Capítulo 23
二十三
Trece años antes
Miguel salió del cuartel al amanecer, con la ropa arrugada y la cabeza hueca. El recuerdo de la noche anterior lo golpeó como una bofetada.
Si la memoria no le fallaba, era la primera vez que Andrés lo invitaba a salir.
A Miguel le bastó eso para aceptar. Cualquier excusa para escapar de su madre era buena.
El Cadillac avanzó hacia Intramuros mientras Andrés hablaba, como siempre, de San Miguel: expansión, nuevos mercados, América.
Miguel asentía sin escucharlo mientras se dirigían a la Rosa de Manila.
Miguel no conocía el lugar. Desde fuera parecía un local cualquiera.
Dentro, el aire estaba cargado de humo y perfume barato; una luz rojiza envolvía a hombres que reían demasiado cerca de mujeres demasiado maquilladas.
Había intentado protestar, decirle que aquello no era para él.
Pero Andrés no había atendido a razones y había elegido una chica, una prostituta, para que lo acompañara.
Por suerte —¿o por desgracia?— no había llegado a ocurrir nada porque la brigada antivicio había irrumpido en el local antes de que Miguel se dejara engatusar.
Su primo, por descontado, había logrado escapar, pero él… había pasado la noche en comisaría.
Nunca he sentido una vergüenza semejante.
Rezó por no cruzarse con nadie conocido. El Packard lo esperaba bajo un flamboyán. Armando abrió la puerta sin decir nada. Miguel se dejó caer en el asiento trasero.
Habían hablado de cárcel, de escándalo, de periódicos. Todo se había resuelto cuando apareció el abogado de la familia. A golpe de talonario. Como siempre.
Andrés. Mamá. La familia.
Al llegar a casa, el mayordomo lo interceptó en la puerta de entrada.
—Su madre lo espera en el cuarto de bordar.
Miguel subió la escalera como quien sube al cadalso.
Doña Carmen bordaba. No levantó la vista.
—Tu primo ha tenido que pagar para ocultar tu vergüenza.
—Mamá, fue idea suya…
—Ni se te ocurra tratar de echarle la culpa a tu primo, ¡ni se te ocurra! Además de un depravado, de un… lujurioso, soez, sucio, eres desleal con la persona que te ha salvado. Que nos ha salvado a todos de vernos arrastrados por tu vergüenza. Menos mal que tu padre no está vivo para ver esto.
—Mamá, de verdad, yo nunca había ido a un lugar semejante, y no pensaba…
Doña Carmen continuó como si no lo oyera.
—Lo mejor es enviarte a Italia para estudiar, allí estarás lejos de Manila y de las malas influencias. Tengo amigos que conocen a Mussolini.
Miguel sintió que hervía por dentro. La situación era tan injusta que no podía callarse. Abrió la boca. El corazón parecía a punto de explotarle en el pecho. No, no iba a callarse. No se sometería otra vez.
—No pienso irme a Italia con tus amigos fascistas. No voy a pagar por algo que no hice.
El silencio se alargó. Al fin, ella habló con voz neutra.
—Por supuesto, no puedo obligarte. Pero como dijo Jesucristo, si no estás conmigo, estás contra mí.
O aceptas mis normas o te vas a la calle, sin nada, como un indigente, que es lo que eres sin tu familia.
—Por primera vez, doña Carmen levantó la mirada y clavó los ojos en él—.
Vete ahora mismo de mi casa, y regresa solo si estás dispuesto a obedecer y a someterte en todo lo que yo diga. Hasta entonces, estás muerto para mí.
Cuando Miguel abrió los ojos, la claridad de la mañana se filtraba entre las hojas de los árboles del Jardín Botánico.
Le dolía cada hueso del cuerpo, como si en lugar de haber dormido en un banco le hubiesen pasado por encima las ruedas de un tranvía.
Pero por encima del dolor físico, lo que le torturaba era la humillación de la noche anterior.
Maldito Andrés. Maldito seas mil veces.
Tenía grabado en la memoria el rostro burlón de su primo en la penumbra del burdel.
Su voz resonaba en sus oídos, invitándole a ser un hombre mientras escapaba por la puerta trasera, dejándolo solo ante la policía.
Recordaba el pánico, las esposas que le habían puesto y el rumor de risas ahogadas de los agentes mientras lo llevaban al cuartel.
Y, sobre todo, recordaba la expresión horrorizada de su madre.
Un poco más allá, podía oír a los monos aullando dentro de su jaula.
A su alrededor cantaban los pájaros, ajenos a las miserias humanas.
Miguel abrió los ojos y miró a su alrededor.
Allí mismo, en ese mismo banco, había besado a Isabel hacía…
¿dos años? Ese día, ella también parecía tan asustada como él, aunque luego había fingido que no había ocurrido nada.
Pero Miguel sabía la verdad, y esa certeza se convirtió en una pequeña llama de esperanza.
Si Isabel se había atrevido a marcharse a España para estudiar, ¿por qué él no podía hacer lo mismo?
