Capítulo 15
十五
Un mes y nueve días antes de la salida del cargamento
Asier se tambaleó frente a la puerta de Yungli. Estaba ebrio. Peor que ebrio.
Aún tenía dinero —al menos de momento—, así que no había tenido que conformarse con el puñetero yen shee.
Se había metido en un fumadero en la ciudad vieja, lleno de chinos.
Él era el único occidental. Se había fumado una pipa entera del opio más puro, del más caro que había podido encontrar.
Así había reunido fuerzas para llegar hasta la puerta de Yungli.
La aporreó con la mano abierta mientras luchaba por mantener el equilibrio. Cada golpe resonó en la noche tranquila de Shanghái, pero la puerta siguió cerrada, inmutable.
—¡Yungli! ¡Ábreme de una puta vez! —gritó, con la voz rota.
El silencio fue la única respuesta.
Se apoyó con torpeza contra el marco de la puerta, y el olor agrio del alcohol lo envolvió.
Después de la pelea con Jáuregui, la noche de San Juan, no había hecho más que beber.
Lo habían echado del Paramount, y llevaba semanas vagando borracho por las calles de Shanghái, sin rumbo, buscando a Yungli en los tugurios más oscuros de Blood Alley, en The Trenches, en los peores barrios de la ciudad…
con un único propósito: arrancarle la verdad.
¿Qué había pasado? ¿Por qué se escondía?
Pero cada vez que llegaba, la casa estaba vacía.
Desde la esquina, una vecina mayor apareció, envuelta en una chaqueta. Lo miró con fastidio. Asier la observó, tratando de enfocar sus ojos nublados.
— Yi feh tzu tsokli luh —dijo la mujer, cruzando los brazos—. Nong fuh yao tsekli mah-van.
En su estado, Asier no fue capaz de entender la mayoría de las palabras, pero la realidad lo golpeó como una bofetada: Yungli ya no vivía allí.
Se había esfumado, desaparecido de su vida como si nunca hubiera formado parte de ella.
Una punzada de tristeza lo atravesó. Otro hombre que lo abandonaba.
Otro golpe en una serie de traiciones que parecían no tener fin.
Sin decir nada más, la vecina dio media vuelta y desapareció por la esquina.
Asier miró la puerta una última vez. Se sintió más solo que nunca.
Dio media vuelta y empezó a caminar hacia la zona de las concesiones.
Su casa quedaba demasiado lejos para ir a pie, pero se negaba a coger un rickshaw .
Aun así, uno se detuvo junto a él y el conductor le preguntó dónde iba.
Asier se tambaleó hasta el interior y le dio unas confusas explicaciones sobre su dirección.
Menos mal que esos tipos eran listos y encontraban cualquier rincón de Shanghái, por recóndito que fuese.
Durante el trayecto, se quedó dormido. El hombre tuvo que despertarlo al llegar.
Cuando al fin abrió la puerta de su apartamento, se encontró con Jakob esperándolo, el ceño fruncido y los brazos cruzados.
—No puedes seguir así —le dijo, acercándose—. Esto no es vida.
Pero Asier no le hizo caso. Fue dando tumbos hasta la pequeña nevera, sacó una cerveza y la abrió con un movimiento torpe.
Ya no quedaba hielo; el líquido estaba tan caliente que casi podía usarse para hacer té, pero no le importó.
Jakob lo siguió de cerca, aunque Asier lo ignoró.
Continuó hasta su cuarto, se dejó caer sobre la cama y se quedó allí, bebiendo en silencio mientras miraba el techo como si allí fuera a encontrar la respuesta a sus problemas.
Jakob entró tras él.
—Asier, ¿qué te pasa? ¡Háblame! ¿Por qué estás así? ¿Es que no confías en mí? Somos compañeros, ¿no?
Asier lo escuchó, pero las palabras no lograron atravesar el muro de culpa y autodesprecio que lo envolvía.
Una arcada le subió desde lo más profundo del estómago y, antes de poder responder, salió corriendo hacia el cuarto de baño.
Se arrodilló frente al retrete y lo agarró con manos temblorosas.
El vómito salió en una serie de espasmos violentos y, entre arcadas, su mente se llenó de un pensamiento repetitivo y doloroso.
Ni ez naiz ezer.
Soy una mierda. Nadie me necesita. Debería estar muerto.
Sintió el frío de las baldosas bajo las rodillas mientras las náuseas lo atacaban sin piedad.
Todo lo que había guardado dentro —la rabia, la culpa, el abandono— parecía salir con cada arcada.
El mundo se desvanecía, igual que su propia vida, y apenas escuchó cuando alguien llamó a la puerta del apartamento.
—¡Voy! —respondió Jakob.
El sonido de sus pasos resonó a lo lejos. Después, el crujido de la puerta. Asier oyó el murmullo de una conversación. No distinguió las palabras, pero reconoció una voz entre la nebulosa: Isabel. Sus frases eran rápidas, urgentes. Jakob respondió, pero Asier no logró concentrarse en los detalles.
