Capítulo 11
十一
La noche de San Juan
El sol se hunde en el horizonte. Guirnaldas, risas, copas que tintinean. Huele a verano y a barbacoa. A celebración.
Cruzo la entrada del consulado entre trajes claros y vestidos que se mueven con el aire. La comunidad española se ha reunido casi al completo, mezclada con ingleses, chinos, algún alemán. Todos sonríen.
Avanzo mientras me ajusto el vestido. Noto el peso familiar de la Leica en el bolso.
Entonces lo veo. Shao Sunmey atraviesa el jardín con esa elegancia despreocupada tan típica de él.
Me busca. Durante un segundo me invade una vergüenza absurda, infantil, que rechazo de inmediato.
Enderezo la espalda. No he hecho nada malo.
—¡Isabel! Vamos, tengo a los tres cónsules juntos. Nos están esperando.
Me paro frente a él y, por un instante, noto cómo su mirada se detiene en mi rostro. Me resisto a esa intensidad, como siempre, y me concentro en lo práctico. Abro el bolso y saco la Leica. Noto una calma instantánea mientras mis dedos recorren los bordes metálicos de la cámara para prepararla.
—Estoy lista —digo, mirándolo con una leve sonrisa profesional.
Sunmey se abre paso entre los invitados hasta un pequeño grupo algo apartado del resto.
—Sir John Fitzgerald Brenan, His Britannic Majesty’s Consul General. Monsieur Marcel Baudez, cónsul de Francia. Y mister Monnett Bain Davis, el cónsul de los Estados Unidos de América. Señores, les presento a Isabel de la Cruz, la fotógrafa estrella del China Weekly Review.
Asiento con una sonrisa profesional y estrecho la mano de cada uno.
Ya conozco a Monnett Bain Davis de alguna recepción en el consulado americano, pero es la primera vez que estoy tan cerca de los otros dos.
Los tres hombres están en torno a los cincuenta y tienen aspecto serio y distinguido, vestidos con sus trajes de lino asombrosamente libres de arrugas y sus sombreros colocados al milímetro.
—Encantada de conocerlos —saludo.
Mis ojos analizan rápidamente la composición: tres figuras imponentes bajo las luces cálidas de las guirnaldas. El crepúsculo todavía ilumina el cielo. Va a ser fácil conseguir buenas fotos, pero quiero más que eso. Antes de que pueda pensar en cómo dirigir la escena, Sunmey toma la iniciativa.
Es su artículo, después de todo. No el mío.
—Señores, he pensado hacerles unas preguntas para el perfil del periódico mientras Isabel les toma unas fotos. —Hace una pausa para mirar al británico—. Si me lo permiten, empezaré con la cuestión que todos tenemos en mente: ¿habrá guerra en Europa?
La pregunta me pilla desprevenida, pero, en cuanto veo la reacción de sir John, comprendo que no es tan disparatada como podría parecer. El cónsul alza una ceja y sonríe con un aire casi condescendiente.
—En Europa no, jovencito, en el mundo. —Se detiene para dejar que sus palabras calen antes de continuar—. En mi opinión, la gran pregunta ahora mismo es qué hará China. Pero eso lo sabe usted mejor que yo.
Miguel miraba por la ventanilla del coche, aún abierta para dejar entrar el aire.
Era muy consciente del sobre con los 500 dólares de plata en certificados de depósito en el HSBC en el bolsillo de la chaqueta.
Acababa de ponerse el sol y la brisa del atardecer comenzaba a aliviar el calor sofocante de Shanghái.
Chen había aparcado frente a la entrada del hotel Park cinco minutos antes de la hora acordada.
Al fin divisó a Bernhardt que salía del hotel.
Se había puesto un traje gris de lana, totalmente inadecuado para una fiesta al aire libre en pleno mes de junio, e incluso un sombrero de fieltro.
Miguel llevaba un traje de lino blanco y un sombrero panamá del mismo color.
Le hizo un gesto con la mano para llamar su atención.
Bernhardt asintió con una breve inclinación de cabeza y entró en el coche.
—Vamos —dijo, como todo saludo—. ¿Le has explicado al cónsul la naturaleza de la ayuda que necesitamos?
Miguel suspiró. Estaba deseando terminar con aquel asunto y volver a su vida normal.
—Solo le he dicho que mi familia tiene negocios contigo y que necesitamos su ayuda, pero que tú le darás los detalles. Tampoco hubiera sabido qué contarle, la verdad.
Bernhardt se giró ligeramente hacia Miguel. Sus ojos fríos reflejaban las luces de la ciudad, que se habían encendido al caer el sol.
—¿Andrés no te ha hablado del «oro del Rin»? ¿Ni tu madre?
—Mi familia tiene por costumbre no contarme casi nada.
—Mejor así. Tú limítate a presentarme al cónsul, de lo otro me encargo yo.
El resto del trayecto se hizo en un tenso silencio, roto solo por el suave ronroneo del motor del Cadillac.
Las dudas se fueron apoderando de él mientras se acercaban al consulado.
