La noche cae sobre Shanghái Capítulo 11 #5
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Capítulo 11 #5

Asier y Yungli llegaron apenas segundos después, jadeando, con la adrenalina todavía corriendo por sus venas. El nazi se interpuso en su camino, bloqueando la entrada con su cuerpo robusto.

—El colegio alemán es propiedad del consulado alemán en Shanghái, no pueden entrar —dijo con voz cargada de desdén.

—Acabo de ver entrar al general Iwane Matsui, ¿se puede saber qué hace…? —protestó Yungli.

—Aquí nadie ha visto nada.

Asier valoró sus opciones. Por un instante pensó en noquear al nazi con un puñetazo, pero la visión de la pistola lo frenó.

Además, cabía la posibilidad de que hubiera más soldados dentro.

La situación se le escapaba de las manos.

Antes de que pudiera reaccionar, oyó pasos detrás de ellos.

Al girarse, se encontró cara a cara con Teodoro Jáuregui: era evidente que había sido él quien corría tras ellos.

Las preguntas se agolparon en la mente de Asier. Nada tenía sentido.

Al ver a Jáuregui acercarse, Yungli le miró a los ojos con algo que parecía pena. Quizá indefensión. Se encogió de hombros, esbozó una disculpa con un gesto y, con los labios apretados, desapareció en medio de la noche, dejando a Asier aún más confuso.

—¿Y tú qué coño pintas aquí? —le espetó Jáuregui.

Asier trató de mantener la compostura. Respiró hondo para recuperar el aliento tras la carrera y respondió:

—El hombre que ha disparado, el asesino del príncipe, está ahí dentro.

Jáuregui lo miró con frialdad.

—Repito: ¿y tú qué coño pintas aquí? Esto no es asunto tuyo. Desaparece.

Asier se negó a dejarse intimidar y dio un paso adelante.

—El asesino se llama Johannes Bernhardt, es un empresario nazi. Pero tú esto ya lo sabes, ¿no? El otro día te hizo una visita…

No pudo terminar; Jáuregui lo interrumpió, se acercó tanto que Asier casi notó su aliento.

—A ver si nos entendemos —dijo Jáuregui—: tú eres un maricón de mierda y, además, un criminal. Una palabra mía y estás en la cárcel. Y ya sabes lo que les pasa a los maricones en la cárcel. Así que desaparece y no me toques más los cojones.

Las palabras cayeron sobre Asier como un mazazo. Sin articular respuesta, dio un paso atrás. Se dio la vuelta y luchó por contener las lágrimas.

Miguel estaba bloqueado.

Para empezar, las armas le daban pavor. El sonido de los disparos le había revuelto el estómago.

Ahora, viendo ante sí el cadáver del príncipe Nikolai, con el que había estado hablando apenas hacía unos minutos, sentía ganas de vomitar.

Pero lo que más le aterrorizaba de todo era que él, él solo y nadie más, había introducido al asesino en aquella fiesta.

Volkov ha muerto por mi culpa.

Por eso no había podido contenerse. Por eso había dado la voz de alarma.

Pero ahora todo el mundo sabía que él, de algún modo, estaba involucrado. Se había puesto a sí mismo en el ojo del huracán.

Mamá me mata.

Vio por el rabillo del ojo que Isabel se marchaba con el vicecónsul, con Julio de Larracoechea.

Pero su jefe se quedaba allí, con sus colegas de Francia, Inglaterra y Estados Unidos, intentando aclarar de quién era la jurisdicción.

Bien. Mientras el debate fuera por esos derroteros, a nadie se le ocurriría preguntarle a él quién era exactamente Johannes Bernhardt, de qué lo conocía, por qué lo había llevado a la fiesta.

Andrés, me cago en tu madre. Me has metido en un lío de los gordos.

Quizá nadie se diera cuenta. A ver, Isabel lo sabía, y el cónsul también, por descontado, igual que Jáuregui…

, pero todos habían estado encantados de recibir a un leal partidario del Führer, no podían culparlo a él de lo ocurrido.

¿O sí? Isabel lo había avisado apenas unos segundos antes.

