Capítulo 9 #3
Era consciente de que se estaba metiendo en algo complicado.
Peligroso, incluso. A esas alturas, ya debería haber escarmentado, pero no podía evitarlo.
¿Por Yungli? En parte sí. La idea de que fuera miembro de la Banda Verde le ponía los pelos de punta.
No podía permitir que la historia de Gorka se repitiera otra vez.
Asier ya había tenido dosis más que suficiente de problemas con la ley y tratos con los bajos fondos.
Ahora era un ciudadano modelo, reformado, que respetaba las normas.
También estaba Isabel. Ella era su gran benefactora, su amiga, su hermana. Su bihotz-lagun . Si ella estaba metida en aquello, fuera lo que fuese, él también. Lealtad, ante todo. Ese era el hombre que quería ser.
Tardó menos de quince minutos en llegar al Auditórium.
Entró con paso seguro, con la esperanza de encontrar a Jaime Blenner todavía entrenando.
La cancha resonaba con el golpe seco de la pelota contra las paredes.
Blenner estaba allí, concentrado en su juego, junto con otros cuatro pelotaris: Tomás, Isidro, Izaguirre y Salsamendi.
Todos eran rostros conocidos, rostros de amigos, colegas.
No sabían nada de su vida; ninguno tenía idea de quién era Asier en realidad, pero eran sus amigos a pesar de todo. Lagunak.
Cuando Blenner lo vio, sonrió y levantó la mano en un gesto de saludo. Se disculpó con sus compañeros y corrió hacia Asier. El encuentro fue cálido, dos amigos que se entendían con solo mirarse. Todo muy masculino, sin malentendidos. Se dieron un fuerte abrazo, palmadas en la espalda, risas.
— Egun on , Ormaetxe —dijo Blenner con una sonrisa. Los pelotaris siempre se llamaban por el apellido y tenían la deferencia de tratarlo como a uno de ellos—. ¿Cómo va la bizitza ?
— Egun on , Blenner. Mejor ahora, viendo a los amigos —respondió Asier, sonriendo.
Sin necesidad de decir nada, ambos echaron a andar hacia el bar.
Se sentaron cerca de la ventana. El camarero se acercó con una botella de sidra y dos vasos.
Sirvió un culín en cada uno con destreza, dejando que la espuma bailara un instante antes de asentarse.
Asier apuró el suyo y jugó unos segundos con el vaso vacío entre las manos antes de entrar en materia.
—Mira, Blenner, he venido porque… estoy saliendo con una chica, una periodista.
Su amigo arqueó las cejas, quizá más sorprendido de lo que debía, y soltó una carcajada.
—¡Hostia, hombre! ¡Qué calladito te lo tenías! —exclamó, dándole una palmada amistosa en el hombro.
Asier sonrió, pero había una tensión en su gesto, un malestar que intentó ocultar. Continuó deprisa, deseando pasar de ese tema cuanto antes.
—Sí, bueno… Resulta que su jefe le ha encargado una entrevista con el cónsul alemán, pero no tiene contactos. Tú… tú has jugado delante de él algunas veces, ¿no? ¿No conocerás a alguien que pueda ayudarla a conseguir esa entrevista?
Blenner rio de nuevo, esta vez con una sonrisa pícara.
—¡Hombre, por un amigo, faltaría más! Y más si es un asunto de mujeres. Mira, esta tarde pensaba acercarme al consulado para renovar el pasaporte —se inclinó hacia Asier y le susurró—: no se lo digas a nadie, pero conservo los dos, ¡nunca se sabe!
Asier asintió, aliviado de que Blenner se tomara la situación con ligereza y pareciera dispuesto a ayudar.
—Yo, ni pío.
—¿Por qué no venís conmigo y vemos si pillamos al cónsul?
Asier se puso tenso de nuevo. La noche anterior había salido del trabajo sin dar explicaciones. Solo tenía dos opciones: fingir enfermedad y encerrarse en casa, o volver al Paramount como si nada y soportar la bronca de James.
Dejar sola a Isabel no era una opción.
—¿A las tres en la puerta del consulado? Después tengo que ir a trabajar.
Blenner asintió con una sonrisa amplia.
—Eso está hecho, campeón. Y ten cuidado, que como esté buena lo mismo te la quito, ¿eh?
Ambos rieron, aunque a Asier su propia risa le sonó forzada.
Se despidió de Blenner con un apretón de manos, sintiéndose un poco sucio, pero satisfecho de haber conseguido lo que quería.
Echaron a andar hacia la salida cuando, de pronto, casi chocó con una figura siniestra.
Reconoció de inmediato al hombre que tenía frente a él, aunque el alemán no tenía ni idea de quién era él.
Asier observó cómo Johannes Bernhardt, con su andar decidido, se dirigía hacia el interior del Auditórium.
Sin pensarlo dos veces, decidió seguirlo hasta la puerta del despacho de Teodoro Jáuregui, que estaba entreabierta.