Negro.
Instantes después —o quizá años, era imposible saberlo— sintió las manos de Jakob y de Isabel bajo sus brazos, levantándolo como si fuera un espantapájaros.
Lo arrastraron por el suelo y, antes de que pudiera resistirse, lo metieron en la bañera con la ropa puesta.
El chorro de agua fría lo golpeó como un martillo, despertando todos sus sentidos a la vez.
Tosió, agitado.
—Tenemos que hablar —dijo Isabel.
Su tono era firme, severo, pero había en él un matiz de ternura que Asier apenas percibió en medio de la confusión. No tuvo fuerzas para responder. El agua fría le goteaba por el rostro, tenía el pelo y el cuerpo empapados. Empezó a tiritar.
Isabel y Jakob lo sujetaron mientras salía de la bañera. El cuerpo entero le temblaba por el frío y la debilidad. Jakob lo envolvió en una toalla y comenzó a secarlo con movimientos firmes mientras Isabel observaba desde la puerta. Asier no se resistió, estaba demasiado cansado para protestar.
—Vamos, tienes que cambiarte —murmuró su compañero, en un tono casi maternal.
Lo acompañó hasta el cuarto, donde lo ayudó a ponerse una camisa de algodón vieja y unos pantalones de lino.
Apenas levantó la vista mientras Jakob le abrochaba los botones.
Se sentía como un niño pequeño, como un inválido.
Un inútil. Una vez vestido, lo llevó al salón.
La luz del atardecer entraba por la ventana.
Isabel estaba sentada en el pequeño sofá, esperándolo con una taza de té que humeaba entre sus manos.
—Toma, bebe esto —dijo ella, tendiéndole la taza con gesto firme.
Asier la aceptó sin mirarla directamente. Agradeció el calor de la taza mientras se dejaba caer en el sillón frente a ella, sin fuerzas. Isabel se inclinó hacia delante, muy seria.
—Asier, escúchame —dijo—. He estado investigando. Miguel es inocente. No tiene nada que ver con el asesinato del príncipe. El verdadero vínculo es entre Bernhardt y Wu T’ung-wen. Todo apunta a la Banda Verde.
Asier la miró en silencio, sin ánimo para responder.
—Chao Yungli podría ayudarnos —continuó Isabel—. Es miembro de la Banda, ¿no? Si él nos echa una mano, podríamos entender qué está pasando realmente.
Asier bajó la mirada y trató de poner en orden sus pensamientos. Tras varios minutos de silencio, respondió con un hilo de voz:
—No sé nada de Yungli —murmuró—. Me ha dejado tirado.
Isabel no parecía tener intención de rendirse.
—Tenemos que buscarlo, Asier. Es la clave. Si logramos encontrarlo, podríamos desenredar toda esta maraña de… intrigas, mentiras, alianzas…
Asier se levantó despacio del sillón, con la taza aún en la mano, y caminó hacia la ventana. Era muy consciente de la presencia de Jakob, que no sabía nada de la naturaleza de su relación con Yungli. Miró hacia fuera, donde las luces de Shanghái titilaban a lo lejos. Estaba oscureciendo.
—Mira, Isabel —dijo al fin, eligiendo las palabras con cuidado—. Todo esto ya no es asunto mío. Quería saber en qué andaba metido Yungli, qué tenía que ver con Bernhardt, pero… ya no me importa. Se ha ido. Ha pasado página, y yo también debería hacerlo.
—Yungli es el chico al que conocí hace unas semanas, ¿verdad? —intervino Jakob—. El que estaba llorando de rodillas cuando llegué a casa. Asier, no quiero meterme en tu vida, pero no me dio precisamente la sensación de que hubiera… pasado página, como tú dices.
Asier sintió el rubor subirle al rostro. No estaba preparado para hablar con Jakob de aquello.
—No es asunto tuyo —replicó.
—Sí que lo es, si te tiene en este estado. Joder, Asier, somos amigos. Y no soy tonto ni sordo. Me importa un carajo con quién te acuestes.
—A ti puede que te dé igual, pero a la policía no. A varios amigos míos los han metido en la cárcel por maricones.
—En la concesión internacional, Asier —puntualizó Isabel—.
Las autoridades chinas tienen la mente mucho más abierta que los ingleses y los americanos.
En la concesión francesa tampoco hay ningún problema.
Y en España tampoco es ilegal…, en fin, en España ninguna ley nos prohíbe acostarnos con quien nos dé la gana.
—Asier, ¿qué ha pasado con ese Yungli? —interrumpió Jakob, cortando la discusión—. ¿Es por su culpa que llevas casi dos meses borracho como una cuba?
—Yungli… no es por él. No solo por él —respondió Asier, sintiéndose acorralado—. Fue un error venir a Shanghái. Con Jáuregui aquí, nunca voy a lograr nada. Y la putada es que tampoco puedo volver a Gernika. No sé qué coño voy a hacer con mi vida.
—Puedes venir conmigo a Yunnan. Sabes que, en mi casa, siempre serás bienvenido.
