Capítulo 13
十三
Un mes y doce días antes de la salida del cargamento
Miguel estaba sentado en el borde del catre, en su celda de la Ward Road Gaol, la única prisión para extranjeros en todo Shanghái, en la concesión internacional. Llevaba allí más de dos meses. El verano se le había ido escurriendo entre esas paredes viejas y agrietadas.
El calor de la ciudad se volvía asfixiante bajo aquel techo bajo, sin más ventilación que una rendija mal orientada. La humedad le pegaba la ropa al cuerpo como una segunda piel mal cosida.
Y eso que casi no sudo.
Eso era lo peor: la ropa. A Miguel le habían retirado sus prendas en cuanto ingresó y le habían entregado un uniforme entre gris y marrón, sin forma ni dignidad.
Era áspero, con un corte que ofendía al cuerpo y al buen gusto.
Le recordaba, a cada paso, que ya no era nadie.
Que ya no llevaba su chaqueta de lino italiano, ni su pañuelo de seda, ni los zapatos brillantes que se ponía hasta para bajar a comprar.
Ahora era un preso más. Poco importaba que fuera inocente.
El mundo ya había decidido que Miguel Roxas era culpable.
El uniforme, las paredes, el calor…, todo parecía trabajar en su contra.
Esto es peor que volver a casa de mamá.
Lo acusaban de complicidad en el asesinato del príncipe Volkov.
Complicidad: una palabra ambigua que servía para llenar el vacío que nadie se atrevía a explicar.
Nadie le decía qué pruebas tenían. La garde municipale había hecho la detención, pero la prisión y el proceso quedaban bajo control del Consejo Municipal Internacional.
El cónsul español, que debería haber mediado, no aparecía ni en pintura.
Cobarde. Cree que la mierda puede salpicarle los zapatos y por eso me usa de paraguas. Es peor que una rata. Un gusano. Una cucaracha con levita.
Su único consuelo era que le habían dejado conservar el cuaderno de dibujo.
Allí, antes, garabateaba fachadas y cornisas mientras paseaba por la ciudad.
Ahora pasaba los días repasando esos bocetos.
Los limpiaba, los corregía, añadía anotaciones al margen.
Inventaba edificios imposibles: torres curvas como espirales de humo, cúpulas flotantes, avenidas en espiral.
Construía una ciudad secreta entre las líneas de ese cuaderno.
Una solo para él, donde pudiera ser libre.
El boy seguía llevándole algo de comida una vez a la semana.
Un lujo absurdo, pero el único gesto humano que le quedaba.
Nadie más. Ni los viejos conocidos de los clubes, ni los empresarios que antes lo llamaban por su nombre.
Ni siquiera su madre, que solo telefoneó una vez para decirle que todo se arreglaría.
«No te pongas histérico, Miguelito, que te conozco». Y nada más.
Me han dejado tirado. Soy un apestado.
También intentó contactar con Andrés. Nada. Siempre fuera, siempre ocupado, siempre lejos cuando más se le necesitaba.
Otra vez. Otra maldita vez.
Estaba hundido en ese pensamiento, muy cerca de la desesperación, cuando oyó pasos en el pasillo. Una llave giró en la cerradura.
Un guardia.
— You have a visitor —ladró.
El corazón de Miguel dio un vuelco. Una visita.
¿Quién? La excitación lo invadió como una ola inesperada.
Tras semanas de insoportable monotonía, por fin ocurría algo.
¿Alguien del consulado? ¿Una notificación oficial?
¿Su madre? Quizá le venían a decir que se quedaría allí para siempre.
O tal vez a informarle de la fecha del juicio.
Porque habría juicio, ¿no? ¿Tenía aún derechos como ciudadano español?
La sala de visitas era pequeña, con una mesa y dos sillas, y paredes encaladas que alguna vez habrían sido blancas. Al entrar, Miguel vio una figura conocida.
Isabel.
Estaba allí, sentada, con las manos sobre la mesa. El alivio fue tan repentino que le temblaron las piernas. No se lo esperaba. Durante semanas se había negado a pensar en ella, por miedo a que también lo hubiera abandonado. Pero allí estaba.
Fue súbitamente consciente del cuaderno, de ese pequeño refugio que casi nadie conocía, e Isabel menos que nadie.
Lo apretó contra su pecho y, con un gesto casi automático, lo escondió entre los pliegues del uniforme, ocultándolo de la vista.
Aquello era suyo, solo suyo. No podía soportar la idea de que ella lo viera así, infantil, aferrado a sus dibujos mientras su vida se derrumbaba.
—Siento muchísimo haber tardado tanto —dijo ella, al verlo—. El cónsul había prohibido que recibieras visitas hasta que se esclarecieran los detalles del caso. Temía que pudieras ponerte de acuerdo con tu…, bueno, tu supuesto cómplice.
Miguel levantó una ceja, incrédulo.
—¿De verdad creían eso? ¿Que tengo algo que ver con Bernhardt? Pero si no lo conozco de nada.
Isabel suspiró.
—Esta mañana he ido al consulado, por enésima vez. Julio Larracoechea me ha notificado que por fin han levantado la prohibición. Así que he venido directa a verte… Miguel, tienes muy mal aspecto. Estás pálido y ojeroso, y has adelgazado mucho. ¿Estás comiendo bien? ¿Cómo te tratan aquí?