Bernhardt entró sin llamar.
—Teodoro, ¿verdad?
Asier se escondió detrás de una columna y procuró no respirar. Si lo descubrían, tendría que inventarse una excusa muy buena. Y al carajo la ayuda de Blenner.
—El mismo. Y tú tienes que ser Johannes, ¿no? —preguntó Jáuregui. Después, esbozó una sonrisa siniestra, puso un brazo en alto y gritó—: Heil Hitler!
—Heil Hitler! —respondió al instante Bernhardt.
Asier sintió un escalofrío. Había prometido no volver a meterse en política, y aunque intentaba mantenerse al margen, sabía —por su compañero de piso— que los nazis eran una amenaza seria.
—Me dijo Andrés que vendrías. ¿Cómo está el muy cabrón? —continuó Jáuregui, ya con tono más distendido—. Hace años que no lo veo, ¿cómo está?
—Te manda saludos. Pero kommen wir zur Sache , vamos al grano, como decís los españoles. Tenemos trabajo para ti.
—Lo que mande don Andrés Soriano.
Bernhardt cerró la puerta y Asier ya no pudo escuchar más.
Se quedó quieto, intentando procesar la información.
Sabía que debía irse antes de que alguien lo viera o sospechara.
Con los pensamientos revoloteando en la cabeza y un nudo en el estómago, se alejó a grandes zancadas del despacho de Jáuregui.
—¿Y estás seguro de que dijo Andrés Soriano? —le pregunto a Asier una vez más, intentando ocultar la punzada de ansiedad que me causa ese nombre.
—Pues claro, no me lo voy a inventar —responde él, con esa seguridad que siempre parece tener a mano cuando más falta hace—. ¿Es el primo del señor Roxas, entonces?
—Es más que eso —confieso, sintiendo cómo el pasado se enreda en mi garganta con algo que podría parecer ganas de llorar, aunque no, eso no ocurrirá jamás—.
Andrés y yo fuimos… estuvimos… tenemos un pasado, Asier.
Miguel ya me había dicho que era Andrés el que le había metido en este lío, pero, la verdad, que esté metido de hoz y coz no augura nada bueno.
Asier no pregunta. Me mira con su habitual expresión seria, pero no dice nada. Quizá intuye que hay cosas que no quiero explicar ahora mismo. Antes de que el silencio se haga incómodo, una voz fuerte y cargada de acento vasco irrumpe en el aire.
—¡Pero mira quién está aquí!
Me doy la vuelta justo a tiempo para ver a un hombre alto y robusto acercarse con paso firme.
No puede ser otro más que Jaime Blenner, el amigo pelotari de Asier.
Su cabello rubio brilla bajo el sol, y sus ojos azules —de ese azul tan claro que parece casi imposible— se fijan en mí con curiosidad y una chispa de diversión.
Podría pasar por el alemán perfecto, de esos que tanto le gustan a Hitler, si no fuera por la musculatura rotunda de un vasco que lleva toda la vida jugando al frontón.
Se planta frente a mí con una sonrisa amplia y, para mi sorpresa, me hace una reverencia exagerada, torpe y completamente fuera de lugar.
—Entonces tú eres la novia del Ormaetxe, ¿eh? —dice, con una sonrisa burlona—. Me tienes que decir cómo te ha engañado este desgraciado.
Parpadeo un par de veces antes de soltar una carcajada. Asier resopla y sacude la cabeza, claramente acostumbrado a las tonterías de su amigo.
—Soy Isabel —respondo, tendiéndole la mano con una sonrisa—. Encantada. Y gracias por ayudarme con este tema.
Jaime estrecha mi mano con firmeza, aunque noto que hubiera preferido darme dos besos. O tres. O cuatro.
—No es nada —dice con naturalidad—. Vamos dentro. Con suerte, el cónsul debería estar en su oficina.
Cruzamos el umbral. El interior huele a piedra pulida, a cera, a papel viejo.
Hace fresco. Reina el silencio, un silencio grueso, que lo cubre todo.
Fuera, el Bund sigue rugiendo. Aquí no llega el ruido.
Ni el calor. Es viernes y se nota. No hay apenas movimiento.
Ningún portazo, ningún teléfono, solo un murmullo bajo en recepción.
Parece que el día se ha ido apagando sin que nadie lo note.
Jaime avanza con paso seguro. Nos lleva hasta el mostrador de recepción, donde una joven alemana de pelo rubio y perfectamente peinado revisa unos documentos con expresión distraída. Cuando nos ve llegar, alza la vista y sonríe.
— Hallo, schätzchen! —saluda Jaime, con un tono descarado que me hace arquear una ceja. Juraría que la ha llamado «preciosa»—. ¿Sabes si el cónsul está disponible?
Ella responde con una sonrisa coqueta, dejando de lado los papeles.
— Hallo, Jaime. Claro, herr Kriebel está en su despacho. Déjame que le pregunte si puede recibirte. ¿Es por algún tema concreto?