Asier no pudo evitar enternecerse ante la oferta de su amigo. Le estrechó la mano con cariño, pero la retiró al instante para evitar que pudiera malinterpretarlo.
—Te lo agradezco, pero no sé si pinto mucho allí, con los tuyos…
Isabel lo observó en silencio unos segundos antes de volver a la carga.
—¿Qué ha pasado con Jáuregui? —preguntó.
—Eso, ¿qué ha pasado con ese capullo de Jáuregui? —añadió Jakob—. ¿Qué ha hecho esta vez?
Asier apoyó la cabeza contra el marco de la ventana y suspiró.
No le quedaba más remedio que explicarlo.
Así que se sinceró. De forma atropellada, sin demasiado orden y con palabras inconexas, contó cómo Yungli y él habían salido corriendo detrás de Bernhardt, cómo habían llegado a las puertas del colegio alemán, cómo el agente nazi y el militar japonés les habían impedido la entrada…
y cómo, apenas unos segundos después, había llegado Teodoro Jáuregui.
—Un militar japonés —murmuró Isabel—. Eso es interesante. ¿Pudiste identificarlo?
—Iwane Matsui —respondió en voz baja, como si temiera que alguien más pudiera escucharlo—.
El general. Estoy harto de verlo en los periódicos y lo he visto mil veces en el Paramount, así que lo reconocí de inmediato, en la puerta del colegio alemán.
Y eso es lo que no entiendo: ¿qué hacía un tipo como Matsui allí, justo esa noche?
—¿Viste algo más?
A Asier le costó responder.
—Lo único que sé es que Yungli se esfumó. Fue la última vez que lo vi. No tengo ni idea de por qué. Entonces fue cuando Jáuregui me dijo… me dijo…
No pudo evitarlo.
Se le formó un nudo en la garganta. Las lágrimas acudieron a sus ojos e, incapaz de contenerlas, se echó a llorar. Isabel corrió hacia él y lo envolvió en un abrazo que, en vez de calmarlo, hizo que comenzara a sollozar como un niño. Jakob también se acercó y le posó una mano en el hombro.
—¿Qué te dijo ese cabrón? —preguntó.
—Me dijo… —Asier tuvo que respirar hondo antes de continuar—: «ya sabes lo que les pasa a los maricones en la cárcel». No es la primera vez que me dicen esa frase. Palabra por palabra, es lo mismo que me dijo un guardia civil en el cuartel de Gernika.
Se hizo el silencio en la habitación. Isabel lo abrazó unos segundos más. Luego lo separó con suavidad, le dio un beso en la mejilla y lo miró a los ojos.
—Quizá deberíamos empezar con Jáuregui —dijo—. Seguirlo, enterarnos de qué tiene él que ver con todo esto.
—¡No! —gritó Asier—. No quiero…, no quiero acabar en la cárcel. He cruzado medio mundo huyendo de eso. No puedo acabar en un calabozo. Deja tranquilo a Jáuregui, por favor.
—Pero ¿no te das cuenta de que él puede ser la clave de todo? —replicó Isabel.
—¿De qué? —intervino Jakob—. ¿Podéis explicarme de qué va este maldito asunto?
—Este asunto se llama Johannes Bernhardt —respondió Isabel—. Es un empresario nazi y el asesino del príncipe Nikolai Volkov. También es el responsable de que mi amigo Miguel Roxas esté en la cárcel. Quería involucrarlo para mandar algún tipo de cargamento a Tetuán.
Jakob se irguió de golpe. Le tomó las muñecas a Asier y lo miró con una intensidad poco habitual en él.
—Odio a los nazis —dijo—. Conozco a todo el mundo en el puerto de Shanghái. Estoy seguro de que puedo localizar ese cargamento. Solo necesito algún detalle, lo que sea. Un hilo del que tirar. ¿Sabéis en qué consiste?
—Tengo mis sospechas —respondió Asier, entre dientes—. Si Yungli estaba implicado, solo podía ser una cosa.
—Opio —murmuró Jakob. Pareció darse cuenta de que aún tenía a Asier sujeto por las muñecas. Lo soltó y desvió la mirada hacia la ventana—. Estos nazis hijos de puta no se privan de nada.
—Si no quieres tirar de Jáuregui —dijo Isabel—, hay alguien que quizá pueda decirnos de qué va todo esto. La viuda del príncipe Nikolai, la princesa Volkov. Ella quizá esté al tanto de los negocios de su marido.
Asier sonrió por primera vez desde la noche de San Juan.
Era como si un rayo de sol se colara entre las tinieblas de su mente.
Si no lo hacía por Yungli, lo haría por liberarse del yugo de Jáuregui.
Lo haría por Isabel, por el señor Roxas, por Jakob, que odiaba a los nazis por todo lo que estaba ocurriendo en su país.
Desenmascararía a Bernhardt y quizá, solo quizá, lograría aclarar la situación con Yungli.
—Conozco a la princesa Volkov —dijo al fin—. Si se lo pido yo, nos recibirá.