Capítulo 17
十七
Veintisiete días antes de la salida del cargamento
Asier subió de dos en dos las escaleras que llevaban a su apartamento. Seguía dándole vueltas a la entrevista que había tenido con la princesa Volkov unos días atrás. La conversación le había devuelto algo que hacía tiempo que no tenía: un hilo de esperanza.
Jáuregui, no obstante, aún flotaba sobre él como una nube oscura que amenazara con descargar tormenta sobre el Gorbea.
Sus palabras habían resucitado a todos sus viejos demonios.
Asier había venido a Shanghái para huir de la vergüenza, para poder ser libre de una vez.
Hasta hacía poco le había parecido que, aunque convenía tomar precauciones —como en todas partes—, Shanghái era una ciudad maravillosamente abierta para las personas como él.
Pero ese cabrón me ha demostrado que es mentira.
A pesar de todo, se sentía optimista. En cualquier momento recibiría la llamada de parte de Wu Túng-wen para comenzar a trabajar con él. La princesa se lo había prometido, y ella nunca faltaba a su palabra. Estaba a un paso de recuperar su vida.
Abrió la puerta de su casa con una sonrisa, deseando ver a Jakob para tomar una cerveza con él, pero lo primero que percibió fue el estruendo. Un golpe seco, seguido de una serie de insultos en yidis.
Asier se apresuró al interior del apartamento.
Jakob estaba en el centro de la sala, fuera de sí, lanzando puñetazos contra la pared, tirando vasos, ceniceros y cualquier cosa que encontraba a su alcance.
Los cristales de una botella rota brillaban en el suelo.
El suelo estaba encharcado. Olía a alcohol y a sudor.
—¡Jakob! —Asier se dirigió hacia él a toda velocidad, esquivando los restos de lo que parecía ser un vaso estrellado contra el suelo. Su compañero ni siquiera lo escuchó. Seguía en pleno ataque de furia, golpeando la pared con tal fuerza que tenía los nudillos ensangrentados—. ¡Jakob, para!
Lo tomó por los hombros y lo empujó con firmeza hacia atrás.
—¡Todo se ha ido a la mierda! Fuck! —gritó Jakob. Su rostro estaba desencajado, lleno de furia y de algo más. Desesperación.
Se desplomó en el único sofá, respirando con dificultad, con los puños cerrados y temblorosos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Asier con suavidad.
Nunca lo había visto así. Los ataques de furia no eran su estilo, eso era más propio de Asier. Jakob era el hombre tranquilo, siempre contenido, que siempre valoraba todas las opciones. No un loco furioso que se liaba a puñetazos con la pared y destrozaba todo lo que tocaba.
—¿Qué ha pasado? ¿Quieres saber qué ha pasado? Pues que todo era mentira. No hay Yunnan, no hay ningún plan para crear un nuevo hogar para los judíos. Era todo una estafa. Schwindl .
Asier frunció el ceño. Yunnan. Conocía los planes para trasladar a refugiados judíos allí, pero nunca se había atrevido a indagar demasiado.
Tenía la sensación de que era algo más o menos confidencial y no quería pecar de indiscreto.
Jakob siempre había hablado de ello en términos vagos, como una esperanza para el futuro, como si temiera invocar la mala suerte mencionándolo en voz alta.
Ahora era evidente que algo había cambiado.
—¿Qué quieres decir con que era mentira?
—preguntó, bajando la voz y tomando asiento frente a Jakob.
Sintió la tentación de ir a por un par de cervezas, pero decidió contenerse.
El alcohol no ayudaría a su compañero en ese estado y él…
él ya se había emborrachado bastante en los últimos tiempos.
Ahora necesitaba conservar la mente clara.
Jakob rio, pero su risa sonó más bien como un sollozo. Se pasó las manos por el cabello, desordenándolo aún más, y miró hacia la ventana como si buscara respuestas en algún lugar lejano.
—Se suponía que Yunnan iba a ser un refugio, un lugar para empezar de nuevo. —Hizo una pausa antes de continuar con voz vacilante—. Creímos que podíamos escapar… creí que… que… podría traerlos aquí. A mi familia. Pero todo era un maldito engaño. Un timo. Schwindl . Una estafa.
Asier sintió que se le formaba un nudo en el estómago. Jakob casi nunca hablaba de su familia. Estaba en terreno resbaladizo. No sabía qué hacer ni qué decir, pero de alguna forma tenía que ofrecerle consuelo a su compañero, igual que había hecho él en tantas ocasiones.
—¿Quieres contármelo todo? No sé si podré ayudarte, pero por experiencia sé que es mejor sacarse las cosas del pecho.
—¿Por qué no? Ahora ya da igual. Cuando estaba en Berlín, se me acercó un abogado…
No todos los alemanes son iguales, ¿sabes?
