La noche cae sobre Shanghái Capítulo 20 #2
38%

Capítulo 20 #2

—No le hagas caso, in siquiera sabía que iba a estar aquí. Solo somos amigos —respondió Isabel—. Es un poeta magnífico y tiene conexiones inmejorables por toda la ciudad. Pero no… no hay nada entre nosotros.

—Con el jefe de la Banda Verde, ya veo —intervino Asier—. No habrá que perder de vista a tu amigo.

En ese momento, la orquesta interrumpió la melodía que estaba tocando y comenzó a interpretar la «Marcha triunfal» de Aida .

Asier la había escuchado más de una vez en el Paramount: siempre la ponían en momentos especiales, cuando alguien hacía una aparición estelar.

Todos los invitados giraron hacia la gran escalinata principal, desde donde asomó Wu T’ung-wen, con una mujer en cada brazo.

A su lado, apenas un escalón por detrás, había una pareja de occidentales de aspecto distinguido.

Asier apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando sintió que Isabel lo agarraba por la cintura desde atrás, casi haciéndole perder el equilibrio mientras sostenía la bandeja de canapés.

Estuvo a punto de repetir el desastre de hacía un instante, pero esta vez logró mantener la compostura.

Isabel se inclinó hacia él, su aliento rozándole el oído, y le susurró con una sonrisa en la voz:

—Entonces ¿es verdad que nuestro amigo Wu tiene dos esposas? A la de la derecha la conocí el otro día, Pei Lin. Obviamente, la de la izquierda es la esposa joven y despampanante. Me pregunto dónde están sus «amiguitos».

Asier procuró mantener el tipo y esbozó una sonrisa. Mientras tanto, otro camarero, vestido exactamente igual que él, subía las escaleras con una bandeja de copas de champán y ofrecía una a Wu T’ung-wen y a las dos mujeres que lo acompañaban.

La música se detuvo. Se apagó el murmullo de las voces. En medio del silencio, Wu alzó su copa.

—Queridos amigos —dijo, con una voz grave y modulada—, permítanme dar la bienvenida al embajador italiano y a su encantadora esposa, recién llegados de Nankín.

En su honor hemos querido organizar esta gala de máscaras venecianas para que se sientan como en casa.

Como siempre, no hay más motivo que celebrar la ciudad que nos une: Shanghái, un lugar donde no existen razas ni banderas ni distinciones políticas, donde todos son bienvenidos…

, todos menos los comunistas, huelga decirlo.

¡A esos, los queremos bien lejos! —Rio y los invitados lo imitaron—.

A todos nos une un único propósito: ser felices. Brindo por ello. ¡Diviértanse!

Los invitados alzaron las copas. El tintineo del cristal llenó el ambiente.

Justo en ese momento, las enormes puertas de la sala se abrieron de golpe, dejando que una ráfaga de aire cálido y húmedo irrumpiera en el vestíbulo.

La luz de las lámparas de araña brilló sobre la figura que apareció en el umbral: la princesa viuda Volkov, envuelta en una imponente capa de piel que parecía fuera de lugar en la sofocante noche de Shanghái.

Sobre su cabeza, una diadema de pedrería relucía con intensidad.

A pesar del calor, la princesa se mantenía imperturbable, radiante y majestuosa, como si el mundo estuviera a sus pies.

Asier no pudo evitar hacer un gesto de admiración. Qué mujer, la princesa.

En la sala volvió a reinar el silencio. Los invitados no se atrevieron a hablar. Todos la observaban, boquiabiertos. La princesa viuda Volkov avanzó unos pasos. Su voz grave resonó en el silencio cuando se dirigió a Wu T’ung-wen:

—Amigo Wu, a pesar del luto, he decidido aceptar tu amable invitación.

Pero no estoy aquí para divertirme. Quiero saber qué hay detrás del asesinato de Nikolai.

Me dicen que tú y tus amigos podéis estar implicados.

¿Qué hay de cierto en estas acusaciones?

¿Los negocios que tenía contigo provocaron la muerte de mi marido?

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire como una nube negra. Ningún invitado se atrevió a abrir la boca. El rostro de Wu se endureció, pero respondió con una sonrisa tensa.

—Princesa, difícilmente este es el momento adecuado para abordar ese tema. Quizá en un formato más… reducido. —Alzando la mano hacia la orquesta, añadió con un tono más alegre—: ¡Que suene la música! La fiesta debe continuar.

La orquesta obedeció de inmediato y comenzó a interpretar un foxtrot, The Continental .

Era una pieza animada, de esas que invitaban a bailar.

Un murmullo recorrió el salón: los invitados, poco a poco, volvieron a centrarse en la música y en sus propias conversaciones.

Asier decidió aprovechar la confusión y acercarse a la princesa.

