Capítulo 22
二十二
Dos semanas antes de la salida del cargamento
Miguel pasó el fin de semana encerrado en casa, resignado como un soldado en arresto domiciliario.
Isabel había ido a verlo un par de veces, aunque él sospechaba que lo hacía más para asegurarse de que no rompiera el acuerdo que por el placer de su compañía.
Con todo, no podía quejarse. Le encantaba estar con ella, y últimamente… todo parecía ser como antes.
Antes de que Andrés me la jugara, quiero decir.
¿Era posible que tuvieran una segunda oportunidad?
El tiempo transcurrió despacio. Salvo los ratos que pasó con Isabel, no tenía nada que hacer.
¿Cómo se suponía que iba a pasar el rato, en su situación?
¿Haciendo crucigramas? El cuaderno de dibujo era útil, pero no podía refugiarse en él todo el día.
Pero al fin llegó el lunes y, con él, la cita en la Casa de Aduanas.
Aunque iba a encontrarse allí con Julio, Miguel tenía motivos propios para acudir: parte del cargamento de cerveza que transportaba el Marqués de Comillas debía quedarse en Shanghái.
Él, como representante de la empresa, tenía que ocuparse del papeleo.
Al salir de casa, el Cadillac negro ya estaba esperando junto al bordillo, y Chen, puntual como siempre, le abrió la puerta con una inclinación. Pero Miguel levantó una mano para detenerlo.
—No, Chen. Hoy iré a pie.
El chófer lo miró con sorpresa —Miguel no solía caminar—, pero él ya había echado a andar.
La Casa de Aduanas estaba apenas a tres manzanas, y hacía un día espléndido.
Los árboles que bordeaban las aceras ofrecían pequeñas islas de sombra, y la brisa que soplaba desde el río traía consigo un aroma salado que parecía purificarlo todo.
Libertad. Uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde, dicen…
Enseguida pudo ver la torre del reloj de la Casa de Aduanas.
Eran las once menos cuarto. Apretó un poco el paso y atravesó las inmensas columnas dóricas que tantas veces había dibujado en su cuaderno.
Si no fuera por la altura y por las puertas de hierro, el edificio casi parecía sacado de la Acrópolis, como un Erecteion dedicado a lo único que importaba en aquella ciudad: el dinero.
Miguel cruzó el umbral y entró en el vestíbulo.
El mármol pulido reflejaba la luz que entraba por las ventanas.
Los techos eran altos, desmesurados, y estaban decorados con molduras que daban al espacio un aire opulento.
El murmullo era suave pero constante y se mezclaba con el sonido de los pasos de los funcionarios, en su mayoría americanos y británicos, que se movían de un lado a otro con pilas de papeles bajo el brazo como hormigas atareadas.
Un empleado lo reconoció al momento, lo saludó con cortesía y lo condujo por un pasillo lateral hasta una de las oficinas traseras.
Miguel se detuvo un instante junto a la puerta, deseando que Isabel hubiera podido acompañarlo.
Habría sido imposible justificar su presencia en un acto en teoría tan rutinario como la recepción de una mercancía.
Demasiado sospechoso. Pero habría estado bien, la verdad. Habría sido maravilloso.
Al entrar, se encontró con Julio de Larracoechea, sentado con Teodoro Jáuregui.
Nunca se había fijado, pero lo cierto es que el hombre tenía una mirada huidiza, culpable.
Como si ocultara algo. Al final, Asier va a tener razón.
Este tipo no es trigo limpio. Aunque le costara admitirlo, también le hubiese gustado que el camarero vasco estuviera allí. Pero era demasiado peligroso para él.
Estás solo ante el peligro, muchacho.
—Julio, me alegro de verte —saludó, antes de volver la mirada hacia Jáuregui, fingiendo sorpresa—. Teodoro, no sabía que tenías negocios con Filipinas. ¿Qué haces por aquí?
Jáuregui no se inmutó, como si tuviera la respuesta preparada desde hacía días.
—Viene equipamiento deportivo para el Auditórium. Unas máquinas americanas que compré a unos gringos en Manila.
Antes de que Miguel pudiera comentar nada, el vicecónsul señaló una pila de documentos.
—Bueno, en cualquier caso, ambos estáis aquí porque sois los únicos apoderados que constan en la documentación para recibir la mercancía.
Necesito que los dos firméis en varias partes —dijo mientras separaba los papeles con movimientos rápidos y precisos.
Miguel tomó los documentos y comenzó a leer.
Sus ojos se detuvieron en los nombres que aparecían: el suyo y el de Jáuregui.
La mención de su nombre junto al de aquel personaje lo hizo fruncir el ceño, aunque se cuidó de no demostrarlo—.
Curioso, ¿no? Ambos estáis apoderados por la cervecera San Miguel.
—Julio levantó la vista hacia Miguel con un gesto inquisitivo—. No sabía que Teodoro y tú erais socios.
Miguel levantó la cabeza.
—Yo tampoco lo sabía —respondió, con un tono más seco de lo que pretendía.
Jáuregui soltó una risa nerviosa, agitando una mano como si quisiera desviar la atención.
—Vaya casualidad, ¿eh?
Miguel forzó una sonrisa, pero su mente iba a toda velocidad.
Su familia no tenía negocios con equipamiento deportivo, de eso estaba seguro.
