Capítulo 21 #2
—No, aunque tenemos nuestras sospechas.
— Je comprends . Sus sospechas pueden esperar.
Ahora voy a examinar la escena del crimen, pero les voy a pedir que no se muevan de aquí para prestar declaración.
Usted, monsieur Roxas, queda detenido hasta que se esclarezca la situación.
Acaba de salir en libertad provisional y aquí está, en el escenario de otro crimen.
Va a tener que acompañarnos a comisaría.
Miguel abre la boca, pero yo me adelanto. No puedo dejar que lo detengan sin más. Respiro hondo y, con la voz más firme que puedo reunir, le digo:
—Inspector, antes de que haga nada, quiero llamar al consulado español.
Delacourt me observa con algo parecido a la irritación. No responde, pero asiente con un movimiento brusco de cabeza.
—¿Estás segura de que es buena idea? —me susurra Miguel, al oído—. El cónsul me odia. Es él quién…
—Déjame a mí —le interrumpo.
Uno de los agentes me acompaña al interior de la casa. Uso el teléfono una vez más y le pido a la operadora que me comunique con el vicecónsul Julio de Larracoechea. Por fortuna se encuentra en su despacho. Apelo a mi instinto de periodista para resumirle la situación en apenas tres titulares.
—Voy ahora mismo —me dice.
Vuelvo a la calle y le dirijo a Miguel una mirada que pretende transmitir confianza. No sé si lo consigo.
Pasa media hora. Media hora de angustia y silencio mientras el inspector va y viene, lanzándonos miradas de sospecha cada pocos minutos.
Al fin se presenta Larracoechea. Al verlo, siento una oleada de alivio.
—Estos tres individuos están sujetos a mi jurisdicción.
Deseo hablar a solas con ellos. —Los agentes nos escoltan al interior de la vivienda de los príncipes, a la sala del teléfono.
El vicecónsul cierra las puertas y nos dirige una mirada severa—.
Esto no pinta nada bien. Vamos a dejarnos de formalidades.
Isabel, Miguel…, a ti te he visto antes, pero no recuerdo cómo te llamas.
—Asier Ormaetxe, señor vicecónsul.
—Llámame Julio o no acabaremos nunca. ¿De dónde eres?
—De Gernika, señor vicecónsul. Perdón, Julio.
—Yo de Vitoria, casi paisanos. Ahora, por favor, explicadme con todo detalle qué hacéis aquí.
Miguel, Asier y yo intercambiamos una mirada. Parece que me toca ser la portavoz del grupo. Tomo aire y me dispongo a exponer los hechos con la mayor claridad posible.
—Anoche, la princesa se presentó en una fiesta en la Casa Verde, ya sabes, la mansión de Wu T’ung-wen —comienzo, con voz firme—.
Fue allí para pedir explicaciones sobre la muerte de su marido.
Wu le dijo que no era el momento, la princesa se marchó, pero, antes de irse, nos citó hoy en su casa a las diez de la mañana.
Al llegar, nos encontramos… esto. —Hago un gesto señalando hacia la escena del crimen, sin atreverme a pronunciar las palabras—.
Creemos que es cosa de la Banda Verde…, si tengo razón, probablemente en connivencia con Johannes Bernhardt.
Mis sospechas apuntan a un cargamento, probablemente de opio.
Un negocio en el que habría estado implicado el difunto príncipe Volkov.
—Jáuregui es el responsable, estoy seguro —interviene Asier, con esa convicción implacable tan suya—. Ayer le escuché decir que él mismo se encargaría de controlar a la princesa. «Esa vieja no va a estropear nuestros planes», dijo.
—Teodoro Jáuregui. Es un miembro bastante prominente de la colonia española, como ya sabéis. ¿Puedo preguntar con quién hablaba?
—Con el cónsul alemán, señor… Julio. Hablaba con Hermann Krieger.
Larracoechea se queda pensativo. El silencio llena la habitación. Al fin asiente despacio.
—¿Estabais los tres ayer en la Casa Verde? —pregunta.
—Sí, Miguel y yo habíamos sido invitados y Asier estaba contratado como camarero.
—Interesante. Recuerdo que fui yo quien os presentó. ¿Habéis mantenido el contacto?
—Bueno, no exactamente —trato de explicar—. En realidad, fue la princesa…
—Mirad, realmente quiero ayudaros, pero tenéis que confiar en mí. ¿Qué tenéis que ver con todo esto? ¿Por qué estáis siempre en medio de todo?
Me tomo un segundo para decidir si he de ser sincera con Larracoechea o no. Decido que sí, no me queda otra opción.
—Estamos intentando descubrir la verdad —digo—. Estamos involucrados en esto desde el principio. Yo, por un encargo del periódico. Miguel ha estado en la cárcel, acusado de asesinato… por el cónsul, ya sabes, que está empeñado desde el principio en que él es el culpable de todo. Y Asier…
—A mí, Jáuregui me tiene amenazado de muerte —dice él.
Larracoechea nos observa con gravedad antes de asentir con la cabeza.
—Está bien. Hablabas de un cargamento. Justo acaba de atracar en Shanghái un buque de pabellón español.
El lunes tengo que presentarme en la Casa de Aduanas del Bund para gestionar el despacho de salida, las cartas de navegación…
Además, tengo que legitimar el conocimiento de embarque, así que debería tener acceso al listado completo de la mercancía e inspeccionar el buque —explica, sin apartar la mirada de nosotros—.
Por algún motivo, el cónsul me ha informado de que Teodoro Jáuregui va a estar presente en esa operación.
Que yo sepa, Jáuregui no se dedica al comercio, no tiene ningún negocio en el puerto… Es extraño.
Miguel da un paso adelante, visiblemente afectado.
—Julio, ¿cómo se llama el buque?
—El Marqués de Comillas, de la Compañía Trasatlántica Española.
—Mierda. —Su voz tiembla, y casi puedo sentir su desesperación—.
Ese barco transporta un cargamento de San Miguel, viene de Manila a Shanghái y después va a continuar hacia Marruecos, si no me equivoco, antes de seguir hacia Canarias.
La empresa tiene una sede allí. Pero juro que yo no tengo nada que ver con esto.
¿Qué va a ser de mí? ¿Voy a volver a la cárcel?
Larracoechea lo observa durante unos segundos antes de negar con la cabeza.
—Miguel, me estoy jugando el cuello contigo, pero estoy convencido de que eres inocente.
—Hace una pausa, dejando que sus palabras pesen—.
Yo mismo firmaré tu libertad, pero, por favor, quédate en tu casa y no te muevas de allí, ¿de acuerdo?
El lunes a las once de la mañana nos vemos en la Casa de Aduanas.