Miguel hizo un gesto con la cabeza, señalando al gendarme que los acompañaba, y se dirigió hacia la mesa. Isabel también tomó asiento. El guardia les lanzó una última mirada, cerró la puerta y los dejó solos.
No te confíes . Seguro que están escuchando.
—Bueno, adelgazar un poco tampoco me viene mal, ¿no te parece? Estoy bien, tranquila. Lo importante es que has venido. Pero… —se inclinó hacia delante, mirándola a los ojos—… necesito que me cuentes qué está pasando. Nadie me dice nada. Estoy aquí, sin información, aislado… Es desesperante.
Isabel tomó aire antes de hablar.
—Llevo estos dos meses tratando de averiguar qué sucede, pero hay un hermetismo total. Tampoco he querido llamar demasiado la atención antes de hablar contigo y…, bueno, asegurarme de que no te voy a perjudicar.
Miguel tardó unos segundos en entender.
—¿Quieres decir… que si soy inocente? ¿Esa es tu pregunta?
—Mira, Miguel, ya sabes que llevo tiempo detrás de Bernhardt. Creo que con este caso puedo dar el salto en mi carrera. Demostrar que soy una periodista de verdad. Pero no voy a hacer nada que te perjudique a ti. Necesito saber que no estás involucrado en lo más mínimo.
Suspiró. Que hasta Isabel dudara de él era un golpe bastante duro, pero, por otro lado, no podía culparla.
—No tengo nada que ver. Te lo prometo.
—¿Nada?
—Nada.
Fue el turno de Isabel de suspirar, aunque ella parecía hacerlo de alivio. Realmente había tenido dudas.
—Está bien, vamos allá entonces. El cónsul cree que el microfilm prueba que estamos ante una operación soviética. Está convencido de que hay una red de espionaje detrás y de que tú formas parte.
—¿Yo, comunista? Esa sí que es buena. ¿Y qué pasa con mi familia? Mi madre habrá hecho algo, ¿no?
—Sí, sí, me consta que ha intervenido. De hecho, creo que ha sido gracias a ella que han levantado la prohibición de visitas. Tu madre ha insistido en que veas a un abogado de confianza designado por ella, pero… todos los ojos siguen puestos en ti.
Miguel se quedó en silencio, tratando de procesar la información. Nikolai, agente soviético, absurdo. Bernhardt, espía doble, más absurdo todavía.
¿Y yo? ¿A las órdenes de Stalin? Mamá me mataría.
Miguel se inclinó hacia Isabel.
—¿Tú qué crees que está sucediendo en realidad? —susurró.
Ella miró alrededor, como si quisiera asegurarse de que nadie pudiera escucharlos, antes de continuar.
—Mira, esto tiene que quedarse entre nosotros —advirtió—.
He estado investigando un poco por mi cuenta.
La noche que te reuniste con Bernhardt en el Paramount, Nikolai estaba allí, preguntando por él.
Eso podría significar que estaban trabajando juntos…
Bernhardt se vio con el cónsul alemán, que, por lo que tengo entendido, es amigo personal de Hitler.
—Lo conozco, lo conozco.
Isabel se encogió de hombros.
—Toda la información que tengo sobre Bernhardt confirma que es un miembro convencido del partido nazi. —Isabel dejó la mirada perdida en un punto invisible en medio de la habitación antes de volver a centrar la atención en él—. Cuando seguí a Bernhardt la noche del Paramount…
—¿Me estás diciendo que seguiste a Bernhardt? Pero ¿tú estás loca?
—Escúchame, Miguel. No pude entenderlo bien, pero Bernhardt habló con Wu T’ung-wen de Das Rheingold , «el oro del Rin». He mirado en todos los teatros de la ciudad y no hay ninguna ópera de Wagner programada. ¿A ti te mencionó algo?
—Ahora que lo dices, sí. Pero no entendí a qué se refería. Me preguntó si Andrés o mi madre me habían hablado del «oro del Rin». No sé qué querría decir. ¿Crees que será algún código?
—No tengo ni idea… —murmuró Isabel—. En la fiesta mencionaste algo sobre un cargamento, ¿qué sabes sobre eso?
Miguel suspiró y volvió a contar lo que ya le había dicho a Isabel antes.
—Bernhardt me pidió que le ayudara a enviar un cargamento importante a Tetuán, con discreción. Al parecer, necesita la intervención del cónsul. Supongo que por eso han recurrido a mí… No es que yo haya tenido nunca buena relación con él, pero ya conoces a mi familia, tienen muchísima influencia.
Miguel estuvo tentado de hablar del soborno, pero se contuvo. No quería que Isabel se hiciera una idea equivocada de él.
—¿Sabes qué podría contener el famoso cargamento?
Miguel negó con la cabeza.
—No, pero no te voy a mentir, he pensado en el opio. Hay rumores de que el príncipe Nikolai también estaba metido en ese negocio. Shanghái es en centro mundial de tráfico de opio. Si alguien quisiera mandar un cargamento a España, este sería el lugar perfecto.
Isabel suspiró, apoyándose en la mesa.
—Lo único que parece repetirse es el dinero y el opio. Bernhardt se mueve con gente que controla el tráfico de opio. Todo apunta a la Banda Verde. No tengo aún el mapa completo, pero es el único hilo sólido.