La noche cae sobre Shanghái Capítulo 10
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Capítulo 10

十

El día antes de San Juan

—¿Qué haces aquí? ¿Estás loco? —preguntó Asier—. Jakob puede volver en cualquier momento.

—Tenemos que hablar. —Al principio la voz de Yungli sonó baja y cargada de tensión, pero de pronto cambió la expresión para esbozar una sonrisa traviesa—. ¿Y qué pasa, es que no puedes tener un amigo chino?

Asier resopló, frustrado.

Al fin lo dejó entrar y le hizo un gesto para que se acomodara en el único sofá que tenían en la vivienda, rescatado de un basurero y ya bastante maltrecho. Después se dirigió a la pequeña nevera. Sacó una cerveza y se la ofreció a Yungli, que sacudió la cabeza.

—Ya sabes que no bebo.

—Sí que eres escrupuloso para ser traficante de opio. Dime, ¿qué quieres?

—No he sabido nada de ti desde la otra noche.

—Se supone que he estado enfermo —replicó Asier con un tono sarcástico—. Alguna excusa tenía que poner para salir corriendo del Paramount detrás de tu amigo Bernhardt.

Yungli suspiró profundamente y negó con la cabeza.

—Bernhardt no es mi amigo. De hecho, por eso estoy aquí. Sé que vas a trabajar mañana en la fiesta del consulado español. Te pido que no lo hagas.

Asier lo miró con escepticismo.

—Es la noche de San Juan y va a estar toda la comunidad española. No puedo faltar. Además, me pagan bien.

Yungli negó de nuevo. Su expresión se volvió aún más seria.

—Hay una operación en marcha, y es peligrosa.

Asier se inclinó hacia delante, los ojos fijos en los de Yungli.

—¿Cómo sabes todo eso? Vas a tener que darme todos los detalles si quieres que vuelva a creer una sola palabra de lo que dices.

Yungli lo observó un momento antes de asentir lentamente.

—Prometo contártelo todo —respondió al fin, con una mezcla de resignación y determinación en la voz—. Pero aún no. En cuanto sea posible. Ahora, te pido que confíes en mí.

La paciencia de Asier empezaba a agotarse.

Sintió cómo la ira le hervía por dentro.

Un torbellino de recuerdos lo golpeó: Gorka, el grupo sindicalista, los traficantes.

De ahí, su mente volvió invariablemente al dichoso asunto de la Guardia Civil, la cárcel, la amenaza.

No iba a tropezar otra vez con la misma piedra.

La cerveza tenía esa virtud: siempre hacía que sus sentimientos afloraran en bruto, sin filtro, como un vómito repentino.

—¿Cómo hostias voy a confiar en ti si me mientes una y otra vez? —gritó—. Eres un mentiroso de mierda y un criminal.

Una lágrima se deslizó por la mejilla de Yungli. Se acercó a Asier, con la voz quebrada.

—Por favor, ten paciencia.

Asier lo ignoró, bebiendo su cerveza con expresión endurecida. Yungli, desesperado, se arrodilló frente a él. Sus manos temblorosas alcanzaron las de Asier.

—Sabes que te quiero —susurró—. Haría cualquier cosa por ti.

Asier lo miró con frialdad. Sus palabras fueron cortantes.

—Demuéstralo.

En ese momento se abrió la puerta del apartamento y entró Jakob, que se detuvo en seco al ver la escena.

Todos permanecieron inmóviles, como los actores de una película congelada en la pantalla del cine.

Yungli reaccionó primero y se levantó de un salto.

Asier permaneció inmóvil mientras Jakob avanzaba unos pasos.

Tenía el pelo rubio pegado a la frente por el sudor, el rostro pálido hasta lo enfermizo, los ojos azules enrojecidos, como si hubiera estado llorando.

—¿Ocurre algo? —preguntó, mirando a Yungli.

Jakob no lo conocía, no lo había visto nunca. Hasta ese momento, Asier siempre había logrado mantenerlo oculto. Se aclaró la garganta y respondió con frialdad:

—Yungli ya se iba. Era un tema de trabajo, pero ya no tenemos más que hablar. —Yungli esperó un momento, con los ojos clavados en Asier, suplicante. Pero Asier mantuvo la mirada firme, autoritaria—. Lárgate, ¿quieres? Tengo que descansar.

Con una última mirada, Yungli se dio la vuelta, salió del apartamento y cerró la puerta tras él.

La tensión se disipó un poco, pero el aire seguía cargado.

Jakob sacó una cerveza de la nevera, pero, al notar que no estaba fría, la devolvió a su sitio antes de sentarse junto a Asier en el sofá.

Era evidente que algo lo atormentaba, pero aun así, sus ojos reflejaban preocupación por su amigo.

Le pasó un brazo por los hombros y lo estrechó, como si quisiera consolarlo.

—¿Estás bien?

Asier asintió, aunque su mente seguía confusa y la rabia aún no se había apagado

—Sí, no te preocupes —respondió, tratando de sonar convincente—. ¿Y tú? ¿Qué haces tan temprano en casa? No tienes buen aspecto…

Jakob tomó un sorbo de su cerveza y suspiró.

—Me ha llegado carta de Berlín. Mi hermana Ruth ha desaparecido. La última vez que alguien la vio, se la llevaban en un tren. Están pasando cosas muy raras en Alemania, Asier. No sé qué pensar.

—Seguro que… —empezó Asier.

—¿Sabes? Ruth iba a reunirse conmigo cuando lograra establecerme en Yunnan. No creo que suceda. ¿Y si… y si no vuelvo a verla nunca? ¿Qué sentido tiene buscar una vida nueva, si tengo que dejar atrás a todos los míos?

Asier sintió un nudo en el estómago. Los problemas de su compañero eran mucho más graves que los suyos.

Al final, ¿qué importaba? Él no había cometido ningún crimen, no se había mezclado en ningún negocio sucio.

Si dejaba de ver a Yungli, no se metería en líos.

En cambio, Jakob… Su hermana era la cuarta persona de su familia que desaparecía en los últimos meses.

Primero sus padres, luego su cuñado, y ahora ella.

No supo qué decir para reconfortarlo.

—Sabes… sabes que cuentas conmigo. Estoy a tu lado. Para lo que necesites.

Las palabras le sonaron vacías, insuficientes.

Aun así, Jakob sonrió.

—Lo sé, amigo.