Al llegar, Chen abrió la puerta del automóvil y Miguel bajó, tomándose un instante para respirar hondo antes de que Bernhardt lo alcanzara.
El mayordomo, Wang, estaba en la puerta vestido con su eterno uniforme azul.
Con una reverencia oriental, les indicó que podían pasar.
—Sean bienvenidos, caballeros.
Habían llegado puntuales, por supuesto, como indicaba la etiqueta. Aunque ya había varios grupos desperdigados por el jardín, charlando con entusiasmo de cosas que a Miguel, en ese momento, no podían importarle menos. El ambiente parecía festivo. Ligero. Casi ingenuo.
Y él, fuera de lugar.
Bernhardt, a su lado, irradiaba una energía sombría, casi amenazante, que contrastaba con el entusiasmo de la fiesta. En medio de aquel jardín lleno de colores brillantes, su presencia era una mancha de tinta negra. Miguel lo sentía en la piel. En la nuca. En la respiración.
Lo que más deseaba en ese instante era desaparecer.
Salir del consulado, caminar unas calles, sacar su cuaderno y seguir dibujando las cornisas que le quedaban por registrar.
Había una pagoda reconvertida en farmacia cerca de Avenue Joffre que lo tenía fascinado.
Y un edificio con molduras en forma de dragón que llevaba días intentando atrapar en el papel.
Le bastaba con eso. Papel, lápiz, una sombra tranquila. Nada más.
Pero no era libre.
No aún.
Se obligó a sonreír. A tomar una copa de vino. Observó a Asier, al otro lado del jardín, que ofrecía blinis a un grupo de damas con entusiasmo profesional. Se cruzaron la mirada. El camarero le hizo un leve gesto con la cabeza. Miguel estuvo a punto de responder, de levantar la mano, de acercarse.
Entonces sintió la presión de la mano de Bernhardt en su brazo.
—Vamos —dijo, sin dejar lugar a réplica—. Preséntame al cónsul. No hay tiempo que perder.
Miguel asintió y, alzándose un poco sobre los talones, recorrió el jardín con la mirada en busca de Vázquez Ferrer. No tardó en divisarlo. De pie en una pequeña tarima decorada con banderas españolas, levantaba una copa de cava mientras dirigía su mirada a los asistentes reunidos en el jardín.
—Queridos compatriotas, amigos y honorables invitados—comenzó con voz demasiado aguda—.
Hoy, en la noche de San Juan, nos reunimos no solo para celebrar una tradición milenaria de nuestra patria, sino para reafirmar nuestra fe en lo que España representa.
A miles de kilómetros de nuestra tierra, mantenemos viva la llama de la herencia católica que nos ha forjado a lo largo de los siglos.
Mamá estaría entusiasmada.
El cónsul hizo una pausa, a la espera de que reinara el silencio entre la audiencia.
—En tiempos oscuros, cuando el espíritu de nuestra nación se ve amenazado por fuerzas que buscan disgregar y debilitar, debemos recordar que España no es solo un territorio; es una unidad de destino en lo universal.
Aquí, en Shanghái, lejos de las tormentas que asolan nuestra patria, tenemos una responsabilidad.
No solo como españoles, sino como custodios de un legado inmortal que trasciende la política y el tiempo.
Nuestra fe es el fuego que ha mantenido a nuestra nación en pie.
Miguel no pudo evitar sentir un escalofrío. El cónsul levantó la copa un poco más alto, mirando a los presentes.
—Esta noche encenderemos las hogueras no solo como símbolo de San Juan, sino como la antorcha que ilumina nuestro compromiso inquebrantable con Dios, con España, y con el destino que estamos llamados a cumplir. ¡Por Dios, por España y por la fe que nos une!
Me he despedido de Sunmey y de los tres cónsules en cuanto ha comenzado el discurso. Aprovecho para seguir haciendo fotos mientras Vázquez Ferrer suelta sus habituales diatribas fascistoides.
El jardín del consulado está repleto, es difícil encontrar a nadie.
Las luces parpadean entre los árboles y las hogueras iluminan los rostros de los invitados.
A través del objetivo, trato de analizar la reacción de los asistentes a las palabras del cónsul.
Algunos asienten sin tapujos, otros tienen la frente fruncida y niegan con la cabeza.
Los discursos como este siempre me dejan un mal sabor de boca.
El cónsul termina su intervención. Por fin.
Hermann Kriebel es el primero en subir a la tarima para el brindis.
Siento un escalofrío. Creo distinguir también al embajador italiano.
Se nota que hacen buenas migas y eso no augura nada bueno, preferiría verlo en compañía de Monnet, Davis y sir John, esa es la España en la que creo, pero qué se le va a hacer.
Suben también el vicecónsul y otras personalidades que no acierto a distinguir. La orquesta empieza a tocar.
Es un pasodoble.
A nuestro alrededor, los camareros prenden las hogueras. Las llamas se resisten a brotar, pero el humo enseguida inunda el recinto. Huele a romería, a verbena, a fiesta. Pero yo no estoy aquí para divertirme.