Capítulo 11 #4
Las hogueras, que hace apenas un momento eran el centro de la celebración, se han vuelto inquietantes, casi malignas.
Me dan miedo. Las llamas crean un ambiente infernal que me pone la carne de gallina.
Hay gente que corre en todas direcciones, con el rostro desfigurado por el miedo.
Otros se quedan paralizados, incapaces de moverse, como si el horror los hubiera anclado al suelo.
Las voces se mezclan con el crepitar de las llamas y los pasos atropellados.
De pronto, oigo otro grito.
—¡Ahí! Junto al cónsul, se llama Johannes Bernhardt, ¡es el asesino!
Compruebo atónita que ha sido Miguel.
Miro a mi alrededor, intentando distinguir algo entre el tumulto, pero solo veo un torbellino de confusión. Miguel tiene el rostro pálido y los ojos abiertos de par en par. Le hago un gesto de cariño para tranquilizarlo, aunque yo misma estoy bastante asustada.
No puedo quedarme quieta. Tengo que vencer la parálisis.
Saco la cámara, la agarro con fuerza y me sumerjo en la multitud.
Necesito capturar lo que está sucediendo a mi alrededor.
La gente corre, choca entre sí, sus rostros muestran terror y desconcierto.
Algunos tropiezan con las hogueras, avivando aún más las llamas.
A lo lejos me parece ver una zona despejada.
La gente se ha apartado para formar un círculo en torno a un lugar específico.
Camino hacia allí, con la respiración contenida.
A medida que me acerco, veo lo que todos miran: el cuerpo del príncipe Nikolai, tirado en el suelo.
Su elegante traje está manchado de sangre.
En la mano derecha aferra aún el maletín de piel de cocodrilo.
A su lado hay un hombre arrodillado que le toma el pulso con manos temblorosas. Después, acerca su oreja al pecho del príncipe y levanta la vista.
—Está muerto —anuncia—. La bala le ha acertado en el corazón.
El caos a mi alrededor es total, pero me mantengo firme, con la cámara aún entre las manos.
Mientras la conserve, conservaré algo de control sobre lo que sucede.
Es mi salvavidas en medio del naufragio.
Como una autómata, sigo fotografiando el cuerpo sin vida.
Entonces veo una figura que se mueve entre la multitud: es el vicecónsul, Julio de Larracoechea.
Su rostro refleja la más absoluta concentración.
No puedo dejar de admirar que sepa mantener la profesionalidad en un momento como este. Cuando me ve, se dirige hacia mí.
—¿Qué ha ocurrido?
—Han disparado al príncipe Nikolai… —respondo—. Está muerto.
Al instante llega el cónsul francés, Marcel Baudez. Después de todo, estamos en su concesión. Lo acompañan Fitzgerald y Davis, sus colegas británico y americano. Este último me dirige una mirada de reconocimiento.
— Et qu’en est-il du meurtrier? —pregunta el francés, entre jadeos—. ¿Alguien ha visto quién ha sido?
—Ha sido ese hombre, el alemán, Johannes Bernhardt —dice Miguel, que de algún modo se ha abierto paso entre la multitud y ha llegado hasta nosotros.
—¿Cómo? —pregunto, con un nudo en el estómago.
—Lo he visto perfectamente —continúa Miguel—. Dejé a Bernhardt con el cónsul, querían hablar a solas. No llevaban ni cinco minutos de conversación cuando el alemán sacó una pistola y disparó contra el príncipe. Vi con toda claridad cómo la escondía debajo de su chaqueta antes de echar a correr.
La gravedad de lo que acaba de decir cuelga en el aire como un nubarrón imposible de disipar. Miro a Miguel, incapaz de encontrar las palabras adecuadas. ¿Cómo es posible? La imagen de Bernhardt con la pistola en alto me da escalofríos.
Las llamas de las hogueras siguen ardiendo, proyectando sus sombras demoníacas sobre nosotros. Mientras, el cuerpo sin vida del príncipe Nikolai yace a nuestros pies. La noche de San Juan se ha convertido en una pesadilla.
— A la khe jieh luh! — grita una mujer en shanghainés —. Yo lo he visto. El hombre que disparó salió huyendo por allí —señala hacia la tapia del jardín del consulado, que da directamente a la calle—. Salieron detrás de él otros dos, quizá tres, no estoy segura.
Las palabras de la mujer resuenan en el aire, y por un instante, todo se queda en silencio. Mis ojos siguen la dirección que señala, pero la oscuridad detrás de la tapia es impenetrable. No hay ningún rastro visible del asesino.
El vicecónsul Larracoechea es el primero en reaccionar.
Veo que intenta mantener la calma, pero puedo percibir en él una urgencia creciente y, quizá cierta exasperación con su jefe, que no parece dispuesto a hacerse con las riendas de la situación.
Él y Baudez intercambian una mirada. El francés se aclara la garganta.
—Estamos en el consulado español —murmura—. La jurisdicción es suya, aunque estemos en la concesión francesa. Je ne veux pas marcher sur vos plates-bandes , ya me entiende. No quiero excederme en mis funciones.