No todos son nazis. Algunos intentaban ayudar a gente como nosotros.
Me habló de un plan, un plan en el que incluso Alfred Einstein y Maurice William estaban involucrados.
¿Te imaginas? ¡Einstein! Todo ejecutado por el comité americano de ayuda a los judíos y bendecido por el propio Sun Yat-sen, el fundador del Kuomintang.
Con ese respaldo, ¿quién iba a dudar? Yo…
tenía que aferrarme a alguna esperanza, ¿no?
Asier sintió que algo se agitaba dentro de él. Alargó el brazo y estrechó la mano de Jakob. Esta vez, no la apartó al instante, sino que la dejó ahí.
—Claro que sí, amigo.
—Me convenció, y yo convencí a mi familia.
Entre todos logramos reunir el dinero. Era una fortuna, pero incluía el pasaje a Shanghái y, una vez que tuviéramos los papeles chinos, nos trasladarían a Yunnan.
Allí nos prometieron un hogar, tierra para empezar de nuevo.
Y el plan también incluía el trámite para traer, uno a uno, al resto de mi familia.
—Era un buen plan.
—Pero ahora —continuó Jakob, levantándose de nuevo, agitado—…
ahora los oficiales chinos encargados del proyecto nos han dicho que ha sido cancelado.
El comité de ayuda no sabe nada, nadie entiende cómo ha podido ocurrir.
—Golpeó el borde de la mesa con ambos puños, haciendo temblar los pocos objetos que quedaban en su lugar—.
¡Cancelado! Por el riesgo de guerra con Japón.
—¿La guerra…?
—¡Sí, la guerra! Como si la amenaza japonesa fuera una sorpresa.
Fuck , si ya habían invadido Shanghái cuando me metí en esto.
Asier, yo creo…, creo que todo era mentira.
Un maldito engañabobos. Un schwindl , como decimos en yidis.
Los cabrones de los nazis se han quedado con todo, sin más.
El oro, las joyas, todo. Nunca hubo un plan real para llevarnos a Yunnan.
—¿Oro? —preguntó Asier.
—Mi familia tuvo que empeñarlo todo. Las joyas de mi madre, las alianzas de boda de mis hermanos, los cuadros, los ahorros de toda una vida…
, ¡todo para que yo pudiera escapar! La mitad se entregaba en Alemania, antes de partir.
Y la otra mitad aquí, a los oficiales chinos a cargo del proyecto.
Ellos se encargaban de asignarnos un lugar provisional donde vivir antes de mandarnos a Yunnan.
Asier sintió un escalofrío. El oro, las joyas… Las palabras resonaban en su mente. Jakob no dejó de hablar, pero Asier ya intuía una conexión.
Entonces se levantó y, ahora sí, cogió dos cervezas. Había comprado hielo, así que estaban bien frías. Abrió ambas botellas, le entregó una a su compañero y dio un largo trago.
¿Dónde puedo hacerme con una copia del libreto de El oro del Rin ?
Habían pasado dos semanas desde la visita de Isabel.
Tal como Miguel había anticipado, el mismo día recibió la visita de un abogado enviado por su madre, que había sido claro como el agua: si no hablaba, lo dejarían en libertad.
Miguel había seguido su consejo al pie de la letra.
En definitiva, él no tenía nada que ver, se había limitado a ser un simple intermediario.
El inspector Delacourt lo había interrogado varias veces en los últimos días y Miguel había mantenido una postura vaga y evasiva, respondiendo con un simple «no me acuerdo» o «no estoy seguro», cada vez que el inspector intentaba insinuar su complicidad.
Delacourt debía pensar que era tonto de remate, pero…
Un tonto de remate es inofensivo… Tal vez eso sea suficiente para que me dejen salir de aquí.
Aquel día, uno de los guardias se acercó a su celda con una expresión algo más seria de lo habitual. Lo llamaron para una nueva visita, pero esta vez, por el tono educado y la manera en que lo escoltaban, Miguel supo que debía tratarse de alguien más importante.
Solo espero que no sea mamá.
A esas alturas, lo último que deseaba era enfrentarse a su madre.
Ya tenía bastante con las incomodidades, la comida repugnante, el colchón inenarrable en el que tenía que dormir, por no hablar de ese artilugio medieval llamado «letrina», como para enfrentarse a la decepción constante de doña Carmen.
Pero no. Cuando llegó a la sala de visitas de la prisión de Ward Road Gaol, se encontró a Julio de Larracoechea.
El vicecónsul suspiró, como si pudiera concentrar el peso de semanas de trabajo en ese simple gesto. Le hizo un gesto a Miguel para que se sentara frente a él y lo miró con expresión franca.
—Quiero que sepas que, personalmente, estoy convencido de que no tienes nada que ver con todo esto. Te conozco desde años y, bueno, pondría la mano en el fuego por tu inocencia. Pero ya sabes cómo es esto… Estoy obligado a hacerte unas preguntas.
