La noche cae sobre Shanghái Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—De hecho, sí. Lo seguí hasta su habitación en el hotel Park y no vas a imaginarte quién fue a verle: el cónsul alemán, Hermann Kriebel.

Me consta que él y Bernhardt ya se conocían.

Supongo que no tiene nada de extraordinario que un empresario se encuentre con su cónsul, pero… ¿a esas horas? ¿En el dormitorio?

—¿Oíste lo que decían?

—Solo acerté a escuchar el saludo nazi, después cerraron la puerta y yo me fui volando de allí. Me encantaría saber de qué hablaron, pero no tengo acceso libre al consulado alemán, si te soy sincera…, si todavía fuera el americano, o incluso el inglés…

Asier se queda pensativo por un instante.

—Yo tengo un amigo alemán, Jaime Blenner.

Hispano-alemán, vamos. Es pelotari igual que yo, aunque con más suerte, porque él sí que ha conseguido que Teodoro Jáuregui lo contrate para el equipo.

Recuerdo que me dijo que el cónsul alemán había ido a verlo jugar una vez.

Puedo preguntarle si tiene algún contacto, si podría conseguir una cita con él para ti.

—Se detiene unos segundos y sonríe, mirándome a los ojos—.

Tendré que decirle que estamos liados o algo así.

Si no, me preguntará qué hostias pinto yo en esto.

Yo no puedo sino devolverle la sonrisa.

—Señor Ormaetxe, será un honor ser su ligue por un día, o por el tiempo que usted considere oportuno.

—Te advierto que soy pésimo como novio. Si no, pregúntale a Yungli.

Y me guiña un ojo.

Lo primero que le sorprendió al llegar al exterior fue el sol radiante que bañaba Shanghái. Era algo muy poco frecuente en aquella época del año, cuando la lluvia y la humedad eran la norma habitual. Con el sol y aquel calor, casi parecía Manila.

Miguel no solía salir los sábados por la mañana, de modo que el chófer no estaba a la vista. Frunció el ceño, pero enseguida le hizo un gesto a un rickshaw que pasaba frente a él. El culi se detuvo y Miguel subió al pequeño carruaje, haciendo que se tambalease hasta que logró hallar el equilibrio.

A este pobre hombre más le vale estar en forma.

—Al consulado español, por favor. Avenue Joffre.

El rickshaw se alejó del Bund en dirección a la concesión francesa.

Miguel sacó su cuaderno del bolsillo interior y lo sostuvo con ambas manos, como si fuera un relicario.

En la primera página, ya abierta, lo esperaban líneas a medio trazar: frontones, esquinas, cornisas.

Desde niño había soñado con ser arquitecto aunque, por descontado, su madre lo había prohibido y lo había mandado de cabeza a estudiar Economía con los jesuitas.

Dedicarse a la arquitectura seguía siendo, en su cabeza, una posibilidad imaginaria.

Como una ruta de escape, una realidad alternativa.

Le bastaban unos minutos así —cuaderno en mano, lápiz apoyado suavemente sobre el papel— para calmarse.

Pasaron frente a una hilera de edificios.

El primero, un bloque haussmanniano perfecto, con persianas de lamas y balcones de hierro forjado.

Luego, una fachada art déco , de líneas limpias y verticales, sobria hasta rozar la arrogancia.

Más allá, un pabellón de tejado verde, típico del sur de China, con aleros curvos y celosías geométricas.

Miguel los esbozó sin detenerse en los detalles.

No importaba la precisión, sino el gesto.

El acto de observar con atención. De bajarse del mundo por un instante y ser otra persona.

La luz del día hacía brillar las piedras. Hasta los edificios menos singulares ganaban encanto bajo aquel sol magnífico, como rostros viejos bien iluminados.

El rickshaw giró hacia la Avenue Joffre.

A esas horas, la calle estaba vacía. Ni coches ni bicicletas.

Solo árboles altos que proyectaban sombras irregulares sobre la acera.

El calor era sofocante, y hasta el propio culi que tiraba del rickshaw avanzaba a un ritmo más lento de lo habitual, como si en efecto el tonelaje de Miguel fuera demasiado para él.

¿Debería ofrecerme a tirar yo del carro un rato?

Pronto distinguió el consulado español.

No era imponente, pero sí que tenía un aspecto distinguido.

Un edificio de líneas suaves, casi mediterráneas, con muros color crema que reflejaban la luz como si no tuvieran nada que esconder.

El tejado, bajo y de tejas rojas, parecía haber sido traído directamente de alguna costa andaluza o levantina, y allí, bajo el sol de Shanghái, no desentonaba.

Al contrario: se asentaba con dignidad, absorbiendo el calor como un viejo lagarto satisfecho.

La vegetación que lo rodeaba —hiedras, ficus, glicinas quizá— envolvía la fachada como una bufanda tupida.

No era desorden. Era protección. Un modo discreto de decir: aquí no entra cualquiera.

Miguel volvió a guardar el cuaderno. No podía llegar al consulado manchado de lápiz, por muy bien trazado que estuviera el capitel de la esquina. Suspiró. Lo que hubiera dado por construir cosas. Por levantar algo que durara. Pero no, a él le había tocado vender cerveza.

