La noche cae sobre Shanghái Capítulo 19
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Capítulo 19

十九

Veinte días antes de la salida del cargamento

Llevo días esperando que la princesa Volkov dé señales de vida, pero nada.

Wu T’ung-wen sigue siendo un fantasma inalcanzable, y yo…

, yo empiezo a desesperarme. No me gusta esta sensación de estar atrapada, de no avanzar, pero ¿qué puedo hacer?

Respiro hondo, mirando por la ventanilla como si Shanghái pudiera darme alguna respuesta. No la hay, por supuesto.

Las instrucciones de Powell han llegado en el momento más inoportuno.

La misión es simple: tengo que ir a la nueva sede del Gobierno Municipal, fuera de las concesiones, en ese ostentoso «Gran Shanghái» que ha hecho levantar el Kuomintang.

¿Y para qué? Para fotografiar a dos militares alemanes, Hans von Seeckt y Alexander von Falkenhausen.

Nazis. Lo último que me apetece es reírles las gracias a dos soldados del Reich, pero, si no lo hago, Powell me echará, y sin la protección del Weekly … no duraría ni un minuto en esta ciudad.

He tenido que coger un rickshaw porque los taxis no llegan hasta allá.

El camino es incómodo, como todo en este trabajo últimamente.

Pienso en la princesa, en el silencio, en el riesgo que corren Miguel y Asier, cada uno a su manera; en lo lejos que está todo de solucionarse.

El traqueteo del rickshaw me lleva a otro pensamiento: ¿cuánto tiempo más voy a soportar esta tensión sin explotar?

Cuando llego a mi destino, me detengo un instante.

La nueva sede del Gobierno es impresionante, debo admitirlo.

La mezcla de estilos, el tejado tradicional chino con la estructura moderna, funciona.

De una forma ridículamente absurda, pero funciona.

A pesar de mí misma, saco la Leica y empiezo a disparar.

Hay algo aquí, algo que merece ser documentado.

Quizá esta visita no sea una pérdida de tiempo total.

Me acerco a la entrada. Los guardias me miran con desconfianza, pero cuando digo que vengo del Weekly , asienten con entusiasmo.

—¡Bienvenida! El teniente Li Gang la espera —me dice uno de ellos, abriendo la puerta para que lo siga. Camino tras él, con el sonido de mis pasos resonando en el vasto vestíbulo. No puedo evitar observar el esplendor del lugar, más imponente de lo que imaginé.

En el vestíbulo me espera un joven uniformado que, asumo, debe de ser el teniente Li Gang. Alto, con una sonrisa amplia que no parece del todo natural, hace una reverencia exagerada, al mejor estilo chino. Todo es tan ceremonial…

—Señorita Isabel, qué honor tenerla con nosotros. Aprovechando el maravilloso día que hace, hemos preparado todo para la sesión de fotos en el jardín, donde la luz será mucho mejor. ¿Le parece bien?

No tengo demasiada opción, así que me limito a asentir.

—Por supuesto, lo que ustedes prefieran —respondo, sin mucho entusiasmo.

Li Gang me escolta por un pasillo largo hasta lo que parece ser un patio interior.

Es un lugar tranquilo, con árboles y una mesa preparada con tazas de té.

Varias sillas están dispuestas alrededor, creando un entorno casi doméstico.

Es surrealista. A mi amigo Salvador le encantaría.

Estoy segura de que haría un buen cuadro con esta escena.

En el patio me esperan los dos alemanes junto a una mujer china de porte elegante y presencia majestuosa.

La reconozco al instante: Soong Mei-ling, más conocida como madame Chiang, la influyente esposa del generalísimo.

No puedo evitar clavar los ojos en ella.

Es menuda, como la mayoría de las mujeres chinas.

Lleva un tsi-bao de seda, color azul marino, que envuelve sus formas con delicadeza, contrastando con su piel clara.

En medio de las facciones finas de su rostro resaltan sus ojos, oscuros y brillantes como los de una tigresa.

El cabello, recogido en un moño bajo, deja al descubierto unos pendientes de perlas.

Me obligo a recordar todo lo que sé sobre madame Chiang.

Más me vale estar preparada si se le ocurre hacerme cualquier pregunta.

Es de aquí, de Shanghái. Proviene de una familia acomodada.

Estudió en Estados Unidos, por lo que su dominio del inglés es total.

Además de ser la esposa de Chiang Kai-shek, es una de las tres únicas mujeres de la cúpula del Kuomintang. No es una cualquiera, desde luego.

Madame Chiang permanece impertérrita, como una antigua emperatriz, pero los dos militares se levantan al verme, rígidos como estatuas. Uno de ellos, el de más edad, se adelanta con paso firme y levanta la mano en un saludo formal. No es el saludo nazi.

