Capítulo 11 #3
—Si es un asunto de mujeres, es comprensible, amigo mío.
Perdóneme a mí por interponerme en su camino.
—El príncipe se acercó a él y continuó en un tono mucho más bajo, casi en susurros—.
No quiero robarle su precioso tiempo, pero, ya que le veo aquí, me gustaría comentarle un asunto, bueno, no confidencial, pero sí que requiere cierta… discreción.
—Faltaría más.
—Me preguntaba si podría interesarle un pequeño negocio que tengo entre manos. Nada relacionado con los bienes convencionales, claro está.
Miguel arqueó una ceja, intrigado.
—¿De qué tipo de negocio estaríamos hablando, alteza?
Volkov miró a su alrededor, asegurándose de que nadie estuviera escuchando, antes de continuar en voz baja.
—He tenido acceso a una cierta cantidad de dinero y me preguntaba si…
, bueno, si quizá podría invertir en su compañía de una forma discreta, sin que se conozca mi nombre, ¿comprende?
No quisiera que se hiciera público que, en fin, que he obtenido este pequeño patrimonio.
Una herencia lejana, ¿sabe? Y tampoco quiero dejar el dinero parado. Dada la reputación de su familia…
Miguel mantuvo la expresión neutra, aunque la propuesta lo sorprendió. Entendía que Shanghái era un lugar donde se cruzaban todo tipo de negocios, pero esta oferta parecía sobrepasar los límites.
—Es un asunto delicado, sin duda, alteza. Mi primo Andrés Soriano es, como sin duda sabe, el que dirige los negocios de la familia. Hablaré con él y le daré una respuesta lo antes posible.
Volkov asintió, complacido con la respuesta.
—Aprecio su discreción, señor Roxas. Estaré esperando su respuesta con interés.
Asier estaba agotado. La noche anterior había estado hasta las tantas en el Paramount.
Al final se había llevado a Jakob con él.
En el estado en que se encontraba, no se había atrevido a dejarlo solo en casa.
Le había prestado uno de sus esmóquines de trabajo, que le quedaba un poco grande de pecho y algo corto de mangas y pantalones, pero aun así le daba un aire lo bastante sofisticado como para entrar en el local.
La presencia de su amigo lo había llevado a beber más de lo habitual durante el turno.
Al volver juntos a casa, habían seguido con la cerveza —fría, por supuesto— y bueno…
El resultado era un dolor de cabeza monumental, pero no le quedaba otra que aguantar. Tenía que ganarse la vida y, además, se lo debía a Isabel. Tenían que averiguar qué estaba sucediendo en Shanghái. En qué andaban metidos tanto Yungli como el señor Roxas.
Llevaba en la mano derecha una bandeja cargada de comida típica española: pequeñas tapas de jamón serrano, pinchos de tortilla de patatas y croquetas para ofrecer a los invitados.
Aprovechaba su libertad de movimientos para observar cada detalle de lo que ocurría en la fiesta.
Un poco más allá estaba Isabel, charlando con el vicecónsul y con una pareja china.
También veía al señor Roxas, que había dejado a Bernhardt a solas con el cónsul y parecía confundido.
Cerca de ellos, el príncipe Nikolai conversaba con un grupo de diplomáticos.
Era extraño que la princesa no lo acompañara.
Normalmente, iban juntos a todos los actos sociales.
Tenía que averiguar de qué hablaban Bernhardt y el cónsul.
Decidió acercarse con la bandeja para intentar escuchar lo que discutían, pero un rostro entre la multitud lo hizo cambiar de objetivo.
Entre los invitados, creyó adivinar la figura de Yungli.
Llevaba un traje oscuro de corte occidental, una camisa clara y una corbata corta y estrecha, con el nudo pequeño.
En ningún caso la indumentaria de un «pobre» comprador.
Claro que tampoco era lo bastante ostentoso para un miembro de la Banda Verde.
Yungli permanecía algo apartado, como si quisiera pasar inadvertido, pero sus ojos recorrían el jardín con atención, captando cada detalle.
Asier sintió cómo el enfado volvía a hervirle por dentro. ¿Qué demonios hacía allí? ¿Es que no podía dejarlo en paz ni un segundo? Sin soltar la bandeja, se dirigió hacia él.
—¿No decías que esto era tan peligroso? —le preguntó en voz baja, con tono mordaz—. ¿Qué haces aquí, pues?
Yungli se apartó un poco más del bullicio. Asier lo siguió y se detuvo frente a él, esperando una respuesta.
—Va a suceder algo esta noche —dijo Yungli con voz tensa—. Por favor, busca dónde ocultarte.
Asier frunció el ceño.
—¿Qué? No soy ningún cobarde.
Yungli lo miró con una intensidad que Asier no pudo ignorar.
—Si alguna vez has sentido algo por mí, hazme caso y busca una excusa para marcharte. Refúgiate en las cocinas y ponte a lavar platos si hace falta, pero aléjate de aquí.
Asier dio un paso atrás, incrédulo.
—¿Estás loco? ¿Qué demonios…?
Yungli lo interrumpió, la voz cargada de urgencia.
—Sobre todo, aléjate de Bernhardt. De Bernhardt y del príncipe Volkov…
Antes de que Asier pudiera responder, se escuchó el sonido de un disparo, seguido casi al instante por otro. Las detonaciones, secas y contundentes, cortaron el aire festivo, sumiendo el ambiente en un silencio denso y asfixiante.
El eco de los disparos aún flotaba cuando Yungli sacó un revólver.
Asier reconoció el modelo al instante, una Smith a Tetuán, en concreto —murmuró—, pero no me dio más detalles.
—¿A España? Pero eso no tiene sentido, el opio se importa desde la India a China…
De repente, un disparo resonó en el aire, seguido rápidamente por otro. La gente comenzó a chillar, y, en un instante, el caos se apoderó del jardín.
—¡El príncipe! ¡Han matado al príncipe Nikolai!
Miguel miró a su alrededor, tratando de identificar de dónde venían los gritos. Entonces lo vio. No hacía ni cinco minutos habían estado juntos. Bernhardt, aún agarrado del hombro del cónsul, se guardaba una pistola debajo de la chaqueta con disimulo.
Nadie había reparado en él.
Solo Miguel.
—¡Ahí! —chilló—. Junto al cónsul, se llama Johannes Bernhardt, ¡es el asesino!
El alemán le clavó una mirada de odio y echó a correr en medio del gentío.
—¡Han matado al príncipe Nikolai!
Me he quedado paralizada. Las palabras retumban en mis oídos, como la onda expansiva de una bomba. Han. Matado. Al. Príncipe. Nikolai. Estaba convencida de que iba a pasar algo…, pero ¿esto? No esperaba verme envuelta en un asesinato.