La noche cae sobre Shanghái Capítulo 12
26%

Capítulo 12

十二

El día que sale el cargamento

Las gaviotas sobrevolaban el río. Sus graznidos se mezclaban con el ruido de motores, cadenas y grúas. El agua del Whang-poo golpeaba los cascos. Aún quedaban estibadores que compartían un último cigarro antes de desaparecer entre los muelles. A lo lejos, una sirena cortaba el aire.

Caía la noche, pero el bullicio no cesaba. En Bilbao también trabajaban hasta tarde, pero Shanghái era otro nivel. Allí no se descansaba nunca.

Agazapado entre las sombras de unos contenedores oxidados, Asier miraba a su alrededor con el corazón latiéndole en la garganta.

A su lado, Jakob respiraba con dificultad.

Sus ojos recorrían las luces del puerto.

Más atrás, en la retaguardia —como siempre—, estaba Yungli. Vigilándolo todo. Cuidando de ellos.

El Marqués de Comillas se alzaba como una mole de acero a pocos metros de ellos.

El casco reflejaba la luz amarilla de las farolas.

El «oro del Rin» ya estaba a bordo, pero la operación continuaba.

El buque zarparía en una hora. Cuando lo hiciera, el «oro del Rin» desaparecería con él.

Las posibilidades de detenerlo se desvanecían con cada minuto que pasaba. Había que darse prisa.

—Vamos —le dijo a Jakob.

Ambos salieron de su escondite y, camuflados entre las sombras, se dirigieron hacia el Marqués de Comillas.

De pronto, Asier distinguió a lo lejos la figura de Teodoro Jáuregui, que caminaba hacia la pasarela del barco.

Lo acompañaba Miguel Roxas. Las luces del puerto iluminaban a los dos hombres.

Jáuregui, con su eterno aire de matón de película, parecía ajeno al caos que lo rodeaba.

Miguel, a su lado, mostraba el rostro tenso.

—Es tu amigo —murmuró Jakob—. ¿Cambiamos el plan?

—No hay tiempo. Vamos.

Asier echó a correr hacia la proa del barco, cuidando de no hacer ruido. Se quitó la mochila donde guardaba los explosivos que le había dado Yungli y la abrazó contra el pecho. Jakob lo siguió a pocos pasos.

Jáuregui se giró de repente. Sus ojos se cruzaron con los de Asier, y el tiempo pareció detenerse por un segundo. Sin vacilar, sacó una pistola de la chaqueta. Asier percibió un destello metálico, seguido de una detonación que retumbó como un trueno.

La bala silbó a través del aire.

El puerto entero pareció desvanecerse por un instante: las gaviotas, el sonido del agua, el bullicio.

Asier alcanzó a ver el rostro contorsionado de Miguel y se lanzó al suelo, rodando.

No había olvidado todos los años de entrenamiento, después de todo.

Se escondió tras un contenedor justo antes de que otra bala reventara la superficie metálica, soltando una lluvia de chispas.

—¡Corre! —gritó Jakob, intentando arrastrarlo lejos del alcance de Jáuregui.

Pero no tenían dónde esconderse.