La noche cae sobre Shanghái Capítulo 16
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Capítulo 16

十六

Un mes y siete días antes de la salida del cargamento

La residencia de los Volkov en Little Moscow es pequeña, modesta, casi insignificante entre las imponentes mansiones que la rodean.

Parece una sombra más entre la opulencia decadente del vecindario, con su fachada blanca y el tejado cubierto de musgo.

A pesar de todo, hay algo en ella que transmite dignidad, como una noble anciana que, aunque despojada de todo, aún conserva la compostura.

Me detengo frente a la puerta de madera azul, observando cómo las glicinias trepan por las paredes, casi ocultando la pequeña ventana de la entrada.

Respiro.

Esta zona de Shanghái está llena de pequeños cafés y tiendas con letreros en cirílico, como si los rusos exiliados hubieran querido traerse un trocito de su país. La nostalgia flota en el aire como un perfume viejo, que se mezcla con el olor de las pastelerías rusas y el agua de las alcantarillas.

—¿Estás segura de esto? —me pregunta Asier.

Asiento. Estoy nerviosa, sí, pero no puedo dar marcha atrás. Es Asier el que ha conseguido la entrevista. Él tiene un don especial para conectar con las personas, sobre todo con las que llevan heridas invisibles.

Llamo a la puerta. Antes de que el eco del golpe se disipe, un criado chino abre.

Es tan viejo que parece remontarse, al menos, a la dinastía Ming.

Su espalda está inclinada en un ángulo de casi noventa grados.

Se mueve muy despacio, pero con unos gestos armónicos y exagerados que recuerdan a un practicante de taichi.

— Kong-tsu tseh den nong-la.

Reconozco una palabra. Kong-tsu , la princesa. La princesa nos espera o, al menos, eso creo.

El criado nos guía a través de un estrecho pasillo.

La casa está oscura, las cortinas apenas dejan pasar la luz.

Huele a naftalina y a humedad. Cada paso resuena en el suelo de madera.

En las paredes cuelgan pinturas de paisajes nevados y retratos en tonos sepia, imagino que de antepasados ilustres.

Me detengo un segundo ante uno de ellos: una familia de rostros serios y ojos tristes, como si ya supieran lo que el futuro les deparaba.

Me pregunto si Nikolai es uno de esos niños de expresión solemne, ajeno al destino que les aguarda.

La salita de recibir es pequeña, casi claustrofóbica.

Cada rincón está abarrotado de objetos que parecen rescatados de un naufragio: iconos religiosos con bordes dorados que apenas brillan bajo la luz tenue, un samovar de plata colocado en el centro de una mesa baja, sillas tapizadas en terciopelo rojo, sin duda demasiado grandes para el espacio que ocupan.

Me siento en una de ellas mientras Asier se acomoda a mi lado.

El criado sirve té en un juego de porcelana azul y dorada, con manos temblorosas que apenas logran sostener la tetera. El aroma del té negro, fuerte y especiado, se mezcla con el perfume de unos pequeños dulces de miel cubiertos de azúcar glas que descansan en un platillo de cristal.

—La princesa llegará en unos momentos —murmura el criado antes de desaparecer por la puerta. Se mueve tan despacio que me pregunto si alguna vez llegará al final del pasillo.

Miro a Asier, que aparenta estar mucho más tranquilo que yo. La tensión en el aire es palpable, pero hay algo reconfortante en la familiaridad de este entorno recargado, en la forma en que el samovar desprende un calor suave que llena la habitación.

Han pasado solo unos instantes cuando la puerta se abre de nuevo.

La princesa Volkov entra con paso firme pero sereno.

Lleva un vestido de seda azul oscuro, sencillo pero refinado, con un chal bordado sobre los hombros.

Su cabello, recogido en un moño bajo, es de un gris plateado que brilla a la luz de la lámpara.

A pesar de la tristeza evidente en sus ojos, conserva una indudable elegancia.

La casa y su dueña están en perfecta armonía: ambas son viejas damas, derrotadas por la vida, pero orgullosas.

Se sienta frente a nosotros, con las manos delicadamente cruzadas en el regazo, y nos dedica una sonrisa leve, cargada de melancolía.

—Gracias por venir —dice. Su voz es grave y pausada, como si cada palabra le costara un pequeño esfuerzo.

La observo, fascinada por la dignidad con la que sostiene el peso de su dolor—.

Sé que han venido por respuestas, y aunque no sé si podré dárselas…

haré lo que pueda. Cualquier cosa por ayudar a moi malchik.

—Antes de nada, permítale que le transmita mis más sinceras condolencias, alteza —digo, intentando que mi voz suene firme.

Ella asiente, un gesto sutil, casi imperceptible.

—Gracias —murmura.

¿Cuántas veces habrá escuchado esas mismas palabras en los últimos tiempos?

—Sé que es usted una mujer de mundo, alteza, y no quiero insultarla andándome por rodeos.

He venido a preguntarle sobre las circunstancias que rodearon la muerte de su marido.

