Capítulo 20
二十
Diecisiete días antes de la salida del cargamento
La nota había llegado doblada en cuatro, sin remitente.
El papel olía vagamente a perfume, aunque Asier no supo decir a cuál.
Decía solo: « Moi malchik, preséntate en el cabaré Venetia, en Chapei, el viernes a las cinco de la tarde».
Nada más, pero él entendió el mensaje al instante. La princesa había cumplido su palabra.
Durante dos días, la nota ardió en su bolsillo.
La sacaba, la leía, la volvía a doblar. Como si al repetir el gesto pudiera descifrar el porvenir que se escondía tras aquella orden.
No era solo una cita, era una llave. Y en Shanghái, cada llave abría una puerta diferente: unas llevaban al lujo, otras, a la ruina, y solo unas pocas daban acceso a las respuestas que necesitaban.
Llegó el día. Asier se presentó en el Venetia, un pequeño local oculto entre las calles de The Trenches, la zona más peligrosa de Shanghái.
Aquel territorio sin ley no pertenecía a nadie: ni a la policía francesa, ni a la china, ni a la SMP de la concesión internacional.
Burdeles, fumaderos, garitos de juego… y el Venetia, un oasis de lujo en medio del caos.
El portero ucraniano lo miró de arriba abajo antes de dejarlo pasar.
—Wu me espera —dijo Asier, tratando de aparentar una serenidad que no sentía.
El hombre asintió y lo condujo por unas escaleras estrechas hasta un despacho aún más pequeño y oscuro que el local en sí.
Detrás del escritorio, reclinado en su sillón, estaba Wu T’ung-wen.
Lo observó con una calma felina, como quien evalúa una pieza antes de comprarla.
Asier tuvo la absurda sensación de estar de nuevo en la feria agrícola de Gernika, solo que esta vez él era uno de los bueyes, esperando a que alguien le revisara los dientes.
Al fin, Wu sonrió.
— I wasn’t wrong. It’s you —dijo en perfecto inglés, con una voz profunda acostumbrada a mandar—. Te he estado observando. Empezarás de inmediato. Esta noche te quiero en la Casa Verde.
Apenas unas horas después, allí estaba. En la Casa Verde, la residencia de Wu T’ung-wen, la mansión más lujosa de todo Shanghái.
Todo estaba listo para su gran debut. Se ajustó la pajarita del esmoquin blanco, el uniforme de trabajo que le habían asignado para aquella noche.
El espejo le devolvió una imagen pulida, pero por dentro el nerviosismo lo carcomía.
Era una oportunidad importante; más le valía no fastidiarla.
La orquesta había comenzado a tocar una canción suave, una melodía apropiada para los últimos días de septiembre.
Reconoció los acordes de Cheek to Cheek , de Irving Berlin, que parecía estar en boca de todos desde que la estrenaron en el cine meses atrás.
Heaven, I’m in heaven,
and my heart beats so that I can hardly speak…
Los versos flotaban en el aire. Ojalá él también estuviera en el cielo.
El vestíbulo de la mansión empezaba a llenarse de invitados.
Todos llevaban máscaras imposibles, con plumas, cascabeles, narices ganchudas, colores llamativos.
Eran máscaras venecianas, al parecer. Hacía apenas unos días, Asier ni siquiera sabía lo que era una máscara veneciana, pero el jefe de camareros se había encargado de instruirlo al detalle.
Resultaba que la antigua Venecia no era tan distinta del Shanghái de aquel tiempo, y él sin enterarse.
Asier caminaba entre los asistentes con una bandeja de copas de champán en la mano.
Copas anchas y bajas, no las modernas flûte , sino las clásicas coupes tan típicas de la década pasada.
Eso sí, Asier lo sabía todo sobre los distintos tipos de copa.
Le habían dicho que el señor Wu era un nostálgico.
Se preguntaba qué más echaría de menos. ¿Qué le faltaría en su vida perfecta?
En cualquier momento llegaría Isabel. Ella también había recibido una invitación, cortesía de la princesa Volkov.
Asier sabía que traería a Miguel como acompañante.
Entre los tres, esperaba que no se les escapara ningún detalle importante.
Por desgracia, la princesa no asistiría.
Aún era demasiado pronto para que una viuda participara en un evento social de ese tipo, incluso en una ciudad como Shanghái, donde todo estaba permitido.
El señor Wu había invitado a todo tipo de gente.
Había chinos, algunos de clase alta y otros no tanto.
Americanos, ingleses, franceses, rusos blancos…
, pero también alemanes y japoneses. Allí no había bandos, ni clases, ni lealtades más que a una sola cosa: el dinero.
Asier creyó reconocer a Teodoro Jáuregui detrás de una de las máscaras.
Su corazón se aceleró por un instante, pero logró esquivarlo a tiempo, sin llegar a ser visto.
No esperaba encontrarlo allí y no tenía ninguna intención de cruzarse con él.
Justo cuando sus pensamientos empezaban a dispersarse, una figura familiar le dirigió un gesto desde el otro extremo de la sala.
Isabel. Estaba de pie, cogida del brazo de Miguel, los dos con elegantes máscaras que apenas cubrían sus rostros.
