienes suerte. Si fueras otro, ahora estarías muerto. Pero ya te lo he dicho, me gustas. Demuéstrame cómo estás de agradecido.
Wu le acarició él cabello. Y él… se dejó llevar.