La noche cae sobre Shanghái Capítulo 14
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Capítulo 14

十四

Trece años antes

Llego a la residencia de estudiantes sin saber muy bien qué hago aquí. En teoría, este viaje era otra cosa: una última aventura con mis padres, museos, trenes, hoteles con olor a jabón caro… y, después, el regreso a Manila, a Andrés, al matrimonio ya acordado. Todo está decidido.

Pero Madrid se cruza en medio.

Una charla en el Ateneo. Un hombre hablando de luz y de mirada como si fueran asuntos morales. Ortiz Echagüe. Dice que una fotografía no se toma: se vive. Y algo se desplaza dentro de mí, como una pieza mal encajada que por fin encuentra su sitio.

Así que aquí estoy. He convencido a mis padres de que me dejen quedarme un curso aquí y estudiar fotografía en la Institución Libre de Enseñanza. Le he dicho a Andrés que necesito tiempo. No sé si miento o si, por primera vez, empiezo a decir la verdad.

Los primeros momentos son un torbellino.

Mis padres me acompañan, por supuesto. Quieren asegurarse de que este lugar es lo que promete ser.

De repente estamos rodeados de muchachas de todas partes: rubias y morenas, altas, bajas, con acentos del norte y del sur, de Canarias, de América, de Filipinas como yo…

, ¡hasta una chica de la Guinea Española, negra como un tizón!

No podríamos ser más diferentes, pero algo en el aire nos une: el deseo de aprender, de ser libres, de trazar nuestro propio destino.

Siento que podría cantar y bailar allí mismo.

Es ridículo, lo sé, pero es así. Contengo las ganas solo por no asustar a mis padres, que me miran con una mezcla de orgullo y desconcierto.

Me despido de ellos con un abrazo rápido y la promesa de escribirles con frecuencia.

Y entonces me lanzo, de cabeza, a mi nueva vida.

Una mujer mayor con gafas anuncia la distribución de habitaciones.

Me toca compartir con Soledad —Soledad Macías Nguema, la chica africana—, no sin que antes me pregunten si estoy de acuerdo en convivir con una persona de «raza negra».

Al parecer ya le han adjudicado dos compañeras antes que yo, pero ambas reaccionaron como si la pobre fuera verde.

La pregunta me parece escandalosa, pero me alegro de que mis padres no estén delante.

Aunque se creen muy modernos, prefiero no poner a prueba sus convicciones.

Cada rincón de la residencia respira libertad.

En las paredes hay carteles de conferencias, debates de literatura, arte, política; fotos de antiguas alumnas que sonríen desde el pasado.

Las risas se mezclan con el tintinear de las tazas de café y los pasos en los pasillos.

Todas compartimos lo mismo: el ansia de aprender, de entender el mundo y, quizá —¿por qué no? —, de cambiarlo.

Soledad y yo nos entendemos enseguida. Creo que al principio le doy un poco de miedo: rubia y de ojos azules, debo de parecerle una caricatura de la clásica europea colonial.

Yo tampoco soy muy hábil. Tengo mil preguntas sobre su tierra, una de las últimas colonias españolas.

¿De qué familia viene? ¿Cómo ha llegado hasta aquí?

¿Es cierto eso del canibalismo? Soy indiscreta, torpe, pero ella enseguida se ríe de mí.

Y al tercer día ya somos inseparables. Andrés queda tan lejos…

Nuestro cuarto es pequeño, con muebles sencillos y una ventana que da a un patio lleno de plantas. En mi lado tengo un escritorio con mis libros de arte, literatura y filosofía. Me siento en casa.

El vértigo llega en mi primera clase en la Facultad de Filosofía y Letras.

El aula está llena de hombres, aunque también hay algunas mujeres que, como yo, buscamos un lugar en ese mundo que aún no nos espera.

Tenemos Historia del Arte. El profesor, apasionado, nos habla del arte como espejo de la humanidad: «El arte no es solo belleza.

Es rebelión, es testimonio, es vida». Sus palabras resuenan dentro de mí.

Por las tardes tengo Filosofía. Nos reunimos en torno a una mesa redonda y discutimos de todo: Platón, Kant, los nuevos existencialistas. Me fascinan la energía de mis compañeros, las voces que se cruzan, las ideas que chocan y vuelan.

En Literatura, el profesor recita a Unamuno con una voz que hace vibrar las paredes. Nos anima a escribir, aunque sea un diario, porque «las palabras son la única forma de capturar lo que somos». Yo le discuto:

—Y las imágenes, profesor. Las imágenes también se quedan.

Pero, con todo, lo mejor son las noches. Como esta.

La noche cae sobre Madrid como un telón de teatro. Hay una vibración en el aire, una electricidad que solo se siente en las ciudades llenas de artistas y soñadores. Soledad y yo hemos quedado con dos amigos —Federico y Salvador— para tomar algo después de una conferencia en el aula magna.