Algo no cuadra. Algo huele a podrido en Dinamarca.
Pero no podía permitirse mostrar sus dudas.
No todavía. Mientras firmaba en los lugares señalados, las preguntas se acumulaban en su mente.
¿Qué está tramando Jáuregui? ¿Por qué aparece mi nombre en esto?
¿Y por qué San Miguel? Si esto es un movimiento de la familia, ¿por qué no me han avisado?
Miguel no era muy bueno jugando al póker, pero hizo lo posible por mantener el rostro inmutable.
Cuando ambos hubieron firmado, Julio los miró con aire práctico.
—Antes de cerrar esto, ¿alguno de los dos quiere inspeccionar la mercancía antes de recepcionarla? —preguntó.
—Sí, por supuesto —respondieron Miguel y Jáuregui al unísono. La sincronización resultó tan perfecta que ambos se miraron por un instante, como midiendo las intenciones del otro.
—Vamos, pues. —Julio se puso en pie de un salto y se asomó a la puerta del despacho. Con la autoridad que le confería su puesto, llamó a un empleado con una voz y un gesto de la mano—. ¡Muchacho, acompáñanos al muelle!
Un joven vestido con el uniforme marrón de la aduana apareció de repente en el despacho, se cuadró con un gesto casi militar y los guio por los pasillos del edificio hasta salir al puerto.
Allí los recibió el bullicio habitual de estibadores y marineros que cargaban y descargaban mercancías mientras hablaban a voces entre sí.
Al llegar al muelle asignado, Miguel se detuvo unos segundos a observar el Marqués de Comillas.
No era la primera vez que trabajaba con aquel buque y esperaba que no fuera la última.
Siempre lo había considerado una especie de rareza, un navío español que destacaba por encima de los ingleses y de los alemanes.
Diseño moderno, limpio, con un encanto casi futurista.
En cubierta, el ajetreo era evidente: marineros que iban y venían con paso rápido, cables, cajas, instrucciones a gritos.
En la zona de embarque, un oficial de cubierta los esperaba. Uniforme de marinero, gorra de visera y un gesto casi militar al ver a Julio.
—Señor vicecónsul, caballeros, bienvenidos a bordo.
El oficial los condujo hacia el interior.
Descendieron por la escalera metálica hacia las bodegas, que eran un mundo en sí mismas.
Cajas apiladas con una precisión casi militar, barriles etiquetados con fechas y destinos, sacos marcados con tiza.
Los estibadores trabajaban como si supieran que nadie los estaba mirando, lo cual era una rareza.
Miguel se fijó en las poleas, en las vigas de acero, en los tablones del suelo: todo estaba donde debía estar. Todo tenía sentido.
Llegaron por fin a la sección donde estaban las cajas de San Miguel. Julio sacó el albarán y comenzó a revisar etiquetas. Miguel se quedó a un lado, observando en silencio.
—Esto está mal—murmuró el vicecónsul, frunciendo el ceño—. Aquí hay cajas destinadas a Shanghái, pero también veo algunas para Tetuán, Sevilla y el Puerto de la Cruz en Tenerife… ¡Es un desastre, está todo desordenado!
Miguel se acercó y observó las etiquetas con preocupación.
La mezcla de destinos sugería una falta de organización que no era típica de la empresa.
Jáuregui mantenía una expresión neutral mientras Julio asentía lentamente, con la mirada fija en las cajas, como si intentara desentrañar un misterio oculto entre ellas.
Aprovechando la confusión, Miguel tomó una palanca que estaba apoyada contra el casco, se puso de rodillas frente a la caja y comenzó a forzar los clavos para abrir la tapa.
Jáuregui dio un paso adelante, levantando las manos con una urgencia repentina.
—Creo que hay un error, esa caja es para el Auditórium —dijo mientras intentaba apartar a Miguel.
Pero ya era tarde. Una parte de Miguel ya imaginaba lo que iba a encontrar, pero, a pesar de todo, no pudo reprimir un jadeo cuando vio el contenido.
Dentro de la caja había una especie de ladrillos cuidadosamente envueltos en hojas de plátano.
Tomó uno y deshizo el envoltorio con firmeza.
Quedó al descubierto una sustancia resinosa, de color marrón oscuro y con un olor dulzón que le golpeó las fosas nasales.
Era inconfundible. Opio.
Julio se acercó con el ceño fruncido. Se agachó junto a Miguel, tomó un poco de la sustancia pegajosa con la punta del dedo y se lo llevó a los labios. De inmediato, escupió violentamente.
—Me parece que no voy a firmar esos papeles, después de todo —dijo, volviendo la mirada hacia Jáuregui—. Teodoro, ¿esta mercancía es para ti? Ya veo que en el Auditórium no os aburrís. Me temo que vas a tener que dar algunas explicaciones.
Jáuregui empezó a balbucear.
—Debe… debe tratarse de un error, yo no… Esto no…
Entonces una voz se elevó desde las sombras de la bodega, una voz que se deslizó como un escalofrío por la espalda de Miguel.
—Miguelito, desde pequeñito metes la mano donde no debes. ¿Es posible que aún no hayas aprendido?
Miguel se quedó paralizado. La sangre había abandonado su rostro. Giró lentamente, encontrándose con una figura que no necesitaba ver para reconocer.
—Hola, mamá —murmuró, con la voz apenas audible.