La noche cae sobre Shanghái Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Asier sintió cómo la incomodidad que lo asolaba desde el comienzo lo golpeaba de nuevo.

Lo invadió un deseo casi irrefrenable de levantarse, de soltar que ciertamente aquello no iba con él, que no tenía por qué estar allí, y salir corriendo.

Estuvo a punto de hacerlo. Flexionó los músculos de las piernas.

Apoyó el brazo para levantarse de la silla.

Se inclinó levemente hacia delante. Abrió la boca.

—Asier está atrapado en medio de todo esto —interrumpió Isabel—. Su amigo, su amigo íntimo, Chao Yungli, parece estar implicado. Podría ser la clave de todo.

El señor Roxas arqueó una ceja.

—¿Amigo íntimo? —preguntó.

Asier sintió cómo la rabia le subía desde el estómago y estallaba con fuerza, sin preocuparse ya de lo que pudiera pensar Miguel Roxas. La presión acumulada, la amenaza de Jáuregui, el miedo constante, la sensación de estar de más… Todo se desbordó en un arrebato incontrolable.

—Chao Yungli era mi amante. —La presión dentro de él crecía a cada palabra.

Asier se levantó para continuar. Su voz salió cargada de rabia y frustración, como un vómito que llevaba años reprimiendo—.

Sí, señor Roxas, soy homosexual, invertido, ¡maricón!

Soy uno de esos chicos amanerados de los que tanto se ríen en sus clubes, uno de los fairies , como dicen en Norteamérica…

, pájaros en La Habana… jotos en México…

, sarasas en Cádiz… y maritxiki en Gernika, arrainak en Getaria, txatxarros en Donostia. Aquí en Shanghái nos llaman ji-ji .

Tras la explosión, Asier sintió que se desinflaba. Le invadió una profunda sensación de vacío. Se dejó caer de nuevo en la silla y cerró los ojos.

La vergüenza lo inundó por completo.

La habitación se queda en silencio. Un silencio que parece haberse solidificado en el aire, como el yeso de una escultura aún sin terminar.

Veo a Asier cerrar los ojos, como si acabara de vomitar algo que llevaba demasiado tiempo contenido.

Su cuerpo se desploma contra el respaldo y, por primera vez en mucho tiempo, parece vulnerable.

Frágil, casi. Me dan ganas de abrazarlo, de decirle que no pasa nada, que lo quiero así, que siempre lo he querido.

Pero sé que no lo aceptaría. Así que me limito a estar, a quedarme a su lado, en silencio.

Miro a Miguel. Él también guarda silencio, pero es otro tipo de silencio.

No es la incomodidad de quien no sabe qué decir, ni la repulsión de quien acaba de presenciar algo que preferiría no haber escuchado.

Es… atención. Escucha. ¿Entiende? Me siento orgullosa de él.

De Miguel. No todos los hombres de su posición reaccionarían así.

Muchos se habrían apartado. Habrían hecho una broma nerviosa, o simplemente hubieran desviado la mirada.

Pero él no, él lo mira a los ojos. Con ternura.

Pasan unos segundos antes de que Miguel asienta, despacio. Como si necesitara ese instante para acomodar la verdad en su interior, como se acomoda un libro nuevo en una estantería ya llena.

—Lo entiendo, claro. Es algo… personal, para ti. —Y entonces sonríe. Esa sonrisa suya, amplia, sincera—. Si vamos a estar juntos en esto, creo que puedes empezar a llamarme Miguel, ¿no? «Señor Roxas» me recuerda a mi padre, que en paz descanse.

La tensión se disuelve. Puedo sentir cómo Asier se recoloca por dentro, como una casa antigua que vuelve a asentarse sobre sus cimientos después de un terremoto.

Miguel ha hecho algo importante. Ha abierto una puerta.

Una de esas puertas que se cierran con mil cerrojos y que, cuando alguien logra abrir desde fuera, ya nunca vuelven a cerrarse del todo.

—De acuerdo, Miguel —dice Asier, con una sonrisa.

Es entonces cuando lo veo.

Encima de la mesa, junto a la taza de té, hay un cuaderno de tapa negra y hojas gruesas. Me resulta familiar. Durante aquella visita en la cárcel, juraría que lo vi entre los pliegues de su chaqueta, como si lo escondiera. En aquel momento no quise preguntar. Quizá porque temía la respuesta.

Ahora no lo pienso. Alargo la mano.

—¿Miguel, qué es…?

Él da un respingo, y se inclina hacia delante para apartarlo, claramente nervioso.

—Isabel, por favor, deja eso.

Pero ya lo tengo entre las manos. Y no pienso soltarlo. Algo en su reacción me lo impide. Algo que huele a vergüenza. A culpabilidad.

Sé que no debería. Sé que es una invasión, pero lo abro.

Por un momento, temo encontrar algo oscuro, algo que no pueda explicar. Pruebas de un delito, una confesión, algo que lo incrimine aún más. Pero lo que aparece ante mis ojos me deja sin palabras.

Dibujos.

Páginas enteras, detalladas, con líneas cuidadas y trazos seguros.

Esbozos de edificios que conozco bien: la Casa de Aduanas con su torre del reloj, el hotel Cathay, el Peace Hotel, la sede del Banco de China.

Lugares que todos hemos mirado mil veces pero que, bajo la mano de Miguel, parecen tener otra textura.

Otra vida. Como si los viera desde un ángulo nuevo.

Como si, de pronto, fueran edificios con alma.

Paso página tras página, fascinada.