El café de la calle Alcalá es pequeño y acogedor, con mesas de mármol y sillas de hierro forjado. El humo del tabaco se mezcla con las risas y el murmullo de las conversaciones. La charla entre nosotros fluye como si el tiempo no existiera.

—¿Te has fijado, Salvador? —dice Federico, mirándome con esos ojos oscuros y chispeantes—. Isabel tiene algo especial. Esa mirada suya, siempre como buscando más allá. Merecías ser morena y llamarte Macarena.

La rima me toma por sorpresa y me echo a reír.

—¡Eso es horrible, Federico!

—¡Escríbeselo en una servilleta! —dice Soledad, entre carcajadas—. Cuando seas un poeta famoso voy a venderla y nadie creerá que tú fuiste el autor de semejante tontería.

—¿Celosa? Tú, Soledad…, ¡tus pechos ahumados gimen canciones redondas! Dime, ¿dónde vas sin compaña y a estas horas?

—¡Por favor, para ya! —grito, sin poder contener la risa.

Federico sonríe con ironía, acepta el reto, toma dos servilletas y escribe las rimas con un trazo teatral. Nos las da con una reverencia.

—Ahí tenéis, mis queridas amigas. Guardadlas bien. Algún día valdrán más que todas las joyas de vuestra familia.

—Mi familia no tiene joyas —responde Soledad—, pero plantaciones de cacao, sí. Me guardo esta servilleta. Nunca se sabe.

Salvador, hasta ahora en silencio, nos observa con su expresión enigmática. Cuando el ruido baja un poco, se inclina hacia mí con esa mezcla de timidez y arrogancia que solo él sabe mantener.

—¿Te has fijado en cómo brilla tu piel bajo esta lámpara? —dice, trazando con el dedo un arco en el aire—. Es como el nácar, Isabel. Podrías haber sido mi musa, pero llegué tarde.

Me ruborizo y desvío la mirada, sin saber qué contestar. Federico ríe, como siempre, más rápido que nadie.

—Salvador, por favor, no la asustes. Isabel es demasiado sensata para convertirse en una de tus musas desquiciadas.

—¿Sensata? —protesta Salvador, llevándose una mano al pecho con una indignación más que teatral—. Mi querida Isabel es cualquier cosa menos sensata. Es… misteriosa. Una mujer que piensa en imágenes. Eso no es sensatez, es genio.

Pasan las horas. Esa noche, como tantas otras que vendrán, volvemos los cuatro juntos a la residencia.

Al día siguiente, el sol de la mañana ilumina los pasillos de la residencia.

Soledad está estudiando en su pupitre mientras que yo sigo en la cama, hojeando un libro de poesía con la mente aún adormilada.

De pronto, un alboroto en la entrada capta mi atención.

Me asomo por la ventana, solo para ver —sin gran sorpresa— a Federico y Salvador en la puerta, gesticulando como si estuvieran en medio de una ópera bufa.

Federico lleva un sombrero demasiado grande para su cabeza y Salvador sostiene una caja de madera contra el pecho.

Soledad y yo bajamos rápidamente las escaleras. Sí, estoy emocionada, y también algo intrigada. Cuando abro la puerta, Federico se adelanta con una sonrisa.

—¡Señorita Macarena! —me llama, usando mi mote de la noche anterior—. ¡Mi hermosa dama Soledad! Hemos venido a traeros un regalo muy especial. Algo digno de dos mujeres extraordinarias.

Salvador asiente solemne, como si presenciara un ritual sagrado.

—¿Qué habéis hecho ahora? —pregunta mi compañera entre risas.

Salvador da un paso adelante, con esa mezcla suya de timidez y teatralidad, y abre la tapa de la caja con un gesto lento y dramático. Dentro, dos minúsculos felinos me miran con ojos enormes y brillantes. Uno es negro como la noche y el otro blanco con manchas grises.

Son preciosos.

—¿Qué os parecen, señoritas? —dice Federico, inclinándose ligeramente—. Hemos pensado que, como sois dos musas para nosotros, necesitáis a vuestros propios musos. Así que os presentamos a Federico y Salvador. Mucho mejores y más educados que los originales.

—¿Federico y Salvador? —repito, riendo mientras los saco de la caja con cuidado. Ambos ronronean suavemente, como si ya supieran que este será su hogar.

—Por supuesto —responde Federico con seriedad fingida—. Federico, porque es un nombre fuerte, poético, lleno de pasión. Y Salvador, porque…, bueno, Salvador siempre tiene que estar presente.

—Y porque Salvador es el más guapo, no lo olvides. Y quién sabe, quizá él sí sea capaz de mantener algo semejante a la intimidad. Cosas más raras se han visto.