La noche cae sobre Shanghái Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Teodoro Jáuregui aparece en el visor de mi cámara.

No me extraña que esté aquí, es uno de los empresarios más importantes de la colonia española.

Está rodeado por su equipo de pelotaris, gesticulando con vehemencia.

A saber qué les estará diciendo, con su tono siempre tan combativo.

Sigo haciendo fotos. De pronto, mi objetivo capta a Asier hablando con alguien, un joven chino bastante atractivo.

Es Yungli, lo he visto solo en un par de ocasiones, pero no suelo olvidar una cara.

Algo en su postura y en la manera en que Asier le habla me hace pensar que están discutiendo.

Al fin doy con Miguel. Está con Johannes Bernhardt.

Los dos avanzan con paso firme, y veo que se dirigen directamente hacia el cónsul.

Mi corazón da un vuelco. Necesito saber qué están tramando.

Bajo la cámara y me dispongo a acercarme, lista para interceptarlos, para escuchar cualquier palabra que pueda darme una pista.

Tengo un mal presentimiento.

Justo cuando empiezo a abrirme camino entre la multitud que se mueve al ritmo del pasodoble, me cruzo con el vicecónsul, Julio de Larracoechea. Está hablando con un caballero chino vestido a la occidental al que reconozco de inmediato.

Wu T’ung-wen.

Ya estamos todos. No falta nadie.

Lo acompaña una mujer que, por su actitud, podría ser su esposa, o una de ellas, vamos. El vicecónsul, al verme, interrumpe su conversación y me hace un gesto para que me acerque.

—Señorita de la Cruz, qué alegría verla aquí.

Su sonrisa es cálida y su tono tan jovial como siempre.

No puede ser más diferente de su jefe: Julio es un encanto mientras que Eduardo es un imbécil.

Me detengo, con el corazón dividido. Estoy deseando seguir hacia Miguel y Bernhardt, que ya han alcanzado al cónsul, pero no quiero perder la oportunidad de saber más del misterioso Wu.

—Vicecónsul Larracoechea, siempre un placer —respondo.

—Permítame que le presente al señor Wu T’ung-wen y a su encantadora esposa, Pei Lin.

—Es un placer conocerla, señorita de la Cruz —dice Wu con una cortés inclinación de cabeza. Su voz es tranquila pero firme. Parece el tipo de hombre acostumbrado a que lo escuchen.

Pei Lin, como buena esposa china, no abre la boca, pero me dedica una tímida sonrisa. Me pregunto si será la primera o la segunda esposa. Asier no me ha dado tantos datos.

—El placer es mío, señor Wu —respondo, sonriendo mientras estrecho su mano. Me siento fascinada por su presencia, y no puedo evitar preguntar—. Siempre me he preguntado por qué la Casa Verde lleva ese nombre. ¿Tiene algún significado especial?

Wu asiente, complacido por la pregunta.

—Le puse ese nombre en honor al origen de mi fortuna.

Durante la guerra con los japoneses, vendí grandes cantidades de tinte verde al ejército para teñir los uniformes.

Ese color verde fue la clave de mi éxito, y pensé que era apropiado bautizar mi casa con el símbolo de la prosperidad que me ha traído.

Asiento, impresionada, aunque incrédula.

En ese instante se acerca Asier con una bandeja de croquetas.

No es posible imaginar un menú más español.

Le dirijo una sonrisa al tiempo que cojo una.

Wu también se queda mirando a mi amigo con una intensidad poco frecuente.

Asier es un bombón, no me extrañaría que le haya gustado.

Solo espero que no pretenda captarlo para su harén.

—Y, señor Wu, ¿a qué línea de negocio se dedica actualmente? —pregunto, guiñándole el ojo a Asier con disimulo. Él se aleja con una ligera sonrisa.

—La señorita de la Cruz, como puede usted comprobar —interviene el vicecónsul—, es periodista, una de las más agudas de Shanghái.

—Solo fotógrafa, pero confieso que me interesa el mundo de la empresa. —Es mentira, pero Larracoechea tiene razón: parece que estoy sometiendo al señor Wu a un interrogatorio. Debo tener más cuidado—. Antes de morir, mi padre era empresario, en Manila.

—Ah, ¡comprendo! Ahora que China y Japón han hecho las paces, el negocio de los uniformes no va tan bien como antes, pero por suerte mi imperio ha crecido mucho desde entonces —responde, con un destello de orgullo en los ojos—.

La última novedad es que acabo de entrar como accionista en la Oficina Nacional de Opio y Tabaco…

Es similar a la Compañía General de Tabacos de Filipinas, si no me equivoco.

¿No tendrán sus padres algo que ver con ella?

La conversación no ha hecho sino avivar mi curiosidad.

No puedo evitar establecer una relación entre la Casa Verde, la Banda Verde y el reciente interés de Wu por el negocio del opio.

El monopolio de la amapola es un tema espinoso, y saber que Wu está involucrado en él solo alimenta mis sospechas.

La Oficina Nacional es el monopolio del tabaco y el opio que ha creado el Gobierno del generalísimo Chiang Kai-sheck para intentar poner un poco de orden en el comercio de estas sustancias.

Sí, es parecida a la Tabacalera filipina, aunque con una importante diferencia.

