Capítulo 18
十八
Veintiséis días antes de la salida del cargamento
A la mañana siguiente de su charla con Jakob, Asier salió del apartamento antes de que amaneciera del todo. Las farolas seguían encendidas, aunque el cielo empezaba a clarear por el este.
Tenía la bicicleta atada a un poste al lado de su edificio en la Rue du Marché.
Era la mejor forma de moverse por Shanghái: más rápida que caminar e infinitamente más barata que un taxi que, de todas formas, no pararía a un tipo como él.
Ese tramo de la concesión francesa le recordaba a ciertas calles de Baiona: estrechas, elegantes, con casas de persianas claras y tejados inclinados.
Si no fuera por los caracteres chinos pintados en los muros, uno pensaría que estaba en Europa.
No es que Asier hubiera viajado mucho, pero lo que veía en Shanghái le recordaba a las postales que había visto de París, de Londres, de Roma.
Era un buen día, pero Asier aún sentía que se encontraba en plena borrasca.
El drama de Jakob había acabado con el optimismo que sentía tan solo unas horas atrás.
Es curioso lo frágil que es la felicidad.
Como un sueño del que puedes despertar en cualquier momento.
Además, las palabras de Jáuregui aún lo atormentaban en sus pesadillas. Apenas podía dormir.
Pedaleaba por las calles empedradas sin detenerse.
La biblioteca de Zikawei no estaba lejos, pero esa mañana iba justo de tiempo.
Cruzó una esquina, atravesó un callejón y pronto divisó la silueta del edificio, de ladrillo rojo y contraventanas de madera.
Aún lo regentaban los jesuitas. Franceses, claro.
No iba allí todos los días, pero, cuando lo hacía, lo hacía con respeto.
Como quien sube a un santuario. A falta de fe, le quedaba el conocimiento.
Sabía que lo necesitaba, que le faltaba, que siempre le había faltado.
Hay gente que hereda casas, tierras, idiomas.
Él no. Solo ignorancia. Por eso volvía una y otra vez.
Como un peregrino. No sabía si algún día sería un hombre sabio.
Pero al menos no quería seguir siendo un idiota.
Dejó la bicicleta y entró con paso decidido. El bibliotecario, un fraile jesuita casi milenario, le sonrió beatíficamente.
— Bonjour, père Bernard.
— Bonjour, monsieur Ormaetxe —respondió el religioso—. ¿Viene a devolver El Gran Gatsby ? ¿Qué le ha parecido?
Asier sonrió, sacando el libro de su bolso de cuero.
Una cosa que le gustaba de la biblioteca de Zikawei era que, aunque formaba parte de un establecimiento religioso, el amor por los libros, por la cultura y por el saber estaban por encima de todo.
En Gernika, los curas solo le dejaban leer libros de religión; decían que las novelas modernas eran invitaciones para Satanás, que estaban llenas de vicio y de pecado.
Sin duda, Gatsby tenía su propia dosis de vicio y pecado, pero a père Bernard parecía no importarle demasiado. Había terminado la novela la noche anterior, aunque apenas había podido concentrarse. Demasiadas cosas en su cabeza.
— Oui, terminé. Très bon —respondió, con su francés siempre sencillo—. Pero me gustaría pedir algo más.
El bibliotecario lo miró con curiosidad.
—Usted dirá.
— El oro del Rin , de Wagner. ¿Lo tienen?
El jesuita frunció levemente el ceño, pensó un segundo y asintió.
—Tenemos un librito bilingüe, alemán e inglés. Edición de bolsillo. ¿Le sirve?
Asier dudó. Su inglés no era ni mucho menos perfecto, pero peor sería tenerlo solo en alemán.
—Sí. Me vale.
Mientras père Bernard desaparecía entre los pasillos, Asier se dirigió a una de las mesas de lectura.
No había grandes lámparas de bronce como en las bibliotecas de novela, sino sencillas bombillas desnudas.
La luz caía con sobriedad sobre la madera, sin lujos.
Todo estaba limpio, silencioso, sin pretensiones.
Como un caserío vasco: más práctico que bonito.
A los pocos minutos, el fraile regresó con un pequeño volumen de cubiertas oscuras.
Papel fino, unas setenta páginas. Asier lo tomó con cuidado y lo abrió.
Al principio se sintió animado. Las columnas paralelas, alemán e inglés, parecían ordenadas, casi acogedoras.
Pero pronto lo asaltó la frustración. El inglés era literario, denso, con palabras que no había visto nunca.
El alemán… directamente le sonaba a conjuro.
Pasó las páginas despacio. Escudriñó nombres, fragmentos. «Wotan», «Loge», «Rheingold». Algo intuía. Pero era como mirar un mapa sin saber dónde estaba el norte. Se quedó un buen rato así, en silencio, tratando de armar sentido con las piezas rotas del idioma.
Al final, suspiró. No había entendido gran cosa, pero se lo llevó igual. Algo sacaría.
Firmó el préstamo con su letra desordenada y dio las gracias a père Bernard. Al salir, echó un vistazo al reloj. Mierda . Apenas diez minutos . Bajó las escaleras de dos en dos, saltó sobre su bicicleta y pedaleó como un poseso por las calles de Shanghái.