Tengo razones para creer que puede haber muchas más personas involucradas, que el príncipe fue víctima de una conspiración mucho más amplia.

También temo que puede haber más gente en peligro.

Dígame, ¿había usted oído hablar de Johannes Bernhardt?

—Solo una vez —responde ella, sin dudar—. Aquella noche, en el Paramount. Nikolai preguntó por él, como salido de la nada, jamás lo había oído mencionar… Aparte de eso, solo sé que es el hombre que disparó a mi esposo. El asesino.

—Bernhardt es un miembro activo del partido nazi —continúo—. ¿Sabe si su marido tenía alguna relación con ellos? ¿Simpatizaba con sus… ideas?

—Sí, no, no sabría decirle. Tenemos negocios en Alemania y allí es imposible no tener contacto con los nazis.

Nikolai era un hombre pragmático, la vida se lo había enseñado.

Pero simpatizar con ellos, tampoco diría tanto.

Nosotros somos…, en fin, nuestras ideas son monárquicas.

Nikolai era más partidario del káiser Guillermo y de su hijo que de este tal Adolf Hitler del que todo el mundo habla.

—¿Se trataba con el cónsul alemán?

—Ah, Kriebel…, claro que lo conozco —dice, entornando los ojos, como si rebuscara en un archivo muy antiguo—.

Mi difunto marido lo trataba con cierta frecuencia.

Un tipo peculiar. Oficial bávaro, si no me falla la memoria.

Después de la guerra, se metió con los Freikorps, como tantos otros que no sabían qué hacer con su rabia.

Estuvo metido en aquello del Putsch, el de la cervecería de Múnich, con Hitler.

Acabaron en la cárcel, claro. Cuando Hitler se convirtió en canciller, intentó por todos los medios que le diera un puesto en el Gobierno, pero no lo logró, así que se vino a Shanghái.

Traficante de armas, asesor de Chiang Kai-shek…

o algo así. Siempre ha sabido moverse entre guerras. Y sacarle partido.

—¿Es posible que esté interesado también en el tráfico de opio?

La princesa guarda silencio unos instantes, como sopesando sus palabras, antes de responder.

—Todo es posible. Es un hombre con un pasado complejo y una red de influencias…

considerable. Su presencia en Shanghái no es casualidad; representa los intereses alemanes en esta parte del mundo.

Mi esposo creía que individuos como Kriebel son cruciales en la configuración del mundo…

y, en fin, son buenos para hacer negocios.

—¿Se le ocurre algo concreto que pueda ayudarnos a seguirle la pista? —insisto.

Sus ojos se entornan ligeramente, como si intentara recordar algún detalle específico, pero luego niega con la cabeza suavemente.

—Lamentablemente, no tengo detalles precisos sobre sus actividades.

—¿Qué hay de Teodoro Jáuregui? —interviene Asier—. ¿Sabe si su esposo tenía relación con él?

—No me suena nada ese nombre, lo siento, moi malchik.

Veo la decepción pintada en el rostro de Asier y tardo unos momentos en formular la siguiente pregunta. Sé que es delicada y no quiero que la princesa me perciba como una enemiga. Al fin, me inclino hacia delante y le tomo la mano. Está fría como la de un cadáver.

—Ya sabe, alteza, que las autoridades aseguran tener pruebas de que el príncipe era miembro de los servicios de inteligencia soviéticos. Yo no…

—¡Eso sí que es una calumnia! Esa gente asesinó a nuestros amigos, al zar, a la zarina, a esos pobres niños…

, ¡por no mencionar lo que nos hicieron a nosotros!

Tuvimos que salir de Rusia como mendigos, ¡como delincuentes!

No, Nikolai antes se hubiera cortado un brazo.

Se hubiera pegado un tiro antes de ponerse a las órdenes de…

—casi escupe las siguientes palabras— … Iósif Stalin.

Suspiro. Eso era lo primero que quería comprobar. No tenía dudas sobre la respuesta que me iba a dar la princesa, pero era necesario asegurarse. Veo el odio en sus ojos, lo escucho en sus palabras. Es imposible que Nikolai fuera un agente soviético. Todo tiene que ser un montaje.

Eso me lleva a mi próxima pregunta.

—Gracias, alteza. Estoy convencida de lo que dice. En realidad, sospecho que la muerte de su marido puede estar más relacionada con sus actividades comerciales, en concreto… con la Banda Verde.

La princesa Volkov guarda silencio unos instantes. Tiene la mirada fija en la taza de té. Puedo sentir la tensión en el aire, la duda en sus ojos. A su lado, el samovar emite un suave zumbido, como si también esperara su respuesta.

—Nikolai… —comienza al fin, su voz apenas un susurro—. Mi marido era socio de Wu T’ung-wen. Él sí que es miembro de la Banda Verde. Nikolai no. Ya sabe que la Banda solo admite chinos, no hay ningún extranjero.

Mis ojos se cruzan con los de Asier. No queda rastro del borracho al que metimos ayer en la bañera. Vuelve a ser el joven inteligente y despierto que conozco.

