La noche cae sobre Shanghái Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

Y entonces llego a otra sección. Más onírica. Más… fantástica. Cúpulas imposibles, arcos suspendidos sin soporte, avenidas curvas como ríos, jardines colgantes, torres que se alargan hasta tocar las nubes. Una ciudad de otro mundo, un Shanghái imaginado. Irreal. Hermoso.

—No sabía que eras capaz de esto —susurro, sin apartar los ojos del papel.

Miguel se revuelve, incómodo. Se pasa una mano por el pelo, se cambia de postura en la silla, carraspea.

—Bueno… Yo… Son tonterías. Un pasatiempo estúpido. Ya sabes que quería ser arquitecto.

Noto que se me humedecen los ojos.

—Eres un hombre interesante, Miguel. Mucho más de lo que pueda parecer a simple vista. Eres… eres un artista.

Se hace un silencio. No de esos incómodos, tensos, sino un silencio cálido, como una manta sobre los hombros. Acogedor. El silencio se extiende varios segundos, hasta que Miguel lo rompe al fin, girándose hacia Asier.

—Bueno…, cuéntame. —Su tono es más suave ahora, como si hubiera bajado todas las defensas—. ¿Qué pasa entonces con ese chico? ¿Con Yungli?

Yo respiro. Porque por fin hablamos de lo que importa. Porque por fin los tres estamos del mismo lado.

—Está desaparecido desde el asesinato del príncipe Volkov —dice Asier, con la voz aún tensa, aunque algo más serena que antes—, cuando él y yo perseguimos a Bernhardt hasta el colegio alemán. Allí nos detuvieron un oficial nazi y un pez gordo japonés. El general Iwane Matsui.

—Y hay más —añado yo—. Teodoro Jáuregui lo ha amenazado directamente. Le ha dicho que, si no se aparta de todo esto, acabará en la cárcel.

Miguel se inclina hacia delante, visiblemente sorprendido. Lo veo mover la cabeza de un lado a otro, como si intentara colocar las ideas dentro de su cabeza.

—A ver si me aclaro… —empieza, enumerando con los dedos—. Johannes Bernhardt, Wu T’ung-wen, el príncipe Volkov, el cónsul alemán, Jáuregui, Matsui…, ¿todos conectados? ¿Y qué pasa con Vázquez Ferrer? ¿Creéis que él también está en el ajo?

—No lo sabemos —respondo, sin apartar la vista de su rostro—. Pero hay algo que los conecta. Un eje. Y ese eje, Miguel, es el cargamento. El «oro del Rin». Es lo único que aparece en todas las versiones.

—La Banda Verde —murmura él, como quien repite una contraseña olvidada.

—Exacto. Nada ocurre en Shanghái sin que ellos lo sepan. Lo controlan todo. Y creemos que Chao Yungli es parte de la Banda Verde.

—Yungli forma parte de la Banda, sí —confirma Asier—. Él mismo me lo dijo. Y ese nombre, «el oro del Rin», lo he escuchado varias veces, en varias bocas. Gente muy distinta. Gente muy peligrosa.

Miguel asiente. Parece cada vez más interesado. Se cruza de brazos, en silencio por un momento, hasta que lanza su confesión:

—A mí Bernhardt me preguntó si había oído hablar de ello. Si mi familia me había contado. ¿Pero el qué? ¿Qué es el «oro del Rin»?

Asier mete la mano en su bolso y saca un pequeño librito de cubiertas oscuras. Lo deja sobre la mesa como quien presenta una prueba en un juicio.

—He traído el libreto de la ópera. Lo he estado leyendo, pero no entiendo ni una palabra.

Me enternezco al verlo. No puedo evitar sonreír. Lo tomo entre las manos y lo hojeo unos segundos. Reconozco el texto de inmediato.

—La historia gira en torno a un tesoro que concede el poder absoluto, pero solo a quien renuncie al amor.

Alberich, un enano, roba el oro de las hijas del Rin y forja un anillo mágico.

Quien lo posee, puede dominar el mundo…, pero a costa de destruir todo lo que ama.

El anillo pasa de mano en mano, y solo si se devuelve al río podrá haber paz.

Se hace un breve silencio. Asier se queda pensativo, como si estuviera construyendo un edificio de ideas dentro de esa cabecita suya.

—Oro robado… —dice—. Poder a cambio del amor. El «oro del Rin» es eso: un símbolo. ¿Y si el cargamento es oro? Oro robado a los judíos que han huido de Europa. Sé que hay documentos, pruebas. Ese oro tiene que estar en alguna parte.

—No estoy segura. ¿Por qué enviarlo a España? ¿Qué sentido tiene?

—Yo creo que es opio —dice Miguel, encogiéndose de hombros—. Es lo que tiene más lógica. Está por todas partes. Y Wu está implicado. La Banda lo controla. Tiene sentido.

Asier no responde, pero observo que niega de forma casi imperceptible con la cabeza.

Observo a Miguel con atención. La naturalidad con la que habla de estos asuntos me desconcierta. De pronto, parece más curtido que muchos diplomáticos, más cínico. Más práctico.

—La pregunta es —dice él— cómo metemos las narices en la Banda Verde sin acabar en el fondo del Whang-poo.

—Tenemos una aliada —respondo—. La princesa Volkov. Ella quiere limpiar el nombre de su marido. Está dispuesta a presentarnos a Wu T’ung-wen. Vamos a usar eso. Con cuidado.

—Pues manos a la obra —dice Miguel, levantando la taza a modo de brindis improvisado—. No sé si somos investigadores o un trío cómico, pero, si estamos juntos en esto, al menos no será aburrido.

Lanzo una carcajada.

—No es poco, créeme.

—Hasta ahora —añade Asier, sin ironía— yo siempre he estado solo.

Ahora ninguno de los tres lo estamos.