La noche cae sobre Shanghái Capítulo 9
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Capítulo 9

九

Dos días antes de San Juan

Sentado en el comedor de su casa, con los ojos cerrados, Miguel se estrujaba la cabeza con ambas manos.

La jaqueca era monumental. La noche anterior se había pasado —una vez más— con los old fashioned .

No había duda, tenía que frenar el ritmo.

Frente a él estaba la infusión especialmente maloliente que el boy le había preparado.

Solo pensar en bebérsela le provocaba náuseas, pero sabía por experiencia que le haría bien.

Arrugó la nariz, apretó aún más los ojos, tomó la taza y dio un pequeño sorbo.

Repugnante.

Volvió a posarla sobre la mesa y suspiró.

La reunión con Bernhardt continuaba atormentándolo.

Su extraña petición había resonado en su mente durante toda la noche.

Estaba a punto de amanecer cuando al fin había logrado conciliar el sueño, solo para desvelarse de una vez por todas con los primeros rayos de sol.

No lo haré. No quiero hacerlo. ¡No tengo por qué hacerlo!

Aunque llevaba varios años en Shanghái, Miguel nunca había establecido una relación cercana con el cónsul.

Eduardo Vázquez Ferrer era un hombre chapado a la antigua que no apreciaba en absoluto la reputación de espíritu libre que Miguel se había labrado en la ciudad.

Las pocas veces que lo invitaba a recepciones era más por la influencia de su familia, cuyos tentáculos se extendían hasta Shanghái y mucho más allá, que por aprecio personal.

Miguel sabía que no gozaba del respeto del cónsul.

No lo haré.

Le diría a Bernhardt que lo había intentado, pero que no había sido posible. Todo el mundo sabía que el cónsul era un hombre complicado. Era una mentira absolutamente creíble. Bien visto, ni siquiera era una mentira: aunque Miguel le preguntara, sin duda el cónsul le diría que no.

El sonido del teléfono interrumpió sus pensamientos, taladrándole la cabeza sin compasión. Pasaron dos tonos hasta que el boy contestó.

— Master , es mamá.

La que faltaba.

Miguel suspiró y se levantó con pesadez. Tomó el auricular y esperó mientras la operadora conectaba la llamada. Al otro lado de la línea, la voz de su madre, Carmen Gargollo, sonó clara y firme, como siempre.

—Miguel, ¿viste a herr Bernhardt ayer? Es un hombre encantador, ¿no te parece?

Miguel se tensó al escuchar la pregunta.

¿Cómo demonios hace para enterarse de todo tan rápido?

Se le hizo un nudo en el estómago, que ya estaba de por sí bastante revuelto.

—Sí, mamá. Lo conocí anoche —respondió, procurando mantener la calma.

Miguel escuchó la respiración de su madre, siempre imponente, siempre esperando respuestas. Al fin, fue ella quien rompió el silencio con su habitual tono de mando.

—Bueno, ¿y bien? ¿Qué tal fue?

Miguel tragó saliva. Sentía el peso de la conversación como una lápida que se le venía encima y lo dejaría enterrado en vida. Sabía que no podía limitarse a esquivar la pregunta, pero, aun así, lo intentó.

—Bien, mamá, fue bien.

—Cuéntamelo todo, Miguelito. Sabes que me enteraré de una u otra forma y será peor —insistió ella, con esa frialdad que te calaba hasta los huesos.

Miguel suspiró. No tenía escapatoria.

—Bernhardt quiere que le arregle un encuentro con el cónsul —confesó, sintiendo cómo el nudo en su estómago se hacía más grande—. El domingo, en la fiesta de San Juan. Ya sabes que Eduardo no me tiene ningún cariño. No se lo voy a pedir.

Hubo otro largo silencio al otro lado de la línea. Miguel imaginó a su madre, con ese semblante inescrutable que siempre adoptaba cuando evaluaba una situación. Al cabo de unos segundos, su voz volvió a sonar, firme y autoritaria.

—Claro que vas a hacerlo. Vas a ir a la residencia del cónsul ahora mismo.

Vas a dejar tu tarjeta de visita y vas a esperar pacientemente a que te reciba.

Después le dirás que necesitas que vea a herr Bernhardt, que es un reputado empresario alemán afincado en Tetuán.

Le dirás que la cervecera San Miguel está cerrando un importante negocio con herr Bernhardt y que, por supuesto, la familia —pronunció las sílabas una a una, fa-mi-lia , marcando cada sonido como si hablara con un sordomudo— cuenta con pagar las oportunas tasas y comisiones consulares.

—¡Mamá! —exclamó, escandalizado—. ¡Pero eso es ofrecerle un soborno a un funcionario público!

—Un soborno no, Miguelito. Las cosas tienen su precio y hay que pagarlo.

Sintió un escalofrío. Sabía que era inútil resistirse.

—¿Tanto lo conoces como para saber… para estar segura de que aceptará?

—A veces pareces tonto, hijo. No lo conozco en absoluto, por eso te necesito a ti para que hables con él. No es tan difícil, ¿no te parece? Se supone que un cónsul de España tiene que ayudar a los empresarios españoles. Pues eso es lo único que le estamos pidiendo.

—¿Se puede saber en qué consiste esa ayuda? Lo único que me dijo es que quiere enviar un cargamento a Tetuán.