Isabel estaba preciosa, como siempre, con un vestido negro ajustado y un collar de perlas que le caía sobre el escote.
Y Miguel… Miguel no tenía nada de desaliñado.
Todo lo contrario. Alto, voluminoso, con ese porte de caballero antiguo que parecía salido de una caricatura de revista.
El esmoquin le sentaba como un guante —y seguro que era de los buenos—, y aunque se notaba que tenía cuerpo de bon vivant , cada detalle estaba en su sitio: la pajarita, el pañuelo del bolsillo, hasta el brillo de los zapatos.
Se movía con esa elegancia tan suya, como si flotara sobre el suelo.
Y sí, había algo entre ellos. Asier no tenía ninguna duda.
—¿Todo en orden? —le preguntó ella, en un tono bajo, casi imperceptible para los demás.
Asier asintió, observándolos. Tenía que admitir que, bajo la luz suave y con las máscaras, hacían buena pareja.
Se despidió con una inclinación de cabeza y continuó su ronda entre los invitados.
Pronto cambió el champán por pequeñas delicias de la cocina occidental: milhojas, mousse, patés, mariscos, nada que pudiera relacionarse con la gastronomía local.
Al pasar entre las máscaras, sus ojos se cruzaron con los del cónsul Eduardo Vázquez Ferrer.
No se molestó en ocultarse; el cónsul ni siquiera parecía recordar que Asier existía.
Mientras intentaba escuchar las conversaciones, su atención se distrajo por un instante.
En un descuido, estuvo a punto de derramar una bandeja de gambas sobre una pareja de japoneses.
A pesar de la máscara, grotesca combinada con el uniforme militar, reconoció al hombre de inmediato: el general Iwane Matsui.
El mismo que aguardaba a Johannes Bernhardt a la puerta del colegio alemán, el día del asesinato del príncipe Volkov.
El general no pareció reconocerlo, pero, aun así, lo observó durante varios segundos. No alzó la voz. No hizo ningún gesto brusco. Dio un paso hacia él y, con dos dedos, le indicó que se apartara.
—Esto es intolerable. Alguien tendrá que hacerse cargo.
Asier sintió cómo el calor le subía por el cuello y el sudor empezaba a cubrirle la frente. Antes de que pudiera responder, un hombre chino de unos cincuenta años intervino. Era delgado y de aspecto sencillo. Tras la máscara veneciana asomaban unas enormes orejas.
—El muchacho no lo ha hecho aposta —dijo con calma, en un inglés correcto pero ligeramente torpe. Su tono era firme sin llegar a resultar agresivo—. La próxima vez tendrá más cuidado.
El general japonés, visiblemente irritado, murmuró algo entre dientes, se dio la vuelta y se marchó con su acompañante. El hombre chino sonrió levemente y se dirigió a Asier.
— Yi ka T’ung-wen kong a la shi yi ka zui sin ke-le — le dijo, en un shanghainés bastante comprensible—. Me ha dicho T’ung-wen que eres su última adquisición. Avísame si se propasa contigo, a veces es demasiado… posesivo con sus empleados. Soy Du Yueh-sheng.
Asier asintió, sorprendido por el inesperado rescate. Todo el mundo en Shanghái sabía quién era Du, el de las orejas grandes. El líder indiscutido de la Banda Verde y, por tanto, el jefe de su nuevo jefe.
Interesante.
—Gracias, señor.
—Los japoneses son inhumanos. No comprendo por qué T’ung-wen insiste en invitarlos. No todo es dinero en esta vida. Continúa, muchacho. Estás haciendo bien tu trabajo.
Asier se dio la vuelta justo a tiempo para observar cómo un hombre oriental se acercaba a Miguel e Isabel y besaba la mano de esta última. Podría jurar que su amiga estaba incómoda, así que decidió acercarse.
—¿Una gamba, caballero? —preguntó, dirigiéndole un guiño a Isabel.
—Muy amable —respondió él—, pero no tengo apetito.
—Sunmey, mi amigo Asier es el mejor camarero de Shanghái. Si él te ofrece algo, yo no dudaría en probarlo. Yo tomaré una, gracias.
—Cualquier amigo de Isabel es amigo mío también —replicó el hombre, con una leve sonrisa—. Soy Shao Sunmey, compañero del Weekly y, aunque ella no lo sabe aún, futuro esposo de su amiga. Encantado de conocerte. Si me disculpan, tengo que seguir mi ronda de saludos.
Sunmey se dirigió hacia Du, el de las orejas grandes, que estaba a tan solo un par de metros de ellos. Al verlo, Du levantó ligeramente el mentón. Sunmey respondió con una leve inclinación de cabeza.
—Yueh-sheng —saludó el primero.
—Sunmey —replicó el otro, con una sonrisa breve, casi imperceptible.
Se quedaron mirándose un segundo más de lo habitual. Luego Du se apartó lo justo para dejarle paso. Asier frunció el ceño, extrañado. Aquello había sido, sin duda, un saludo entre amigos.
—¿Así que tu futuro esposo? —preguntó Miguel, intentando sin éxito aparentar jovialidad—. Qué calladito te lo tenías.