Bajó del vehículo, pagó al culi y se dirigió a la entrada. Tocó el timbre y, después de unos momentos, el mayordomo chino del cónsul abrió la puerta.

—Buenos días, señor Roxas. ¿En qué puedo ayudarle?

Miguel le entregó su tarjeta de visita, tal como le había ordenado su madre.

—Por favor, informe al cónsul de que desearía hablar con él unos instantes —respondió, tratando de sonar seguro.

El mayordomo asintió y desapareció en el interior de la casona.

Miguel esperó en el vestíbulo, admirando los muebles de madera oscura y el impresionante retrato de Sinibaldo de Mas, el prohombre de la diplomacia española en China, que adornaba las paredes.

No había discurso oficial de ningún funcionario español en que no se mencionara a Sinibaldo.

Pobre. Allá donde estuviera, debía de estar harto de que todo el mundo usara su nombre para sus propios fines.

Habían pasado menos de cinco minutos cuando apareció el cónsul Eduardo Vázquez Ferrer. Lo recorrió de arriba abajo con la mirada. La desaprobación era patente en sus ojos.

¿Le habré hecho algo a este hombre en otra vida?

—Acompáñeme a mi despacho —dijo sin rodeos. Miguel siguió al cónsul por un pasillo decorado con alfombras persas y cuadros de paisajes españoles. Entraron en una oficina amplia y bien iluminada, con estanterías llenas de libros y una gran ventana que daba al jardín—. ¿Qué puedo hacer por usted?

La antipatía era evidente.

—Verá, el empresario alemán Johannes Bernhardt está en Shanghái.

Le gustaría asistir a la fiesta del domingo y, bueno, tener unas palabras con usted.

Es por un asunto de familia —explicó, marcando la última palabra con cuidado—.

Estamos cerrando unos negocios con él que requerirían intervención consular y…

, por supuesto, estaríamos dispuestos a abonar las tasas y comisiones correspondientes.

Ya está dicho. Miguel sintió que una gota de sudor se deslizaba por su espalda. Quizá dos. Bueno, tres. Odio, odio, odio estas cosas.

El cónsul asintió lentamente, murmurando para sí mismo. Luego levantó la vista, con una expresión más inquisitiva.

—Comprendo…, claro. ¿Se puede saber la naturaleza del negocio?

Miguel dudó si mencionar el cargamento que había que enviar a Tetuán o no, pero recordó las instrucciones de su madre: limítate a conseguir la entrevista. Mejor hablar de menos que de más.

—Eso se lo explicará directamente el señor Bernhardt. Lo único que nosotros…, que la familia Roxas le solicita, es que acceda a invitarlo a la fiesta de San Juan, el domingo, y que le dedique unos minutos de su tiempo. La tasa, por supuesto, la estipula el consulado.

Miguel ya no solo sudaba por la espalda, también en la frente y en las axilas. Lo que no lograban ni el calor ni la humedad, lo conseguían los nervios. Cómo me gustaría poder salir corriendo de aquí.

—Comprendo. El importe habitual suele ser de 500 dólares de plata. En certificados de depósito en un banco de Shanghái. Para las misiones católicas, por supuesto.

—No hay ningún problema, señor cónsul —dijo, con un hilo de voz.

Por primera vez desde que lo conocía, Vázquez Ferrer le dirigió una amplia sonrisa.

—Eres un chico mucho más espabilado de lo que pensaba, Miguel.

Será un placer ayudaros a ti y a tu familia en cualquier negocio que queráis hacer en Shanghái o en otro lugar de China.

En cuanto a herr Bernhardt —pronunció el nombre en un alemán impecable—, estaré feliz de recibirlo, por supuesto que sí.

Y transmítele mis respetos a doña Carmen.

No la conozco en persona, pero su fama la precede.

¡Tu madre sí que es una auténtica dama española!

Asier salió de casa de Isabel justo cuando el sol comenzaba a calentar las calles de Shanghái.

Todavía había cierta calma, como si la ciudad se tomara un respiro antes de lanzarse al ritmo frenético del día.

Se asomó al portal y allí seguía su bicicleta, atada a una farola, esperándolo como un perro fiel.

Una Raleigh inglesa, color verde oscuro, con el sillín de cuero ya algo ajado y un timbre que nunca había sonado del todo bien.

Fue un regalo de Yungli, allá por la tercera cita.

«Para que no llegues tarde otra vez», le había dicho, medio en broma, medio en serio.

Desde entonces, la bici se había convertido en su mejor aliada.

Mucho más rápida que cualquier rickshaw , mucho más libre.

Asier se montó y comenzó a pedalear en dirección al Auditórium.

El aire de la mañana le despejó las ideas.

Se concentró en el ritmo de sus piernas, en el traqueteo de la rueda delantera.

Había algo casi terapéutico en moverse así, sin más motor que el propio cuerpo.

Agradeció el paseo. Le ordenaba la cabeza.

Y aquel día, más que nunca, la necesitaba despejada.