—Cuanto menos sepas, mejor. Herr Bernhardt se encargará de todo, tú limítate a conseguirle la entrevista con el cónsul. ¿Entendido?

—Sí, mamá —respondió con resignación—. ¿Y si me pide una cantidad?

Doña Carmen hizo una pausa antes de continuar, en un tono algo más amable, menos cortante. Casi —casi— cariñoso.

—Ay, Miguelito, a veces no hay quien se haga contigo. Dile que ponga él el precio, se lo pagas y punto, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

Se despidió con una respuesta automática mientras su madre colgaba. Se quedó mirando el teléfono, sintiendo cómo se evaporaba cualquier esperanza de evitar la misión.

No tengo alternativa. Mejor hacerlo de una vez y quitármelo de encima.

Se dejó caer en la silla. Podía irse tan lejos como quisiera, pero la presión de la familia nunca se aliviaba. Seguía encadenado a su madre, a su primo Andrés, a todos ellos. Como un esclavo.

Como un mono del circo.

No soy consciente de nada hasta que me despierta el sonido de alguien que aporrea la puerta con insistencia.

La luz del sol inunda la habitación a través de la ventana.

Me levanto con torpeza, aún medio dormida.

Federico y Salvador saltan de la cama y me siguen con curiosidad.

Miro por el cristal: el cielo está despejado y brillante.

Los golpes no cesan. Bajo deprisa los escalones de madera y abro la puerta.

Asier está allí, vestido con ropa que claramente no es suya. La camisa le queda pequeña, ajustada en realidad, a punto de reventar.

—¿De quién es esto? —pregunto, con una sonrisa.

Él suspira y me lanza una mirada cansada.

—¿Me invitas a un café?

Le indico que pase y me dirijo a la cocina.

Preparo café en mi vieja cafetera italiana, que me ha acompañado desde mis tiempos en la residencia de señoritas.

El olor del café siempre me da paz, tranquilidad, como si con él volviera a una infancia libre y despreocupada, antes de que Andrés lo fastidiara todo.

Espero con paciencia a que hierva el agua y, cuando está listo, lo sirvo el café en la mesa del comedor, donde el sol entra a raudales a través de la ventana.

Sí, ha salido el sol. Por fin.

Asier observa mi atuendo y dice:

—De verdad, admiro tu capacidad de estar guapa en cualquier momento.

Llevo un zan-sa de algodón suelto que uso para estar en casa. Su expresión se vuelve seria. Sé que lo que viene no será fácil de digerir.

—Recuerdas a Chao Yungli, ¿verdad? Mi…

—Tu novio —le interrumpo.

—Mi amigo —corrige él—. Mi amante, si quieres. No sé lo que somos, vaya. En realidad, tampoco sé quién es él en realidad. Isabel, Yungli es… Anoche me confesó que es miembro de la Banda Verde. Se dedica al tráfico de opio.

Me quedo aturdida durante unos instantes.

—Supongo… No creo que haga falta que te recuerde que no debes mezclarte en esos ambientes.

Está todo muy revuelto. Pero el caso… —me detengo un instante, procurando ordenar mis recuerdos—, el caso es que tiene sentido.

En Shanghái nadie escapa de los tentáculos de la Banda Verde.

Lo que no entiendo bien es ¿qué tiene eso que ver con Bernhardt?

¿Y qué hay de Wu T’ung-wen? ¿Descubriste algo? ¿Dónde fue?

Asier da un trago a su café.

—Se marchó a su casa. La Casa Verde, ya sabes. Me pregunto si tiene algo que ver con la Banda Verde. Sería demasiado evidente, ¿no?

La Banda Verde. Lo he oído tantas veces que el nombre ya suena a leyenda, pero no lo es.

Son los dueños invisibles de Shanghái. Controlan los muelles, los prostíbulos, los locales nocturnos y, sobre todo, el opio.

La Banda controla el tráfico de drogas en Shanghái.

Nadie mueve un cargamento sin su permiso ni abre un garito sin pagarles tributo.

Se infiltran en los sindicatos, en la policía, incluso en la política.

Dicen que Du Yueh-sheng, su jefe, tiene más poder que el propio gobernador.

A veces pienso que esta ciudad entera respira al ritmo que marcan ellos: el pulso secreto de la corrupción.

—Me dijiste que Wu es un empresario de la noche —digo—. Todos están metidos en alguna tríada. Y la Banda Verde es la más poderosa de todas. ¿No puedes preguntarle a Yungli?

—No sé, Isabel. La otra noche me dijo que tenía una reunión de negocios con un tal Johannes Bernhardt… Al día siguiente, me encuentro a Bernhardt tomando cócteles con el señor Roxas, y Yungli aparece de repente solo para esfumarse poco después. No entiendo nada.

Yo tampoco.

Y Miguel. Para mí, esa es la mayor incógnita.

—¿Qué pinta Miguel en todo esto? No entiendo nada…

—¿Y si él y Bernhardt están metidos en el tema del opio? Eso explicaría el interés de Yungli.

—No lo creo.

¿Miguel, el Miguel que yo conozco… traficando con opio? Imposible. Antes me lo imagino dejándolo todo y haciéndose misionero. Miguel es la persona más buena y honesta que conozco, jamás se mezclaría con esa gente.

—¿Qué pasó anoche? —pregunta Asier, sacándome de mis cavilaciones—. ¿Bernhardt se vio con alguien más?