La noche cae sobre Shanghái Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Bueno, tú sabes que yo no tengo nada que ver con el opio, ni con la Banda Verde, ni con ninguno de esos grupos de gángsteres que se pasean a sus anchas por Shanghái —dijo al fin—. Eso me deja fuera de todo este asunto.

Isabel volvió a mirarlo fijamente.

—¿Lo sé? Quiero decir, Miguel, los dos conocemos a tu familia, no es que tengan muchos escrúpulos. Y es verdad que los comerciantes españoles en Filipinas han tenido mucha relación con el tráfico de opio.

—Te lo prometo, Isabel. En mi vida he tenido nada que ver con eso.

—Está bien, te creo. Tenemos un hilo del que tirar. El opio. Y todo el mundo sabe quién controla el tráfico de opio en Shanghái: la Banda Verde.

Salgo hundida de la prisión de Ward Road Gaol.

Ver a Miguel así me ha afectado mucho. Ha perdido peso, está pálido, ojeroso.

¿Habrá cogido alguna enfermedad? Él siempre ha llevado vida de rico, no está acostumbrado a pasar penurias.

Tiene que estar sufriendo una barbaridad.

Y no se lo merece. Al margen de su familia, Miguel es un hombre noble, íntegro, que jamás se metería en un asunto tan turbio como este.

Además, le debo una. Una muy gorda. Tengo que ayudarle a salir de esta.

Tras mi conversación con Miguel me queda clara una cosa: la Banda Verde está involucrada en el asesinato del príncipe Nikolai. Me doy cuenta de que no sé lo suficiente sobre la Banda Verde. Si de verdad quiero desenmascararlos, voy a tener que estudiar mucho. Investigar. Hablar con fuentes.

¿Quién podría ayudarme?

El rostro de Shao Sunmey acude a mi mente.

Él conoce a todo el mundo en Shanghái, seguro que puede orientarme o, al menos, indicarme algún cabo del que tirar.

Pero las cosas entre nosotros han estado un poco tensas desde la extraña cita que tuvimos hace un par de meses.

La noche de San Juan tampoco fue precisamente cómoda; además, desapareció sin dejar rastro, no se quedó al pie del cañón para echar una mano.

Es una lata, porque siempre me he llevado fenomenal con él y me ha servido de guía en esta ciudad de locos.

Pero no quiero acercarme a él y darle una idea equivocada. Mejor mantener las distancias.

Tengo una idea mejor.

Me meto en un rickshaw y le doy al conductor la dirección del Weekly .

El sol cae a plomo, pero el hombre que me lleva corre muy deprisa, el aire me refresca la cara y me ayuda a aclarar las ideas.

Nos detenemos junto al Whang-poo. Veo varios barcos que atraviesan sus aguas tranquilamente, ¿cuántos de ellos transportarán opio?

¿Cuántos estarán en manos de la Banda Verde?

Al otro lado, en la orilla oriental, casi tierra virgen, solo viven campesinos chinos paupérrimos, que se desloman de sol a sol siete días a la semana para conseguir sus míseras cosechas de arroz.

Supongo que, además, tendrán que pagar sobornos a la Banda para que los dejen en paz.

Y algún rico terrateniente que los explota a todos, claro.

Qué asco de mundo.

Subo las escaleras del edificio a la carrera e irrumpo en la redacción como un huracán.

No me queda otro remedio: si freno, vendrán a por mí y harán lo posible por detenerme.

Observo con alivio que Sunmey no está en su puesto.

Mejor. Me dirijo como un ariete hacia el despacho de Powell.

San, el chico de recepción, intenta interceptarme.

—El jefe ha pedido que no lo molesten, está escribiendo un…

Ni siquiera me paro a escuchar. Abro la puerta y me cuelo dentro del despacho. Powell está sentado detrás de su escritorio, rodeado de papeles y con una expresión más sombría de lo habitual.

—Tenemos que hablar —le suelto.

No me invita a sentarme, pero, aun así, ocupo una de las sillas de confidente que tiene frente al escritorio.

—¿Ah, sí? —responde, sin levantar la vista de los documentos. Su tono es seco. Me recorre un escalofrío. Esto no pinta bien—. ¿Y de qué demonios quieres hablar, Isabel?

Está claro: no tiene un buen día.

—Miguel Roxas es inocente. El asesinato de Nikolai está relacionado con el tráfico de opio.

Estoy convencida de que la Banda Verde tiene algo que ver.

Necesito recursos, Powell. Necesito acceder a fuentes, archivos, datos…

, me tienes que facilitar tapaderas, crear un equipo de investigación. Tenemos que sacar esto a la luz.

Powell levanta al fin la mirada. Lo que veo en sus ojos no es sorpresa, sino furia contenida… de momento. Conozco lo bastante a mi jefe para saber que el león no se mantiene mucho tiempo dentro de la jaula.

—¿Qué opio ni qué narices? —pregunta. Veo que su voz va subiendo de decibelios a cada instante.

Se pone de pie de un salto y golpea el escritorio con las manos.

Este ataque de furia es de los gordos. Me espera una buena—.

Ha llamado el cónsul español para quejarse de ti, dice que estás metiendo las narices en una investigación oficial y que eso es obstrucción a la justicia.

¿En qué demonios te crees que estás metida?

—Pero, pero… —atino a balbucear.

—Isabel, escúchame bien —continúa Powell, con el tono un poco más controlado, pero aún cargado de enfado—. Sé que Miguel Roxas es tu amigo, pero tienes que dejarlo estar.

—Pero todo está relacionado con Johannes Bernhardt. Tú mismo me encargaste…