La noche cae sobre Shanghái Capítulo 21
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Capítulo 21

二十一

Dieciséis días antes de que salga el cargamento

Asier salió de la Casa Verde cuando la fiesta ya agonizaba, solo quedaban los demás camareros, limpiando. A su alrededor, los invitados se despedían entre risas ebrias y máscaras torcidas. Su jefe, Wu T’ung-wen, lo esperaba en la puerta, sin máscara, impecable como si la noche no lo hubiera rozado.

—Ven conmigo —le dijo.

El coche los llevó a través del laberinto de The Trenches, donde las luces eran más turbias y el aire más espeso.

Se detuvo frente a un local minúsculo y de aspecto turbio, con un rótulo medio fundido.

El Café de París. Asier siguió a Wu a través la puerta y se dejó envolver por el calor y el olor de los cuerpos húmedos.

La música era lenta, sensual. En el escenario, un pianista francés tocaba con aire ausente. No había mujeres, solo hombres. Marineros con el uniforme a medio desabrochar, fumando, riendo, observando.

Wu le hizo un gesto.

—Quítate la camisa —ordenó con voz suave.

Asier lo miró, confundido.

—¿Aquí?

—Aquí.

La obediencia le brotó de forma natural. Se desabotonó despacio, sin saber si lo hacía por miedo o por voluntad propia. El aire cálido le erizó los pezones. Wu asintió, satisfecho.

—Camina entre ellos —le dijo—. No bebas. No tomes nada. Solo déjate mirar.

Así empezó. Primero las miradas, luego las manos.

Dedos que se deslizaban por su pecho, que tanteaban la fuerza de sus músculos, que lo rodeaban con la seguridad de quien sabe que puede comprarlo todo.

Asier respiraba hondo, intentando no pensar.

Una parte de él —la más oscura, la más viva— disfrutaba de aquella atención.

La otra se encogía por dentro, avergonzada y excitada a la vez.

El juego fue subiendo de tono. Manos que lo empujaban, que lo atraían, que lo exploraban. En algún momento perdió la chaqueta, luego la camisa. Pasó de mesa en mesa, de copa en copa, de roce en roce, hasta que ya no supo quién lo tocaba ni por qué.

Cuando todo terminó, estaba en brazos de Wu.

Al amanecer, su nuevo jefe le entregó un fajo de billetes envuelto en papel fino y le dio una palmada seca en el trasero.

—Hoy lo has hecho bien. Descansa. Esta noche te espero en el Venetia.

—¿Hoy? —preguntó Asier, confundido.

—Hoy ya es mañana, boy . Vete a dormir.

Asier salió del Café de París tambaleándose.

El sol lo cegó. El ruido de la calle le pareció insoportable.

Caminó sin rumbo, con la chaqueta arrugada bajo el brazo y el cuerpo cubierto de sudor seco.

No sabía si se sentía sucio, poderoso o simplemente vivo.

Tal vez todo a la vez. En el bolsillo, el fajo de dólares pesaba como una piedra.

Pensó en volver a casa, pero no se atrevió.

Temía que no le diera tiempo y, además, no quería mirarse al espejo.

Así que siguió caminando. Eran casi las diez de la mañana cuando llegó a la residencia de la princesa Volkov.

No había dormido ni un minuto. La camisa, arrugada y húmeda, conservaba el olor del local y del alcohol derramado.

Uno de los botones colgaba de un hilo, a punto de desprenderse.

En la puerta lo esperaban Isabel y Miguel, con el rostro tenso e impaciente. Asier apenas se atrevió a mirarlos.

—¿Dónde has estado? —preguntó Isabel.

Asier se pasó una mano por el pelo. El sudor se le pegaba al cuero cabelludo.

—Acabo de terminar de trabajar —respondió al fin.

Los dos lo miraron. Asier notó sus ojos sobre las manchas de la ropa, sobre su piel cansada, sobre sus zapatos sucios. Sabía que querían saber qué había ocurrido la noche anterior, pero eso no iba a suceder.

Isabel dio un paso adelante y tocó el timbre de la casa de la princesa. Pasaron dos, cinco, treinta segundos. No hubo respuesta. Nadie se movió al otro lado.

—¿Y ahora qué? —preguntó Miguel, cruzándose de brazos.

Isabel llamó otra vez.

—Vamos, tiene que estar ahí —murmuró con frustración—. Nos esperaba. No puede haberse olvidado.

Pasaron varios segundos más sin respuesta. Justo cuando estaban a punto de rendirse, Isabel empujó la puerta y descubrió que estaba abierta.

—Qué raro —murmuró Miguel—. Yo no dejaría mi puerta abierta en Shanghái. Ni loco, vamos.

Un escalofrío recorrió la espalda de Asier. Se le puso la carne de gallina. Miró a Isabel y ella se volvió hacia él con inquietud.

—Esto no me gusta —susurró, empujando la puerta con suavidad para revelar el oscuro vestíbulo de la casa. Dentro, los recibió un silencio absoluto. Ningún movimiento. Ninguna luz. Ningún sonido—. ¿Hola? ¿Princesa? ¿Hay alguien?

—Tenemos que entrar —dijo Asier—. Ha tenido que pasar algo.

Los tres avanzaron un par de metros. Sus pasos resonaron en el suelo de mármol. Asier se detuvo un momento; su instinto le ordenaba retroceder, pero siguió adelante con la garganta seca.