Isabel lo esperaba en el café del hotel Cathay. Asier la divisó a través de los soportales. Se apresuró a unirse a ella en el interior del edificio.
—Tienes el tiempo justo para un café —le dijo, con una sonrisa—. ¿Te pido uno?
—Vamos a ver al señor Roxas. Este hombre es capaz de irse a trabajar en su primer día. No quiero que se nos escape.
—Vamos.
Isabel asintió, dejó unas monedas sobre la mesa y ambos salieron al Bund.
La casa del señor Roxas estaba a solo dos manzanas, en uno de los edificios más lujosos de la ciudad.
El contraste con las calles de su propio vecindario era más que evidente, por no hablar del barrio donde vivía —o había vivido— Yungli.
Por un instante, Asier se sintió fuera de lugar y se preguntó si había hecho bien en acompañar a Isabel.
Al llegar, el portero, de uniforme blanco, les abrió la puerta con una ligera inclinación de cabeza.
Parecía reconocer a Isabel y los acompañó hasta el ascensor con gestos precisos y elegantes, haciendo que Asier sintiera una punzada de incomodidad.
Mientras subían, los nervios comenzaron a apoderarse de él, aunque procuró mostrar su mejor cara de póker.
Las cartas nunca habían sido su fuerte. Un vicio, al menos, que no tenía.
Cuando llegaron al piso del señor Roxas, el boy les abrió la puerta. Era un chico muy joven, de catorce o quince años como máximo. Guapo, con esa belleza un poco ambigua que tienen algunos adolescentes chinos. Al ver a Isabel, su rostro se iluminó y le dirigió una profunda inclinación.
Cuando entraron al comedor, vieron a Miguel Roxas sentado a la mesa, con una taza de té y un cuenco de arroz. Al verlos, se levantó y saludó a Isabel con cariño. Después, su atención se dirigió a Asier y, aunque lo recibió con una sonrisa, había algo en su expresión que denotaba sorpresa.
—Asier, qué detalle por tu parte. Muchas gracias por venir —dijo, observándolo con curiosidad. Era evidente que no esperaba ver al antiguo camarero del Paramount en su lujoso comedor. Si tan solo supiera que, en ese momento, ni siquiera tenía trabajo.
Asier asintió, incómodo, y dirigió la mirada hacia Isabel.
—Antes de nada, felicidades por tu puesta en libertad, Miguel —dijo ella—. Pero debo decirte que no se trata de una visita social. Tenemos algo que decirte.
El señor Roxas frunció el ceño, intrigado, pero les hizo un gesto para que tomaran asiento. El boy les sirvió té a ambos. El silencio fue breve, pero tenso.
—Esto suena serio. ¿Y bien? Contadme, me tenéis en ascuas.
Isabel, con el rostro serio, no perdió el tiempo.
—Aún te encuentras en peligro. El único motivo por el que te han soltado es porque no hay pruebas en tu contra, pero el cónsul quiere un cabeza de turco, y… las pruebas se fabrican, Miguel.
Él dejó escapar un suspiro y se recostó en la silla con pesadez. Se le veía cansado.
—¿Qué sugieres?
—Hay que averiguar qué ocurrió de verdad.
Qué se traía Bernhardt entre manos, de qué habló con Wu T’ung-wen y con el cónsul alemán cuando se encontró con ellos la misma noche que te vio a ti, por qué mató al príncipe Volkov…
y qué hay de cierto en ese supuesto memorando de Stalin que estaba en el microfilm de Nikolai.
Además, necesitamos saber en qué consiste en realidad el famoso cargamento.
El señor Roxas la interrumpió, esbozando una leve sonrisa, aunque algo irónica.
—Entiendo tu interés como periodista, Isabel, pero…
—Y como amiga —interrumpió Isabel—. No lo olvides nunca. Miguel, eres una de las personas más importantes de mi vida, yo… —dudó un segundo antes de continuar, y su voz se volvió aún más suave—. No me lo perdonaría si te ocurriera algo. No descansaré hasta estar segura de que estás a salvo.
Ambos se quedaron en silencio. La intensidad de la mirada que compartieron iba mucho más allá de la amistad.
Fue en ese momento cuando Asier, por primera vez, se dio cuenta de que entre ellos había algo más profundo.
¿Algo romántico? ¿Es posible? ¿Con Miguel?
La sensación de incomodidad lo superó. Sintió que su presencia era completamente innecesaria en aquella escena tan íntima.
Sobraba allí. Apartó la mirada, sintiendo que el calor le subía a las orejas, y tomó un sorbo del té que le habían servido, como si el calor de la bebida pudiera disipar la sensación de estar fuera de lugar.
El señor Roxas carraspeó, visiblemente conmovido.
—Muchas gracias, Isabel. Ya sabes que yo siento lo mismo —respondió, con una leve sonrisa que pareció disipar algo de la intensidad del momento.
Luego se giró hacia Asier, algo más serio—.
No quiero resultar grosero, Asier, pero…
¿cuál es tu interés? No me malinterpretes, me caes muy bien y te agradezco la preocupación, pero no termino de entender tu relación con todo este asunto.