Capítulo 13 #3
—¡Te encargué unas malditas fotos! ¡Solo eso! Además, la razón por la que estamos interesados en Bernhardt no tiene nada que ver con el opio. El tipo está trabajando directamente para la red del ministro de exteriores alemán, el barón Constantin von Neurath.
Intento pensar a toda velocidad. Tengo que decir algo, lo que sea. Necesito hacer que me escuche.
—¿Y si los nazis trabajan con la Banda Verde?
—¿Ah, sí? ¿Y tienes alguna prueba? ¿Fuentes fiables? ¿Documentos?
—Es más bien una corazonada.
—¡Isabel, eso es un solemne disparate! —grita, alzando de nuevo la voz hasta el máximo de su capacidad—. ¿Qué te crees? ¿Que voy a dejarte jugar a los detectives con la Banda Verde por una «corazonada»?
Siento el peso de las palabras de Powell como un golpe en la cabeza. Me ha dado donde más duele. Tengo que contraatacar.
—No tengo pruebas, pero sí algunos indicios. Sabemos que el príncipe Nikolai Volkov tenía tratos con la Banda Verde…
—¡Como todo el mundo, Isabel! ¡Eso no prueba nada!
Hasta aquí hemos llegado, ya has ido demasiado lejos.
Johannes Bernhardt es miembro Auslands-Organization, un tipo muy turbio.
No tienes ni idea de lo que se está jugando aquí.
Si metes la nariz en la Banda Verde y sus negocios con el opio, vas a hacer que todo el trabajo de investigación que llevamos meses realizando se venga abajo.
Te recuerdo que la Banda Verde tiene a la garde municipale agarrada por los huevos, así que métete con ellos…
y tendrás a la concesión francesa en tu contra.
Powell se inclina hacia mí, sus ojos no se apartan de los míos. El despacho está que arde. Mi jefe podrá cantar misa si le apetece, pero yo sigo convencida de que mi instinto es correcto. El tráfico de opio y la Banda Verde tienen que estar relacionados con el asesinato de Nikolai.
—No soy ninguna idiota—le digo, manteniéndome firme a pesar de su mirada fulminante—. Prometo que seré discreta, sin meterme en problemas ni exponernos.
Powell se echa hacia atrás en su silla, cruzando los brazos.
—¿Discreta? Isabel, ya te he dicho que esto no tiene nada que ver con el opio. Te lo prohíbo terminantemente.
La palabra «prohibir» siempre me ha provocado reacciones muy intensas.
Mis padres me educaron sin prohibirme nada, guiándome, enseñándome, hablando conmigo.
En la Institución Libre de Enseñanza me grabaron a fuego la idea de libertad.
Powell será mi jefe, pero no es quién para prohibirme nada. Soy una mujer libre.
—No necesito tu permiso. Puedo investigar sin tu ayuda. No para el Weekly , claro, pero para mí misma. O para otra revista.
—¿Ahora el Excelsior se va a meter en estos temas?
—me pregunta, con sorna—. Anda, anda, no digas memeces.
Lo que quiero que hagas, Isabel, es fotografía, no espionaje ni periodismo de investigación.
Te voy a dar una última oportunidad. Hay una delegación alemana en Shanghái, encabezada por dos militares de alto rango.
Madame Chiang, la esposa del generalísimo, los acompaña.
Soong Mei-ling, ya sabes. Se llaman Hans von Seeckt y Alexander von Falkenhausen.
Están aquí para asesorar a Kuomintang en la modernización del ejército chino.
Recuerdo haber leído sobre ellos. Von Seeckt, un estratega militar que había dirigido el ejército alemán en la posguerra.
Se dice que fue él quien transformó al ejército alemán en una fuerza de élite.
Y Falkenhausen lleva un tiempo trabajando con las fuerzas nacionalistas chinas.
Y, bueno, todo el mundo sabe que el generalísimo Chiang Kai-sheck tiene tentaciones fascistas, por decirlo con suavidad.
En cuanto a su esposa…, madame Chiang tiene fama de ser la mujer más poderosa de China.
No entiendo bien la relación conmigo.
—Te encargo que les hagas unos retratos puramente sociales —continúa Powell, con una voz cortante que se me clava en los oídos—.
Fotos y nada más. La delegación alemana ya está al tanto y han accedido.
Tú solo tienes que cumplir con tu trabajo sin hacer más preguntas, sin jugar a los detectives.
Una de cal, una de arena, tenemos que congraciarnos con los alemanes. ¿Podrás hacerlo?
Siento como la furia sube dentro de mí. Imagino mi estómago en una auténtica tempestad de ácidos y bilis, que saldrán por mi boca en forma de insultos como no me contenga.
Respiro hondo, una, dos, tres veces. No gano nada enemistándome con Powell.
Aunque no acceda a ayudarme, pertenecer al Weekly me da una protección innegable.
Por mucho que me apetezca, no puedo mandarlo a paseo.
—Sí —me limito a contestar.
—Isabel —dice, con voz casi amenazante—, si vuelves a ir por libre, si te excedes en tus funciones como fotógrafa —Powell remarca la última palabra, fotógrafa, como si hablara con una niña traviesa en vez de con una profesional—, te despido. ¿Me has entendido?
Siento un nudo en el estómago. Estoy en la cuerda floja. Asiento, sin decir una palabra, porque sé que no tengo otra opción… de momento.
Fotógrafa.
Aunque lo diga casi como un insulto, Powell no tiene ni idea de lo que puede hacer una fotógrafa.