—Por otro lado, el presunto asesino es alemán —interviene Davis, que sigue sin separarse de su colega—. Mal que me pese, según los acuerdos de extraterritorialidad, debería ser juzgado bajo ley alemana…
—Y la víctima es un ruso blanco exiliado: un apátrida, ya que los soviéticos les han retirado la nacionalidad —añade Fitzgerald—. La jurisdicción corresponde a las autoridades chinas. ¡Un problema digno de un catedrático de derecho internacional!
Miro a los tres cónsules, atónita. El príncipe Volkov acaba de ser asesinado a sangre fría y ellos debaten como si estuvieran en la facultad.
—¿Alguien ha visto al cónsul general? —interviene Larracoechea—. ¿Eduardo?
En ese momento, Vázquez Ferrer aparece entre la gente. Al contrario que su segundo, se le ve aterrorizado. Su tez está demudada, como si hubiera visto a un fantasma. Apenas parece consciente de su entorno mientras se acerca con los ojos desenfocados.
—Esto no es asunto mío —sentencia, con voz temblorosa—. Yo no tengo nada que ver. Soy una víctima.
Larracoechea sacude la cabeza, obviamente atónito.
—Está bien, supongo que hay que avisar a la garde municipale para que ellos determinen cuál es la jurisdicción competente, ¿le parece, monsieur Baudez?
—Muy prudente, amigo mío, muy prudente.
Larracoechea dirige la mirada hacia Vázquez Ferrer, que sigue paralizado, incapaz de reaccionar. Al constatar por fin que su jefe no puede tomar el mando, apoya la mano en mi hombro.
—Por favor, ayúdame —susurra—. Me parece que eres la única persona sensata por aquí.
Miro a Miguel, que continúa en pleno ojo del huracán, en primera fila, contemplando el cuerpo del príncipe con los ojos como platos. Me giro hacia Larracoechea y asiento. Juntos, nos dirigimos hacia el interior del consulado en busca de un teléfono.
—¿Estás seguro de que quieres llamar a la garde municipale , Julio? —pregunto entre susurros—. Es vox populi que están vendidos a la Banda Verde…
—No tenemos alternativa, Isabel. Esto es la concesión francesa. Estamos en sus manos.
—Que Dios nos pille confesados.
Los disparos resonaron en el jardín del consulado, cortando de raíz el bullicio de la celebración. Por un instante todo se detuvo. Asier y Yungli se miraron y salieron corriendo a la vez hacia donde se había escuchado la detonación.
—¡Ahí! Junto al cónsul, se llama Johannes Bernhardt, ¡es el asesino!
Reconoció la voz de Miguel. Parecía que había logrado identificar al autor de los disparos.
Tardaron apenas unos instantes en llegar a la tarima donde, minutos antes, el cónsul había pronunciado su discurso.
Asier vio a Bernhardt correr entre la multitud en dirección a la tapia que rodeaba el consulado.
No tuvo tiempo de reaccionar antes de que el alemán saltara sobre ella y desapareciera de su vista.
Con el corazón latiéndole con fuerza, lo siguió sin dudar, con Yungli pisándole los talones.
Ambos treparon la tapia. Sus manos se aferraron a la piedra mientras las piernas impulsaban sus cuerpos hacia delante.
—Asier, quédate aquí, déjame que me ocupe yo de esto —jadeó Yungli.
—¡Vete a la mierda! —replicó Asier sin detenerse—. ¡No pienso dejar que te escapes con tu amiguito!
Saltaron al otro lado del muro y se lanzaron a la Avenue Joffre.
A solo un centenar de metros, Bernhardt corría a toda velocidad.
Su silueta apenas se distinguía entre las sombras.
Asier sintió la rabia que lo empujaba a seguir.
No podía permitirse perder de vista a su objetivo.
Yungli corrió a su lado y le lanzó miradas furtivas.
Un ruido a sus espaldas les indicó que alguien más había saltado la tapia y estaba tras ellos.
Asier no se detuvo a mirar quién era. Ahora solo importaba Bernhardt, que en ese preciso momento tomó un desvío a la derecha, dirigiéndose hacia el límite de la concesión.
Se acercaban al cementerio de Bubbling Well, un lugar que, en la penumbra, parecía aún más sombrío de lo habitual. ¿Sería ese su destino?
No: el alemán fue directo a la salida de la concesión francesa.
Con el aliento entrecortado, Asier vio a Bernhardt extraer el pasaporte y mostrarlo rápidamente a los soldados chinos que custodiaban la frontera con la ciudad china. Sin decir palabra, los militares le permitieron pasar.
Yungli les lanzó una orden en shanghainés que Asier no terminó de comprender:
— Juntong de tsin-tsa, nyan khe-menh!
Algo sobre abrir la puerta, pero ¿qué demonios era un juntong ? En cualquier caso, pareció funcionar. Los soldados les permitieron el paso sin pedirles documento alguno.
Bernhardt siguió corriendo hasta llegar a un edificio señalizado como Deutsche Schule .
Había dos hombres frente a la puerta: un militar nazi y lo que, a todas luces, era un alto mando del ejército imperial japonés.
Tras un instante de desconcierto, lo identificó: el general Iwane Matsui, uno de los gerifaltes del ejército japonés estacionado en Shanghái.
Su rostro salía a diario en los periódicos.
Matsui abrió la puerta, acompañó a Bernhardt al interior y cerró tras él.