—¿Y podría decirnos qué tipo de negocios hacía con él? —pregunta él.

—Yo no estaba al tanto de todas sus operaciones.

Nikolai era… reservado con sus asuntos, no quería preocuparme.

Pero sé que estaba a punto de cerrar un acuerdo importante.

Algo que, según él, cambiaría nuestras vidas.

Dijo… dijo que hasta podríamos recuperar algunas de las joyas y obras de arte que hemos tenido que vender y empeñar para sobrevivir.

Tengo que esforzarme para no saltar del sofá y abalanzarme sobre la princesa. Esa es precisamente la información que andaba buscando. ¿Será esa operación de la que habló con Miguel? ¿Estará relacionada con el famoso cargamento que desean enviar a España? ¿Será ese negocio el que le costó la vida?

Asier se inclina un poco hacia delante. Se agarra las rodillas con las manos, como si él también se estuviera conteniendo para no moverse. Tiene la misma expresión que Federico y Salvador cuando están a punto de saltar sobre un pájaro que revolotea por el callejón.

—Alteza, ese negocio… ¿tenía algo que ver con el opio?

La princesa levanta la vista, sorprendida. Durante un segundo, me parece ver una chispa de dolor, o tal vez de miedo, cruzar por sus ojos antes de que recupere la compostura.

—Ya sabes que el opio está en todas partes en esta ciudad, moi malchik . Es como la sangre que corre por las venas de Shanghái —responde con amargura—. Pero Nikolai nunca me habló de eso en particular. Solo sé que estaba muy emocionado. Era la primera vez en años que lo veía así. Tenía esperanza.

Hace una pausa. Me parece que su tristeza se cuela en cada rincón de la pequeña sala, que impregna los objetos que nos rodean, las paredes cubiertas de cuadros y recuerdos, como si el pasado estuviera a punto de venírsenos encima.

—¿Pero en qué consistía esta operación? —insisto—. ¿No tiene ninguna sospecha? ¿Le suena de algo el «oro del Rin»?

—Es curioso, Nikolai mencionó algo, sí. ¿Van a traer la ópera a la ciudad?

Sería maravilloso, la verdad…, aunque ir sin él, ¿cómo podría hacer algo así?

—La princesa se queda pensativa unos instantes—.

Antes de morir, me dijo que pronto podríamos recuperar nuestra vida, o algo parecido a ella.

Nunca supe exactamente a qué se refería.

Cuando le pregunté, solo me dijo que Wu T’ung-wen tenía contactos…

, que conocía a gente importante, más allá de la Banda Verde, fuera de Shanghái incluso. Pero nunca especificó.

Me apoyo en el respaldo de la butaca, intentando procesar toda la información. Nikolai Volkov, el príncipe desterrado, hacía tratos con la Banda Verde para recuperar lo que había perdido.

—¿Y le suena el nombre de Chao Yungli? —pregunta Asier, con suavidad. Casi no lo escucho.

La princesa niega con la cabeza, frunciendo el ceño.

—No, nunca lo mencionó. Pero no presumo de conocer el nombre de todos sus contactos, se pueden imaginar que tenía muchísimos, y no todos eran estrictamente presentables en sociedad. Wu T’ung-wen es otra cosa, claro. Con él tenía una relación de confianza. Casi de amistad, diría yo.

Sus palabras quedan suspendidas en el aire como un globo aerostático que no acaba de despegar.

Wu T’ung-wen, el enigmático tycoon de la Banda Verde con el que se reunió Bernhardt en secreto en el templo de Jingan.

¿Qué clase de acuerdo estaba a punto de cerrar Nikolai con él?

Miro a la princesa. Su rostro está marcado por el dolor, pero, por debajo, veo la determinación de una mujer inquebrantable.

Me pregunto si alguna vez encontraré todas las piezas que componen este mosaico.

—Wu T’ung-wen —dice Asier, mirándome—. Tendremos que hablar con él.

El criado entra de nuevo, con movimientos tan lentos que parece que podría desplomarse en cualquier momento. Deja un plato con más dulces sobre la mesa y se retira en silencio, como una sombra.

—¿No quieren probar un pryaniki ? —pregunta la princesa—.

Están deliciosos, los prepara un panadero ruso que solo se llevó esta receta y un pellizco de masa madre cuando huyó de Moscú.

T’ung-wen es un hombre muy sociable, le encanta recibir en su casa, conocer gente, establecer nuevos contactos.

Creo que podría conseguir que los invite a su próxima fiesta, al menos a usted, señorita de la Cruz.

A ti, moi malchik , quizá podría recomendarte para un empleo en alguno de sus negocios. Ya sé que has dejado el Paramount.

El samovar continúa su monótono zumbido mientras Asier y yo cruzamos la mirada una vez más.

—Gracias, alteza —dice él—. Es usted una auténtica amiga.

—Cualquier cosa por descubrir qué le ocurrió realmente a Nikolai.