Miguel, sentado con la espalda tan recta que casi le crujían las vértebras, asintió.
—Por supuesto.
El vicecónsul lo miró con calma, como si tratara de decidir cómo abordar la cuestión que tenía entre manos. Negó con la cabeza y, al fin, se lanzó.
—¿Sabes algo sobre una posible intervención militar soviética en España?
Miguel no se molestó en fingir sorpresa: el inspector Delacourt ya le había formulado esa pregunta en innumerables ocasiones y él, siguiendo el consejo del abogado de su madre, había respondido siempre lo mismo.
—No. Julio…, somos de la misma edad, ¿te importa que te tutee?
—Por supuesto que no. Adelante.
—Julio, yo no soy un revolucionario. No sabría serlo aunque quisiera. Si mi madre sospechara siquiera que tengo algo que ver con los soviéticos, no estaría moviendo un dedo por mí.
Julio esbozó una sonrisa breve, más profesional que divertida.
—Parte del argumento es, precisamente, que tu acercamiento al bando soviético podría ser un acto de rebeldía contra tu familia —aventuró—. Por eso dejaste Filipinas, te instalaste en Shanghái…
—¡Me vine a Shanghái a trabajar en la empresa de mi familia! —protestó Miguel—. No rompí con nada. Me fui de Manila por un desengaño amoroso.
Julio asintió, aunque su expresión permaneció seria.
—Lo entiendo, Miguel, y te creo. Pero hay algo que debes saber —dijo, bajando ligeramente la voz—.
En el maletín del príncipe Volkov encontraron documentos que apuntan a una posible intervención soviética en España.
¿Seguro que no sabes absolutamente nada?
Tú mismo reconociste que ibas a hacer un negocio con Volkov.
Estas cosas me pasan por bocazas.
—No —respondió con firmeza—. Te lo prometo, Julio, no sé nada. Nunca he visto documentos ni nada parecido. Y en cuanto al negocio, el príncipe me habló de una inversión. Fue la misma noche del asesinato. Eso es todo lo que sé.
El vicecónsul se inclinó hacia delante y sacó de su carpeta una serie de hojas rígidas, más gruesas que el papel normal. Las colocó una a una sobre la mesa, con un cuidado casi ceremonial.
—Comprendo. ¿Reconoces esto? ¿Lo habías visto con anterioridad?
Miguel observó las hojas con atención. Tenían el brillo opaco del papel fotográfico, como si alguien hubiera hecho copias de algo más pequeño.
—Jamás en mi vida.
—Son copias reveladas de un microfilm hallado en el maletín del príncipe Volkov.
Miguel frunció el ceño. En realidad no quería saber la respuesta, pero no le quedaba más remedio que preguntar.
—¿Y puedo saber… qué contenía el microfilm?
—Muchas cosas, pero este documento es el más delicado —respondió el vicecónsul, señalando una de las hojas—. Es un memorando firmado por Stalin.
Miguel lo tomó con la precaución con la que uno cogería una víbora venenosa, para comprobar que estaba completamente escrito en ruso. O en caracteres cirílicos, vaya. En lo que al respectaba, podía estar en búlgaro, en ucraniano, o en abjasio.
—No entiendo ni una palabra.
—Aquí tienes la traducción —respondió Larracoechea, tendiéndole un folio de papel normal, escrito a máquina en español.
Miguel leyó. Distinguió el nombre de Stalin y la fecha, diez días antes del asesinato. La frase central le saltó a la vista como un letrero de neón: «un plan inmediato para fomentar una revolución bolchevique en España».
Si llegan a creer que estoy metido en esto, estoy jodido.
—Esto no tiene nada que ver conmigo, te lo prometo, Julio…
—Tranquilo, Miguel. Te creo. Eduardo sigue sospechando, pero no hay pruebas. Y tu madre ha intervenido.
—Entonces… ¿qué es todo esto? —preguntó, desesperado—. ¿Qué está pasando?
—Juegos de poder entre agentes extranjeros —respondió el vicecónsul—. Sea falso o no, hay gente muy interesada en que este documento parezca real.
Miguel guardó silencio unos segundos antes de atreverse a formular la siguiente pregunta.
—¿Y yo? ¿Qué van a hacer conmigo?
—No hay pruebas contra ti. Quedas libre.
Miguel sintió que el aire volvía a sus pulmones.
—Aunque me temo que seguirás bajo vigilancia. Órdenes del cónsul. No puedes salir de la zona internacional de Shanghái.
Miguel apenas lo escuchaba. «Quedas libre» resonaba como un eco imposible. Se levantó y envolvió a Julio en un abrazo mientras luchaba por aguantar las lágrimas.
—Ten cuidado, Miguel —susurró el vicecónsul—. Esto no ha terminado.