Capítulo 11 #6
Un tumulto llama nuestra atención. Un grupo de personas tiene inmovilizado a un hombre. Los gritos llenan el aire, algunos más claros que otros.
—¡No vas a evadir tu responsabilidad! —escucho la voz furiosa del cónsul Vázquez Ferrer, gritando por encima del alboroto—. ¡No me cargarás a mí con el muerto!
Me pregunto quién es el pobre desgraciado que se ha convertido en blanco de sus iras. Dudo mucho que sea Bernhardt. Lo imagino ya lejos, muy lejos de la escena del crimen.
Nos acercamos, casi me tropiezo del sobresalto. El hombre inmovilizado es Miguel. Mi Miguel. Pero ¿qué demonios está pasando?
—¿Qué ocurre aquí? —pregunta el inspector Delacourt, haciéndose eco de mis propios pensamientos. Cuando ve al cónsul francés, su jefe directo, se clava en el sitio y le dirige un saludo militar—. Monsieur le consul. À vos ordres.
—Proceda, inspector —responde monsieur Baudez—. El cónsul español es nuestro anfitrión esta noche. Él está al mando.
Vázquez Ferrer está claramente desbordado por la situación. Está sudoroso, rojo de furia, con el nudo de la corbata medio deshecho, y señala a Miguel con el dedo.
—¡Es su culpa! ¡Miguel Roxas es el culpable de todo! ¡Es un agente doble!
Miguel, con el rostro pálido y el cuerpo tenso, apenas puede balbucear.
—Yo… yo no… no tengo nada que ver… Soy inocente…
El inspector levanta una ceja y mira alrededor.
—¿Alguien puede explicarme los hechos con más claridad?
Nadie parece dispuesto a hablar. Tengo que hacer algo. No puedo abandonar a Miguel en una situación como esta. Cojo aire y doy un paso al frente.
—El príncipe Nikolai Volkov ha sido asesinado —digo en voz alta—.
Le dispararon en el jardín hace unos momentos.
El sospechoso huyó, saltando el muro del consulado.
Según algunos testigos, dos o tres hombres salieron corriendo tras él.
Todo fue muy confuso, pero, inspector, dudo mucho que Miguel Roxas haya tenido nada que ver.
Larracoechea asiente, confirmando lo que digo.
—Varios asistentes identificaron al asesino como Johannes Bernhardt, un empresario alemán, miembro del partido nazi.
El inspector frunce el ceño. Su mirada se endurece aún más.
—¿Y dónde está ese tal Bernhardt? —pregunta.
Vázquez Ferrer, aún fuera de sí, responde con vehemencia.
—¡Yo estaba delante! Bernhardt me avisó de que el príncipe era un agente soviético que planeaba asesinarme, sacó un arma y disparó. Luego echó a correr. Pero fue Miguel Roxas quien lo trajo a la fiesta.
El inspector mira a Miguel, esperando su respuesta.
—Bueno… yo… yo no sé… —comienza a balbucear—, mi primo me dijo que un amigo suyo… En realidad no creo que sea su amigo…, bueno, me dijo que el señor Bernhardt quería conocer al cónsul, y claro, yo…
Miguel habla, y yo lo veo avanzar hacia el precipicio con una lentitud inexorable. Está tan nervioso que va a acabar incriminándose solo. Y todo empeora cuando el inspector le lanza la pregunta que temía.
—¿Tenía usted alguna relación con el príncipe Nikolai? —pregunta Delacourt, inclinándose hacia Miguel.
No, di que no, ¡di que no!
—Bueno, el negocio no se había cerrado… Me dijo que había recibido un dinero repentino y quería invertir en mi empresa, pero yo creo que era algo relacionado con el opio…, yo no quiero meterme en esas cosas…
Ay, Dios mío, Miguel.
—Será mejor que continuemos esta conversación en comisaría —sentencia el inspector.
A continuación, se vuelve hacia sus agentes—.
Quiero que tomen declaración a todos y cada uno de los presentes.
Nadie debe moverse hasta que todos hayan sido interrogados.
Den la orden de busca y captura de Johannes Bernhardt, y envíen varios equipos a intentar localizarlo a él y a los hombres que lo siguieron, aunque imagino que ya habrá salido de nuestra jurisdicción. Monsieur Roxas, acompáñeme.
Es lo malo de Shanghái, una ciudad con tres jurisdicciones distintas, tres sistemas legales, tres policías independientes: la francesa, la de la concesión internacional y la china. Es un paraíso para los delincuentes, basta con cruzar la calle para escapar.
Uno de los agentes se acerca a Miguel con una expresión severa.
Sin decir una palabra, saca un par de esposas de su cinturón.
El sonido del metal rozando contra el cuero rompe el silencio que nos rodea.
Miguel, pálido y visiblemente nervioso, da un paso atrás, es evidente que no puede escapar de lo que se le viene encima.
El agente le toma las muñecas y, con un chasquido, le coloca las esposas.
Casi siento el frío del metal en mi propia piel.
—Alors, on y va.
Miguel, con la mirada baja, se aleja escoltado por dos policías que lo llevan fuera del consulado. El inspector Delacourt los sigue a pocos pasos de distancia. Las luces de las hogueras titilan mientras Miguel desaparece por la puerta, escoltado como un criminal.
—No se librará de esta — dice el cónsul, cuando las sombras de la noche se han tragado por completo a Miguel, aún temblando de ira—. Me ocuparé en persona de que pague por lo que ha hecho.
No sé cómo, pero tengo que ayudar a Miguel.
Se lo debo.
Y él… me necesita.