—Fräulein Isabel —dice con su marcado acento alemán, seguido de una breve inclinación de cabeza—. Soy el general Hans von Seeckt, jefe de la delegación militar alemana que colabora con el Gobierno del generalísimo Chiang Kai-shek.

Le estrecho la mano y mi mirada se dirige a su uniforme.

Los emblemas son los tradicionales del ejército alemán: el águila y las insignias de su rango.

Ni rastro de la esvástica. Un pequeño alivio, aunque la incomodidad persiste en algún rincón de mi estómago.

Este hombre no lleva la marca del nazismo, pero su uniforme sigue representando a una Alemania que me da escalofríos.

—Encantada, general.

—Este es el coronel Alexander von Falkenhausen. —Von Seeckt presenta a su acompañante, un hombre más joven aunque también serio—. Él me sustituirá aquí en China. Yo regresaré pronto a Alemania.

No puedo evitarlo. La curiosidad me empuja a preguntar.

—¿A qué se debe su partida, general?

Von Seeckt me mira con resignación.

—Voy a cumplir setenta años, fräulein. —Hace una pausa, sus ojos parecen perderse en algún lugar del jardín—. El mundo está cambiando demasiado rápido.

Sus palabras quedan como flotando en el aire y por un instante siento el peso de su edad, de sus años de servicio, de la incertidumbre de lo que está por venir.

Pero no tengo tiempo para quedarme estancada en esa reflexión.

Nadie parece pensar presentarme a madame Chiang, de modo que soy yo la que me acerco a ella.

—Señora, un placer.

—Continúe, por favor —dice ella. Habla un inglés casi perfecto, con un marcado acento americano—. No tenemos todo el día.

Respiro hondo, me coloco detrás de la cámara, y la profesional que llevo dentro toma el control.

—Si les parece bien, caballeros, vamos a empezar. General von Seeckt, coronel von Falkenhausen, por favor, aquí mismo, junto al magnolio. La luz es perfecta.

Ambos se ajustan los uniformes y se colocan frente a la cámara con la misma rigidez que cualquier estatua.

La cámara hace clic y, por un momento, todo se reduce a la lente, a la captura del instante.

Enseguida se hace evidente que están demasiado envarados, como si estuvieran en un desfile militar en lugar de una simple sesión de fotos.

No puedo evitar sonreír para mis adentros: los militares, por muy preparados que estén para la guerra, no están entrenados para ser modelos.

Cambio de táctica. Quizá si logro que se sientan más cómodos hablando, las fotos salgan mejor.

Además, no todos los días tengo la ocasión de tener a dos altos mandos del ejército alemán y a la mujer más poderosa de China a mi disposición.

Tengo que aprovechar la ocasión. Y no puedo andarme con rodeos. No sé de cuánto tiempo dispongo.

—¿Saben? Hace unos meses hice un reportaje sobre el cantante Mei Lafang y conocí a un compatriota suyo. Johannes Bernhardt. ¿Han oído hablar de él?

Contengo el aliento mientras observo con atención sus reacciones. Espero no haberme pasado. Ambos militares se envaran al instante. Después de unos segundos, von Seeckt responde, eligiendo con cuidado sus palabras.

—Sabemos que la Comisión Internacional de Policía Criminal ha emitido una orden de busca y captura contra Johannes Bernhardt por el asesinato del refugiado ruso Nikolai Volkov. Le aseguro, fräulein, que herr Bernhardt no ocupa ningún cargo oficial en el Gobierno alemán, si es lo que pregunta.

Puedo sentir que hay algo que no me están diciendo. Insisto:

—Por supuesto que no. De hecho, he oído que Bernhardt podría estar involucrado en el envío de un cargamento de opio a Europa. No creo que eso tenga nada que ver con su Gobierno.

Esta vez es von Falkenhausen quien responde con la misma calma:

—El opio en China es un monopolio estatal, con el objetivo último de lograr su extinción. El hombre que controla el opio en Shanghái es Du Yueh-sheng. Si alguien sabe algo, es él.

—El general Du Yueh-sheng es un patriota —interviene por primera vez madame Chiang—. Gracias a él vencimos a los comunistas en el 27. Es impensable que esté relacionado con esos asuntos.

Bingo.

—Du Yueh-sheng —murmuro—. Du, el de las orejas grandes. El máximo dirigente de la Banda Verde.

—La pregunta, jovencita, es por qué le interesa a usted este asunto —añade madame Chiang—. Esta ciudad está llena de avispas. Yo, en su lugar, me abstendría de ir dando palos de ciego, no vaya a golpear algún nido por error.