¿Qué le impedía escapar de una familia que lo asfixiaba, que lo juzgaba con tanta dureza?
Lo único que necesitaba era algo de dinero, lo suficiente para el viaje y un poco más para establecerse en Madrid. Su madre no podría negarle eso, ¿o sí?
De todos modos, no pensaba pedírselo. No iba a humillarse más.
Podía trabajar, encontraría un empleo, recurriría a sus contactos.
Era capaz de hacerlo, tenía que ser capaz.
Escribiría a Isabel esa misma mañana para explicarle todo.
Seguro que ella lo entendería, seguro que se alegraría.
Sí, por primera vez en horas, Miguel pudo respirar hondo y sentir que no todo estaba perdido.
De pronto, una sombra tapó el sol que caía sobre el banco. Miguel levantó la vista y su ánimo volvió a hundirse como un buque torpedeado. Frente a él estaba Andrés, con las manos en los bolsillos, luciendo una media sonrisa que le daba un aspecto más cruel de lo habitual.
—Sabía que te encontraría aquí —dijo Andrés, observándolo con expresión triunfal.
Miguel sintió cómo se le contraía el estómago. Aquel miserable de Andrés parecía disfrutar con su desgracia, pero esta vez no pensaba dejar que lo viera hundido. Se irguió, apretó la mandíbula y lo miró fijamente a los ojos.
—¿Vienes a asegurarte de que no me haya suicidado? —preguntó Miguel con ironía, intentando sonar firme aunque la voz le temblaba—. Siento decepcionarte, pero no pienso hacerlo.
—Nada de eso, querido primo. Vengo a proponerte un trato —contestó Andrés, con una calma que rozaba la burla—. Lo que has hecho es una deshonra para la familia al completo. No puedes quedarte en Manila.
Miguel sintió que la ira lo invadía.
—¿Cómo me puedes decir eso? — explotó, poniéndose en pie para enfrentarse a su primo cara a cara—. ¡Si fuiste tú quien me arrastró hasta allí!
—Yo no recuerdo haberte obligado a nada.
Pero, en cualquier caso, da lo mismo. La policía te pilló a ti y no a mí.
Tienes que irte de Manila. Piensa en tu pobre madre, en la vergüenza que tiene que pasar por tu culpa.
Vengo a ofrecerte una salida honrosa: puedes ocuparte de nuestros negocios en Shanghái.
Las ventas van bien, quiero abrir una sucursal de San Miguel allí para supervisar las operaciones, ¿y quién mejor que tú?
¿Qué me dices? Lejos de todo esto, pero no demasiado.
Y vinculado con la familia Roxas, como debe ser.
En una de estas, me cambio el apellido.
—No pienso aceptar tu caridad, Andrés. A mí no se me ha perdido nada en Shanghái. Me voy a ir a estudiar a Madrid…
—Ah, con que es eso —interrumpió Andrés, con una sonrisa cínica—.
Piensas reunirte con Isabel, ¿verdad? ¿Pero aún no lo has entendido?
Isabel y yo lo tenemos todo hablado. Va a estudiar este curso en España, es algo que da prestigio a la familia.
Tener una mujer intelectual como mi esposa nos da hasta un toque liberal, no sé.
Pero nos casaremos en cuanto vuelva, ya tenemos fecha y todo.
Y, la verdad, Miguel, ni ella ni yo querríamos que estuvieras aquí cuando eso suceda.
—No te creo, Andrés. Te estás inventando todo esto.
Él arqueó una ceja con ironía.
—Dime una cosa, ¿no te extraña que yo supiera que ibas a estar aquí?
—Tú siempre lo sabes todo, tienes espías, seguro que me han seguido.
Andrés ya no pudo reprimir una amplia sonrisa
—Porque fue aquí donde besaste a Isabel, ¿o creías que no lo sabía? Ella misma me lo contó. No veas lo que nos reímos pensando en el pobre y patético Miguelito. Isabel no tiene secretos para mí. También sé lo que hablasteis en el Grand Café de Binondo. No tienes nada que hacer con ella, primo.
Miguel sintió que la vergüenza lo consumía.
¿Era posible que Isabel hubiera contado su secreto a Andrés?
¿Que se rieran así de él? ¿Tan ridículo era?
Sintió que las lágrimas acudían a sus ojos y que se le formaba un nudo en la garganta.
Se dio la vuelta para que su primo no lo viera y se cruzó de brazos.
—Déjame en paz, Andrés.
—Vuelve a casa, báñate y cámbiate de ropa, por el amor de Dios. Hay un buque que sale hacia Shanghái en unos días, irás a bordo.
—No puedo volver a casa, mi madre me ha echado.
—¿De quién crees que ha sido la idea de Shanghái? A pesar de los disgustos que le das, la tía Carmen siempre busca lo mejor para ti. Anda, vete a casa y empieza a prepararlo todo. Verás cómo Shanghái te encanta.