Entonces lo vio.

Primero percibió un charco oscuro en el suelo. Después, un cuerpo inerte a sus pies: el criado de la princesa, tumbado boca abajo, rodeado por un charco de sangre espesa que brillaba con la poca luz que entraba por las ventanas.

Isabel ahogó un grito y se llevó la mano a la boca.

—Dios santo… —murmuró Miguel, que se santiguó con rapidez.

Asier no pudo moverse. El miedo lo clavó al suelo, pero su mirada se deslizó más allá del cuerpo del mayordomo hasta detenerse en otro bulto sospechoso. Se aproximó con temor, como un gato con el lomo arqueado y el pelo erizado.

Era la princesa Volkov.

Sus ojos recorrieron el cuerpo. Su vieja amiga seguía envuelta en las mismas pieles que había llevado la noche anterior.

Tenía los ojos abiertos, muy abiertos, como si hubiera presenciado una aparición demoníaca.

Un poco más allá, la diadema con la que hizo su entrada triunfal yacía en el suelo, perdida y olvidada.

No se apreciaba movimiento alguno. No había signo de respiración.

Asier se arrodilló junto a ella y buscó el pulso en la muñeca, pero no halló nada.

Entonces vio el cuchillo, que sobresalía de su pecho como un banderín clavado en un toro de lidia. La sangre empapaba su vestido de gasa.

Estaba muerta.

—La han matado —murmuró con dificultad—. Alguien ha asesinado a la princesa Volkov.

Las palabras de Jáuregui la noche anterior resonaron en su cabeza: «Yo mismo me encargaré de controlar a la princesa. Esa vieja no va a estropear nuestros planes».

Cabrón.

Esto se nos está escapando de las manos.

La princesa Volkov, aún envuelta en sus pieles, yace en el suelo a unos metros de mí.

A unos pasos está su mayordomo, rodeado de un charco de sangre.

Pienso que ese hombre ha dado la vida por su señora y se me pone la carne de gallina.

La escena es grotesca, irreal, como sacada de una novela negra.

Todo se está volviendo cada vez más peligroso.

Ya han asesinado a tres personas, ¿quién más tendrá que morir antes de que logremos detener a Bernhardt?

Porque no tengo duda alguna de que él está detrás de todo esto. El muy cobarde lleva escondido como una alimaña desde la noche del asesinato del príncipe, cuando la Interpol emitió la orden de busca y captura.

Interpol. La policía. Ese es el primer paso.

Necesito salir de este estupor y llamar a las autoridades.

Recorro la residencia de los Volkov con la mirada hasta fijarme en un pequeño cuarto anejo al vestíbulo, donde, finalmente, encuentro un teléfono.

Es un aparato antiguo, uno de los primeros modelos que llegaron a Shanghái.

La carcasa es de baquelita negra, con un auricular pesado y una rueda numerada de metal.

Tomo el auricular y espero mientras el sonido monótono de la línea resuena en mi oído.

—Operadora, póngame con la garde municipale .

El teléfono me tiembla en las manos mientras espero, parece tener vida propia.

Me esfuerzo en mantener la calma, pero es difícil.

Una es humana, después de todo. Veo por el rabillo del ojo que Asier sigue de cuclillas junto al cadáver de la princesa.

Es verdad que era su amiga, su benefactora…

, lo más cercano a una figura materna que ha tenido en China.

Esto nos está costando demasiado a todos.

Miguel y yo intercambiamos una mirada. Sobran las palabras. Al fin, una voz grave y monótona al otro lado de la línea interrumpe el silencio.

— Garde municipale .

—Necesito hablar con el inspector Delacourt. Es urgente, s’il vous plaît —respondo, intentando controlar el temblor en mi voz.

Pasan unos segundos hasta que la voz del inspector resuena al aparato.

— Oui, c’est Delacourt. Qui parle?

—Soy Isabel de la Cruz, del China Weekly . Ha habido un asesinato… en la residencia de los príncipes Volkov. Al final de la Avenue Joffre, numero 858.

Tras un breve silencio, me llega su respuesta.

— Très bien, j’arrive tout de suite.

Miguel, Asier y yo salimos a la puerta del edificio.

No nos queda más remedio que esperar la llegada de la policía.

¿Cuánto tiempo será « tout de suite » para Delacourt?

Por un instante pienso en sentarnos en la misma sala donde, hace apenas unos días, tomamos el té con la princesa, pero la idea me parece macabra, monstruosa.

La única opción razonable es aguardar en la entrada.

La espera se me hace eterna, pero el reloj me indica que no han pasado quince minutos cuando llegan dos coches negros de policía. El inspector Delacourt baja del primero de ellos, acompañado de dos agentes. Me dirige una mirada de reconocimiento, pero, al instante, sus ojos se detienen en Miguel.

—Monsieur Roxas, parece que tiene un talento especial para encontrarse en los lugares equivocados en el momento menos oportuno. Díganme, ¿qué ha ocurrido? ¿Quién es la víctima?

—Víctimas —corrijo—. La princesa Volkov y su mayordomo, me temo que desconozco su nombre.

—¿Han sido ustedes testigos del crimen?

—No. Teníamos una cita con la princesa a las diez de la mañana. No contestaban al timbre y la puerta estaba abierta, así que decidimos entrar… y, bueno, nos encontramos los dos cuerpos en el suelo.

—¿Algún indicio del asesino?