—En Filipinas y en España, el opio es ilegal —señalé—. Pero sí, mi padre era socio de la Tabacalera.

—El comercio sigue siendo el comercio, sea tabaco, opio… o personas.

Las insinuaciones de Wu T’ung-wen me indignan y quiero rebatirle, explicar que Filipinas ya no tiene nada que ver con el tráfico de opio, pero en ese momento veo a lo lejos a Miguel y Bernhardt, que ya han alcanzado al cónsul. Empiezan a hablar, y siento que no puedo dejar pasar esta oportunidad.

—Ha sido un placer conocerlo, señor Wu, señora Wu —digo con prisa mientras les dirijo a ambos una leve inclinación de cabeza—. Vicecónsul Larracoechea, siempre es un placer saludarlo, pero me temo que debo retirarme. Espero que podamos continuar nuestra conversación en otra ocasión.

Con una última sonrisa, me aparto de ellos. Cada segundo cuenta si quiero averiguar qué se trae Miguel entre manos. Sin embargo, me doy de bruces con el príncipe Volkov. Está solo, la princesa no lo acompaña. ¿Qué hace ahí?

—Señorita de la Cruz —me saluda, con una inclinación—. Me alegro de verla.

Entonces, recuerdo los rumores. Siempre se ha dicho que el príncipe tiene tratos con la Banda Verde. Otro indicio que apunta en la misma dirección. El opio.

—Alteza —respondo, antes de internarme de nuevo en el gentío.

Algo terrible va a ocurrir. Lo presiento.

—Vamos, antes de que se nos escapen —insistió Bernhardt.

Con un gesto, Miguel guio a Bernhardt a través de la multitud, esquivando hogueras a medio encender y camareros provistos de enormes fuelles. Cuando llegaron junto a Vázquez Ferrer, este intercambiaba saludos con los cónsules británico y americano.

—Les ruego que me disculpen, caballeros —dijo en cuanto vio a Miguel, dándose la vuelta para dirigirse a él—. Buenas tardes, amigo. ¿Entiendo que este es el caballero al que querías presentarme?

—En efecto, señor cónsul. Este es herr Johannes Bernhardt, el empresario alemán del que le hablé. Y aquí tiene las tasas oficiales que teníamos pendientes de liquidar.

Con la mano temblorosa, Miguel le entregó el sobre con los certificados bancarios. Vázquez Ferrer se lo guardó en el bolsillo antes de estrechar la mano de Bernhardt con gesto firme y profesional.

—Es un auténtico placer, herr Bernhardt —dijo, mostrando esa sonrisa suya tan particular—. Me comenta el señor Roxas que quiere hacer usted negocios en Shanghái. Si puedo serle de ayuda en algo…

—En efecto, herr konsul . Pero me gustaría hablar con usted en privado. Miguel, ya puedes marcharte. Gracias por tu ayuda.

Vázquez Ferrer no mostró objeción, sino que asintió con un leve movimiento de cabeza. Miguel, algo desconcertado, retrocedió un paso.

¿Así de simple?

En el fondo, se sintió aliviado mientras se alejaba de los dos hombres que ahora conversaban en voz baja.

Caminó entre los invitados sin rumbo fijo, sin saber muy bien qué hacer ahora que había cumplido su misión.

¿Irse a casa? ¿A pintar en su cuaderno? Lo cierto es que no estaba de humor para fiestas.

Su desconcierto se desvaneció en cuanto divisó una figura conocida a lo lejos.

Isabel.

Aquella tarde estaba aún más radiante que de costumbre.

Llevaba un vestido blanco que la hacía parecer casi un ángel, una cariátide sacada de un templo griego, una diosa.

Fue como si una brisa de aire fresco atravesara el jardín, despejando las tinieblas de su mente.

Ella también lo vio, sus miradas se cruzaron.

Se la veía preocupada. Miguel esbozó una sonrisa y comenzó a abrirse paso entre los invitados con movimientos cada vez más rápidos, más ansiosos.

Estaba a punto de alcanzarla cuando se dio de bruces con un hombre mayor.

—Joven, ¡tenga cuidado de por dónde anda!

Miguel lo reconoció al instante: era el príncipe Nikolai Volkov.

Volkov vestía un elegante traje de corte europeo, con un chaleco de seda gris perla y una corbata de un tono azul profundo que contrastaba con su cabello canoso.

Llevaba un reloj de bolsillo de oro que asomaba ligeramente del chaleco, zapatos de cuero negro pulidos hasta el brillo y un pequeño maletín de piel cocodrilo.

Todo en él irradiaba aristocracia y refinamiento, como si hubiera salido directamente de una sala de baile en San Petersburgo.

Lo opuesto de Bernhardt.

—Alteza, no sabe cómo lo lamento. ¿Me recuerda? Soy…

—Miguel Roxas, ¡por supuesto! ¡Qué alegría encontrarlo por aquí! —saludó Volkov con su fuerte acento ruso, extendiendo la mano con cortesía—. No se preocupe por el pequeño empujón, ¿dónde iba usted con tanta prisa?

Miguel estrechó la mano del príncipe con respeto, inclinando la cabeza en un saludo formal.

—He visto de lejos a una amiga mía y quería asegurarme de que no la pierdo. Una vez más, lo lamento en el alma.