Se abrió paso con la bandeja de gambas entre los cuerpos que se movían al ritmo de la música.

Estaba a punto de alcanzarla cuando, de pronto, apareció Du, el de las orejas grandes.

Se inclinó hacia la princesa y le murmuró algo en voz baja, aunque su tono sonó firme:

—Su esposo no tenía que morir. Le aseguro que no ha sido cosa nuestra. Venga conmigo.

Antes de que Asier pudiera intervenir, Du se llevó a la princesa y ambos desaparecieron entre la multitud. Intentó seguirlos, pero la masa de gente lo arrastró en direcciones contrarias, y pronto los perdió de vista. En ese instante, el jefe de camareros se le plantó enfrente con el ceño fruncido.

—Tenemos que sacar más comida —le ordenó con voz cortante—. Ve a la cocina y trae más bandejas. Tenemos ostras, caviar, canapés de salmón, tartaletas de foie gras… ¡vamos!

Resignado, Asier se dirigió de vuelta a la cocina. En el camino se cruzó con Isabel, que lo interceptó visiblemente preocupada.

—¿Qué está ocurriendo?

—Aún no lo sé.

Unos minutos después regresó con una bandeja cargada de ostras.

Recorrió con la mirada a los invitados, tratando de encontrar a Wu, a Du Yueh-sheng, a la princesa…

De repente, entre la multitud, distinguió a Teodoro Jáuregui junto al cónsul alemán, herr Hermann Kriebel.

¡Estaba todo Shanghái en aquella fiesta!

Se acercó lo suficiente para escuchar fragmentos de la conversación.

—No se preocupe, señor cónsul —decía Jáuregui—, yo mismo me encargaré de controlar a la princesa. Esa vieja no va a estropear nuestros planes.

Kriebel frunció el ceño, visiblemente preocupado.

—Me inquieta la Banda, Teodoro. Bajo ningún concepto podemos enemistarnos con ellos.

Asier sintió un escalofrío cuando Jáuregui lo miró directamente. El capitán de los pelotaris acababa de verlo y no tardó en acercarse, con una mirada oscura.

—¿Qué cojones haces aquí? ¿No te dije que te metieras en tus propios asuntos?

Asier respiró hondo, tratando de mantener la calma.

—Tengo que ganarme la vida, señor Jáuregui. No hay mucho trabajo para un pelotari aparte del Auditórium.

Jáuregui lo observó con una sonrisa torcida.

—Ten cuidado. Sé a lo que estás jugando, y es muy peligroso.

Asier asintió mientras un escalofrío le recorría la espalda. Se alejó con la carne de gallina, consciente del peligro que corría. Pero no podía pensar en eso ahora. Tenía que seguir trabajando.

La fiesta se animó cada vez más. El alcohol fluía como el Nervión al llegar a Bilbao: turbulento, sin freno, arrollador.

Los invitados parecían cada vez más desinhibidos, y el ambiente se llenó de risas.

Muchas parejas bailaban. Había pasado cerca de una hora cuando reapareció la princesa Volkov, con una expresión grave en el rostro.

Asier se acercó deprisa, pero, antes de que pudiera decir nada, ella le dirigió una mirada firme y levantó la mano.

—Mañana, moi malchik , mañana. Ven a verme a primera hora. Trae a tu amiga.

Sin más, la princesa abrió la puerta y se adentró en la noche de Shanghái.

La fiesta continuó. Asier se trasladó a una de las barras, donde mezcló cócteles para los invitados: martini seco, French 75, Sidecar, Hanky Panky, South Side. Mantuvo las manos ocupadas mientras su mente seguía dándole vueltas a la amenaza de Jáuregui.

Las horas pasaron. Los invitados comenzaron a marcharse. Las copas vacías se acumulaban en las mesas, y la pista de baile, antes llena de máscaras y risas, empezaba a despejarse. Isabel y Miguel se llegaron hasta la barra.

—Nos retiramos —dijo Isabel, con una sonrisa cansada—. Mañana tenemos que poner en común lo que hemos escuchado. Tengo material interesante.

Asier les informó rápidamente de lo que le había dicho la princesa.

—Nos vemos mañana, pues —concluyó.

La fiesta estaba casi terminada cuando Wu T’ung-wen se acercó a Asier. La sala, antes repleta, ahora solo conservaba a unos cuantos invitados dispersos y borrachos. Wu, visiblemente afectado por la bebida, lucía una sonrisa torcida y un brillo extraño en los ojos. Su paso era algo tambaleante.

—Has trabajado bien esta noche —dijo, con voz pastosa aunque sin perder su tono autoritario—. A partir de mañana empiezas en el Venetia.

— Thank you , sir —respondió Asier con formalidad—. Le aseguro que no se arrepentirá.