Miguel ni siquiera había tenido tiempo de reaccionar, todo había sido demasiado rápido.

Por los pelos.

Pero no. Alguien acababa de mencionar su nombre.

Mierda.

—En cuanto Miguel Roxas nos dejó a solas —decía Vázquez Ferrer a los otros cónsules, con la voz extrañamente aguda—, Bernhardt me señaló al príncipe Nikolai y me dijo…

De nuevo, Miguel dejó de escuchar. Le pareció que todo daba vueltas. La boca se le lleno de saliva y sintió un dolor punzante en el estómago. ¿Iba a vomitar? Nada de todo aquello tenía sentido. Él no tenía nada que ver.

—¡Miguel! —gritó Vázquez Ferrer, sacándolo de su ensimismamiento. Eduardo se dirigía a él como un miura en plena embestida—. ¿Me escuchas o te has quedado más alelado que de costumbre?

—Sí —contestó, con un hilo de voz—. Le escucho.

—¿Tienes alguna explicación? ¿Quién demonios es Johannes Bernhardt? Cuando me ha señalado al príncipe Nikolai, tú estabas hablando con él. ¿Qué te traes entre manos?

Miguel parpadeó, tratando de hacer que su cerebro funcionara. Sus peores pesadillas se estaban volviendo realidad.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes? ¡Has sido tú quien ha traído a Bernhardt! Incluso has pretendido… ¡sobornarme! —le acusó, con el dedo apuntándole al pecho—. ¿Por qué hablabas con Nikolai? ¿Para quién trabajas? ¿Para los alemanes o para los soviéticos? ¡Explícate!

Miguel sintió que el pánico comenzaba a apoderarse de él.

—¿Isabel? ¿Dónde está Isabel? Necesito su ayuda…

—Me importa un pimiento dónde está Isabel, ¡exijo explicaciones! Yo soy el cónsul general y estoy al mando aquí, por si se te ha olvidado, jovencito.

Todo estaba confuso en su cabeza, pero tenía algo claro: debía negarlo todo.

—¡Yo no tengo nada que ver con esto! Apenas conozco a Bernhardt, lo vi por primera vez el miércoles en el Paramount, no tengo ni idea de por qué…

—No vas a escurrirte así como así —interrumpió Vázquez Ferrer, cada vez más cerca de él—. A mí no me vas a soltar el muerto, Miguel. Asumirás tu responsabilidad en todo esto.

Miguel miró hacia la multitud. Estaba rodeado de personas que lo observaban con rostros acusadores, como si ya hubieran decidido que él era el culpable de todo lo que había sucedido.

Tengo que salir de aquí como sea.

Su corazón latía cada vez más deprisa. Intentó moverse, deslizarse entre los invitados, huir. Pero el cónsul lo perseguía, apuntándolo con el dedo.

—¡Deténganlo! ¡Que no se marche! ¡Asesino!

En ese preciso momento, un grupo de hombres de la garde municipale irrumpió en el jardín, liderados por un oficial de aspecto grave que se dirigió hacia ellos.

— Qu’es-ce qui se passe ici? —preguntó con tono firme, examinando a los presentes con los ojos muy abiertos.

El corazón de Miguel, que había estado latiendo a toda velocidad, pareció detenerse de repente. El barullo también pareció extinguirse de pronto. Se impuso un silencio pesado, asfixiante, acusador.

—Ha sido él, agente —anunció Vázquez Ferrer—. Miguel Roxas es culpable del asesinato del príncipe Nikolai. Parece que es un agente doble que trabaja para Alemania y para la Unión Soviética.

Mierda, mierda, mierda.

Julio Larracoechea y yo entramos de nuevo al consulado y cruzamos el vestíbulo, que continúa vacío.

El jardín, por el contrario, hierve de actividad.

Las hogueras de San Juan siguen ardiendo, pero algunas han comenzado a extenderse por el césped.

El aire se ha llenado de humo, y aunque la humedad de Shanghái impide que el fuego se descontrole, la sensación de peligro es palpable.

La gente sigue corriendo en todas direcciones, aunque algunos grupos se han quedado paralizados, observando la escena con terror.