Capítulo 9 #4
Jaime apoya un codo en el mostrador, con una sonrisa de niño travieso.
—Una visita social, me gustaría presentarle a dos amigos.
La secretaria asiente con aire divertido, descuelga el teléfono e intercambia unas palabras en alemán. No entiendo lo que dice, pero el tono es formal y eficiente. Tras unos segundos, cuelga y nos dedica otra sonrisa.
—Acompañadme.
Nos guía a través de un pasillo hasta llegar a unas escaleras que suben en espiral.
Ascendemos dos pisos hasta la planta noble.
Allí nos detenemos frente a una enorme puerta madera.
Se diría que al otro lado está el Kaiser, por lo menos.
La secretaria golpea dos veces y abre sin esperar respuesta.
Al otro lado se abre un despacho amplio y lujoso, con estanterías repletas de libros de cuero, un gran ventanal que da al río y un escritorio casi vacío que domina la habitación.
Hermann Kriebel está sentado tras él, revisando unos documentos con expresión seria.
Cuando alza la vista y ve a Jaime, su rostro se ilumina con una sonrisa amplia.
Se levanta con energía y se acerca con los brazos abiertos.
— Jaime, mein Junge! Was für eine Freude, dich zu sehen!
— Die Freude ist ganz meinerseits, Herr Konsul!
Kriebel suelta una carcajada y se acerca para darle un abrazo y unas palmadas en la espalda. No entiendo casi nada de lo que dicen, pero la familiaridad entre ambos me deja estupefacta. Pienso que, si la entrevista va a desarrollarse en alemán, voy a sacar bastante poco en claro.
Por suerte, el cónsul cambia al español con una fluidez sorprendente.
—Dime, muchacho, ¿qué te trae por aquí?
Jaime hace un gesto hacia nosotros.
—Quería presentarle a mis amigos, Asier y… —titubea un instante, como si no supiera cómo presentarme.
No le doy tiempo a pensarlo. Adelanto un paso, extiendo la mano con firmeza y me presento yo misma.
—Isabel de la Cruz, señor cónsul, del The China Weekly Review.
Por un segundo, noto una sombra cruzar su rostro, pero su sonrisa no se desvanece. Jaime, ajeno o fingiendo no darse cuenta, continúa con su presentación.
—Asier es pelotari, como yo, aunque aún está buscando un hueco en el equipo.
Kriebel se vuelve hacia él, evaluándolo con una mirada rápida y profesional.
—Habrá que hablar con Teodoro Jáuregui entonces.
Los amigos de mis amigos son mis amigos, ¿no decís así en español?
—A continuación, su mirada vuelve a Jaime y le hace una rápida inspección, como si midiera su postura, su complexión, su energía.
Sonríe con aprobación—. Te veo estupendo, Jaime, en plena forma. El Führer estaría orgulloso de ti.
Jaime sonríe, pero hay algo en su expresión, una ligera tensión en la mandíbula, que indica incomodidad.
—Gracias, señor cónsul.
—¿Has pensado en lo que te dije? —continúa Kriebel—. Deberías plantearte la carrera militar. En estos tiempos, la patria te necesita.
Jaime se rasca la nuca, incómodo.
—Escuche, señor cónsul, quería pedirle un favor: mi amiga Isabel quería hacerle una entrevista. ¿Cree que tendrá usted cinco minutos para ella?
El ambiente cambia de inmediato. Kriebel gira la cabeza lentamente hacia mí, con una sonrisa que ha perdido parte de su calidez. Su mirada es fría, escrutadora. Me evalúa, midiendo lo que represento, lo que busco.
—¿Trabajas en el Weekly , has dicho?
Hay algo en su tono que me pone en alerta. No ha dicho el nombre con desprecio abierto, pero sí con una cierta… precaución.
—Sí, señor cónsul.
Hace un leve sonido con la garganta, casi un suspiro, como si acabara de comprender algo.
—Interesante. Siempre me ha parecido un periódico…
—hace una pausa, buscando la palabra correcta— demasiado entusiasta con la propaganda anglosajona, diría yo.
Ya sabes, esa prensa que prefiere pontificar sobre las virtudes de la democracia liberal mientras sus propios imperios siguen gobernando el mundo con puño de hierro.
El cónsul sonríe, como si acabara de decir algo simpático. No parece molesto, exactamente, pero sí alerta. Un animal que huele peligro y decide moverse con cautela.
—En realidad, se trata solo de una pregunta muy breve —digo, manteniendo mi tono ligero, como si el asunto no tuviera mayor importancia—.
El periódico está haciendo un perfil sobre un empresario alemán recién llegado a la ciudad, Johannes Bernhardt, que, según tenemos entendido, es amigo personal suyo…
No llego a terminar la frase.
—Disculpe, señorita de la Cruz —interrumpe Kriebel, con un tono más bien seco, sin el más mínimo rastro de la cordialidad anterior—.
Si quiere concertar una entrevista, tendrá que hablar con el agregado de prensa.
Jaime, por favor acompaña a tus amigos a la puerta, y quédate un momento. Me gustaría hablar contigo después.
El silencio que sigue pesa como la losa de una tumba.
Jaime apenas tarda un segundo en recomponerse, pero ya no tiene esa sonrisa despreocupada de antes. Se lleva una mano a la nuca y asiente con rapidez.
—Por supuesto, señor cónsul.
Parece que no habrá entrevista.